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Leer sin saber leer

Por Alfredo E. López
Presentación de Mar con Soroche nº 5 / Río Ceballos, Córdoba, 23 de febrero de 2008*

 

Leer sin saber leer. Esa podría ser una leve indicación –si se me permite– de cómo leer Mar con Soroche.  Al menos, y luego de un tiempo, caí en la cuenta que ese primer número de la revista, de agosto de 2006, lo había leído sin saber leer.

Supresión del lector –digo–, de ese lector con una personalidad, que considera tener una historia propia, una cultura, una identidad, intereses, gustos, dispuesto a seguir siendo él mismo frente a lo que lee. ¿Pero es posible ese lector sin historia, sin naturaleza, sin presencia, abandonado en la lectura, abandonado a la lectura, sin saber leer?

Es en ese punto donde apareció Ernesto.

Ernesto, ese niño joven, de edad indeterminada, “debía tener entre 12 y 20 años”, que no sabía leer y que sólo sabía como se llamaba.

Ernesto, ese niño joven entrañable, de La lluvia de verano de Marguerite Duras, que encuentra en un espacio baldío, en Vitry, en los suburbios de París, un libro abandonado. Desolado. Desolador, diría, que lleva una marca terrible.

Era un libro muy grueso encuadernado en cuero negro: tenía una quemadura de tapa a tapa, hecha por vaya usted a saber qué artefacto, alguno de aterradora potencia, algo así como un soplete o una barra y hierro al rojo. El agujero de la quemadura era completamente redondo. Alrededor, el libro estaba como antes de que lo quemaran y se hubiera podido leer la parte de las páginas que lo rodeaba.(1)

Con este libro, Ernesto, quien no iba a la escuela porque allí enseñaban cosas que no sabía, con este libro torturado, quemado, Ernesto aprenderá a leer, contándole a sus brothers y sisters historias de un rey judío.

Su lectura llevará a Ernesto a la errancia, al exilio, inclusive a una incierta desaparición.

Los brothers más pequeños de Ernesto encontraron el libro. Lloraron. Se lo llevaron a su hermano mayor, y él, al tomarlo permaneció días en silencio, como velando un muerto.

En ese gesto se me presenta el “Lázaro, levántate y anda” en donde Maurice Blanchot ubica la imposibilidad misma del retorno a la vida de la obra, puesto que para él la lectura no tiene nada que ver con la revivificación de un sentido que surgiría al leer, un sentido que aparecería milagrosamente al abrir la puerta del libro-sepulcro, sino que al abrirse el libro:

[…] sólo se abre lo que está mejor cerrado; sólo es transparente lo que pertenece a la mayor opacidad; sólo se deja admitir en la ligereza de un Sí libre y feliz lo que se ha soportado como el aplastamiento de una nada sin consistencia.(2)

Leer, leer Mar con Soroche, leer esos poemas, esos fragmentos, no tendrá que ver entonces con un movimiento que va de lo muerto a lo vivo, de lo ausente a lo presente, de lo desconocido a lo conocido, o del sin sentido al sentido. Más bien nos enfrenta a la distancia que en cada palabra se abre como un abismo, como una grieta insuperable, respecto de sí misma.

Un libro, una revista como Mar con Soroche, que no estuviese agujereado sería simplemente legible, transparente y no convocaría la opacidad, el deslizamiento propio de lo que se nos aparece como teniendo un sentido. El agujero es la señal del no del sentido, no tanto del sinsentido, sino del NO del sentido, de la alteridad constitutiva de toda lengua.

Así es como Ernesto lee ese libro. No trata de llenar el vacío del agujero quemado.  Tampoco deja de lado los bordes poblados de escritura, pero es la afirmación del centro inexistente lo que abre la posibilidad de un inicio.

Cuando Ernesto abandona la pretensión de recuperar las letras quemadas, cuando se desprende de la idea de resurrección, en definitiva, cuando efectúa el duelo de lo perdido para siempre, convierte ese libro en un libro factible de leer sin saber leer.

En La lluvia de verano se inscribe así:

Decía que lo había intentado del siguiente modo: le había dado a determinado dibujo de palabra, de forma totalmente arbitraria, un primer sentido, luego a la palabra que venía detrás le había dado otro sentido, pero en función del primer sentido del que había dotado a la primera palabra, y así sucesivamente hasta que toda la frase quisiera decir algo sensato. Así era como había entendido que la lectura era una especie de desarrollo continuo, dentro del propio cuerpo, de una historia que uno se inventaba.(3)

Entonces Ernesto, ese niño que nos acerca a otras figuras durasianas como el loco, el judío o la mendiga, encarna también una figura nómada, de fronteras, marítima, sin destino y cuyo itinerario “no está estructurado por la posesión sino por el deseo, no por el saber intelectual de la separación sino por la confusión corporal con el objeto, no por la voluntad sino por la pasión, no por la identidad sino por la disipación”.(4)

Así como Ernesto aprende a leer sin saber leer, con un libro agujereado, así los convoco a leer este número 5 de Mar con Soroche, a perderse en el mar de las lecturas sin lectores.

 


* En la ocasión intervinieron también los escritores Guillermo Daghero, Silvio Mattoni, Federico Racca y Andrés Ajens.

(1) Marguerite Duras, La lluvia de verano, Alianza Editora, Bs. As., 1990, ps. 12-13.

(2) Maurice Blanchot, El espacio literario, Ed. Paidós Ibérica, Barcelona, 1992, p. 183.

(3) Marguerite Duras, op. cit, p. 15.

(4) Jorge Larrosa y otros, Revista Anthropos, Maurice Blanchot. La escriturar del silencio,  nº 192 – 193, Barcelona, 2001, p. 158.

 

 

 

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Por Alfredo E. López.
Presentación de Mar con Soroche nº 5 / Río Ceballos, Córdoba, 23 de febrero de 2008.