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Alegrías llenas de tristezas
(poemas, 1997)


Alejandro Lavquén




LOS NÁUFRAGOS

Desde el fondo del océano,
emergen las voces
de los náufragos
que un día embarcaron
en la historia de las aguas.

Son las voces de los compañeros
de Odiseo, que aún buscan
las costas de Itaca.

Me llega el lamento altanero
de Ayax Oilida, aferrado
al escollo Cafareo,
castigo del dios marino.

Vienen a mí otras voces
fatigadas, quizá los amigos
del insigne Eneas o algún Argonauta
que se extravió en las estrellas.

Son las voces de los héroes
de mi infancia, que me invitan
a navegar junto a ellos.


LA ESPERA

Retén en tus ojos el mar.
Cuando vuelvas...,
lo navegaré en tus pupilas.


MANIFIESTO

Estoy ausente de ciertos temas, pero no de los imposibles.
Hace mucho tiempo desnudé mis palabras,
eché al guardarropas la tenida de domingo
y desde entonces me visto con el lenguaje de los pájaros.
Decidí soñar los sueños de los pueblos,
esculpir un beso en la sustancia etérea del viento marino.
Ser labriego incansable del rocío
cuando la aurora guarda la noche
en su estuche de encajes.
Me estremecen como la lluvia a los vegetales
cada horizonte que chispea el fuego venidero.
Soy hombre y animal ansioso de planetas.
Prefiero perder una amante, que a una buena amiga.
Con un estertor de poesía, he conseguido resucitar
mis sentimientos difuntos.
Creo en la posibilidad de lo imposible,
bogando río adentro hasta las cumbres vestales del mundo.
En lo alto de mi sombrero,
un cincel de agua talla un rostro en la luz de mis candeladros.


ECLIPSE

He visto huir ciertos años como un alboroto,
cuando el mundo cantaba en los tejados de mi poema.
Las espuelas del reloj, apresuraron irracionalmente
los ríos de la paciencia, troncharon con un cuchillo
de hielo nuestro sol naciente.
Quedé náufrago en el lago de tus ojos.
Más que el lecho nupcial, la amistad es el motor
de la trascendencia.
Fueron tus horas mis mejores horas.
Los por qué, eclipsaron nuestras frentes.
Una tarde de nubes grises y cielo negroazulado,
nuestras razones colapsaron.
Algún día..., algún día
veremos más allá, sabremos ver.
Ojalá haya tiempo en el camino, alguna parada donde
reencontrar.
Anoche, he visto a la muerte huir de mi revólver.



ARENGA AL LUCHADOR SOCIAL

Vuela, no te detengas, no escuches
los cantos de Sirena.
Se siempre tú, no cambies de idioma,
no te rindas ante la frivolidad.
Continúa a paso de piedra, de caricia,
de luz, mantén en tu boca el flujo
dulce del amanecer.
Escribe tus motivos, pueblanos de ideas,
has de las murallas el gran silabario.
Cuídate del puñal que sigue tus pasos,
pero no te detengas, no aceptes los reproches
apolillados del inquisidor.
Golpea lo establecido cuándo haya que golpear.
Sigue avanzando, trae la lluvia
a dónde espera la flor.
Fluye tu constancia como el río mayor
a sus afluentes.
Recoje las riendas del carruaje
que te trae el camino.

 

INVIERNO NEGRO

La niebla se enrosca en mi cuerpo,
enfriándome los huesos.
Un misterio húmedo de muerte
parpadea en la oscuridad.
Duermen los árboles
como esqueletos mojados.
Pozas de agua enlutada pudren
el pavimento que chapotea bajo
mis pasos.
Soy el hombre vivo aún, regresando
a su lecho de agonía.
Camino con la sonrisa de la tumba
apretando mis dientes.
El frío se licúa en mi pelo,
arrastrando por la espalda el sabor
de la noche, postrada ante el dolor
heroico de los futuros suicidas.


LA MUJER DEL CAPITÁN

Hay amor y océano en tu mirada.
Embarcaciones que no saben a dónde van,
multitudes desconocidas
peregrinando en tu irremediable
sentimiento.
Desde tu balcón, observas
como la distancia coquetea con un viejo amante.
Lentamente se desgranan
los viajeros al tocar el puerto que hay en ti.
Pero no regresa
el naufragio que zarpó un día de terremotos
sentimentales.
Y no regresará jamás, yace sumergido
en un puerto del que no se retorna.
Allá, en algún lugar de los Siete Mares,
hay amor y océano en tu mirada.


SOMBRALUZ

Viajas en mi equipaje de hombre triste, pegada a mi piel; tu
sonrisa
inolvidable se ha tatuado en mis ojos como una cicatriz inmortal.
Pero mi tristeza no es triste cuando te recuerdo,
me devuelve tu cariño guardado en tinta y papel.
Retornan tus pasos en aquellas cartas escritas con tus
sentimientos
de amiga inseparable y silencio de crepúsculo.
Llueve..., ha venido la lluvia de compañía, y en ella tus lágrimas secretas.
¿Por qué se detuvo el tiempo para nosotros?
¿Por qué se interpuso un abismo que no debió, impidiendo el curso
de lo por suceder?
Qué torpeza la exclamación atolondrada e injusta.
Qué inflexible los motivos en el extremo de la distancia.
Como una hoja de otoño vienes a mí, mojada por la lluvia,
esa misma lluvia que tanto gustas disfrutar..., hoy, he pensado
sólo en ti:
Has cruzado mi paisaje en las alas de una canción.
Sonreías, escribiendo una esquela de chiquilladas a la orilla
de un bosque de leyenda.

 

EL CANDIL

Existe un Candil en mi estación,
escribiendo sobre los años apostrofados
por la oscuridad.
Cada palabra es como un diluvio
de esperanza cayendo del lapicero.
Viene allí la historia desdeñada
por el escribiente oficial.
Miles de vidas, tragadas por la clandestinidad,
renacen de la tinta sobre el papel.
Escribe por humanidad,
canta sus versos con un dejo de tristeza
recogido en algún bar.
Abandona la noche al filo del amanecer,
para sembrar la metáfora necesaria
en la claridad.
El Candil de mi estación,
se forjó atrincherado en la dignidad
del verbo insurgente que refutó
las cobardes balas militares.
Escribió en las murallas temblorosas
y en el corazón de los incansables.
En el beso más deseado y en la herida
incurable.
En el vino alegre y espumoso
de la justicia..., a veces, tan lejana.

 

 

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Alejandro Lavquén: Alegrías llenas de tristezas.
Poesía, 1997.