HISTORIA
PRIVADA E ILUSTRADA DE EL QUIJOTE
Enrique
Robertson
Una imágen dice más que mil palabras. En la quijotesca historia de
las dos imágenes que ilustran éste texto que -en menos de mil palabras-
resumo aquí, se mezclan (en la 1a.) unos antecedentes y recuerdos
semioníricos que cronológicamente se remontan a los años de inicio
y a los de mediados del
siglo
XX que -querámoslo o no- es el siglo pasado. Y se prolongan (en la
2a.) hasta los primeros años de éste siglo; concretamente hasta el
2004, año en el que, como todo el mundo supo, se conmemoró el IV Centenario
del Quijote.
La 1a. ilustración muestra la portada de mi muy querido ejemplar
de la primera edición microscópica de Don Quijote, que
la vieja e historiada Editorial Calleja de Madrid editó y reeditó
varias veces a comienzos del S.XX. Éste librito tiene algo más de
cien años de edad y algo menos de 7 x 10 cm.de tamaño. Y, con sus
nada menos que 668 páginas, pesa sólo 110 gramos. Pero lo que más
peso tiene para mí, es su gran valor sentimental; porque lo heredé
de mi abuelo y me ha acompañado desde mis 12 años de edad (casi sin
estropearse pese a las décadas transcurridas y a las muchísimas veces
que lo he llevado en el bolsillo, siempre protegido por su indestructible
cajita de madera). Éste ejemplar del Quijote, es el único que logró
-en su día, cuando su lectura era obligatoria y por ello abominable-
que lo leyese yo de punta a cabo. Y que aprendiera a apreciar todo
lo que a sus ilustraciones se refiere. Porque, aunque parezca increíble,
ésta edición tiene numerosos grabados; pequeñitos pero no tanto como
el tamaño de su tipografía. Los textos que antes –y a buena luz- no
puedo decir que leía sin dificultad, puedo ahora descifrarlos solamente
con la ayuda de una poderosa lupa. El capítulo XVIII de la primera
parte, siempre me gustó mucho; desde mi niñez. Contribuyó no poco
a ello, que, al comienzo de él, Sancho nombre a un tal Pedro Martínez.
Ésto me parecía asombroso -y envidiable- porque así se llamaba también
un amigo mío. Pero no solamente por eso; desde un lugar donde me sentaba
a leer, un lomaje cercano a la ribera del río Imperial, veía a lo
lejos un camino por el que muy frecuentemente transitaban piños de
ovejas y otros animales, levantando polvaredas como las descritas
en éste capítulo. Pero, pese a las mágicas vibraciones de mi Quijote
microscópico, no pude divisar entre las nubes de polvo a ninguno de
éstos personajes: al gran emperador Alifanfaron, señor de la grande
isla Trapobana; al valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata;
al temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; a Brandabarbaran de
Boliche, señor de las tres Arabias; a Timonel de Carcajona, príncipe
de la Nueva Vizcaya; al novel caballero Pierres Papin, señor de las
baronías de Utrique; a Espartafilardo del Bosque, poderoso duque de
Nervia; ni menos todavía a la sin par Miaulina, hija del duque de
Alfeñiquen del Algarbe; que, supongo, estaría lejos de allí, en su
palacio.
En cambio al que sí ví pasar, fue al inconfundible Pentapolin del
Arremangado Brazo, rey de los Garamantas!. De eso estoy seguro. Montaba
un soberbio corcel que con su relincho llamó mi atención: Don Pentapolín,
con su arremangado brazo, en medio de una blanca nube de polvo, empuñaba
una
lanza.
Desde la lejanía, le oí gritar arengando a sus huestes; y en mi librito
leí que Don Quijote les decía : "Ea, caballeros, los que seguís y
militais debajo de las banderas del poderoso emperador Pentapolin
del Arremangado Brazo, seguidme todos, vereis cuán facilmente le doy
venganza de su enemigo Alifanfaron de la Trapobana”. También, en mi
librito, me enteré de porqué se querían tan mal esos dos señores.
A una pregunta de Sancho, el caballero de la Mancha le explicó: "Quiérense
mal, respondió Don Quijote, porque este Alifanfaron es un furibundo
pagano, y está enamorado de la hija de Pentapolin, que es una muy
hermosa y además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se
la quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso
profeta Mahoma, y se vuelve a la suya”. Acerca de la posible actualidad
de las palabras de Don Quijote, tantos siglos después, debo decir
que creo que tan delicado asunto..., más vale aquí no meneallo. Pero,
llegado el siglo XXI, y -con él- el año 2004, releyendo mi librito
y mirando mi pequeña colección de ilustraciones del Quijote y alguna
figurita tridimencional que adorna mi biblioteca, me dió por pensar
que a nadie se le ha ocurrido ver así a Don Pentapolín, personaje
tan blanco como Don Tancredo; que, claro, es personaje de otro tema.
Me dí a la tarea de representar tridimencionalmente a Don Pentapolín
del Arremangado Brazo; y me vine a dar por satisfecho cuando al fin
–y un poco a la manera de Joan Miró; que, por lo menos en lo que he
visto de su obra, creo que nunca se interesó mucho por el Quijote-
me resultó un collage de seis pequeñas y blancas piezas de loza, pegadas
una a otra con Instantín y condimentadas con la sensibilidad y la
subjetividad poética de uno.