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LC’s

Por Germán Carrasco


TLC
(La poesía es 99% de transpiración)

Que Nixonicidio es el peor libro de Neruda, que Poemas Militantes, el peor de Zurita, que la poesía es uno por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de transpiración, que el adjetivo cuando no da vida mata, que Chile es país de poetas (por increíble que parezca, hay gente que dice esto), que Argentina sólo produce narrativa. Podríamos apagar el monitor un par de segundos y hacer una lista interminable. Ejercicio: detectar los lugares comunes y extremarlos hasta el absurdo o la deformidad, como en una de Aira. Una sociedad medianamente crítica, los medios y  particularmente la comunidad de lectores y personas que escriben –si la hubiere- la que debieran castigar sistemáticamente los lugares comunes: después de todo, es una acción política bastante módica y no hay que ni moverse del escritorio.

A pesar de que el marketing es la renovación constante, que se apropió y aplica las técnicas del arte y la literatura de vanguardia, este uniforma y convierte a la sociedad en un lugar común: el gran público se viste, come y lee lo mismo. Ejercicio, juego: contar las personas con libros de la misma editorial en el aeropuerto o en las dos o tres librerías de Providencia y José Miguel de la Barra. Por eso algunos huyen a la biblioteca, espacio de libertad ante la obligación a bancarse el catálogo de determinadas editoriales, articulistas, etc. Es en la biblioteca donde está la alegría de lo discontinuado, lo diverso, lo vintage, lo exclusivo y el under (que son muchas veces sinónimos), lo clásico; ahí está la diversidad, y no en la imposición de un autor por la campaña de una empresa de educación o un conglomerado internacional. Además, sin una buena plataforma under -ese gimnasio-, sin revistas de papel o virtuales, sin editoriales independientes, no existe alegría crítica ni alegría de la escritura. Independientes de grupos de poder (La red que opera descaradamente desde la UDP por ejemplo) pero es completamente válido el apoyo estatal, por que sin ese apoyo sólo los que tienen dinero pueden concluir sus obras, entrar a la multicancha,  etc. Sin esos pequeños fondos no existiría el 90% de la gente que intenta escribir con seriedad en Chile desde los ochenta en adelante y sus obras ni siquiera serían ignoradas -como lo son en este momento, en que todo se define en el departamento de literatura de Universidad Diego Portales y sus tentaculares influencias y movidas- sino que no podrían haber sido posibles. Y hablo de un corpus importante de obras. Sin castigo al cliché no hay literatura y es en los espacios independientes en donde los lugares comunes son más castigados. Las letras mueren cuando todo es edición, control, miedo; agréguese el monopolio editorial y la omnipresencia de dos o tres nombres en la prensa

Si eliminamos todos los lugares comunes, se acaba la comunicación y el lenguaje, que no son otra cosa que pactos, y el espectador queda fuera; pero no es función imprescindible o condición de la literatura comunicar, y además, todos los discursos son ficcionales: el del periodismo, el de la política, el de la ciencia.  Me llamaba la atención  el otro día una discusión entre dos chicas de una galería de arte, trataban de buscar una manera certera de herirse y una le dijo a  la otra:  sos como el capitalismo, pura seducción tras la que hay una mercancía prescindible. La otra contestaba, cayáte, lumpen psicoanalítico. Me dio un poco de risa, pero me llamó la atención el esfuerzo de esas chicas por hacer efectivas las palabras. Hay que hacer un esfuerzo por no hablar clichés en los programas de televisión relativos a los libros, hay que despresar el rumor y no repetirlo.

Todos los discursos son ficcionales. Quizás tienen razón los orientales y todo es maya, pecado de ilusión. El Metro de Santiago está tapizado de ofertas de educación que convertirán a la juventud chilena (capaz de desembolsar una buena suma) en flamantes profesionales. Serán escritores (¿escritores? Tal cual), chefs, arquitectos. Conté tantos avisos con la carrera de chef internacional en el Metro, que me dieron ganas de meterme a un bar: en ningún restaurante del centro saben lo que es un jugo natural sin azúcar o una lager, no estoy pidiendo algo exótico (¿dónde trabajan todos esos chefs?).

No me acuerdo qué británico de los noventa (MacEwan, creo, o Barnes o Kureishi) hacía una lista de las novelas que no había que escribir. No situar novelas en contextos universitarios, nada de Oxford sino centros de formación técnica; no hacer versiones modernas de clásicos grecolatinos o isabelinos; no engolosinarse con la metaliteratura (Donoso coincidía en esta recomendación). La lista era larga.  Y uno podría agregar: no alucinarse provincianamente ante la novedad, el pop y la cultura de masas como un gordito que escribe à la Fuguet en El Mercurio y que abre enormes ojos de manga japonés ante la novedad cinematográfica; no hacer minimalismo o realismo sucio, ya está bueno de eso; no poner epígrafes; no escribir poemas llenos de sustantivos propios  (homenaje a Browning, a la manera de Pound, diálogo con maese Celan, con el escritor Peter North o Ron Jeremy o la poeta Sandy Westgate ¡qué cultura la de este sujeto! Borges queda enano); no escribir por ningún motivo poemas de boxeadores, de borrachos (y menos de boxeadores borrachos); no imitar a Williams, no hacer neobarroco calcado de Perlongher con casi medio siglo de retraso y políticamente descontextualizado.

Pero sin duda lo  que va a constituir todo un desafío luego de Bolaño es abordar en prosa el tema de la poesía, ese reino de los malos entendidos. En esta última hay para regodearse: postestrucrturalistas que no han leído ni el TLG, culto a la personalidad, lectura compasiva, santificación del autor, concretos de fin de semana intercambiando laminitas de álbum, deleuzianos para el leseo y así podríamos seguir un buen rato.
 
Hace poco, un poeta me pidió su opinión sobre unos poemas de boxeadores. Le dije que no había que tener un Ph. D en  Stanford  para darse cuenta de que  la metáfora o figura del boxeador que él intentaba desarrollar estaba completamente desgastada a no ser que quisiera trabajar intencionalmente el kistch o la ironía, pero poco faltó para que escribiera: el boxeador, sólo y derrotado… su última pelea fue en el ring del destino, o alguna ñoñería por el estilo. Creo que otra salida para los lugares comunes es más sencilla todavía: el silencio: las melodías o  palabras que se escuchan son hermosas, pero las que no se escuchan lo son aún más. Después de todo, el único lugar común es la muerte.

 

Aparecer

Hace muy poco a unos estudiantes peruanos residentes en España se les ocurrió hacer una antología de narrativa chilena joven en una página en Internet. Muchos de los que aparecen han publicado sólo una ópera prima y me parece que casi ninguno ha pasado del tercer libro. La página es muy seria y quisieron dar un panorama de lo que se publicaba por estas lejanías.  La página se llamaba el ciego o segar o la guadaña que siega o literatura ciega o palos de ciego, informe sobre la siega o la gallina ciega, no recuerdo. Viene material de primera: poesía brasileña, la misma selección de narradores, la poeta Victoria Guerrero, Andrea Cabel, Falconi, Miguel Ildefonso, el poeta Roger Santiváñez y su fresquísima poesía que arregla el ánimo (senté a la cerveza en las rodillas / y la encontré amarga y la injurié), no me acuerdo qué más. Pero la angustia que provocaron ausencias y presencias es algo que se me hizo muy difícil comprender. Estar o no estar en esa como en cualquier otra muestra no es tema. Publicar en una editorial española fue motivo de mucha angustia, y lo confirmaron dos novelas enanas de un autor chileno, carentes de ritmo, de prosa, lentas, sensibleras y repletas de guiños. Hay algo muy  ingenuo, provincial  y colonial en todo esto. Cuando esos opúsculos fueron publicados en Anagrama, la reacción fue completamente desmedida. Fue algo muy parecido al momento en que Lamarca dijo que el empresariado chileno tenía que soltar por lo menos por un momento la teta.  Que un liberal de derecha haya hecho semejante afirmación fue ají en el hoyo para los dueños del feudo y al otro día aparecieron por lo menos treinta artículos defendiendo el derecho –por mandato divino- de los dueños del país a no soltar ni teta ni pezón ni cosa que se pareciera. Otro tanto de artículos aparecieron en el caso de los dos libros flaquitos. Cualquier persona que sepa algo sabe algo del manejo de la literatura sabe que la publicación se cuece de otra manera. Algo tienen que ver los libros, claro, pero lo que importa son ciertas circunstancias y  personas claves. En este caso, un par de editores y escritores que circularon en Chile y que necesitaban narrativa chilena cuando el público había quedado con curiosidad y sed por la literatura que se producía en el país de Bolaño, el país en donde la admiración por el poder y la violencia clasista se mezcla con su obsesión con la figura del poeta, el país que le hizo la vida imposible a la premio Nóbel por ser mujer, pobre y por tener carácter; el país de Neruda y de Lihn, el de los mega opinólogos autoritarios operantes en toda la prensa y el país, el país de Pinochet.

 

Smell like teen spirit
(Libros de cartón, fotocopias, corcheteados, fanzines literatura de cordel)

Por ahí J. Ortega dijo que hoy todas las compilaciones asumían el sesgo, la parcialidad.  Y eso es productivo en tanto deja en ridículo cualquier intento canonizante y totalizador. Convengamos entonces que aparecer o no aparecer importa una mierda. Además, se hacen antologías canónicas cuando ni siquiera hay revistas que sean capaces de unificar a las patotas, ni fanzines, fotocopias, alegría, diarios. Nada. Pienso en Argentina, que sí tiene una industria editorial (y cuando no hay publican en papel de envolver o fotocopia o de lo que sea), que lee a sus autores, que tiene su propio circuito de crítica y en donde nadie se acuchillaría por aparecer o porque otro aparezca en una editorial española, por muy bueno que sea el catálogo de ésta, como efectivamente es el caso de los libros amarillos.  Y esto tampoco les impide leer y desleer incluso a esa misma editorial o a narradores como Javier Marías o a poetas como Olvido García (dios haga nacer más gente como ésa en España). Los argentinos publican en editoriales  medianas, grandes o en fotocopias y nadie se muere por aparecer en un catálogo europeo, aunque eso suceda con bastante frecuencia. Lo independiente nace en centros alternativos y no en empresas –“universidades”- carísimas. Recuerden el caso de los libros de cartón -idea argentina- que organizó un concurso en donde humillaron al ganador por querer corregir sus erratas el año pasado: loquito, hippie, roto de mierda: ¿habría pasado lo mismo si el chico no hubiese tenido apellido mapuche? La idea de los libros cartoneros fue ideada en Argentina, y en Bs As funciona con gente de la cárcel, con cartoneros, con autores desconocidos, en el barrio La Boca, etc. Es genuinamente popular y alternativa. Fíjense desde dónde se plantea ese mismo proyecto en Chile y cómo hablan las personas que lo dirigen. Hablan de “consagrados” y de que “poco a poco vamos a publicar a autores jóvenes”.¡Estamos hablando de una editorial de uso, de batalla, un sitio que debería ser motivo de alegría, experimentación, atrevimiento, ensayo-error, de caras nuevas, de poemas hermosamente mal esccritos, de placer, de juego! Quizás en esa institución les enseñan desde chiquitos a hablar como cónsules o mayordomos, a anular cualquier huella de espíritu levantisco, a no tener alegría a la hora de compartir sus poemas, a ser intrépidos, no para socavar jerarquías sino para atajar a la rotada, a conservar las cosas como están, a reforzar sin cuestionar a la autoridad, a darles por el chico a los chicos, a cortar el paso, a pensar que hay un canon intocable, a hablar como esas directoras de galerías de Alonso de Córdova que son desdeñadas por todos los trabajadores del arte  que se precien de tales.

 

El óxido de una gota de arce

Cuando se anunció que la performer chileno neoyorkina iba a realizar algo en el Goethe, el instituto estaba lleno de gente tipo páginas sociales. Y por ella se atrevieron, aunque a regañadientes, a llegar al centro. Repleto. Nadie ubicaba físicamente a la poeta, que estaba en los asientos de adelante vestida con sencillez y jugando con un ovillo de lana. Luego comenzó a envolver a algunos del público y las patas de las sillas con la lana. Algunas personas la miraban con una cara de asco impresionante y estaban a punto de llamar a seguridad, como si alguien de clase media baja hubiese tenido la audacia de tender una toalla en las Rocas de Santo Domingo. Luego se acercó poco a poco al escenario y ahí recién cacharon que era ella la artista, entonces se relajaron. Y ella dio un hermoso espectáculo museo, recital, canciones, charlas. La performance había sido totalmente efectiva: incomodar a la gilada al principio para darles luego un poco de poesía. Con el poeta Anwandter leímos alguna vez en la Quinta Normal los poemas de Vicuña, en la edición de Eliot Weinberger. En un momento cayó alguna gota con el óxido de una hoja al libro. Anwandter primero se preocupó por el libro –él los cuida mucho, como que hasta los toca raro, con cuidado- , el libro sagrado, fetiche de colección, pero luego se dio cuenta de que eso le habría gustado a la autora y sonrió y quedó feliz con la manchita: era el óxido de una hoja de arce o de alguna casuarinácea, si mal no recuerdo. Es cuando la hoja alberga unas gotas de lluvia por mucho tiempo y luego con el viento cae la gota ocre y espesa que tiene algo de vino o chicha. En ese momento hablamos de la Quinta Normal, de separaciones afectivas y escribí parte de un poema de Clavados,  el color de la tarde.   

Hoy la poeta anda en Chile y va a hacer alguna atractiva presentación  en el Museo de Bellas Artes.
Contagiado por el estilo Anwandter, pensé que el libro de Vicuña podría haber sido realizado por mano de obra mapuche, con hojitas, con papel reciclado a mano, algo facsimilar, único y coleccionable como le gusta a Anwandter, algo que tuviera la huella de las hacedoras.
No fue así.

 

Lo de Anwandter sobre Millán

En esta misma página Anwandter escribe sobre Millán. Está en el catálogo de las ediciones UDP en donde él hace clases y le pagaron por un artículo sobre Millán. Pero Anwandter hizo un poco de prisa el artículo sobre el vate y dijo cosas que se podrían haber dicho de cualquier otro poeta.

(1) El juego con aliteraciones y significantes puede ser del neobarroco o de cualquier otra poética y no es exclusiva de Millán.  (2) La separación de sueño y realidad huele a escapismo. Un psicólogo sabe que el tema del sueño da para más. (3) La operación de Millán no es tanto con Catulo (que no es compresivo,  que no evita la primera persona), sino más bien con  los referentes norteamericanos (Canadá, EEUU). Se trata en el fondo de una operación de traducción, operación valiosísima y mal estudiada, una lección para todos los que escriben poesía luego de Millán.  (4) Tienes que definir –porque quedó pendiente- el concepto de “ego romántico” que según tú Millán evita, ¿no hay un sujeto que padece en la ciudad, en el poema de la tragedia doméstica? ¿y el refugio en las miniaturas y detalles de la naturaleza? (5) Ni la concisión ni el juego con las aliteraciones son exclusivos de Millán (6) Está bien, el autor está publicado por la editorial de la empresa en donde haces clases y debes reforzar, hacer claque, hacer de mosquetero en el todos para uno y uno para todos y a repartirse la prensa, los puestos, los cursos, etc. Supongo que te pagaron por el artículo (pagan bien ahí, parece, ¿no?), haz bien la pega entonces, ¡casi más de la de la nota son citas de Millán! (7) Tienen que existir alternativas a lo que se produce en ese centro de poder, de otra manera las cosas se van a poner feas.  Ya tienen el poder de decisión de lo que debe y no debe circular en Chile.

 

No aparecer

El problema es que pueden creer que te estás haciendo el vivo. Cuando se hizo cierta antología que aglutinaba al mundo abeceuno, a una serie de chicos del colegio Verbo Divino y algunos amigos de ellos, me llamaron y me enviaron decenas de mails y llamados para aparecer en ese libro con pretensiones canónicas. No lo hice, y no sólo porque la antología perteneciera a la empresa Diego Portales, tentacular en sus cabronadas (¿casi exclusivamente hombres en el Departamento Humanista a todo esto?), sino también porque da lo mismo aparecer o no en tal o cual libro que se pretenda representativo. Importa una raja. Esa empresa tiene su propia editorial de libros imponentes, elefantiásicos, como no se ven en ninguna parte del mundo y tiene puntales en la cámara, en el consejo que al menos hasta el año pasado subvencionaba a los grandes comprándoles libros y cagaba a las editoriales pequeñas, very chilean:  reforzar a los grandes y a los chicos hacerlos recagar por el chico. Esa empresa corta en toda la prensa y en cualquier lugar en donde se defina la cultura en Chile. Pero para pasar piola no se auto publicaron  ya que la antología es de profesores de la empresa. El truco fue elegir a otra editorial, para que la cosa luciera seria, ¿no?

Entonces, ¿tiene alguna importancia aparecer en cosas como ésa? La verdad, creo que importa sólo el hecho de escribir con gozo y en soledad. La felicidad del constructo es la que nos hace dormir bien ese día que escribimos un par de versos, día en que no necesitamos tomar frascos de benzodiazepina o litros de copete o hacernos mierda en el gimnasio para poder dormir. Un muchacho que escribía en un principio igual a mí y que ahora es un engendro que se dedica  a hacer ejercicios con el lazo de Bruno Vidal y Anwandter, se desvive por aparecer en esos libros colectivos y hace llamadas y gasta un montón de dinero invitando a cenar gente con la esperanza que lo mencionen. ¿Para qué?  El gran Zurita una vez me pidió salir en una antología. En mi eterno síndrome bartleby con respecto a esos libros representativos, le dije varias veces que prefería no aparecer, y vamos cruzando otro montón de mails para allá y para acá

--Zura, por el amor a la cordillera y al desierto, por amor a las manchas de las vacas, te suplico hermano, sácame del libro, no quiero insultos ni amenazas ni malos ratos, no me interesa salir ahí, hermano por favoooor.

Pero al Zura es difícil decirle que no, y no sólo después de releerlo, actividad anímicamente satisfactoria, sino porque es uno de los pocos poetas generosos con sus colegas, uno de los pocos que lee, habla y recomienda abiertamente a gente como Rafael Rubio, Héctor Hernández o Javier Bello sin ningún problema. Eso es muy raro, a la mayoría de los poetas les da una tremenda lata que otros poetas existan como dice el famoso poema de Tom Mc Grath traducido por Cisneros con mano alzada, como jugando, como en la hamaca, como debe ser.

 

Perlas cultivadas

Si asume el sesgo y la parcialidad, habrá que celebrarla. Un poeta uruguayo-mexicano publicó algo en España y por supuesto se armó quilombo en Chile. La antología incluye dos perlas cultivadas
 (1) uno declaradamente pinochetista y  que en su oligofrenia se declara “monárquico” (tal cual, están leyendo bien: monárquico, en Chile) y  (2) un payaso imitador de Huidobro y amante de los aviones
-recuerda La Moneda en llamas, recuerda Malvinas, recuerda Irak y Afganistán-, amante de la violencia reaccionaria. Hay un artículo en Clinic en donde dice que hay que regar Irak y Afganistán con sangre nutricia; en otros artículos dice que las mujeres chilenas no tienen cerebro y son demoníacas. Sus poemas tienen un estridente tempo de whisky y cocaína. Una oda a la violencia reaccionaria en forma y fondo, una oda a la guerra. Cómo no tener cierta repercusión en Chile con esos dos componentes, cómo no tener éxito en un país acostumbrado a los signos de exclamación y a la asertividad descarada de un megaopinólogo que es capaz de despacharse en dos líneas el tema de  la farándula, del mar con Bolivia o a Ernesto  Guevara o el  Transantiago o lo que le pongan por delante. Por mi parte, creo que para dimensionar o imaginar una guerra sólo es necesario acercarse a un hospital público, con eso es más que suficiente. ¿Importa que aparezcan estos dos poetastros y que no aparezca Elvira Hernández o Soledad Fariña o Harris o Alexis o tantos otros poetas que leemos con verdadero cariño? No importa. Es la opinión de un sujeto, y es colonial y provinciano abrirse de patas o tener como único sueño publicar un libro amarillo. La respuesta es una sola: hay una tendencia colonial gigante, una tendencia a escribir pensando en el aval.

-Es que “X”  de El País  o “Y”  de no sé dónde  lo dijo. Fíjense en los artículos de los aprendices: Lao Tze dijo, Epicuro dijo, San Agustín dijo, Bloom, Bob Cobing dijo, blablablá dijo.  El aval lo dijo y por lo mismo es incuestionable, palabra sagrada; el aura del sustantivo propio me avala. Mira tengo la visa de tal o cuál escritor. “Me interesa el foro de escritores” (Millán) es la primera frase que aparece en la página de Internet de unos chicos, como si esa frase los avalara.

Recuerdo que en ambas recopilaciones a las que aludí antes -la de Zurita y la de la empresa Portales-   un aprendiz hizo mil llamadas e invitaciones a cenar y cosas similares a los antologadores con tal de  aparecer ¿Para qué? ¿Qué importa? El cliché más obvio es decir que a Bombal y Huidobro  no les dieron el Nacional, que a  Mistral primero le dieron el Nóbel, que la excluyeron de la antología de Teitelboim, etc: lugares comunes. Ya hablamos de eso.

 

gcvielma@yahoo.com.ar

 

 

 

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