
Solidarität mit Chile
"Las dos orillas del Elba". Juan Forch. Alfaguara, 2012, 281 páginas.
Por Camilo Marks
Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 15 de Julio de 2012
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Es comprensible que a muchas personas no les guste Las dos orillas del Elba, tercera novela de Juan Forch, aunque es igualmente explicable que a otras les atraiga e incluso les encante. Es difícil que haya un término medio entre ambas apreciaciones y tal vez el propio autor lo quiso así. Esta debe ser la primera obra que trata con simpatía y admiración a los izquierdistas chilenos refugiados en la ex República Democrática Alemana y que, lejos de criticar al socialismo real, pinta un cuadro humano y pintoresco de las relaciones entre nuestros compatriotas y los militantes teutones que los acogieron. Por si fuera poco, la experiencia del exilio es tratada con sutileza y complejidad: hay, claro, referencias a la soledad y la persecución política, pero el tono imperante es liviano, chacotero o, para acudir a un género literario, predomina la forma picaresca y a veces una picaresca de muy buena ley.
El estilo de Las dos orillas... aumentará el desconcierto de aquellos habituados a la denuncia desaforada y está muy lejos de la sobriedad presente en El campeón y El abrazo del oso, ficciones previas de Forch. Además, es otro elemento que conspira para que uno ame u odie el libro. El narrador en primera persona se expresa en un lenguaje hiperbólico, tropical, promiscuo, repleto de giros vernáculos, slang de los años 70 y otra serie de modismos que lo tornan en una suerte de dialecto inclasificable, con largos pasajes en alemán, francés o portugués. Con todo, este cosmopolitismo lingüístico refleja aspectos de una prosa que destila una enorme formación cultural, que va de lo clásico y elevado hasta lo popular y populachero, de lo técnico y especializado al refrán trillado, de Leonardo Favio y Coco Legrand a Mozart y Goethe; en fin, donde cabe de todo y puede sobrar bastante, dependiendo de las preferencias de cada cual. Es inevitable que numerosas alusiones escapen al lector actual (¿quién recuerda al profesor Jean de Fremisse?), aun cuando no faltarán los que se deleiten al reconocer dichos y signos distintivos de una época olvidada, si bien más cercana de lo que se cree.
Coque, el chilenísimo protagonista, se une al colectivo de expatriados en Dresden, trabaja en una fábrica y enseguida se hace amante de Eva. Picado de la araña, machista, celoso, lúcido y a la vez obtuso, se acuesta con cuanta mujer se le pone por delante, sea compatriota -Regina-, sea germánica -Dr. Frau Keller-. Su vecino, Jesús González, viejo dirigente, erudito y distinguido, establece con él un vínculo similar al de padre a hijo o maestro con discípulo. Coque es el único soltero joven del grupo y pasa a ser confidente, consejero y terapeuta de los que viven en su edificio y de varios más que le cuentan sus cuitas. De manera ineludible, entra en conflicto con los compañeros desubicados o demasiado cargantes. La barrera idiomática impide las tensiones con los funcionarios a cargo de su instrucción; cuando las hay, se solucionan gracias al humor o quedan en calidad de dudas, que el héroe nunca dilucidará.
Por lo visto, o según lo que se desprende de Las dos orillas..., los comunistas criollos lo pasaron fabulosamente en Dresden: cero vida partidaria, nada de control y cuadros. El relato ignora casi por completo el vocabulario marxista-leninista, la lucha de clases, la disciplina organizativa, el movimiento anticapitalista y todo lo que suele asociarse con la ideología proletaria. En lugar de sacrificarse por la causa, comieron hasta el hartazgo, bebieron y se emborracharon a diario, participaron en fiestas subidas de tono, fornicaron sin parar. Si la afabilidad teñida de ironía con la cual Forch rememora ese período es fruto de una estadía memorable y un provechoso aprendizaje como cineasta, resulta natural que escriba lo que escribe en Las dos orillas... ¿Quién puede censurar a alguien que se niega a morder la mano que lo alimentó?
Aun así, podría ser chocante que apenas se mencione a la Stasi, que las fugas al oeste sean incidentes cómicos, que el sistema unipartidario ni merezca una línea y que lo que ha salido a la luz tras la caída de Honecker sea completamente omitido. Quizá ello se origine en que los hechos transcurren en 1976, cuando gran parte del mundo creía en el paraíso socialista.
Sea como fuere, Las dos orillas... debe calificarse de acuerdo con su valor como texto novelesco y en ese sentido Forch muestra considerables virtudes: una trama original y atrevida, una envolvente capacidad para retratar la Solidarität mit Chile, una historia compasiva y cómica.