Humildemente,
maestro
Reconozco el salitre de sus pulidos versos,
la atlántica
firmeza que los parió desnudos
la sangre enamorada que amamantó
su fuerza
y el agudo chirriar de los ferrocarriles
que unen
patrias y mares y llevan esperanzas.
De lucha, amor y fierro crecieron las palabras,
su luz
se fue expandiendo por pueblos y senderos,
la paz del caminante
fue la explosión secreta
que prestó alas al verso para poblar
las sierras
donde los campesinos vieron crecer la
vida,
donde se hizo mujer la fértil resistencia.
Hoy esa voz nacida de la roca
callada está, su grave
resonancia
dejó paso a su indómito recuerdo.
La cordillera estremecida de su verbo
se hizo tuétano en
las almas de los pobres.
Hoy, nosotros, lo que queda del pueblo
malherido,
hemos querido entonar un canto hacia la aurora,
y en su memoria esparcirlo por el viento
como una ofrenda
matinal que verifique
su presencia vital desde la tierra
que
le cobija. Gracias.
Gracias don Pablo
por enseñarnos el hierro y
los volcanes,
por su recia testuz de militante,
por las
navegaciones estelares
por las espigas, los navíos, las
quimeras
por la fe y por el clamor de las montañas
que un
día se alzarán incontrolables
contra los viles verdugos de la
tierra.
A
Don Pablo Neruda.
De La Estrecha Senda
Inexcusable
Caminamos
Por las obtusas calles de
lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una
incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos
incomprensible fe en nuestro itinerario.
Alrededor hay
rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o
interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto
santiguándose ,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la
vía.
Pero en
cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos
contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a
seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del
mañana.
Y entonces la
nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante
los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se
van alzando a nuestro paso.
Aun así, las
calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una
madrugada yacente en el olvido.
Tal vez no
hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en
la oscuridad.
Y sin embargo,
caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una
obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano
día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades
habitables y espíritus.
Santuario
Hay un lugar sagrado (el corazón
humano)
repleto de demonios y arcángeles y vísperas,
repleto
de cadáveres y niñas de ojos negros
que invitan a la
vida.
Un palpitante
santuario carente de sacerdotes.
Un templo misterioso lleno de
extraños ritos
que acaso asustarían a los posibles
visitantes.
Mas aquí no hay
turistas ni peregrinos;
es un lugar callado y
solitario
cuyas puertas se entreabren muy raramente
a
vientos desconocidos.
Ocurren entonces
fenómenos inexplicables,
como la floración y la música
y el
vuelo de gorriones y de alondras y musas.
Pero al final de la
estación
la puerta termina por cerrarse
con un sordo
chasquido
y todo cesa.
Excepto la
desconcertante salmodia
que va retumbando por todo el
ámbito
de la catedral en llamas.
Esto soy
Nazco cuando tu vista me
recorre.
Nada soy
hasta que tu mirada me
construye,
hasta que tus ojos me modelan
sin saber si soy
amigo o enemigo.
Porque aquí en el papel
agazapado,
sólo espero el fulgor de una mirada
para clavar
mis letras en tus ojos,
para hundirme hasta el fondo en tus
entrañas
quebrantando la paz de tus sentidos.
¿Acaso esperabas un suave remanso de
prados floridos,
una nube blanca con ángeles mansos,
una
cristalina música de piano?
Quiero saltar, poseerte y
habitarte
como habita la flecha el corazón herido.
Es decir,
quiero ser tú, compartirte.
Garra soy, ala afilada,
el fuego
en que has de arder,
el agua en que ahogarte,
el abismo sin
fondo en el que hundirte.
Subiré por tu sangre
envenenándote.
Recorreré tu carne desgarrándola
como felino
hambriento y excitado.
También ansío acariciarte, mas
¡cuidado!,
que es toda garra siempre peligrosa
aun cuando
sea amor lo que la mueve.
Esto soy: El poema. A ti me
entrego.
En ti me reconozco y me diluyo.
A ti te pertenezco.
Por ti existo.
Único, irrepetible, tus ojos me crearon
para
ser tu verdugo o el agua de tus mares.
De El
RostroProhibido