ROLANDO CÁRDENAS
VIENE VOLANDO
Por Aristóteles España
Domingo 13 de Noviembre de 2005
Con los poetas Pavel Oyarzún y Marcela Baratelli, parafraseábamos
el célebre verso de Neruda dedicado a Alberto Rojas Jiménez
ese domingo 30 de octubre al mediodía, en el aeropuerto “Carlos
Ibáñez del Campo”, de Punta Arenas. Rolando Cárdenas,
(Punta Arenas, 1933), uno de los
grandes
vates chilenos contemporáneos venía para quedarse
definitivamente en su tierra natal. El ánfora con sus cenizas
lo traían Reynaldo Lacámara, Secretario General de la
Sociedad de Escritores de Chile y Dinko Pavlov, Presidente de la SECH
local. Sus restos estaban desde el 17 de octubre del año 1990
en el cementerio general de la capital chilena, abandonados a su suerte,
sin visitas, rumiando al olvido. Gestiones de sus compañeros
escritores de la patagonia permitían este retorno que él
siempre anheló para cuando deje de estar en este mundo.
El avión aterrizaba en el sur del planeta y sus poemas sobre
las aves ateridas en el último confín de la tierra,
la soledad y la neblina que juegan en sus versos se transformaban
en extrañas premoniciones. Lo esperaban su hermana Clorinda,
su cuñado Enrique, su sobrina Gobernadora de Magallanes, Ana
María Díaz, su sobrino Héctor, Miguel Palma,
Director Regional de Cultura, en representación del Intendente
y el Alcalde, parientes, amigos, niños que bailaron tres pies
de cueca, mientras el cielo se vestía de rojo y amarillo en
su honor. De fondo, un perro lanzaba gemidos en las sombras como en
su poema “Noches de mi ciudad” y los fantasmas que lo invaden
en el texto que dedica a Jorge Teillier empiezan a deambular en el
viento patagónico. Los Grandes Láricos chilenos
se reúnen en el más allá. Jorge le dice al día
siguiente de su muerte: “Espérame, Rolando, haz dado la
señal”. A lo lejos, se divisa Tierra del Fuego, la tierra
magallánica dispersa y el mar misterioso que Rolando cantó
en sus versos llenos de nieve.
En Santiago había sido despedido en La Unión Chica
y la Sech por su amigos Ramón Díaz Eterovic,
Roberto Araya, Ronnie Muñoz, Alvaro Ruiz, Juan Guzmán.
También, desde sus hogares de la capital, le dijeron adiós
Jorge Babarovic y Ernesto Aguila, sus grandes amigos puntarenenses
y compañeros generacionales.
Después de los saludos de rigor en el recinto aéreo,
con discursos y homenajes, el ánfora, con permiso de su hermana,
fue custodiada por los poetas de la ciudad en un misterioso lugar
de calle Chiloé, antes de iniciar un periplo por bares y centros
nocturnos que el escritor visitaba en sus viajes al lar. Era el gran
homenaje de sus pares, único en Chile y poco frecuente en el
mundo cultural: llevar el ánfora para cumplir los ritos dionisíacos
y leer sus poemas a los parroquianos.
La gira se inició en el bar “Sargento Aldea”, continúo
en “La Sociedad de Empleados” y en “El Zurich”. Los
integrantes de esta cita histórica fueron Reynaldo Lacámara,
Dinko Pavlov, Pavel Oyarzún, Marcela Baratelli, Margarita Navarro,
Fernanda Hernández, Oscar Barrientos, Víctor Hernández,
Enrique Ojeda (cuñado de Rolando), Guillermo Toro, Marco Quiroz,
Guillermo Carvajal, Aristóteles España.
En cada lugar se leían sus textos y los contertulios, emocionados,
recitaban viejos poemas de José Martí, Federico García
Lorca, Pablo Neruda. Alguien cantó un tango, mientras la música
inundaba el aire de magia. Fue el ensayista Jaime Valdivieso quien
dijo que “Cárdenas construye un mundo fantasmagórico
en el cual el poeta es soberano y esclavo a la vez: soberano en la
evasión; esclavo frente a una realidad cruel, degradada y brutal
que no puede eludir. Afortunadamente, el poeta lárico, niño
y anciano al mismo tiempo, siempre derrota a la realidad con la creación
de un universo paralelo más fuerte e indestructible que el
mundo cotidiano y banal”.
Reynaldo Lacámara pedía vino tinto con su brazo enyesado,
Pavel recordaba el día en que leyó por vez primera al
Chico Cárdenas, la Marcela fotografiaba hasta los vasos de
vino con su máquina digital, Víctor Hernández
brindaba con el ánfora que estaba en la mitad de la mesa de
todos los lugares que frecuentamos, Dinko vigilaba el cofre con las
cenizas del poeta, como quien cuida un tesoro, Oscar Barrientos hablaba
de literatura y mujeres, Enrique Ojeda decía que este homenaje
será recordado por siempre, Marco Quiroz movía sus manos
como un jugador de tenis, Margarita Navarro construía un mundo
interior con las luces de los bares a medianoche, Fernanda Hernández
se acordaba de un extraño duende llamado Serafín y de
poemas de Rolando.
Era el regreso de un poeta inolvidable como dijo en alguna crónica
el novelista Juan Mihovilovich. Por nuestra parte, nos acordábamos
del cuento de Francisco Coloane, “Cinco marineros y un ataúd
verde”, cuando un grupo de marinos deja abandonado el ataúd
con el cadáver de un colega en las cercanías de un bar
de Punta Arenas, y del célebre relato del escritor brasileño
Jorge Amado “A Morte e a Morte de Quincas Berro de Agua”, en
el cual, según la critica, se anticipa al realismo mágico
en 1961 y que narra la historia de un grupo de amigos poetas que pasean
de bar en bar a un muerto de verdad y que los contertulios confunden
con un ebrio en estado calamitoso.
Sin embargo, Rolando vivía en el ánfora y colocábamos
siempre un vaso de vino tinto en la parte de arriba para que compartiera
con nosotros ese viaje al País de Nunca Jamás.
Al finalizar la primera parte del periplo y ahora rumbo a lugares
nonc santos, como dijo alguien, quedamos Dinko, Pavel, Oscar, Reynaldo
y el suscrito. Nuestro destino: “El Jaco”s Bar”, un famoso local frecuentado
por personajes locales de todo ámbito. Allí fuimos recibidos
por la Barwoman Adelita y sus amigas Alexandra, Carola, Jacqueline.
La anfitriona pidió silencio al público presente y junto
a Dinko leímos poemas de Rolando Cárdenas Vera como
si hubiéramos estado en el Madison Square Garden de Nueva York.
Aplausos, saludos, todas las mujeres fueron a tocar el ánfora
para que les diera energía y desearle suerte al poeta en su
viaje a la eternidad.
Al día siguiente, la despedida final en El Columbario del cementerio
de Punta Arenas, discursos de los invitados y la lectura de un valioso
ensayo sobre la poesía del vate, a cargo de René “Popeye”
Cárdenas, compañero de juventud y militancia política
en el Partido Comunista. Por la noche, la Gala en el Teatro Municipal
bajo la dirección de Luis Vidal. Teatro, danza, poesía,
un ballet folclórico, el Grupo Hoshken, un diaporama sobre
su vida, lectura de poetas de la región austral. Un espectáculo
digno de una capital latinoamericana frente al Estrecho de Magallanes.
Y por la noche, una gran tertulia literaria en el Hotel Hain. Canciones
de Diego Concha, la animación de Jeannette Antonin, himnos
de gloria y júbilo de parte de Dinko, lecturas de Arturo Mansilla
y del poeta argentino Julio Leite.
Rolando Cárdenas, el fundador de la Patagonia como espacio
poético descansa para siempre en su patria chica. Que nunca
falten flores en el Columbario. Una calle lleva su nombre en el Barrio
Norte de la ciudad de nieve. “A pesar de su estatura de niño
–dijo Jaime Gómez Rogers- de sus piernas arqueadas como un
cowboy, y de su nariz evidentemente desviada, se sentía buen
mozo y se lo hacía saber a todas las mujeres”. Con su aire
de caballero antiguo y su aristocrático ademán en los
modales, lo recordaremos para siempre. Adiós hermano, descansa
en paz.