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Germán Carrasco

La envidia del sol sobre Carrasco


por José Ignacio Silva A.



Si hay que señalar a una de las voces poéticas jóvenes que brilla con luz propia en el firmamento literario criollo, hay que hablar de forma obligatoria (no obligada) de Germán Carrasco (Santiago, 1971). Hagamos un ejercicio poético-futbolístico: si es que hubiera que conformar un combinado nacional de poetas, Carrasco es número puesto en la titularidad, con la jineta de capitán y con la 9, listo para el gol (sabroso será discurrir a los otros diez, y al entrenador). Diversos galardones refuerzan lo anterior (Jorge Teillier 1997, Diario de Poesía-Vox 2001, Sor Juana Inés de la Cruz 2001 y Consejo Nacional del Libro 2002), pero son sus libros los verdaderos premios que Carrasco se inventa para sí mismo, y regala con sigilo a los que tienen la fortuna de leerlo, “en chileno, en diminutivo”, como señala el poeta.

El brillo del autor se gesta en Brindis, y se consolida felizmente en La insidia del sol sobre las cosas, Calas y finalmente en Clavados (J.C. Sáez editor, 2003), tres libros trillizos y univitelinos. Decir que Carrasco mantiene una unidad temática respecto de sus textos anteriores, y que mantiene a su vez imágenes y conceptos que han cruzado su literatura (a saber, las calas y el chincol), es demasiado poco, porque ciertamente Germán Carrasco no es un poeta principiante que tenga que rendir examen frente a las mentes privilegiadas de la poesía nacional. Quizás pase al revés. Los volúmenes anteriores nos dan cuenta no solamente de un poeta que trabaja, y trabaja bien, que cada tanto sorprende al desatendido lector con una nueva entrega; pasa que Carrasco ha ido construyendo las bases sólidas de una imagen y prestigio bien ganados, con destreza, lucidez, y, para que nadie dude, premios. Destreza por el uso de la palabra y lucidez en el conocimiento acabado de lo chileno, de la ciudad, “agresivamente monolingüe, en dimunitivo, con deformaciones de liceo fiscal y kermesses varias”, lo que provoca el horror y el deseo de huir “a ínsulas extrañas”.

La propuesta poética de Germán Carrasco se ha mantenido intacta a lo largo de los años. Ha conservado un vigor singular, que se mezcla con giros notables, especialmente sobre el propio ejercicio literario y el acto mismo de escribir: “El cursivo desplazamiento de la danza/ y los caracteres garrapateados/ -patas de araña de manuscritas infantiles/ son deleitosos, incluso cuando no podemos/ descifrar”, o con el añadido sabroso de la maña propia del poeta: “un anciano pobre que se la mamó toda una vida/ trabajando por una miseria; no, momento, aliteremos:/ sacándose la chucha por una chaucha” (quizás el verso más egregio del libro). Esto deja en evidencia la perspicacia y dominio sobresalientes que Carrasco tiene del instrumental lingüístico y la capacidad señera de mezclarlo con dimensiones corrientes, urbanas, para entregar un producto único, bordeando la genialidad.

“Clavados” es un libro pródigo. El recorrido por sus páginas deja claras algunas cosas. Las primeras, evidentes, básicas, que no se está frente a un versificador cualquiera y que tenemos aquí a un poeta que maneja el lenguaje de una forma ejemplar. Las segundas, menos ingenuas, tienen que ver con la decodificación de las fuentes y referencias múltiples a las cuales el autor echa mano (e.g. Shakespeare, cuya obra tradujo, y el lenguaje callejero, coloquial), todo con el fin de afianzar la articulación de un discurso firme, combinado con el conocimiento agudo de Chile y sus vicisitudes urbanas y orales. A pesar de la depreciación del autor por la cita bibliográfica, son los versos la cita bibliográfica misma, subterfugia, o mejor, subcutánea, donde el exterior es la piel dura de un poeta que rechaza las referencias fáciles, pero a su vez entrega un poema de registro amplio manteniendo la siempre gratificante falta de sesudez, o de metafísica trasnochada.

Carrasco llega al mundo, ofrece su palabra, su vida, sus lecturas, lo visto y leído, con paso furtivo, pero pegando primero, con rock & roll y locura, y maravillando después, con el secreto punk de la belleza y el espíritu fragante a juventud, ta claro.

 

Germán Carrasco
“Clavados”
J.C. Sáez Editor, Santiago,
2003, 117 págs.

 

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Clavados

Secreto punk de la belleza

por Patricia Espinosa

En Clavados de Germán Carrasco lo repentino no se escabulle, al revés: se asume como una provocación inevitable y necesaria. La piscina y el clavado, el poeta y la escritura retozan en el agobio de lo inmediato. Agobio y gozo se cruzan, no hay principio ni final y no importa preguntar por el origen: “eso es eso”. Romper con el referente, intentar desligarse de la imagen y quedarse acá. Pegarse a lo repentino, solo eso. Es éste el sitio donde la escritura se instala, el terreno donde se impone la inseguridad ante el juicio totalizante: la escritura deja espacio para que se cuele siempre otra cosa: “admitamos/ que hay más en el mundo que escritura”, pues “El suelo te reclama”. La manida mitificación de la escritura se encuentra ahora atenuada con el peso de la realidad como “praxis que lisia”, pero a la cual no se le niega presencia.

Uno de los puntos centrales en Carrasco es la interrogación en torno a la pertinencia de la cita, el vicioso afán de aquellos que enfermizamente convierten el texto en placer de arqueólogos. Carrasco da claves de lectura en tanto negación de aquella referencia-cita que engalana al texto. En oposición, plantea adherir a la materialidad de la escritura: “No había otra simbología que las propias/ formas arquitectónicas”, “Agradable caminar por el mármol [...] sin preguntarme cómo y dónde/ y por qué estaba ahí”. Negarse a la pregunta en torno al sentido, solo desplazamiento, pasión por la forma, por aquella arquitectura que conforman las palabras. ¿Y qué es, entonces?: solo poesía ante la cual el clavadista prepara su brinco. No debe importarnos cómo llegó hasta allí. La escritura siempre puede impulsar el ir hacia la cumbre. Así, ser un homeless, iluminado por la naturaleza, mostrando una cicatriz de resistencia beat ante el entorno condenado al caos. Soy el mendigo dice el que habla, el que hace esta poesía y la escribe con la lengua, con la saliva sobre un cuerpo/texto ajeno en un ritual de erotismo desasido de dolor.

Carrasco, con una ironía genial, es capaz de concitar en un par de versos momentos cúlmines del pasado literario o de traslapar la palabra común, haciendo cruces con un lenguaje reconocible como oralidad chilena y hablas devenidas de la literatura y de la alta cultura. En medio de los sucesivos cruces de lenguajes, ritmos y figuras, ocupan un sitio preferencial el chincol, el viejo que clama por el cementerio, el manoseador, el sabio y un “anciano pobre que se la mamó toda la vida/trabajando por una miseria; no, momento, aliteremos:/sacándose la chucha por una chaucha”. El “aliteremos” es el gran disruptor, la autoconciencia desmedida, la mínima intención de ocultar el posible error. Porque esta poesía se nutre también de las famosas “incorrecciones idiomáticas” para atacar un lugar: “agresivamente monolingüe”. De ahí también, el que Carrasco use y recontextualice mitos literarios como el de Porcia o Shylock: “Otro trago más y hablo en mi idioma/así que no me vengai a dar jugo —le digo—/el español amupudungao que hablaban las agüelas/ frases en yiddish de zukofsky y los demás [...]/¿Recuerdas a Shylock, en la penitenciaria?/le decían Shylock, le decían shiloco, le decían/chino, chico, lo hueviaban shino”. “Shylock”, el poema, convoca gran Shakespeare, pero también lunfardo, coa, convoca a Piglia de Plata quemada, convoca a Urrutia Lacroix, convoca —por decir lo menos— aires del costumbrismo negro de Nicomedes Guzmán y personajes perdidos en la lejana microhistoria revolucionaria nacional, todo en un combate delirante y lúcido. Como en “Antonioletti en el fumadero del Liceo Gabriela Mistral”. El triste y nostálgico sueño revolucionario de dos adolescentes de colegio fiscal, uno de los poemas que más me han gustado de este volumen: “este sueño desesperado y lautarista/sueño genuino de rock and roll y de locura [...] este secreto punk de la belleza,/estos/uniformes/escolares,/este espíritu fragante a juventud,/besos en un idioma que entendimos./Este sueño desesperado y lautarista,/sueño genuino de rock & roll y de locura/ hermoso como la muerte de un rottweiler”. Cito en extenso porque la poesía de Carrasco expone una belleza convulsa y a ratos profética, siempre marcada por un fraseo bop, golpeador, sinuoso y desesperado. Clavados es el mejor y más intenso libro de poesía aparecido en mucho tiempo.

 

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Germán carrasco: -La envidia del sol sobre Carrasco
por José Ignacio Silva A.
Fuente: http://www.plagio.cl/
-Secreto punk de la belleza
por Patricia Espinosa
Fuente: Rocinante Nº 60, Octubre 2003