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Eufemismos

Antonio Salinas González


Hace algunas semanas un noticiario de la televisión chilena abrió su entrega con el caso de un cartonero que se había convertido en microempresario. Este hombre, que logró comprarse un carromato y que a través de un ínfimo préstamo del Estado ahora podía educar a sus hijos (sin especificar qué tipo de educación), era un ejemplo de la autogestión y el ascenso social. La palabra "empresario" asociada a la pequeñez daba cuenta de su emprendimiento. En una mezcla de arribismo, supuesta nivelación social y afirmación de la autoestima, la clave del ascenso se asociaba a la gestión o, mejor dicho, a la autogestión; es decir, a la disolución implícita del Estado en su labor social. Tras suyo el Estado era concebido como un banco, lo que implica aquello que finalmente persigue este tipo de instituciones: la transacción comercial y el endeudamiento.

Esta imagen del cartonero, que llega a su casa después de un día de esforzado trabajo, y de una deuda literal al Estado, muestra ciertamente el momento actual de Chile. Es más, patentiza la época neoliberal y posmoderna de nuestra cultura. A través de la palabra medioambiental "gestión" se diluye la responsabilidad social, y con ello se afirma la supremacía del mercado en todos los recovecos de la vida. Más aún cuando se suma a gestión la palabra "auto", esto es, la propia exaltación y el arribismo implícito que trae consigo, además de la falta de compromiso ético y político. Como una especie de superhombre posmoderno -y por lo demás latinoamericano- el "individuo soberano" es dejado a expensas de su propia emancipación, asumiendo la incertidumbre y el azar en su vida. Una nueva interpretación del danzar en el abismo de Nietzsche.

Con los eufemismos de la "autogestión", "gestión" y "microempresario", se acomoda el lenguaje para decir aquello que en otras épocas quizás no se hubiese podido pronunciar sin sonrojarse. El lenguaje pierde su pudor de tal manera que la carencia de vergüenza se transforma en norma, y la excepción en regla cotidiana. A estas palabras falta agregarle expresiones como "flexibilidad laboral", "el cambio permanente", "constructivismo", y otros términos de los que se carece de reflexión, y que se ocupan literalmente como moneda de cambio, sobre todo ahora en la educación.

Este embarque de términos instalados sin ningún tamiz desde el lenguaje económico, no es para nada neutro. Primordialmente en Chile, donde el fantasma del Estado de excepción provoca justamente ese temple subterráneo, que es finalmente la continuación tácita de la dictadura: el temor asimilado de manera inconsciente a la disolución, como un fantasma heredado de los toques de queda o de los helicópteros sobrevolando en la noche la ciudad. Esta fragilidad se trasunta finalmente en la inestabilidad laboral e institucional provocada por la sensación del Estado de excepción como norma de vida: el temor de los votantes de izquierda a que venga la derecha, que en cualquier momento todo pueda desarmarse y vuelvan los militares junto a sus sicarios sin uniformes; toda este temor soterrado concluye en la instalación de una barbarie donde la incertidumbre y el azar nietzscheano prevalecen. Por eso -¿quién lo hubiese pensado?- hoy en día la mayoría de los chilenos somos superhombres, somos cartoneros, y sobrevivientes.

 

 

 

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Eufemismos.
Por Antonio Salinas González.