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Origen y estructura de la novela policial

Por Alberto Mayor C.

 

Hay quienes sostienen que la novela policial remite a un primer esbozo de sus elementos característicos ya en la Grecia clásica, puntualmente en el drama trágico de Sófocles "Edipo Rey". Tal consideración se constituye quizás como una lectura un tanto forzada del clásico griego, pues la historia al no guardar ningún elemento de misterio hacia el espectador, carece de un elemento clave para cualquier relato policiaco (pues siempre sabemos que el asesino de Layo no es otro que el mismo Edipo). Más que de la tragedia griega, la convención histórica apunta a que la novela policial se nutre del popular género de aventuras del siglo XIX. Relatos orientados a un público juvenil, en donde el misterio y la astucia de sus protagonistas, desplazan a la tradicional fuerza y rapidez de los héroes clásicos.

Ahora bien, aunque es cierto que el género de aventuras y el policial guardan aquellos puntos en común, ambos presentan una diferencia fundamental en lo que a estructura narrativa se refiere. Pues mientras en el relato de aventuras la narración sigue el orden de los acontecimientos desde un antes a un después, el policial se ciñe a un "orden de exploración", es decir, parte de un acontecimiento que es un desenlace y se remonta desde aquel hasta el primer hecho, el que precipitó la acción.

La novela policial es por lo tanto un relato consagrado a un descubrimiento metódico y gradual, el cual busca establecer por medios lógico-racionales las circunstancias exactas en que un acontecimiento efectivamente se realizó. Misterio y aventura serán entonces la marca distintiva de aquellas primeras y populares narraciones; las cuales serán publicadas por entregas en los folletines, periódicos de bajo precio que circulaban con gran éxito por las calles de las grandes ciudades europeas, y que el teórico alemán Walter Benjamin asocia a la entrada de la lógica capitalista al ámbito literario, lo cual da pie para el nacimiento del negocio editorial y este tipo de comercialización.

El paso definitivo a una narración propiamente policial, como todos lo saben, se da gracias al cuento de Edgar Allan Poe "Los asesinatos de la rue Morgue". Un oscuro y fantasioso relato con el cual el autor norteamericano configura las bases del género, y de paso, gracias a la irrupción del brillante y enigmático Auguste Dupin, al personaje arquetípico que coronará tales historias: el detective.

Un detective no cualquiera, sino que uno con una especial capacidad para ajustar los hechos que se desarrollan en el mundo a cadenas lógicas de causas y efectos. Precisamente, y según el pensamiento kantiano, cualquier hecho concreto dado se objetivaría correctamente entendiéndolo (y ajustándolo) a su causa previa. Por lo cual, la recomposición de tal cadena efectuada por el pensamiento deductivo, necesariamente conduciría al juicio de este agudo personaje a explicar el enigma en cuestión.

Esta manera de abordar y conocer los hechos ocurridos en el mundo, aludirá entonces a objetivaciones de carácter racional, las que a su vez, suponen y se proyectan en un mundo que también funciona bajo aquellos estrictos parámetros de racionalidad. Objetivaciones que se sustentan en la elevada capacidad intelectual que exhiben detectives de la talla del ya mencionado Auguste Dupin de Allan Poe, del Hercules Poirot de Agatha Christie, del Maigret de George Simenon, y dentro de la narrativa chilena, del Román Calvo de Alberto Edwards (personaje denominado como el Sherlock Holmes chileno en una antología aparecida en 1953). Por lo cual, y gracias a esa peculiar agudeza de mente, el detective tradicional no necesita involucrarse mayormente en los hechos que rodean a un crimen. Pues con sólo unir las evidencias que le harán llegar desesperadas víctimas o inoperantes policías, es capaz de resolver el caso en cuestión.

Tal característica a su vez genera una feroz distancia entre este impersonal personaje y el lector (quien también entra en el juego de solucionar los enigmas que le ofrece la historia). Por lo que usualmente existirá un tercer protagonista en el relato policial: el circunspecto y cortés ayudante del investigador. Personaje que cumple la doble función de personificar al hombre común de la calle, en su lastimoso intento por deducir los hechos a la par que el detective, y a la vez, de narrar en su persona, como el testigo privilegiado que es, los acontecimientos en la medida que se suscitan.

Sería injusto terminar este artículo sin dedicar unas líneas al Sherlock Holmes de Conan Doyle, sin lugar a dudas el más popular de estos investigadores. Un personaje cuyo denominador común, en los múltiples casos que le toca resolver, reside en la genialidad de sus observaciones y la agudeza de sus deducciones. La figura de Holmes, determina a su vez, una suma de características psicológicas que se harán común al arquetipo del detective privado tradicional: una particular (y extrema) misoginia y una fama de inaccesible y antisocial.

Características todas, que se desprenden de manera directa del férreo discurso metódico que tal personaje utiliza para construir sus juicios de manera objetiva, y sobre todo, independiente. Por lo cual, el detective clásico tiende a situarse fuera del mundo, instalando su centro de acción al interior de su despacho o gabinete.

 

Próximo artículo: "El policial negro (o un segundo momento en el desarrollo del género)".
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