El poeta Germán
Carrasco habla de la ciudad y de sus colegas
“No hay nada como ver a una
secretaria leyendo poesía”
“Yo intento que la cosa no tenga un
carácter sagrado ni intocable”, dice, al hablar sobre su escritura,
este hombre de 31 años, uno de los más talentosos y premiados miembros
de la nueva camada de poetas chilenos.
por Manuela
Román
A los
31 años, Germán Carrasco se ha erigido tranquilamente como una de las
voces más originales (y enjundiosas, si se nos permite tan cazuelero
término) de la nueva camada de poetas chilenos.
Con tres libros
ya publicados -“Brindis”, “La insidia del sol sobre las cosas” y
“Calas”- y otro a punto de salir del horno -“Clavados (eventos)”, con
el que hace poco ganó el Premio Hispanoamericano Sor Juana Inés de la
Cruz-, este autor nacido y criado en Santiago se ha granjeado sin
problemas el reconocimiento de la crítica y de buena parte de sus
compañeros de generación -lo que no es poco decir-, gracias a una
poesía suelta y audaz centrada en los acelerados vaivenes de la gran
ciudad, con todas sus luces, sombras y miserias.
-En tus
poemas, prácticamente no sales de la ciudad.
-Es que ese es mi
entorno. Si viviera en Costa Rica, a lo mejor escribiría sobre tucanes
y garzas. Y el retrato que hago de la ciudad es puro. Intento ser lo
más objetivo posible, incluso objetivista. No hablo desde un ángulo
social ni emito juicios de valor ni emotividades. Me interesa que
hable la ciudad, no yo.
-Tus libros tienen distintos estilos
y registros. ¿Por qué te gustan tanto las mezclas?
-Para mí, la
imagen de la poesía es la de la musa desmembrada. Como en ese poema de
Roberto Bolaño donde la mujer es de cristal y se hace pedazos frente a
dos poetas. O en ese otro de Hernán Miranda Casanova en que un tren
despedaza a una mujer y quedan los trozos diseminados por todos lados.
Esa figura se acerca a la poesía. Pero no hay que trabajar con los
fragmentos por separado, sino ensamblar al monstruo, aunque el
engendro sea de lo más bastardo.
-Algunos de tus poemas se
acercan bastante a la narrativa. ¿Qué buscas con eso?
-Lo que
pasa es que, en estos momentos, la poesía tiene que echar mano a
cualquier cosa para hacerse escuchar, para ampliar el auditorio y
llegar a un poco más de gente. Y los recursos narrativos, incluso si
son abusivos, son válidos para eso. El poeta debe garantizar un
sentido del verso y tener una conciencia profunda de la palabra, pero,
como digo, una vez superado eso puede echar mano a todo. La idea es
que lo escrito no sea tan alambicado, porque excluye lectores. Además,
yo intento que la cosa no tenga un carácter sagrado ni
intocable.
-¿Y no te complica la masividad ciega?
-Es
que los libros tienen ciertas citas ocultas que algunos lectores van a
descifrar, pero también tienen lecturas de recital, de uso. No hay
nada como ver a una secretaria leyendo un libro de poesía en la micro.
O a un oficinista o a un obrero. Y yo he visto. Por ejemplo, he visto
a gente leyendo a Zurita en la micro.
-La tradición poética
siempre está presente en tus libros. ¿Es muy importante eso para
ti?
-Las poéticas necesariamente responden a la tradición. Por
ahí está el que le contesta a Nicanor Parra, el que reacciona ante
Neruda o el que conversa con la generación de la neovanguardia.
Siempre hay diálogo. Por eso me disgustan los autores que no se
insertan ni positiva ni negativamente dentro de la tradición. Pero me
complica harto criticarlos.
-¿Por qué?
-Porque mucha
gente que habla de libertad de expresión no tiene ningún respeto por
una opinión disidente. Te miran como pájaro raro si dices que no te
gusta, por ejemplo, Martínez. Y olvídate si dices que no te gusta
cierta vaca sagrada del cincuenta. Y, si estás en el sur, te matan.
Son prejuicios de país chico.
-¿De quiénes
hablas?
-Si doy nombres tendría que hacerlo con seudónimo. Aquí
hay que usar seudónimo hasta para ir al baño. Todo es prejuicio, no se
puede hablar de ciertas cosas.
-Pero a ti te gusta tirar
dardos en tus poemas.
-Claro, pero cuando le tiras un dardo a
un poeta equis no lo haces para escandalizar, porque es parte del
juego literario: un homenaje, una chanza, una paráfrasis. No por citar
irónicamente a un poeta de la generación del cincuenta le estás
declarando una guerra a muerte. Es jugar con la cita, dialogar con
ella, nada más.