La escritura del palote o las grafias del escolar
preadolescente conforman el trazo con que Germán Carrasco (Santiago,
1971) elabora la arquitectura sin geometria de estos poemas
-llamémosles, simplemente, calas-, en los que el lector es invitado una
y otra vez a jugar al
pillarse con el hablante enmascarado. Julián, el voyeur de
rasgos sospechosamente pedofílicos y toda una galería de personajes le
sirven a este hablante en continua metamorfosis para elaborar un
discurso triste pero arrabalero, i.e., arraigado en una sutil melancolía
que encuentra en las casas de fachada continua, en las plazas y jardines
invadidas por escolares, adolescentes de besos por ahora inofensivos y
sobrinas carrolianas -las delicias del reverend0 Hodgson, si se prefiere
su nombre a su seudónimo más popular: Lewis Carroll- el espacio de un
ensueño degradado desde el cual, literalmente, utopizar.
Este
panorama citadino es el albergue ideal donde poner en acción a todos y
cada uno de estos personajes que cobran, a medida que transcurre “el
relato”, puesto que esta es por definición una poesía que no le hace
asco al prosaismo y la narración, una mayor y más peculiar independencia
con respecto a la voz de un hablante único que a todas luces nunca llega
a hacerse presente. Lo que más podría asemejarse a un hablante de tom0 y
lomo es el voyeur que fisgonea contumaz a esa Rita Consuelo que aparecía
ya en el anterior volumen de Carrasco, La insidia del sol sobre las
cosas (Dolmen, 1997), convertida hoy en Ruby (¿Tuesday?), Doralisa o
la musa de la cual, a estas alturas, ya no queda ni el perfume (imagen
proveniente de Hernán Miranda, poeta de los sesenta que nuestro autor
con ojo crítico revaloriza, asi como también lo hace con otro nombre, en
este cas0 uno de los olvidados de la poesía chilena, Julio
Barrenechea).
Pero no deja de haber cierta lógica en esta
ausencia del hablante: la palabra “camposanto” se repite con una
insistencia que lo liga a la palabra “silencio” en el que tal vez sea el
poema más descollante de todo el conjunto: “El silencio y la infección
de la vida”. La paz de los cementerios a la que parece aspirar el libro
no es tal, pero se entiende, en cambio, si consideramos esa mirada
neutral de la que hablaba Julio Ortega (Caja de herramientas, LOM, 2000)
a propósito del deambular flemático y perverso del ojo bizco que Germán
Carrasco utiliza en su descripción interesada del telón de fondo urbano
que lo rodea. De este modo, la ausencia del hablante posibilita hablar
del mundo pero de un modo múltiple, a través de una realidad
caleidoscópica como a la que asistimos en poemas como
“Casagrande”, “Locus amoenus & Casa Fantasma”, en
donde, además, siguiendo esta lógica, son admisibles rasgos
autobiográficos que de otro modo parecerían un pie forzado y maltrecho
por obra y gracia de los caprichos del autor. Aqui entran a escena
nombres de una nueva y más íntima lista -Cata, Sixto, Julián y Marta
Vielma-, de acuerdo con la brevedad y el cambio evidente del ritmo y la
entonación de esta serie. No hay, sin embargo, discontinuidad.
La
creación de una especie de universo paralelo, coherente en si mismo,
pero fuerte y tenazmente engarzado con el contexto nacional del Chile
ubicado entre siglas y siglos, provee el fundamento imprescindible para
suponer que este libro es un modelo adecuado para resolver estéticamente
(para darle cabida formal o artística) la serie de contradicciones que
se enuncian en la representación de una ciudad que bien podría ser el
Santiago de Chile (el pasillo de un conventillo) que habita el autor de
este libro. Enfatizar, en este caso, el modo condicional del verbo no es
gratuito, ya que si bien la mirada jerarquiza por parejo los distintos
lugares que representan la marginalidad urbana, ésta también alcanza
ciudades foráneas que necesariamente abren el compás de nuestro juicio.
“Las huellas de realidad” que presenta el texto -coloquialismos, lugares
reconocibles por el lector común, experiencias cotidianas- tienen su
derecho a difuminación en tanto logran un espacio en la medida que han
pasado por la criba artesanal y miniaturista del pulso
autoral.
De seguro los críticos de onda corta repararán en este
libro haciendo un hincapié majadero en las famosas cercanias con Lihn y
el prosaismo británico, etc. Pero eso sería mezquinarle a este libro su
libre imbricación con otros contextos creativos: la avidez carnavalesca
de esta danza ritual y moribunda, donde se confunden erotismo y tanatos
hasta lograr una solución que se encarna en la figura del súcubo amado:
Rita, Ruby o quien sea, tiene la impronta de una invitación tribal para
contemplar la autoinmolación de un poema -como gran parte de los de este
libro, que hayan su razón de ser en la exposición de sus mecanismos
expresivos. La mezcla adúltera (Corbiére, Eliot) resultante de todo
esto, cuenta entre sus elementos con la metáfora deconstructiva de una
realidad que no necesita de la intervención del poeta para estar
cayéndose a pedazos, un arte siamés que no rehúsa ni los fragmentos ni
los despojos, como si estos fueran la metonimia indesmentible de esa
verdad a la que, en última instancia, se quiere apuntar: lo que puede
decir el poema sobre si mismo, sobre la realidad hacia y a la cual
quiere apelar, es en ambos casos poco menos que nada.
No incurre,
sin embargo, este autor, en los juegos deliciosamente retóricos y
autoconscientes de un Andrés Anwandter, en el silencio locuaz de David
Preiss o la transformación travesti que emprende Antonio Silva. La
peculiaridad de Carrasco pasa por la charlataneria antibarroca que
pretende llenar las páginas con la meditación sonámbula de ese hablante
voyeurista del cual haciamos mención en un principio.
El debate
sobre las posibilidades del decir que ha puesto como cabeza de playa la
poesía chilena de la última década, encuentra aquí no una respuesta
contundente, sino irónica: la equivalencia entre hacer el amor y comer
lentamente y con hambre, la confusión de juegos infantiles y eróticos,
la confección de cada sílaba del poema como una sesión de sex0 oral,
todo ello se aleja del escrutinio morboso de las posibilidades del
decir, para entregarse a las precarias bondades de una escritura que
busca en la blanca tersura de las calas la tez aún impoluta de la página
antes del poema. El ejercicio de la ausencia con que Carrasco se
mantiene a salvo de cualquier desborde lírico, no es, por ende, una
cuestión meramente formal: es la esencia de estos poemas, es el único
lugar desde el cual pueden ser escritos. Para estar en estos poemas el
hablante, por paradójico que parezca, tiene que estar
ausente.
Cósimo Piovasco de Rondó, el barón rampante de Calvino,
para estar mas cerca de su familia y de su pueblo se fue a vivir a los
árboles. Desde alli pudo entender mejor lo que pasaba en su entorno y
actuar en consecuencia con mayor prolijidad y eficacia. Se alejó para
acercarse (un lugar común o una mala imagen de un aprendiz de poeta).
Algo de eso hay en la disposición textual de los poemas de Calas, un
distanciamiento irónico que se refleja en la mueca de muerte, en el
gesto de amor o en los quejidos áfonos que son, en síntesis, el poema
según German Carrasco.