La Poesía
Inteligente de Germán Carrasco
por Grinor Rojo
(Presentación de Calas.
Santiago de Chile. Dolmen, 2001.)
Inteligencia, oficio pero también una sensibilidad abierta,
disponible y extremadamente perspicaz, que observa y procesa los
elementos del cotidiano con una mezcla de fascinación y
distanciamiento, he aquí algunas entre las notas que me parecen de las
más destacadas en este
espléndido
libro de Germán Carrasco. Mi relación con el poeta fue accidental
primero, cuando me llamaron la atención algunos de sus poemas en la
antología de la poesía nueva que nos propinó Francisco Véjar hace dos
o tres años, un poco más cuidadosa después, cuando leí La insidia
del sol sobre las cosas y, finalmente, al cabo de la lectura de
estas Calas, de entusiasmo sincero. Creo hallarme ahora en
condiciones de afirmar que Germán Carrasco es un poeta importante, que
las contribuciones que él está haciendo a la poesía chilena son
significativas y mi confianza respecto del porvenir del arte de la
palabra entre nosotros, un tanto decaída en estos últimos tiempos, se
renueva y reenergiza con la frecuentación de su trabajo.
..... Me parece que Carrasco es un poeta
importante por muchas razones, pero más que nada por la autoconciencia
que demuestra respecto de la situación que en su calidad de poeta le
toca vivir en el mundo contemporáneo chileno. Este es un poeta que
mira, pero que también se mira mirar. En esta operación, que
como sabemos es moderna por excelencia y que fue la que Sartre subrayó
en Baudelaire, la de verse el poeta a sí mismo mirar (y, por
consiguiente, la de verse escribir), Carrasco es, seamos claros, un
experto. Él es en primer término el ambulante urbano de uno de los
segmentos más poderosos de la poesía del último siglo en América
Latina, el segmento de los poetas "callejeros" al que se refiere
agudamente mi amigo Alejandro Zambra en el apílogo de Calas,
con predecesores chilenos ilustres, desde el Darío que recorre los
cerros de Valparaíso al Enrique Lihn que comenta la vida y milagros
del Paseo Ahumada, poetas todos mirones, testigos presenciales a la
vez que habitantes problemáticos en el territorio de la urbe mayor, y
que en el caso particular de Germán Carrasco es la de fines del siglo
pasado y comienzos de éste. En su poesía Santiago se ha extendido y
diversificado en espacios múltiples cuya especificidad aumenta en
proporción directa con la creciente fragmentación del conjunto: lo
divisamos en la calle Independencia, por allá por las cercanías del
Hipódromo Chile, en el Forestal y en los puentes del Mapocho, en el
San Cristóbal, en la Vega Central, pero también en el Barrio Franklin,
como uno más entre los concurrentes a las zaparrastrosas tertulias del
paso bajo nivel que se encuentra en la esquina de Ñuble con Vicuña
Mackenna, o en el Parque O´Higgins o en la Quinta Normal o,
finalmente, acompañando esta vez a la novelista Guadalupe Santa Cruz,
absorto frente al mapa laberíntico de los recorridos de las micros
santiaguinas. En esta varia geografía el poeta se desplaza y anota:
"el paciente ajetreo de los cartoneros" en "La sangre tira" (17), "las
nereidas de Lola Mora, desnudas en la Costanera Sur" en "V.V. Fisher"
(132) o "El travesti part time" que se arroja al espacio
desde "el último piso de una torre del Loop o de Av.
Portugal" en "caída ascendente" (136).
.....
Bien pudiera ser así que con este libro suyo Germán Carrasco le
esté dibujando a la ciudad de Santiago su fisonomía poética actual.
Después de los tímidos ensayos de Rosamel del Valle en la década del
veinte (pienso en País blanco y negro), del Neruda de ciertos
poemas residenciarios (pienso en "Walking around"), del
Nicanor Parra de los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui ("Un
fantasma recorre la Alameda de las Delicias..."), del Jorge Teiller
que va dejando sus poemas en los bares de la bohemia agonizante o del
Enrique Lihn al que nosotros aludimos más arriba, Carrasco se hace
cargo ahora de la ciudad de los comienzos de la segunda centuria
republicana, una ciudad que en treinta años ha cambiado su rostro de
una manera radical (algunos dicen que desde el pre hacia el
postmoderno) y la versión que de la misma nos entrega es menos
focalizada, menos jerárquica, más dispersa y minimalista. Tal vez
Pedro Lemebel, en algunas de sus crónicas, sea quien se aproxima, en
la literaura chilena de los últimos años, a lo que Carrasco está
haciendo en este sentido.
..... Pero lo
esencial de mi argumento en la presente introducción es que Carrasco
no sólo "callejea", esto es, no sólo circula, mira y anota los
aconteceres de esta ciudad contemporánea chilena, sino que además se
mira mirar: que es un poeta autoconsciente, autovigilante. No sólo
vigila eso que ve sino el cómo lo dice. El resultado de este ejercicio
es una poesía que supera con mucho el exteriorismo del
zapping o los video clip que según afirma Néstor
García Canclini constituyen el modo común de la experiencia en la urbe
latinoamericana de hoy. Ahora bien, es cierto que por el poeta como un
practicante de ese "zapping arbitrario", como un devoto confeso de las
"fijaciones o instantaneas", televisivas o de cualquier otra índole,
se interesa también Carrasco en la primera y otras piezas de su libro,
comparado con los logros del escrutinio que él mismo lleva a cabo
durante el transcurso de su práctica ambulatoria a los registros que
dejan los instrumentos de la reproducción mecánica de la
contemporaneidad (registros que, por lo demás, al menos en el
contenido de este sema, son las "calas" que anuncia el título
polivalente del volumen (2)). Con todo, en la medida en que Carrasco
no sólo registra sino que se observa registrar y que en sus textos nos
da una cuenta lúcida y precisa de ambas operaciones, él se transforma,
además y de inmediato, en un metapoeta moderno: "De un momento a otro
nos dio por escribir / acerca del problema de escribir", confiesa en
"Un panorama" (89). Y su poesía demuestra que eso es efectivo, si es
que no para la totalidad de los involucrados en el "nosotros" que
comada la frase, al menos para él mismo. Puede que sea por eso
también, por esta despierta certidumbre sobre la naturaleza de lo que
hace, que nosotros notamos en su escritura un sostenido rechazo a la
tradición del estrépito poético, una tradición respecto de cuyas
debilidades por la agresión auditiva él quiere que su trabajo se
mantenga rigurosamente al margen:
Nacimos en el desprecio de los signos de exclamación,
en
habitáculos donde sólo se llega a dormir o al amor
y se sujetan
los áfonos, dulces quejidos; en el desprecio
a esos signos, que
tanto daño han hecho a los amantes
como a la relación entre
empleadores y empleados.
............................................................
Tenues
ofrecemos té y vino en diminutivos a quien comparte
la charla,
el ajedrez sin fanfarronear el triunfo, sotto
voce
como si con los decibeles se fueran a marchitar las
calas...
....................................
(Ganas de trotar bajo la tempestad",
15)
.....
Por cierto, la poesía de la poesía o, mejor dicho, la poesía del
poetizar es producción característica de la modernidad. Si el poema
moderno es, como asegura Octavio Paz, el poema del entusiasmo
ironizado, y si la ironía constituye el tropo por antonomasia de la
inteligencia, la de Carrasco sigue siendo poesía moderna sin la menor
duda. La persecución del circuito de la producción del poema, desde su
puesta en marcha en el vidrio trizado de un percibir borroso, "Como si
tuviera los pinceles sucios, humo en los ojos / que nunca se sabe
exactamente lo que miran" ("Fintas", 12), pasando por la apertura de
la página, cuando el poeta despliega "la sábana blanca de una cala"
("Calas blancas", 94), seguido ello de la materialización gráfica del
flujo escritural, "como diminutas líneas de un manuscrito que /cruzan
de un margen a otro" (Voces", 21), y hasta llegar al momento de la
recepción del producto, cuando al escucharlo pronunciado en voz alta a
sus oyentes se les atraviesa "un diente de león con mensaje amante o
una pelusa cruzando el cuarto" ("Ganas de trotar bajo la tempestad",
15), todo eso se encuentra documentado escrupulosamente en el libro
que ahora comento. Me sorprende en efecto encontrar, entre los
materailes que lo integran, nada menos que un pequeño breviario con
las tareas y normas de conducta que le convendría observar al poeta de
este tiempo, algo así como su programa de vida indispensable, esto
junto con un corte de aguas perfectamente definido respecto de lo que
él no debe ser ni hacer. Por ejemplo, el poeta que nos presenta
Carrasco debe "Ver la perspectiva y el final / en cada pasillo y
callejón", debe "amar a quien [le] enseña trucos / de supervivencia" y
no debe prestar atención "al desdén, al desacato / y a los cretinos
que [le] quitan el saludo" ("Agenda", 14). En otra parte se le
recomienda que no emprenda el vuelo o, al menos, que no lo haga en el
marco de las actuales y bien poco felices circunstancias históricas.
La metáfora de las "alas", que como sabemos es el símbolo de la
propensión ascendente del bardo romántico y neorromántico y que
también dio lugar a un poema famoso de Alfonsina Storni, a un relato
no menos famoso de María Luisa Bombal y a un poema (que Carrasco cita,
por cierto) de Rosalía de Castro, pero que con el correr de los años
acabó identificándose "con el dinero, la movilidad y la libertad"
("Summertime", 22), se sustituye así, expresamente, en este libro, por
la metáfora de las "calas". Pero unas "(C) alas" que bien pudieran
serlo nada más que transitoriamente, dada la pobreza del trabajo
poético que en la actualidad se perpetra entre nosotros. Todo lo cual
indica que no es impensable que en un futuro indeterminado las calas
se desenganchen de esa "c" que las amarra a la tierra. Y entonces será
cuando, como escribe Carrasco, los poetas se eleven hacia el cielo una
vez más, cuando "despleguemos las alas" (Ibid.). Por supuesto
que el clip de la autoironía no se hace esperar:
"clip: con un intenso crescendo de bronces, en
cámara lenta / como labios o alas que se abren, se extiende / la
última nota de esta idea..." (Ibid.). El humo en los ojos, del que
Carrasco declaraba en "Fintas" que le nublaba la vista y en el que yo
me detuve oportunamente, parece en verdad ser mucho menos denso de lo
que uno pudiera creer.
..... No sólo
eso, sino que en el último tercio de su libro Germán Carrasco se da el
lujo de pergeñar un ensayo en verso de historiografía literaria.
Titulándolo "Un panorama", en él pasa revista a la obra de sus
antecesores inmediatos y evalúa, no sin una dosis de humor negro, el
lugar que en la carrera diacrónica les ha correspondido ocupar a él y
a sus compañeros de generación:
..... De
un lado:
En
las dos últimas décadas del siglo
algunos estériles ponys del
sesenta
ya empezaban a cabalgar trabajosamente
por las verdes
y plácidas praderas del establishment...
..... Y
del otro:
Algunos reemplazaron a los ponys
zampándose unos ladrillos
ilegibles
tratando de enderezar signos de
interrogación
forjados en acero.
Otros adoptaban las guarradas
americanas
del realismo sucio o la contracultura que
llegaban
con años de retraso al correo
de Nueva Quillahue y
Nueva Barrancas
y había quien confundía la escritura
con el
nuevo testamento, o el antiguo.
No faltaba al que se le
desordenaba el engominado
gritando que había que volver a la
bodega donde se desangraban las
habas y frijoles de la
métrica...
.....................................................................
(88) (89)
.....
Además, una parte importantísima de este experimento poético de German
Carrasco la constituye el antagonismo binario entre la contemplación,
a cuya práctica él se dedica durante "las horas malgastadas" de su
vida ("Único arte", 20), y la "tendencia a la gramática de la acción"
("La sangre tira", 17), antagonismo que como bien sabemos es un lugar
común de la estética clásica tanto como de la moderna y que Carrasco
resuelve en favor del primero de ambos términos. No a la acción y no
además a las que no son sino sus consecuencias forzosas: la posesión
de personas y de cosas, por una parte, y la mantención de una
identidad que es siempre igual a sí misma, por otra. En cambio, una
reivindicación apasionada del ocio lúdico, el que como es bien sabido
se opone lo mismo al negocio que al sacerdocio, y que es favorable a
la actividad del artista y el filósofo. Me refiero a la reivindicación
del principio según el cual "lavorare stanca" y "LA PRAXIS
LISIA" ("el silencio y la infección de la vida", 31). Es, en buenas
cuentas, una renuncia manifiesta de parte de este joven poeta chileno
a las reglas teleológicas que organizan la praxis en el campo de juego
burgués y una elección de la precariedad del más allá de los bordes
como el único fondo en el que puede echar el ancla con la conciencia
tranquila en los tiempos que corren. En estas condiciones no tendría
que extrañarnos su simpatía por los desharrapados, por los cartoneros,
por los drogadictos, por los jóvenes punk o hip-hop,
por las prostitutas, por los vagos, por los mendigos, por los que,
como lo hace él mismo en su poesía, "al menor descuido te pegan el
zarpazo / y te tatúan la memoria con alguna inmundicia" ("Los del
hospicio", 25). Todos esos personajes son miembros activos de la
"comunidad de los quiltros" respecto de cuyos hábitos Carrasco nos
pone minuciosamente al tanto en "Acerca de la muerte de dos perros..."
(76). Notable me parece también, en una cuerda afín a ésta, la
reescritura que él emprende del "Monólogo del viejo con su muerte", el
célebre poema de Enrique Lihn, y que Carrasco titula "Boletos para el
soliloquio del anciano ateo en el Hogar de Cristo". El viejo de Lihn,
canonizado y objeto de culto a estas alturas, en la poesía del autor
de Calas ya no presenta el show de su miseria y su
familiaridad con la muerte para el consumo de un poeta que lo increpa
furioso sino que lo "representa" para un público amplio y que compra
boletos para asistir al espectáculo:
Tengo
boletos para el Soliloquio del Anciano Ateo en el Hogar de
Cristo.
Quizás no debas maquillarte ni debamos acicalarnos, como
cuando
vamos al cine en miércoles popular o como quienes visitan
a los
funcionarios del monarca tras una larga fila con carpetas
azul-fiscal
bajo el brazo
similar a la fila eterna en el Hogar
de Cristo.
Debemos asistir con cautela, como en el reencuentro
con un
viejo amor tras años de praxis que cala y tatúa
o quizás como si
fuéramos al recital de un maestro muerto que resucita
entre un
jardín señorial inexistente...
.....
Me interesa, también en esta misma línea de observaciones, el modo
cómo da cuenta Carrasco del espacio del receptor contemporáneo, el
que, reiterando la estrategia que él emplea en algunas "instantáneas"
de parecido carácter, queda registrado en varios poemas de su libro
con una imagen y un término clave. El espacio del receptor (y, por
extensión, el espacio público o "del público") es en Calas
una "kermesse" en la que la voz asordinada del poeta ya no se
oye:
.......................................................... Yo, como el
viejo
también padezco ahora una necesidad de
silencio
ante el diálogo de sordos en la kermesse, el
parloteo que chorrea tinta
en mil páginas innecesarias, el
espectáculo bluff
de la publicidad, los media,
las maratones con altoparlante,
en fin: la muerte del logos, el
absurdo...
....................................("El
silencio y la infección de la vida", 30-31)
..... Se va dibujando de este modo el perfil del responsable de estas
"calas". Tal vez demasiado inteligente para ser un poeta visionario,
es en cambio un bardo que conoce y pulsa las cuerdas de su lira como
pocos en el Chile actual. Sabe, por ejemplo, de su precursores. De la
poesía moderna en lengua inglesa, la de Blake, Poe, Pound, Eliot,
Moore, Stein, Williams, Auden, Ashbery y Rich; de la latinoamericana,
la de González Martínez, Paz, Cisneros y Koser; de la chilena, la de
Pezoa Véliz, Mistral, Huidobro, Neruda, Parra, Arteche y sobre todo de
la de los poetas de los años cincuenta y sesenta; de la española, que
aunque se burle de ella en varias oportunidades, no por eso se
encuenra menos actuante en la suya propia, a través de Rosalía e
Castro, de Cernuda, de Alexaindre, de Jaime Gil de Biedma o incluso,
por la vía de los endecasílabos garcilasescos con que encabeza una
hilera de textos, desde "Distancias" ("Luego del dulce juego de
distancias", 93) a "Ruby camina por una pendiente litoral" ("El árbol
más hermoso es el ciruelo", 96), acudiendo a lomejor de su rama
dorada. Por último, no quiero pasar por alto en este escrutinio de
intertextos algunas alusiones a piezas canónicas, de las que hay
muchas ne le libro de Carrasco y que pueden o no ser explícitas: al
"Le bateau ivre" rimbaudiano y a "El fantasma del buque de
carga" de Neruda en un par de poemas de atmósfera marina, "A la
tripulación" (42) y "Mole que surca mares de miedo" (74); a "Le
cimetière marin" de Valéry en "Verano" (79); y "Arte siamés"
(118); a "Vergüenza" de Mistral en "Las rodillas" (69); a "La
biblioteca de Babel" borgeana en "Locus amoenus & casa fantasma"
(70-71); al Sheltering Sky de Bowles en "No existe un cielo
protector" (128); e incluso a "El ciclista del San Cristóbal" de
Skármeta en "Casagrande" (63, un título que no tengo que decir que es
ya, en si mismo, una cita).
.....
Merecedores de atención igualmente, en este frenesí de intercambios al
que se entrega sin temores ni pudores el autor de Calas, y a
propósito del diálogo que él entabla con los poetas chilenos de la
generación que precede a la suya al que yo hacía mención en el párrafo
anterior, son una serie de textos en los que uno percibe verdaderos
pastiches del lenguaje de estos últimos. Los más escasos on los
pastiches láricos, al modo de los bardos del Sur, aunque tampoco
falten por completo; unos pocos parecieran ser reminiscencias de los
esperpentos urbanos de Manuel Silva Acevedo, como ocurre en el caso de
las dos o tres "kermesses", del Chile de "A la distancia" ("Chile es
el pasillo de un conventillo", 113) y de manera ostentosa en los
versos finales de "Panorama", donde descubro una cita casi literal de
"Dando palos de ciego" de Silva (un texto que es, al mismo tiempo, la
cita de otro texto célebre de Kafka); finalmente, hay también en
Calas una cantidad importante de poemas que nos remiten a los
retratos objetivistas y objetalistas, manipuladores éstos del
correlato objetivo eliotesco, de Gonzalo Millán. Por ejemplo, "Pareja
de palotes y pareja de próximos" (39), "La cartera" (45), "Un
príncipe" (52), "Un sólido castillo es nuestro dios" (56) y "Oscura
belleza" (107). En esta última serie, la proximidad de la lira de
Carrasco con la Relación personal, Vida y La ciudad
de Millán se me antoja notoria y productiva. Por todo esto no me
parecería raro pero sí equivocado si a algún facilista se le ocurriera
argüir que estamos frente a los ensayos de estilo de un poeta
postmoderno, al que a menudo acomete la sensación de que ya todo ha
sido hecho y de que lo único que a él le queda por hacer es consumar
unas cuantas variaciones sobre el acervo ya existente, porque lo
cierto es que llevando a cabo esas variaciones es como Carrasco
descubre algunos de los filones más ricos de su propia
geología.
..... Por otro lado, hay que
decir también que el prurito intertextual se complementa en la
producción poética de Carrasco con un fuerte regodeo intratextual, ya
sea en el espacio de esta obra en particular o en el de los vínculos
que ella tiene con La insidia del sol sobre las cosas. En
cuanto a Calas, están desde luego los términos y expresiones
claves: "calas", "kermesse", "la praxis que inevitablemente lisia",
"la reivindicación de lo áfono", los "trucos de supervivencia", "el
yámbico jadear de los amantes" (expresión esa última en la que yo leo
un homenaje irónico a "El dulce lamentar de dos pastores" de la
"Egloga I" de Garcilaso). Es ésta, en fin, la idea del libro como una
caja de resonancias, que se encuentra en el joven Borges, o la del
libro como un proceso hecho a base de patterns freudianos de
recurrencia, los que sin embargo no excluyen los quiebres del
pattern o la "repetición con variaciones", algo acerca de lo
cual les gusta hablar a los críticos de la poesía angloamericana. En
ambos casos se trata de la clase de libro cuya factura, según advertía
el maestro argentino, "debe ser un juego preciso de vigilancias, ecos
y afinidades" ("El arte narrativo y la magia"). Carrasco sabe de estas
mañas, de eso no cabe duda. Su esparcir huellas lingüísticas aquí y
allá y su regreso posterior sobre las mismas no es una ocurrencia
azarosa ni menos todavía inocente. En el interior de un volumen de más
de un centenar de poemas y que tiene las dificultades que son
imaginables para mantener su identidad de punta a rabo, tales retornos
lingüísticos funcionan al modo de motivos musicales, en última
instancia jazzísticos (otra de las ocupaciones del ocio estético de
Carrasco, dicho sea de paso: Parker, Coltrane, Monk...), que se alejan
y que vuelven y que, cuando vuelven, retoman la línea de la melodía.
Pero llega el momento en que también esta estrategia es festinada,
cuando Carrasco se da cuenta de que eso que él hace no está a salvo de
convertirse en una rutina mecánica y lo somete a la disciplina
consabida del castigo burlesco. Ello ocurre hacia el final del
volumen, en un pastiche de poema largo titulado "Arte siamés". Como en
otras ocasiones, el poeta reflexiona aquí sobre las particularidades
de su métier:
Además del prejuicio o superstición contra lo artificioso,
existe el disfrute voyeurístico de saber cómo se arma el ingenio o
mecano. Desde hace algún tiempo, se violó la cerradura propuesta por
Baudelaire en los Prefacios y se muestra el funcionamiento de los
trucos, se explican retoques y variantes improvisadas en ensayos y
cómo se mezcla el instinto y la sinceridad a las rúbricas y al
indispensable charlatanismo. Un making off: se revelan
harapos, afeites, poleas, pifias y horrores que existen tras las
bambalinas del poema.
Un poeta dijo alguna vez que sus poemas
eran fragmentos de un texto extenso; Otros, con un método inverso,
dan cohesión a lo que originalmente fueron poemas breves. Algún ojo
y oído sagaz distinguirá el archipiélago que alguna vez fue isla en
el primer caso; las soldaduras, parches y nudos en el segundo. En
cualquier caso, un poema largo es un desafío; además, a veces nos
inclinamos por los cortos y otras veces por las generosas cañas
hasta el tope
........................................................................
(118, el subrayado es suyo).
.....
Lo que viene a continuación es, demás está decirlo, la extremación de
esta teoría en el desborde carnavalesco de la praxis. Carrasco escoge
la segunda de las opciones que él mismo delimita en la cita anterior y
lo que resulta de esa preferencia suya es un edredón hecho con los
retazos, con los jirones, con las huilas de algunos de su textos
anteriores. No un almuerzo de sobras, sin embargo, sino un constructo
que persigue, yo diría que casi desesperadamente, aun y a pesar del
festineo del primer plano, algún tipo de orden, algún principio que
otorgue coherencia a la proliferación desordenada de las "calas". Y
ese principio existe, para este poema específico y también para la
totalidad del volumen. Porque ahora es cuando prestamos atención al
mensaje que Carrasco había estado tratando de transmitirnos desde las
primeras "fintas" de su libro y que se nos pone finalmente en
descubierto de una manera descarnada: percibimos que estos poemas se
encuentran hegemonizados por el discurso de la melancolía, que su
pegamento último no es otro que un oscuro sentimiento de duelo. Ese
duelo es en primer lugar el de "la musa", figura que en la actualidad
es apenas "un modelo para rearmar. / En el laboratorio de las
palabras..." ("De la musa no queda ni el perfume [l tango de Julián],
40). Pero no se trata sólo de la muerte del amor, lo que acaece
obviamente y acerca de cuyas consecuencias Carrasco nos informa con el
dolor y la autoconmiseración de reglamento (un poema excepcional en
este sentido, sobre todo por su discreción, es "Con una silla de playa
se pasea bajo la niebla tras un sol inexistente", 117), sino, además,
y esto es para mí lo decisivo, de la muerte de un cierto modo de la
inspiración de cuyos servicios el poeta se da cuenta de que no podrá
hacer uso nunca más o que podrá hacerlo sólo para ponerle nombre al
lugar de una ausencia. Porque de la musa de Carrasco, de esa a la que
"Con la luna llena la única alternativa era amarrarla para que no se /
acostara con cualquiera" y que "bailaba en una Atacama Onírica con un
emorme sol rojo detrás", "hoy no queda ni el perfume" (40 y
123).
..... Voy a detenerme, para
concluir estas rápidas observaciones, en un principio de composición
que no tiene nada de novedoso pero que es otro de los trucos de la
poesía moderna que Carrasco recicla y empuja hasta, como lo hubiera
visto Borges, lindar con lo barroco. Estoy pensando en sus
experimentos de asociación poética basados en la ambigüedad de los
significantes o, mejor dicho, en la construcción de ciertos poemas a
partir de una reunión de significados heterogéneos pero que se alojan
en un mismo significante. Un ejemplo elemental es lo que ocurre en
"Historias de la lengua..." (72), donde dos mundos infinitamente
remotos y axiológicamente incompatibles, el corrector de un par de
araucanos que se encuentran en Santiago y que tienen por fin la
posibilidad de comunicarse haciendo uso de su lengua nativa y el
perverso de una adolescente oriental que besa e introduce su lengua en
la boca de un niño de ocho años, se transforman en las dos mitades de
un todo escriturario complejo, perturbador y en el que la única
bisagra es el vocablo equívoco que da título a la pieza. Más
interesante aún es lo que ocurre en "Colas crujientes de pescado
frito" (91). En este caso, Carrasco ensaya un procedimiento que a mí
me hace recordar la manera de Proust: la reproducción del trabajo de
la memoria de la muchacha que acompaña al poeta en la escena, la
conexión de ese material, el de la memoria de ella, con los datos del
presente propio, los diversos niveles sensoriales conjurados y
superpuestos y, finalmente, la concidencia entre la conclusión de la
preparación del poema y el comienzo de su producción hacen de este
texto un verdadero paradigma de lo que Carrasco es capaz de hacer.
Poesía pensada, casi de laboratorio, y que junto con la narrativa de
Roberto Bolaño o con las crónicas de Pedro Lemebel, pudiera estar
abriendo un nuevo y enjundioso capítulo en la historia literaria y
cultural de este país.
Mayo,
2001.
en VERTEBRA
7/8
Revista de poesía, traducción y
ensayo. Instituto de Letras Universidad Católica
Agosto
2002