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Heberto
Padilla: delito de poeta
ZOE VALDES
El
autor de El justo tiempo humano y de Fuera del juego, este último
uno de los más célebres poemarios escritos en el siglo XX, falleció
el pasado día 25 en Auburn State University, en Alabama, donde impartía
clases como profesor de Literatura Latinoamericana.
Heberto
Padilla es uno de los más grandes protagonistas de la poesía contemporánea
cubana y se convirtió en el año 1968 en el primer escritor denigrado
en forma contundente por las autoridades del régimen castrista,
a raíz de su participación en el concurso Julián del Casal de la
Unión de los Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) con Fuera del
juego.
Acusado y atacado oficialmente de escribir literatura contrarrevolucionaria,
tenía como enemigos principales a tres personajes: Luis Pavón, un
teniente al mando de una publicación militar llamada Verde Olivo,
puesto allí por Raúl Castro, quien a su vez ordenaba las grabaciones
de las lecturas poéticas de Padilla para fomentar pruebas que permitieran
destruirlo. El tercer enemigo y
el más aplastante era Fidel Castro.
Los jurados del concurso literario -José Lezama Lima, José Zacarías
Tallet, Manuel Díaz Martínez, el inglés J.M. Cohen y el peruano
César Calvo- fueron interpelados por la Seguridad del Estado y sobre
ellos cayó el peso de un poder empecinado en evitar que Padilla
fuera premiado. Las manipulaciones salpicaron incluso a Nicolás
Guillén, presidente de la UNEAC, entre otras personalidades. El
libro fue publicado, pero el galardón no fue concedido.
Desde aquel instante, el poeta vivió en la más terrible de las pesadillas:
persecuciones, vigilancia extrema y acusaciones viles de conspirar
en contra de Castro junto al novelista chileno Jorge Edwards, diplomático
en La Habana bajo el Gobierno de Salvador Allende y considerado
entonces persona non grata. También lo relacionaron con el periodista
y fotógrafo francés Pierre Golendorf; se suponía que ambos eran
colaboradores de la CIA. Golendorf pasó sus buenos años en la cárcel
antes de su devolución a Francia.
En 1971, la policía allanó la casa del poeta; destruyeron cuanto
pudieron, llevándoles detenidos a él y a la que entonces era su
esposa, la escritora Belkis Cuza Malé. Este hecho ha trascendido
a la historia de la represión castrista como el caso Padilla. Hecho
que dio lugar a que figuras relevantes de la cultura mundial rompieran
con el Gobierno represor de la isla, entre ellas Jean-Paul Sartre,
Simone de Beauvoir, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Susan Sontag,
Juan Goytisolo, Federico Fellini, Marguerite Duras, Alberto Moravia.
Otros 72 artistas y escritores levantaron su voz en contra del sangriento
totalitarismo caribeño.
Padilla había profetizado su destino con los versos del poema que
da título al libro: ¡Al poeta, despídanlo! / Ese no tiene aquí nada
que hacer. / No entra en el juego. / No se entusiasma. / No pone
en claro su mensaje. / No repara siquiera en los milagros. / Se
pasa el día entero cavilando. /
Encuentra siempre algo que objetar...
Sufrió las huellas indelebles de la cárcel cubana; para colmo, mientras
se hallaba en prisión, una carta con su nombre a modo de declaración
de arrepentimiento y de delación de sus colegas dirigida al Gobierno
revolucionario comenzó a circular misteriosamente por La Habana.
Días
después, Padilla hubo de realizar un acto autoinculpatorio de su
persona, es decir, repetir de manera exagerada el contenido sospechoso
de la carta. Así se vio obligado a la farsa truculenta; bajo amenaza
policial, debió criticar su propia actitud y denunciar a sus compañeros;
tuvo que reconocer públicamente sus «errores», a la manera de los
peores juicios estalinistas de la historia del comunismo. Los escritores
mencionados por él debieron imitarle. Manuel Díaz Martínez lo cuenta:
«Para mí, el problema era que yo no sabía de qué acusarme». Y esas
autoacusaciones se hicieron públicas en la noche del 17 de abril
de 1971. Heberto Padilla salió al exilio hacia Estados Unidos por
razones humanitarias y políticas en el año 1980. Hace un instante,
colgué el teléfono con Belkis Cuza Malé; me dice que «él nunca consiguió
recuperarse de aquello, jamás pudo curarse de semejante espanto,
sufrió en silencio hasta el último minuto».
En el año 1982 yo me hallaba en una clase de la Facultad de Filología
de la Universidad de La Habana, no sé qué bicho me picó y me levanté
para pedir a la profesora que nos aclarara las nebulosas alrededor
del caso Padilla. La mujer palideció, empezó a gaguear y a muequear,
finalmente me expulsó de la clase como primera advertencia; luego
me expulsaron de la universidad. En 1995 conocí al poeta en Berlín;
era un hombre cansado, pero luchaba por mostrar vivacidad, nos abrazamos
e incluso bromeó con su situación de conferenciante itinerante.
Hoy, frente a la evidencia de la muerte de un inmenso poeta acosado,
lacera que el mundo olvide cínicamente los crímenes de Castro en
beneficio de sucios negocios. Intelectuales y artistas le hacen
el juego al dictador en ese abre y cierra cíclico que mantiene desde
hace 42 años para despistar al mundo de sus barbaridades. La apariencia
de apertura cultural y política, los guiños económicos al extranjero
son todos mentira pura. Los viajes de escritores y artistas cubanos
pagados por el régimen para dar una buena imagen en coordinación
con mercaderes de la dignidad es pura astucia, mediocridad y colaboración
explícita. Nunca he visto un restaurante latinoamericano en París
luciendo una foto de Pinochet, me repugnaría verla; sin embargo,
debo soportar montones de fotos del Che en las paredes de restaurantes
parisinos de moda, la aburrida imagen del guerrillero que, por no
dejar de fusilar, fusiló hasta a adolescentes por la espalda, sin
contar la paradoja de que fue uno de los artífices de la miseria
de mi país cuando fue ministro de Industria. ¿Cómo tragar un bocado
de comida frente a su foto si hoy miles de niños no tienen un pedazo
de pan que llevarse a la boca, y muchos de mi generación quedaron
huérfanos por su culpa?
El ser humano Heberto Padilla fue despedazado por la dictadura.
No así su poesía, que después de 33 años conserva más actualidad
que nunca:
Instrucciones para ingresar en una nueva sociedad. Lo primero: optimista.
/
Lo segundo: atildado, comedido, obediente: / (Haber pasado todas
las pruebas
deportivas). / Y finalmente andar. / Como lo hace cada miembro:
/ un paso al
frente, y / dos o tres atrás: / pero siempre aplaudiendo.
No sé si este texto de dolor ante su desaparición física tendrá
sentido. A muy pocos les emociona en estos tiempos la muerte de
un poeta, mucho menos si se trata de un cubano exiliado. Confío
en que existan personas que no crean solamente que los cubanos debemos
ser esclavos, o que debemos morirnos en el mar intentando alcanzar
la libertad. Acérquense, por favor, a la obra de Heberto Padilla
y conocerán la verdad del injusto tiempo humano que le tocó vivir.
Zoe Valdés es escritora cubana y reside en París
Cuba Hoy Publicado el lunes,
02 de octubre de 2000