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Multicancha, de Germán Carrasco:
Para leer de pie en el metro

El billar de Lucrecia. 93 páginas
México


Por Felipe Ruiz Valencia


Recién salido del horno (o de la coctelera, como quizás le agradaría pensarlo), nos encontramos con la nueva entrega poética del premiado Germán Carrasco, bajo el sugerente título de Multicancha. Carrasco ha roto esta vez la tradición de publicar por J.C Saez Editor (como ocurrió con sus últimos tres libros) para aventurarse a lanzar fuera de las fronteras chilenas (aunque tácitamente ya se ha aventurado hace tiempo, pues se encuentra radicado en Buenos Aires), bajo el sello editorial El billar de Lucrecia, de México, dirigido por la también poeta Rocío Cerón.

La poesía de Carrasco se caracteriza por una articulación rizomática de textos en torno a ejes comunes, pero sin dejar nunca de lado el doble sentido del posible epicentro argumental de la obra. Esto distancia, a mi modo de ver, la poesía de Carrasco de otras poéticas de corte similar -que en realidad no escasean-, y que también plantean propuestas de descentramiento, fragmentación, intertexto y crisis de la poesía como expresión desnuda (no mediada: a sotto voce) de la palabra. No todas estas poéticas tienen la destreza de Carrasco para jugar con las palabras a la vez como símbolos y como "artefactos": es decir, conservar el misterio simbólico del elemento y a su vez desmontar la orquestación retórica que lo sustenta. Es así, por ejemplo, como Calas puede ser considerado, dentro de su obra, una continuación simbólica del concepto de "insidia" (incisión) y una prolongación del posterior símbolo del "clavado". Y sin embargo, Calas es doblemente la flor y el verbo calar conjugado en segunda persona singular. A mi modo de ver la inteligencia de Carrasco ha sido conservar el escurridizo significado de la Cala como flor, pero usando el juego del "tú calas" como una continuidad esta vez retórica del concepto de incisión, entrada, clavado sobre el campo de acción del poema. Mientras la mayoría se la juega por una poesía de corte puramente conceptual y teórica, tal vez sin quererlo (ni saberlo) Carrasco sigue ambivalente entre un campo aún aurático de la poesía y una escena mucho más cercana a la bullanga citadina, al carnaval y el frenesí del mercado, en todas sus acepciones (¿Carrasco es Carrasco a pesar de él?).

Ahora bien. Multicancha continúa ese doble eje retórico, al presentarnos nuevamente la idea atractiva de la temible página en blanco como un campo de acción, despliegue de recursos, entramado de voces, técnica al servicio de la inspiración. La página en blanco como multicancha no se agota en una única significación, pues lo "multi" le permite ser, a su vez, fútbol, basketball, voleiball... lo que sea. Esta palabra le va como anillo al dedo a un poeta que ha declarado considerar la poesía un verdadero juego - un juguete, en sus. Pero no se agota en esa significación. La multicancha de Carrasco no es, como lo dice reiteradamente en el poemario, un espacio abierto, un espacio público; muy por el contrario, la multicancha se haya cerrada, enrejada - como es costumbre en las ciudades latinoamericanas (sobre todo México) -, "enjaulada", como lo dice bellamente en esta imagen: "monos - araña hiperkinéticos, confundidos/ en el ramaje, el manchaje impresionista/ como niños que trepan rejas altas/ de canchas estatales al caer la tarde" (Ombú) o "los niños trepan la reja de la multicancha/ (no se sabe si es privada o fue cerrada por la municipalidad:/ da lo mismo, no se puede ingresar" (Plazas cerradas y playas privadas). Doble valencia del signo: Multicancha es, para Carrasco, el lugar común de la privatización de los espacios públicos (¿una lectura poética de Jurgen Habemas?), del enjauliamiento y la planificación urbana como campos cerrados y como gettos, zonas de exclusión. Aquí lo niños quieren "seguir jugando como amantes" pero sin duda es imposible pues, nos dice, incluso los colegios han sido invadidos por publicidad (publificación de la esfera privada). Hay toda una cuestión política implicada en este libro de Carrasco (aunque nos ha dicho despreciar esta palabra, sin duda este es su libro más atrevido, en ese sentido), una concepción del espacio en la ciudad que, sin embargo, no logra convertirse en una poesía emotiva, sino, más bien, en una violenta e insolente postura anti sistémica.

Doblemente incisivo, Carrasco ha triangulado el eje crítico no sólo en la dirección del habitar, sino del quién habita los espacios privados, del quién va a estas "playas privadas": entonces su crítica apunta directamente a los llamados "elefantes blancos": "Una ciudad es toda una ciudad (más claro ponerle lejía)/ pero hay que insistir: no se puede hacer una metonimia/ de toda la comarca con un solo barrio./ Lo digo por las postales de autopromoción/ que aparecen en la señal: edificios espejeantes/ para que narcisa y obscenamente se reflejen/ esos dibujos animados, esos personajes de ficción/ que tanto nos gustan en Tai Pei y Nueva Quillahue:/Altazor. Superman. Dios". Esta doble incisión, clavado, calado, de Carrasco, sobre la ciudad y sobre sus habitantes es lo que realmente vuelve punzante la crítica. Pues el poeta aquí manifiesta un verdadero desprecio por el mundo burgués posmoderno, un desprecio que recae sobre estos neo dioses que surgen en una era que supuestamente ha matado a Dios. ¿Cómo puede suceder algo semejante? ¿ Es novedosa o incluso válida aún la crítica de Carrasco a los que viven en las alturas, altazores, supermanes? Ha mi modo de ver, Carrasco no ha logrado resolver este punto o, de un modo insolente con sus pares, pero sin profundizar más allá de lo anecdótico, en el punto culmine de la obra prefiere desplazar su atención sobre lo que parece ser la cream de la cream del nuevo espacio privado ilustrado: la universidad privada. En el tal vez mejor poema del libro, una carta a los "Sres. Lavandería nuevo Tokio", Carrasco pide que "planchen esta camisa italiana" pues debe visitar a "los dueños de toda institución empresa país": "tengo una reunión con ellos:/ quizás consiga un puesto para hacer bulto en una comitiva,/ timbrar papelitos, vigilar con una pistola el condominio,/ escribir las memorias del tenista top, no sé, algo, barrer/ sus seudouniversidades manejadas por mercanchifles y/ delincuentes/ como el negro pete zampras y todos los de mi generación,/ quizá consiga un cuarto de página para escribir/ cualquier tontería para rellenar sus periódicos".

La universidad como representación de la decadencia del mundo ilustrado quizá pueda verse como una nostalgia no dicha del poeta por el mundo perdido, o por lo menos por aquello que la república de Bello más cuidó. Una desencantada, además, visión de su propia generación (la de los 90, la del retorno a la democracia: ¿razones del autoexilio?) y con ello del país que esa generación está produciendo desde las instituciones culturales que naturalmente emergieron con el retorno a la democracia (medios de comunicación, centros de estudio, instituciones culturales). Declaraciones como esta no dejarían indiferente a algunos, si es que libro hubiera sido publicado en Chile. Pero, más allá de lo anecdótico, se le agradece a Carrasco su honestidad.

La incapacidad o sin más desinterés de Carrasco por profundizar en la relación entre el surgimiento de una nueva generación de patrones de fundo - pero esta vez no revestidos del aura clásica, si no al amparo del más salvaje de los liberalismos (incluso a la sombra de las "izquierdas") - con las formas del habitar, del comprender la ciudad y el palimpsesto posmoderno, quizás sea un punto que no haga que este libro quede registrado en los anales de la poesía chilena. Pero para un poeta que escribe "para leer de pie en el metro", eso no es un problema de su incumbencia ni jurisdicción. El poema es un juego para una multicancha. Aunque hoy por hoy, a esta sólo entren unos pocos.

 
 

 

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