Cuando entré en el túnel, (quizá esperaba andrómedas, efluvios,
mariposas) la oscuridad me cegó. Con alivio, sin embargo, sentí la
frescura y la sombra que me proporcionaron sus húmedas paredes. Afuera,
el sol abrasaba la llanura desnuda y las piedras calcinadas del desierto
habían lacerado amargamente mis pies descalzos. Ciegamente, tratando con
desesperación de alejarme de aquel sol que con tanta fiereza había
herido mis carnes, fui internándome en el túnel hasta que las fuerzas me
abandonaron y caí exhausto, cerca de una minúscula corriente de agua
que, resbalando por la piedra, había formado una especie de regato que
fluía con rapidez hacia el interior. Imposible recordar si llegué a
mojar mis doloridos pies en el agua fresca antes de quedarme
profundamente dormido. Al despertar, noté con asombro que mis heridas
habían cicatrizado y el agotamiento había desaparecido, al igual que la
sed, pero mis ropas estaban húmedas y esto me hizo sentir algo de frío.
Renovado, me incorporé, y buscando a tientas la fría pared del túnel,
eché a andar en la misma dirección (creía) en que caminaba antes de mi
desfallecimiento.
Cuando entré en el túnel, no me había planteado
la posibilidad de tener que hallar más tarde una salida. En aquellos
momentos de infinito dolor, lo único que me importaba era encontrar un
pronto alivio a mis penosas quemaduras y a las cruentas llagas de mis
fatigados pies. De haber podido hacerlo, hubiera cambiado un Universo
por unas gotas de agua y un poco de sombra. Ahora, al despertar de mi
letargo (pero ¿cuánto duró la inconsciencia? ¿Acaso soy ahora el que fui
antes de llegar aquí?) las circunstancias habían cambiado. La humedad me
había calado la ropa y también el pelo, por lo que el frío se presentaba
como el principal enemigo. Resultaba entonces de inaplazable urgencia
encontrar la salida de aquella cueva que se hallaba sumida en la más
cerrada oscuridad. Con gran lentitud, con no menor precaución, fui
recorriendo el suelo rocoso, siempre tratando de no alejarme de las
paredes. A causa de mi inadaptación al medio en que me veía obligado a
desenvolverme, no fue tarea fácil avanzar, a consecuencia, en parte, de
la densidad desconocida de aquella negrura que me envolvía. Algún tiempo
después, no obstante, mis ojos fueron acostumbrándose a las tinieblas y
pude comenzar a distinguir el borroso perfil de algunas cosas. No dejé
de advertir (confuso, maravillado, esperanzado, quizá algo asustado)
otras sombras que se movían a mi alrededor, en distintas direcciones,
con mi misma incertidumbre. Supuse que serían otros pobres desgraciados
que habían tenido, como yo, la mala fortuna de haberse extraviado en el
túnel. Con tristeza, intuí que algunas de esas sombras pertenecían a
gentes que había frecuentado antes, en el exterior, pero ¿cómo
reconocerlos ahora, inmersos en la oscuridad? ¿cómo ser reconocido por
ellos, aun cuando hubiésemos podido ser buenos camaradas?
Al
principio, no pensé que pudiera tratarse de un túnel tan largo, pero el
tiempo iba transcurriendo y el final no aparecía ante mis ojos, ni
siquiera una insignificante señal que pudiera inducirme a concebir la
menor esperanza. La sorpresa inicial fue dejando paso a un periodo de
incredulidad y, más tarde, a una violenta desesperación que no admitía
frenos. En aquel tiempo fantasmal, fui asombrado testigo de mis propios
gritos resonando por todo el ámbito del tenebroso túnel, multiplicándose
contra las paredes, perdiéndose en las bóvedas invisibles. Tampoco era
infrecuente sorprenderme golpeando los negros muros de piedra fría, o
simplemente apoyado en ellos, llorando con amargo rencor mi desventura.
Después se apoderó de mi ánimo una testaruda impotencia que me arrastró
a la concienzuda inacción. Pasé mucho tiempo sentado en medio del túnel,
acurrucado en mí mismo, convocando secuencias del pasado, sintiendo cómo
el frío penetraba en mis huesos, dejándome morir sin esforzarme lo más
mínimo por evitar o atenuar el previsible desenlace. Hubo sombras a las
que conocí en esa época de horas terribles y atormentadas, sombras con
las que llegó a unirme el doloroso lazo del irreparable extravío en la
oscuridad. Pero sabía que tales amistades habían de ser, por fuerza,
efímeras, ya que nunca seríamos capaces de reconocernos en el exterior
(si en verdad ese concepto era aún posible) y cuyos caminos, por tanto,
habían de seguir siendo ajenos a mi propio caminar derrotado (pero
entonces, a pesar de todo, todavía estaba convencido de poder encontrar,
algún día, una salida). Vino luego un tiempo de silencio en el que pude
sustraerme a la profunda depresión que me embargaba. Me vi entonces
abocado a la resignación más absoluta. Y seguí caminando, sin fe, con
indiferencia, en busca de alguna luz que me indicase el final del túnel,
luz que, por otra parte, no esperaba hallar. En esa época, solía añorar
las violentas embestidas del sol y la furia cortante de los agudos
guijarros y el asfixiante calor, porque ya el frío había penetrado hasta
las más hondas profundidades de mi entraña. Pensé no ser sino una de
aquellas pequeñas gotas de agua que resbalaban por las paredes,
produciendo a veces destellos que semejaban una rendija de luz.
Entonces, todos nos lanzábamos hacia allí para descubrir que no se
trataba más que de eso: agua fluyendo de las hendeduras de la roca y
burlándose, una vez más, de todos nosotros y de nuestros absurdos sueños
de libertad. Porque éramos muchos los que vagábamos por el túnel en
busca de esa hipotética salida en la que nadie creía realmente. Algunos
habían vuelto sobre sus pasos tratando de encontrar el lugar por el que
habían entrado, mas todos fracasaron en el intento (o quizá no, ¿cómo
saberlo?). Al cabo de un tiempo, volvían a vagar junto a los otros, tan
desorientados como cada uno de nosotros. Un hombre viejo (una sombra de
voz apagada y caminar lento) me dijo en una ocasión que lo más
importante era, precisamente, no desorientarse, seguir siempre una misma
dirección. Basándose en la tesis de que "no hay túnel que no tenga, al
menos, dos extremos", sostenía que alejándose siempre del que se utilizó
para entrar, por fuerza ha de llegarse al otro. Aunque no se sabía de
nadie que lo hubiese conseguido, esta máxima alentó mis pasos por un
tiempo. Más tarde, decidí aplicar el conocido teorema que dice que
"viajando a mayor velocidad, el tiempo de recorrido es menor" teorema en
el que nadie confía en exceso y que, como puede fácilmente comprenderse,
no es aplicable en absoluto a nuestra actual condición. Finalmente,
cansado por el frío, desanimado por la larga soledad, comprendí que las
teorías, aquí en el interior, no tienen el mismo sentido que afuera.
¿Quién puede afirmar que la longitud del túnel es fija, que no varía en
función de cada individuo, del punto de entrada? ¿Cómo asegurar que
existe una salida, si de todos los que nos hallamos aquí, no hay uno
solo que la haya visto? Podemos asegurar, eso sí, que hay una entrada (o
muchas) o que alguna vez la hubo. Quizá ya no exista. Quizá estemos
aislados para siempre del mundo exterior. Quizá no seamos sino el sueño
de un neurótico. (¡Pero tiene que haber una salida! Todas las voces la
niegan. Todas excepto una, la más dulce, la más adorable de todas las
voces. Ella me dice que sí, que hay una salida, que acaso esté lejos,
que la busquemos juntos. Pero luego, la voz se va apagando hasta
convertirse en un susurro que muy pronto deja de oírse y me pregunto si
no vendrá de un sueño).
Hace mucho, muchísimo tiempo que me hallo
en el túnel. Las sensaciones me han abandonado. Apenas si soy capaz de
sentir este frío intensísimo que siempre me acompaña. Mis pies caminan
siempre en la misma dirección (aunque ¿cómo saber si esto es cierto?
¿cómo orientarse en medio de la oscuridad, de las sombras que van y
vienen, de las voces preñadas de confusión?) pero ya no sé si lo hacen
con lentitud o deprisa. Mi cerebro funciona cada vez más despacio y
apenas tengo reflejos. Algunas veces, pienso que si no me hubiera
quedado dormido cuando entré en el túnel, si hubiera avanzado con
decisión hacia el otro extremo, todo esto no hubiera llegado a suceder
jamás, pero los demonios del sueño, sin duda, esperaban su oportunidad y
la aprovecharon de la mejor manera, cerrando para siempre todas las
entradas y privándome así de la tan necesaria libertad que mi alma
reclamaba y aún reclama desde esta implacable prisión de oscuridad. Sé
que hubiese podido alcanzar el otro extremo antes de anochecer, pero
ahora ya todo es inútil. Un pensamiento confuso borra otro no menos
incomprensible. Debe ser la noche eterna. Paso horas enteras quieto,
apoyado en alguna de las paredes, con la vista fija en el vacío, con la
mente en blanco y el corazón helado, preguntándome si llegaré a formar
parte del túnel, si algún día seré una de las múltiples rocas que
obstaculizan el paso. Porque ya no he de salir de aquí, me atormenta,
obsesiva, la idea de que pude conseguirlo en otro tiempo si realmente lo
hubiese deseado. Ahora sólo queda el tiempo que no se agota, el frío que
no cesa. Y la voz que acaricia...