Conoci
a Heberto Padilla en La Habana
Roberto Ampuero
..Tuve
la fortuna de conocer a Heberto Padilla en La Habana, en 1975. El
poeta ocupaba entonces, bajo una suerte de prisión domiciliaria, un
modesto departamento en el barrio de Marianao junto a su esposa, la
pintora Belkis Cuza Malé, y su pequeño hijo Ernesto. Fidel Castro
lo había condenado en 1971 al silencio por su poemario, "Fuera del
Juego", y por sus críticas al proceso revolucionario, lo que Jorge
Edwards describe magistralmente en su libro "Persona non grata".
Aquellas críticas le costaron caro a Heberto. Cuando
lo conocí, el régimen ya lo había expulsado de la unión de escritores
y la mayoría de sus miembros -por oportunismo, prudencia o cobardía-
le aislaron y quitaron el saludo, como Roberto Fernández Retamar,
actual director de la Casa de las Américas, el mismo a quien Pablo
Neruda llamó en sus memorias "sargento de la cultura". Por orden de
Castro, los libros de Heberto fueron retirados de librerías y bibliotecas,
y a él se le prohibió publicar en la isla y el extranjero, mudarse
de vivienda, trasladarse sin aviso fuera de la ciudad o abandonar
el país, y también conversar con corresponsales extranjeros.
De cuando en cuando llegaban a hostigarlo a su
departamento agentes de la seguridad del estado, quienes, con la pistola
bajo la guayabera, permanecían por horas en su living y se hacían
servir café mientras le preguntaban cínicamente cómo le iba. Trabajaba
como traductor de una editorial, pero estaba obligado a laborar en
su casa, porque el régimen no deseaba que se mezclara con colegas
y, lo que era aun más maquiavélico, sus traducciones no llevaban nombre.
El "máximo líder" quería borrarlo de la memoria de su pueblo y el
mundo, pero fracasó, porque en la universidad se recitaban, entre
gente de confianza, sus poemas y en el extranjero sus libros siguen
vendiéndose.
Yo fuí testigo directo de los abusos contra
Heberto y de su sufrimiento. Nadie me los contó. Me reunía con él
dos veces por semana en su apartamento, donde le enseñaba alemán y
conversábamos de política. Yo era entonces un joven comunista que
denunciaba la dictadura de Pinochet y veía en el socialismo cubano
el modelo de desarrollo para América Latina. Pero al conocer al poeta
sitiado, hostigado, injuriado y en poder de la policía política por
el mero delito de escribir poemas y expresar críticas, entendí que
aquel régimen no era democrático ni deseable para nadie.
Pese a las presiones, Heberto nunca sucumbió.¡Y
vaya que había que tener coraje para oponerse a Castro en la isla!
Cuando constató que no lograría doblegarlo por la intimidación, Castro
le puso en perspectiva una estadía en Weimar, Alemania del Este, donde
seguiría teniéndolo bajo control. Para ello quiso imponerle una condición:
que "rectificara" y "reconociera la superioridad del socialismo",
pero Heberto no estaba dispuesto a traicionar sus convicciones y no
se dejó seducir.
Esa osadía le significó tener que esperar
durante doce años, bajo circunstancias lamentables e injustas, el
permiso para abandonar legalmente el país. A veces cierta gente -tal
vez agentes- le ofrecían una balsa para escapar, pero él no aceptó.
Temía que fuese una trampa mortal y quería salir de su patria haciendo
uso de un derecho que debía corresponderle como ser humano. Sólo gracias
a la intervención humanitaria de políticos españoles y norteamericanos,
Heberto pudo dejar la isla con su familia. Castro lo dejó salir porque
quería mejorar entonces las relaciones con Madrid y Washington, y
porque tal vez lo creyó destruído para siempre.
Ahora que Heberto ya descansa, vuelve a llamarme
la atención un hecho simple y escalofriante: nunca se le acercó alguien
del exilio chileno en Cuba. Escalofriante, pues todos sabían quién
era, que vivía en La Habana y que ningún tribunal lo había condenado.
Ninguno de los líderes de la izquierda chilena de entonces, que pasaban
a descansar a La Habana mientras recorrían el mundo denunciando legítimamente
las violaciones a los derechos humanos en Chile, tuvo el coraje moral
de llegar hasta donde el poeta a expresarle una voz de aliento. Gladys
Marín, Volodia Teitelboim, Camilo Escalona, Jaime Gazmuri, Oscar Guillermo
Garretón, Pascal Allende y Estévez, por nombrar sólo a estos adalides
de entonces de la libertad, sabían que Heberto era un símbolo clave
de la oposición pacífica en Cuba, pero ninguno de ellos pronunció
jamás una palabra en su apoyo. Ellos exigían libertad y democracia
solamente para Chile, pero ante el régimen de partido único cubano
guardaban un silencio cómplice. Sólo pueden haber tenido dos motivos
para callar: la convicción de que Castro era un dictador y no convenía
provocarlo, o la convicción de que quienes se oponen al comunismo
carecen de derechos humanos. Ambas opciones son, por lo menos, deleznables
e hipócritas en el contexto de la política chilena.
Hay que recordar que sólo la protesta suscrita
por un centenar de intelectuales de todo el mundo -entre quienes figuraban
Jean Paul Sartre, Mario Vargas Llosa y Alberto Moravia- logró liberar
a Heberto Padilla en 1971 de la cárcel. El "caso Padilla" -juicio
en el cual fue obligado a culpar de "actitudes contrarrevolucionarias"
a su mujer, sus amigos y a sí mismo-- mostró que la revolución nada
tenía que ver ya con los jóvenes barbudos de verde olivo que habían
derrocado al dictador Fulgencio Batista para imponer la libertad y
la democracia, sino que imponía en la isla un régimen dictatorial
estalinista al estilo de la Unión Soviética o la Europa del Este.
Heberto admiraba nuestra transición a la democracia
y soñaba con que algún día su patria pudiese imitarla. Pensaba, sin
embargo, que Castro, a diferencia de Pinochet, jamás dejaría
el poder, porque ha atado el estrepitoso fracaso de su destino personal
al destino de la nación cubana. Pese a esa convicción desesperada,
Heberto rechazó siempre la violencia y soñó con una transición pacífica
y ordenada hacia la democracia. Ese sueño le costó su libertad, la
patria y su vida.
Heberto murió de un infarto en su departamento
de Auburne, Georgia, donde enseñaba literatura. Habíamos hablado largo
el sábado por la tarde sobre sus planes futuros. Su voz me sonó cansada,
pero no resignada. No pudo retornar a su patria ni tampoco volver
a ver sus libros publicados allá. Fue enterrado en Miami. Estoy seguro
de que pronto, cuando Cuba sea libre, sus cenizas regresarán a la
tierra de las palmas y de José Martí, esa tierra que tanto amó
y de la cual fue despojado por haberse atrevido a discrepar.
Roberto Ampuero es escritor chileno y fue amigo personal
de Heberto Padilla.
Diario La Tercera, de Santiago de Chile. Septiembre ,2000