El
otro mar de Fidel Sepúlveda Llanos: poesía para masticar
Por
Felipe Espinoza V.
felipe.pablo@gmail.com
El poeta chileno
Fidel Sepúlveda Llanos (1936 - 2006), dejó un rico legado
en términos creativos, de enseñanza y, tal vez lo más atesorable,
una forma poética de vivir y habitar el mundo. Su abrupta partida de este
mundo el pasado año, ha dejado un vacío difícil de llenar,
a la vez que un deber para los que nos sentimos ligados y agradecidos de su labor,
en cuanto a difundir y continuar profundizando respecto a su obra. En este artículo,
abordaré parte de la faceta
poética del profesor Sepúlveda, deteniéndome en una de sus
obras poéticas más notables en cuanto a su profundidad, el uso de
recursos estilísticos y la capacidad de entregarnos un tipo de poesía
a la cual la vanguardia poética nos desacostumbró: una poesía
cercana a la oralidad, donde la palabra pronunciada y la escrita se unen, formando
una síntesis poética única e irrepetible. Una de las mayores
virtudes de esta creación es que ella, como pocas veces se puede decir
de la poesía que se escribe actualmente, es una escritura que puede masticarse,
morderse y saborearse, a medida que avanza su lectura. En su tercer
y último libro de poemas publicado, América, un Viaje a la Esperanza
(1995), Fidel Sepúlveda realiza una suerte de apología y exaltación
del continente americano como referente histórico e identitario pues, tal
como él mismo señala, "en América hay una luz/que no
se apaga", en el contexto de la desesperanza que caracteriza a la era posmoderna.
De este trabajo, he seleccionado el poema El otro mar*
, notable pieza del poemario, la que a través del "uso y abuso"
de la dicotomía significante/significado desarrolla una temática
que siempre ha acompañado a la literatura, especialmente desde la vertiente
mítica y aventurera: el mar. No olvidemos que Océano correspondía
a la parte masculina del mar, mientras que Tetis a su aspecto femenino.
Juntos, formaban la pareja primordial, pródiga en hijos y encargada de
dar a luz los ríos de la Tierra. Simbólicamente, al mar se le consideró
siempre como principio y fin de la vida, lugar donde ésta se renueva y
purifica. Junto con ser la fuente de la vida, en la matriz marina yacen además
todas las posibilidades de existencia viviente en estado potencial. ¿Qué
significa que Fidel Sepúlveda se refiera Al otro mar, al comenzar
este poema? Como señalábamos, el tópico marino se repite
de manera recurrente en la literatura universal (basta mencionar obras como "Moby
Dick" o "La Odisea", donde el ente marítimo actúa
como un telón de fondo respecto del argumento de las historias). Específicamente,
también dentro de la poesía el mar ha ocupado un lugar señero
y recurrente. En el caso de Chile, basta ver el protagonismo que tuvo todo el
tema marino en la poesía nerudiana, transformándose su morada de
Isla Negra prácticamente en una vertiente de creación poética
así como de la propia persona de Neruda: "Para los chilenos de la
costa y del mar Pablo Neruda es el gran fantasma que ha dado el Océano
Pacífico."(1) Pareciera que
la distinción que hace Fidel, al colocar el adjetivo otro, fuera
para diferenciarlo del mar que ha nombrado tradicionalmente la cultura occidental
(el Atlántico o los mares europeos): el mar de América tiene vida
y existencia propia pero, sobre todo, otra. El Pacífico se alza
entonces como el mar de la permanente otredad, a la vez como icono de la otredad
americana frente al Viejo Mundo. El poema podría dividirse, fundamentalmente,
en 5 secciones: una introducción o presentación del tema marítimo,
luego el desarrollo de este tópico a través de cada una de las tres
letras que componen la palabra MAR, para concluir con una síntesis final
que expresa lo que, para el poeta, significa la figura marina. Se parte
reconociendo la inmensidad, lo innumerable, aquello sobre lo que se poetizará,
colocándose el hablante desde un inicio en una posición de humildad
y reconocimiento ante la majestuosidad de lo marino. A la vez que se admira su
portento, también se destaca la presencia del detalle que teje una realidad
desde lo simple hasta llegar a lo más complejo, para posteriormente vincularlo
a las dos realidades humanas fundamentales: el suelo (lo terrestre) y el
Cielo (lo celestial y trascendente). De alguna manera, aquel que poetiza el
mar es parte de esta poética del detalle y lo ínfimo, capaz de ser
también arquitecto de lo inmenso y abarcador. El mar además,
es un ente que se personifica y caracteriza con rasgos humanos: en su vaivén
permanente tiene una lengua que se muerde y dientes, simbolizados
por los granos de arena que arrastra el oleaje, y que hieren a la orilla litoral
que lo ha cobijado por milenios. Es en este vaivén hiriente y eterno, que
el poeta realiza una interesante anulación de los límites entre
el mar y la Tierra, lo acuoso y lo terrestre: desde lo de afuera a lo de adentro
y viceversa, para luego cuestionarse si lo terreno está excluido del
mar o si es éste el que se encuentra fuera de nosotros. Junto con
el mar, el otro "personaje" que protagonizará el poema, será
la Tierra que le da sustento, áspera espera que en su inmovilidad
e ineludible presencia logra resaltar aún más la fluidez, el vaivén
y lo inaprensible de la realidad marítima, mediante una operación
comparativa - dialéctica que se realiza a lo largo de todo el poema. Entre
el mar y la Tierra, se debaten los contrastes naturales (detención/movimiento;
unidad/dispersión), metáfora de las divergencias y contradicciones
vitales del hombre. De esta manera, ni el ser humano más duro de alma es
tal, como tampoco el más disperso está totalmente desasistido de
algún centro al cual asirse, a la vez que la aparente estabilidad y pasividad
(lo horizontal) del hombre también está dotada de un anhelo
permanente de elevación y trascendencia de su propia condición (lo
vertical). El pronunciar el mar lo convoca, vinculándose
con ello a una tradición poética ritual - sagrada: el acto de nombrar
que invoca y al mismo tiempo convoca. De esta manera, hablar del
mar tiene una influencia sobre él y el universo entero. Se parte con la
"M", la cual es capaz de remover los tres cuartos del planeta,
y vincular al que pronuncia con el suelo y el cielo, el horizonte
que impone límites y los cuatro elementos, dando forma al Caos cósmico
primigenio. Luego, el poeta desarrollará lo que podríamos
denominar el núcleo del poema, a través de la pronunciación
de la "A" que, por su condición de letra intermedia, es capaz
también de vincular realidades extremas (los costados de la tierra con
las tres caras del cielo). Con esta letra se despliega un verdadero "banquete
marítimo", donde el color azul es el mantel adornado de espuma
sobre el cual se servirá la hostia de cielo y mar, apareciendo el
sentido trascendente que vincula a estas dos realidades. En esta sección,
el poeta se da espacio para jugar con la sonoridad de las palabras, que muchas
veces pierden sentido para dar paso a la recreación lúdica, que
retrotrae a los juegos infantiles de ver cómo sonaban las primeras palabras
al pronunciarse en voz alta. Junto con esto, se destacará la fuerza y poder
que tiene la A del mar, la misma del amor, paz y de más, acentuando
el carácter nutricio - espiritual que se le asigna al ente marítimo.
Las "aes" de estas palabras son de la apertura, del derramamiento y
el desborde vinculantes de realidades humanas, naturales y trascendentes. La
A del mar, la misma de la sal que lo compone, se contrapone al vacío existencial,
pues su carácter es antecedente a todo lo creado, tiene el son, zumbido
y latido de lo que desborda con una A que suena y resuena, hasta llegar
a crujir. El consejo para el hombre contemporáneo, que perdió la
vinculación vital con el mundo natural, es que en su enajenación
y vacuidad vuelva a la fuente que enceguece y ensordece lo exterior
y que ilumina y apuntala lo interior. Vendrá entonces la analogía
de aperturidades, entre la realidad marítima y el alma humana: si el hombre
es capaz de abrirse a la inmensidad marina, descubrirá también su
propia inmensidad interior y se vinculará con su origen más primigenio,
dando paso a la R final. La letra final está presente en muchas
facetas que caracterizan lo marino (resaca, pleamar, olear, harina, arena)
y en todo lo de celeste que posee la realidad marina, la cual se comporta como
un organismo vivo que respira por los cuatro costados, como también a través
de su letra final. La R de mar es capaz de convocar los 3 momentos de la Divina
Comedia, en un juego sonoro permanente, llegando a experimentar lo más
cercano a lo que sería "saborear" un texto poético. Ya
otros estudios han detectado tal rasgo recurrente en la poesía de Fidel
Sepúlveda: "El poema, más que un mensaje o una comunicación
informativa (…) se presenta como un fenómeno que impacta los sentidos (…)
crepitaciones sonoras antes que significaciones conceptuales."(2)
A través de esta agua viva y sus letras por las cuales el mar da
señales de vida, es posible masticar, degustar y sentir el resabio de lo
salobre, nunca inmóvil y en incesante diálogo con la Tierra, el
hombre y el universo entero. El mar, finalmente, aparece como la gran síntesis
del Cielo y la Tierra, entidad asiladora de lo fértil y del engendrar universal. Fidel
nos dejó un legado inmenso, el cual tal vez lo tenemos demasiado cerca
para calibrarlo en su justa medida. Pero dentro de esos tesoros está su
poesía, y en particular un mar que no es una mancha azul que adorna un
mapa desteñido, pues a través de este océano, el de Cobquecura
y el de América, el universo le habla al hombre para que lo descubra y
se descubra en su cotidiano devenir. *
He aquí el mar, una palabra innumerable, tejida con millones
de granos de sal liberados en infinita sustancia ágil de suelo y cielo, mordiéndose
la lengua al chocar con los dientes infinitos de las arenas infinitas, en
la orilla herida del litoral eterno, el gran foso abierto para el gran salto desde
lo de afuera a lo de adentro y viceversa. ¿Lo de afuera es el mar o
lo de la tierra es lo de afuera? Ahí el mar, la fluidez, la voluntad
de ir y ahí la tierra y la áspera espera de la eterna embestida tan
aparentemente dura y nada de eso, tan aparentemente disgregada y nada de eso, blanda
tierra impenetrable, dura roca penetrada, horizontal en insaciable vertical
reconocimiento recién aún comenzado, concertando las curvas
erectas de la vida. Mar: se abren los labios de la M en un esfuerzo Que
remueve los tres cuartos del planeta, el par de labios del cielo y del suelo, del
firmamento y del cimiento, los dos fundamentos, en el abrazo redondo del horizonte, en
el encuentro de los cuatro elementos cuando el caos se encuentra y pare el
mundo, cuando el caos se goza y revienta la vida, cuando el caos se mira
y se hace la luz. La luz es un haz, es una A redonda que se abre más allá de
los cuatro costados de la tierra, de las tres caras del cielo. Cuando se
despliega la A amanece en azul, en azul de mantel para gozar el mundo, con
bordados de espuma eucarística para comulgar con la hostia azul del
cielo y con la hostia de la mar azul. La A más redonda, la más
abierta es la A de mar, la A de amor, la A de paz, la A de más, de
más allá del más allá del más allá desde
donde les llega la A de la fuerza de las olas que vienen del más allá
y van al más allá llevándose a más al más
acá y al menos ca adonde nunca llegan pero adonde siempre van la
A de sal que salva de la pudrición, de la perdición. ¡Qué
extensión de Aes tan abiertamente derramadas para no caer en la tentación
de cerrarse a nada! La A de el agua salada es la antípoda de la A
de la nada. Ella sobrenada la nada. Viene de allá. Desde infinitos
siglos la dejó atrás, inmensamente atrás. Trae el son,
el zumbido, el latido de lo que no se contiene en sí Y se derrama
como una A crujiente, clamante, sonante, consonante, consolante. Nada tan
eficaz para reponerse como ese son del mar y nada tan radiante, tan brillante. Tan
crepitantemente deslumbrante, enceguecedor, ensordecedor a lo de afuera, apuntador,
alumbrador, de lo de adentro. Nada como la A abierta de la palabra mar para
abrir las ventanas de las almas de par en par, infinitas como las olas infinitas, alumbradoras
de lo de adentro, deletreadoras de la minúscula sal, de la gota, del
gránulo ínfimo en que espera el origen, origen eternamente
originante originándose con el estrépito trepidante de la
R de mar, con el flujo reflujo de la resaca, con el vaivén de baja
y pleamar, olear incesante, restallante, hecho añicos, harina, arena, polvo
estelar estallando en los acantilados donde escalan las ansias de cielo, de
astros, de luna y de sol, y entonces resopla, resuella, resuena, restalla, ruge,
rae, rasga, raya en absoluto, en infinito, en redondo su rayuela para rastrear
la gloria, purgatorio, infierno de atrás para más, de más
para más, de ras en ras el terso rasante ondular, estelar, ente-lar,
mar-lar, de la vida del más mar, lar-mar, de la muerte final e inicial, en
redonda rueda tus olas ruedan, las rodajas del tiempo rechinan, reclaman,
remuelen sal y roca, espuma y arena, las rodajas remuelen, renacen, rehácense desde
la experiencia mínima de la partícula del corpúsculo, ahí
codo a codo tactan , saborean la infinitud, lado a lado, por arriba, por abajo,
por los costados, por los derramados labios, oídos, pupilas, papilas, poros sienten
la infinitud innumerable, indestructible estando - siendo ahí, arenas
y todo respirando, espuma y todo rezumando, remoliendo, asumiendo el pasado
y el futuro en el giro espiral a lo hondo en el avance el regreso, en
el regreso el avance, en el reflujo el flujo, en el flujo el arrastre del
lastre, en el reflejo el lustre del sol, la luna y las estrellas y las raíces,
los cimientos ardientes del planeta. MAR, ahí se encuentra el trepidar de
lo celeste y lo terrestre, alto y hondo se acuestan en tus azules sábanas, se
acuestan a engendrar el universo.
NOTAS
(1) "Neruda y el mar"
en http://www.mgar.net/docs/neruda.htm
(2) Blume, Jaime, "Poesía en el límite",
Santiago, Chile, Instituto de Estética, Facultad de Filosofía, Pontificia
Universidad Católica de Chile, 1993, p. 57-58. |