...................................... DIAMELA ELTIT
 



  "Por la Patria" de Diamela Eltit

 Agata Gligo

 

 La primera novela de Diamela Eltit, Lumpérica (Edics. Del Ornitorrinco, 1983), permitió a su autora concluir Por la Patria (Edics. Del Ornitorrinco, 1986). Sosteniendo que en ambos casos lo experimental de la forma proviene de una necesidad de fondo, Agata Gligo nos aproxima a su obra.

 

      El tema eterno de la libertad y la opresión adquiere un rostro nuevo a través del relato desgarrado de Coya, la protagonista de Por la Patria, penetrando en la angustia de la dependencia y creando una relación y una unidad entre los diversos planos del acoso, desde la amenaza material de invasiones policiales al barrio, hasta la desesperada necesidad de la protagonista de rememorar y comprender el incesto que ha vivido y llegar hasta su propio origen.

       El incesto, herencia de tradiciones indígenas, aparece como estigma y orgullo de Coya. Desde la exploración de esta capa profunda y primera de la dependencia, surge la voz de Diamela Eltit -ya nítida, inconfundible: voz de escritora- como el vehículo preciso para transmitir las heridas de esa realidad. Por ello, en esta obra, las innovaciones de la forma, la mezcla de novela y poema, no constituyen meros experimentos o juegos gratuitos, sino provienen de una necesidad. Diamela, me parece, construye el lenguaje quebrantando las frases -en una estilización del habla mapuche- utilizando palabras que repiten como al descuido las mismas sílabas, en un desprecio aparente por la eufonía que sin embargo la obtiene y restableciendo luego el equilibrio con la introducción de giros y vocablos elegantes y clásicos, normalmente portadores de conceptos o sentimientos elementales y arraigados en amplias capas sociales. Se trata, entonces, de un lenguaje formado por ingredientes diversos, y, en tal sentido, mestizo. Se lo siente en concordancia con el acontecimiento de los personajes, "más muertos que vivos, más asustados que nadie, más inseguros, más animales mestizos."

      La situación de opresión se manifiesta en planos diferentes, que se refuerzan entre sí. En el terreno del argumento, los habitantes del barrio son víctimas real y materialmente de sucesivas redadas policiales, en la primera de las cuales muere el padre de Coya, ante lo cual la protagonista clamará: "Acepto todos los cargos en contra de mi padre: el calabozo era su destino, no el cementerio. Yo misma, como los jueces civiles, fallo en su contra: cinco, diez, quince años, cadena perpetua incluso, no el cementerio."

      En un segundo plano, la descripción del bar, el hampa que subyace: "la multitud cruzada de pensamientos alertas", los instintos y los pudores al límite, el rol del vino y la desnudez del erial contiguo configuran un encierro de los personajes que no se deriva sólo de la violencia de la invasión, sino de su desolación permanente, de su propia falta de horizontes. Nadie deja el barrio, nadie se va. Flora, una de las amigas de Coya, "cree que sólo el barrio es el país y que el resto del territorio son los árboles, el estero plácido que las va a bañar limpiándoles la pus". Otra, la Rucia, piensa "que es inútil la salida a otro barrio, porque todas las esquinas están bloqueadas."

     "Victimada en el soplo: viuda de mi padre, viuda de mi madre, me recojo hasta mi propia fundación, anterior al bar, ensañada en la selva oscura de mi madre", se duele Coya. Cercada por fuera, se vuelve hacia adentro, al momento del cual no se puede desprender, aquél de su propia concepción: "Hubo una afirmación, sí, sí, lo creo y aunque nadie estuviera para repetirlo, ni yo por incipiente y precoz, sé que la postura y el ruido me formaron la costilla, el hueso, el costado, el costoso ir y venir". Coya está unida a sus padres por amor, odio y dependencia. Dice: "no me salió la voz, es decir, me salió, pero la de ellos, parte de una frase de mi madre y parte de una frase de mi padre."

     Pero Coya también ve al hombre como otra forma de acoso, de amenaza de poder. "El mayor cerco es el propio Juan, que es como una araña sostenida por el impulso de otras mujeres, hilando, tramando la red para despojar a Coya y paralizarla". Argumentalmente, Coya y Juan se aman, en una "pasión inútil",  Juan es bello, hermoso. Pero es un soplón. Llegará más tarde a ser el guardián de las presas -al final de la novela- en su afán de estar cerca de Coya. Parece encarar al enemigo no sólo por pertenecer al otro bando, sino por la contradicción de sus intereses masculinos con los de las mujeres, contradicción cuya importancia se va haciendo más relevante hacia el final de la obra.

     Cercada exterior e interiormente, Coya se evade con la imaginación. Sus visiones son diferentes posibilidades de sobrevivencia. La figura de la madre crece desmesuradamente. Ya no es su madre amante. Son todas las madres, viejas y vestidas de negro, madres hechiceras, poseedoras del poder y de secretos. "Abuela, les decía en ese universo, páseme un dato para batirme en esta vida". O duda de su propia identidad y busca otra: "Probé para atrás antes de ser Coya y reina y escogí un nombre paralelo, padres alternos, barrios soleados". O le suplica a su madre en una página magnífica: "Páreme, páreme, otra vez. Guárdame un tiempito."

     En esta obra sobre la dependencia, una vez más la vida se salva mediante el encuentro de la propia expresión. Aunque la intención de la novela parece apuntar al resurgimiento de una voz colectiva, la voz Coa, "dejando atrás a Coya, incesto e hibridez", la imagen de la heroína que lucha por sobrevivir en la prisión "en un ambiente "abarrotado y saturado de camas y de plañidos inútiles y reiterados" -asumiendo su particular rol individual y de mujer y conduciendo el destino de sus compañeras, opaca cualquier otro suceso. "Sentada al borde de la cama voy ordenando cada uno de los parlamentos, preparando para ellas una actividad, otra oportunidad en el vacío del lugar" (...) "Escribo levitada, desligada de todo otro menester y el hambre."

     ¿Coya escribe? Sí. Recuperando el pasado, el dolor, la fantasía. Constituyéndose en memoria, para poder darse a sí misma y a las demás "su parlamento". La relación estrecha entre la libertad y la posesión de la propia voz se manifiesta en este desenlace. Aun más: pareciera que todas las terribles, aplastantes opresiones que el fuerte, poético y desgarrado lenguaje de Diamela nos ha hecho sentir y sufrir se desvanecen ante tan definitivo encuentro. Coya lo anuncia así: "Mi insurrección es total. Quiero mi casa, mi cama y yacer autónoma con otro nombre y rango".

                              

                                                                           Publicado en revista “Mensaje”     Dic. 1986

 

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letras.s5.com , proyecto patrimonio, DIAMELA ELTIT : "Por la Patria de Diamela Eltit" por Agata Gligo, diciembre 1986

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