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Mark Strand
Nuestra obra maestra es la vida privada
o El Vals del Delirio

Germán Carrasco Vielma
Publicado en Artes y Letras de El Mercurio


Quizá la avería de lo cotidiano nos hace volver la vista hacia las naturalezas muertas, la oscuridad, la ceguera, la ausencia de ruido y color, los paisajes de silencio hopperianos; todos aquellos espacios en los cuales en ocasiones nos abandonamos, exhaustos. Algún tipo de poesía puede ser como la venda que algunos necesitamos para descansar y soñar con todas las recompensas del día. En otras ocasiones los poemas se ofrecen como enclaves de anarquía, fárrago o vendimia chorreante para nuestra sed. Clásico v/s barroco; contemplación y deleite sereno v/s carnaval y desorden de los sentidos. La poesía, las necesidades del lector y el temple del creador oscilan entre esas dos tendencias. Si hacemos esta distinción que no es otra cosa que una tentativa de separar dos poéticas que muchas veces se entrelazan, podríamos afirmar que Strand se inclina por el primer grupo, el que no violenta, no apremia, no exige al lenguaje (hay otras poéticas que sí lo hacen, y con éxito, pienso en el barroco latinoamericano o en la poesía del lenguaje norteamericana) el de las naturalezas muertas, el que se deja poseer por el ritmo lento de los acontecimientos en vez de anteponerse y exprimirlos en la urgencia del decir.

Me he preguntado cuál es la razón que hace a la poesía en general moverse como un péndulo entre esas dos tendencias durante la historia o incluso la historia personal de cada poeta y lector.

Porque finalmente las dos orientaciones que hacemos al principio no constituyan otra cosa que dos materiales para la escultura o pintura del texto. Y las distinciones, por ejemplo entre poetas de la materia (Neruda) y poetas de la inteligencia (Huidobro) o de la velocidad (Gonzalo Rojas) y la lentitud (Teillier), finalmente no sirva de mucho ya que el poema es tan bellamente bastardo como mestizo

Pero volvamos al silencio, esa palabra cuya mención suscita una serie de suspicacias, prejuicios y angustias. En algunas ocasiones hemos querido obliterarla: cuando algunos la convierten en un comodín retórico; cuando experimentamos la necesidad del desborde de la fiesta con lentejuelas y salpicaduras de vino en la camisa; cuando desdeñamos la histeria de podas e higienes y nos sentimos seducidos por las hermosas pecas que son las hojas de otoño en el rostro del parque; cuando damos la bienvenida a los nuevos signos que tatúa el tiempo en un cuerpo cuyas facultades declinan, momento en que canas y arrugas son hermosas como en la autocelebración del cuerpo que es el poema El Anciano abandona la fiesta.

Strand reflexiona mucho, poda y mantiene impecable su jardín. Strand es un gran poeta, y escribe poco; Ahbery hace lo contrario: su producción es enorme, pero eso no es motivo para descartar a uno con el mote de esteticista o estítico o de elevarlo a los cuernos de la luna por su perfeccionismo; ni de tildar al otro como irreflexivo y charlatán.

Pero, recordando en paráfrasis la escena uno del Sueño de una noche de verano: "(...)tal como la imaginación vuelve corpóreas la forma abstracta de cosas desconocidas, la pluma del poeta las convierte en formas palpables y da a una nada de aire una localidad que habitar y un nombre". Esa nada de aire (airy nothing) es seguramente hermana o prima-hermana del silencio y está emparentada con el acto contemplativo en donde el ojo y la mente no intervienen ni escudriñan en la realidad, no la manosean. Veamos:

¿ Hay algo en el agua que se guarda de nosotros
algún tímido evento, algún secreto de la luz al caer en la hondura,
alguna fuente de pena que añora no ser aún descubierta?

¿Por qué tendría que importarnos?, ¿acaso el deseo no arroja su arcoiris
sobre la tosca porcelana que es la piel del mundo
y llena el aire con sus medidas?, ¿para qué buscar más?

de Nuestra obra maestra es la vida privada

Es preferible estar desnudo, no en el sentido de huérfano o vacío sino como el anciano que abandonó la fiesta para quitarse la ropa y admirar su cuerpo aún firme, junto al paisaje. allí. Uno de los dispositivos de los que se vale Strand es la anáfora, el estribillo y la repetición, que intentan recuperar o trocar en círculo la linealidad temporal, como en el vals del delirio, una fantasmagoría que es metáfora de la vida o la muerte. Hay un aspecto misterioso que recorre el libro y que se encuentra por ejemplo en Una suite de apariciones dedicado a Octavio y Marie Jo Paz o en "Preciada Brevedad":

¿Es realmente el viento
o es el sonido de alguien que corre
sacando un paso de ventaja a lo oscuro?

El silencio y las cosas resuenan, tienen eco, como en una obra de Chirico o Hopper.


Pérdida y recuperación
(Villanelas)

Lo mejor para la comprensión de un poema es la luz del ejemplo, y es por eso que para comprender lo que es una villanela. Las villanelas se valen de dos estribillos o versos que se repiten alternados en un poema al final de cada estrofa (cinco tercetos) y finalmente se repiten ambos (un cuarteto). O recordar las célebres "If I Could Tell You" de Auden; "The House On The Hill" de Edwin Arlington Robinson, "Do not go gentle into that good night" de Dylan Thomas y "One Art" de Elizabeth Bishop; todos estos bellísimos poemas acerca de la pérdida. Revisemos las dos villanelas de Strand. Mis versiones:

Dos de Chiricos

I
Las musas inquietantes

Primero el tedio, luego el desespero.
Uno intenta borrarlo y sólo crece.
Algo con el silencio de la plaza.

Algo inexacto, algo con el aire;
su color, la luz, su manera de brillar.
Primero el tedio, luego el desespero.

El traje plisado y vespertino de las musas;
sus rostros, que lo llevarían a uno a creer
que es algo con el silencio de la plaza.

Algo con aquellas construcciones.
Pero no, su propósito es estar.
El tedio al principio, luego el desespero.

Lo que ocurre después no nos importa
lo que nos trajo fue el deseo de componer
algo con el silencio de la plaza.

U otra cosa, de la que uno no es consciente,
Quizá la vida misma: ¿quién sabe en realidad?
Primero el tedio, luego el desespero
Algo con el silencio de la plaza.


II. La Conquista del filósofo

Este lapso de melancolía ha de quedar.
También el oráculo tras el pórtico
Y siempre la torre, el barco, el tren distante.

En algún lugar del sur matan al Duque.
Se gana una guerra. Aquí es muy tarde.
Este lapso de melancolía ha de quedar.

Aquí hay una tarde de otoño sin lluvia,
dos alcachofas abandonadas en una caja
y siempre la torre, el barco, el tren distante.

¿Es esta otra escena de dolor infantil?
¿Por qué las manecillas del reloj marcan 1: 28?
Este lapso de melancolía ha de quedar.

El dominio del amor y su luz verde amarilla
cae sobre la desdicha del destino
Y siempre la torre, el barco, el tren distante.

Lo que nuestra visión nos impele a contener,
La vida de los objetos, su peso insoportable.
Este lapso de melancolía ha de quedar,
También la torre, el barco, el tren distante.

Cómo no recordar el comienzo de ese poema de la Mistral:

amo las cosas que nunca tuve
con las otras que ya no tengo.

Pero las anáforas y estribillos actúan en Strand como recuperación de la resonancia de las cosas y eventos en la memoria. Porque, según Strand en alguna página de The weather of words, las villanelas son la forma más adecuada para sugerir la recuperación. Y se recupera lo perdido, por tanto -siendo o no falaces, qué importa-, la pérdida es ganancia en la memoria y el poeta es una especie de pintor que intenta eternizar instantes y escenas. Recuerdo unos versos de Mirta Rosenberg:

no puedo pegar un ojo
por miedo de no ver el cambio
en la forma de las cosas

Eternizar instantes; suena como a Juan Ramón Jiménez, suena a algo que no leeríamos de buenas a primeras, suena a un profesor de colegio católico con pinta de cura hablando de pureza poética, denostando arrojándonos por la cabeza nuestros preciados libros con indulgencia, vitalidad y exceso latinoamericano. Pero ese prejuicio se disuelve al leer otros idiomas y épocas porque el humor, los eufemismos y en definitiva la paleta cambian de un país a otro, de una cuadra a otra. Y las distintas poéticas cobran valor en tanto cada observador no es llevado por la misma evidencia a la misma imagen del universo a menos que el background lingüístico sea el mismo (Lee Whorf).

La angustia ante el devenir, ante los componentes de un cambio que no alcanzamos a retratar en su fugacidad pueden ser un lugar común. El poeta es un vehículo mediante el cual el lenguaje habla: poner el énfasis en el lenguaje mismo es descubrir la realidad que no está simplemente ahí, que debe ser investigada. En la poesía centrada en el lenguaje, el poeta es pensado por el lenguaje. Los textos que tratan del decir pueden ser un interesante laberinto donde el lenguaje y sus problemas hablan y se expresan, exploración gozosa en la que incurrimos sin ninguna concesión (pero tampoco sin ninguna amabilidad con un posible lector). El riesgo es que el lenguaje se torna críptico en demasía. Digo esto para intentar contrastar esa corriente que alguien tildaría de "académica o lingüística" con una poesía quizá más lejana al experimento, como la de Strand, quien quizá afirmaría con el exagerado y reaccionario aforismo de Ciorán: "el escritor auténtico escribe sobre los seres, las cosas y los acontecimientos, no sobre el hecho de escribir; se sirve de las palabras, pero no se demora en ellas, ni las hace el objeto de sus disquisiciones. Lo será todo, menos un anatomista del verbo. La disección del lenguaje es la manía de quienes no teniendo nada que decir, se confinan en el decir." Intento hacer un separamiento de aguas, donde quizá no corresponda, el territorio de la poesía debe ser el territorio de la libertad (Mr. Bloom, influence isn't anxiety, it's fun escribió Gwyn Mcvay)

Hay en Strand una leve angustia o inquietud ante el cambio (nadie parece notarlo, pero la arquitectura de nuestro tiempo/ se está convirtiendo en la arquitectura del próximo,), la alteración de la materia y finalmente el paso del tiempo (a quien no le importamos, para quien no somos nada) se convierte en instante y detalle atrapados aunque a veces nuestras penas no se conviertan en poemas, se transfigura en Strand en las naturalezas muertas y en la naturaleza viva de la sensualidad de los gestos cotidianos, porque la obra maestra en esta poética no es otra cosa que la vida privada, y el intento posible e imposible de reforzar o de asumir el ego, la ventisca (blizzard) borra a un yo tan majadero como heroico, así que será mejor que regresemos a casa y - a modo de ejemplo de una naturaleza muerta- al vaso de whisky en la mesa. De ahí quizás el interés de Strand en Hopper y en los pintores figurativos.

La circularidad de las estrofas parece un repudio a la linealidad, a la temporalidad y a la disolución afirma Strand en El clima de las Palabras:

El viento canta su canción circular
y los árboles responden con un seco aplauso de hojas.

Pérdida y recuperación. En una suite de apariciones, al llegar la calidez del fuego se añora la nieve que descendía como estrellas transfigurando la forma de las cosas y los pensamientos. Esa nieve, los indecibles dominios de lo blanco, es la que se perdió, la que se recupera

Y cuando todo termine y los profundos e indecibles dominios
de lo blanco se deshagan en la memoria ¿Cómo la tibieza del fuego
tan morosa en su llegada, va a guardarnos de lamentar la pérdida?

O

(…)este fragmento de tormenta,
que se convirtió en nada ante tus ojos, ha de volver;
y alguien, años después, así como tú ahora, dirá:
"Es tiempo. El aire está dispuesto. El cielo está abierto".


 

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