Quizá la avería de lo cotidiano nos hace volver la vista
hacia las naturalezas muertas, la oscuridad, la ceguera, la ausencia
de ruido y color, los paisajes de silencio hopperianos; todos aquellos
espacios en los cuales en ocasiones nos abandonamos, exhaustos. Algún
tipo de poesía puede ser como la venda que algunos necesitamos
para descansar y soñar con todas las recompensas del día.
En otras ocasiones los poemas se ofrecen como enclaves de anarquía,
fárrago o vendimia chorreante para nuestra sed. Clásico
v/s barroco; contemplación y deleite sereno v/s carnaval y
desorden de los sentidos. La poesía, las necesidades del lector
y el temple del creador oscilan entre esas dos tendencias. Si hacemos
esta distinción que no es otra cosa que una tentativa de separar
dos poéticas que muchas veces se entrelazan, podríamos
afirmar que Strand se inclina por el primer grupo, el que no violenta,
no apremia, no exige al lenguaje (hay otras poéticas que sí
lo hacen, y con éxito, pienso en el barroco latinoamericano
o en la poesía del lenguaje norteamericana) el de las naturalezas
muertas, el que se deja poseer por el ritmo lento de los acontecimientos
en vez de anteponerse y exprimirlos en la urgencia del decir.
Me he preguntado cuál es la razón que hace a la poesía
en general moverse como un péndulo entre esas dos tendencias
durante la historia o incluso la historia personal de cada poeta y
lector.
Porque finalmente las dos orientaciones que hacemos al principio
no constituyan otra cosa que dos materiales para la escultura o pintura
del texto. Y las distinciones, por ejemplo entre poetas de la materia
(Neruda) y poetas de la inteligencia (Huidobro) o de la velocidad
(Gonzalo Rojas) y la lentitud (Teillier), finalmente no sirva de mucho
ya que el poema es tan bellamente bastardo como mestizo
Pero volvamos al silencio, esa palabra cuya mención suscita
una serie de suspicacias, prejuicios y angustias. En algunas ocasiones
hemos querido obliterarla: cuando algunos la convierten en un comodín
retórico; cuando experimentamos la necesidad del desborde de
la fiesta con lentejuelas y salpicaduras de vino en la camisa; cuando
desdeñamos la histeria de podas e higienes y nos sentimos seducidos
por las hermosas pecas que son las hojas de otoño en el rostro
del parque; cuando damos la bienvenida a los nuevos signos que tatúa
el tiempo en un cuerpo cuyas facultades declinan, momento en que canas
y arrugas son hermosas como en la autocelebración del cuerpo
que es el poema El Anciano abandona la fiesta.
Strand reflexiona mucho, poda y mantiene impecable su jardín.
Strand es un gran poeta, y escribe poco; Ahbery hace lo contrario:
su producción es enorme, pero eso no es motivo para descartar
a uno con el mote de esteticista o estítico o de elevarlo a
los cuernos de la luna por su perfeccionismo; ni de tildar al otro
como irreflexivo y charlatán.
Pero, recordando en paráfrasis la escena uno del Sueño
de una noche de verano: "(...)tal como la imaginación
vuelve corpóreas la forma abstracta de cosas desconocidas,
la pluma del poeta las convierte en formas palpables y da a una nada
de aire una localidad que habitar y un nombre". Esa nada de aire
(airy nothing) es seguramente hermana o prima-hermana del silencio
y está emparentada con el acto contemplativo en donde el ojo
y la mente no intervienen ni escudriñan en la realidad, no
la manosean. Veamos:
¿ Hay algo en el agua que se guarda
de nosotros
algún tímido evento, algún secreto de la
luz al caer en la hondura,
alguna fuente de pena que añora no ser aún descubierta?
¿Por qué tendría
que importarnos?, ¿acaso el deseo no arroja su arcoiris
sobre la tosca porcelana que es la piel del mundo
y llena el aire con sus medidas?, ¿para qué buscar
más?
de
Nuestra obra maestra es la vida privada
Es preferible estar desnudo, no en el sentido de huérfano
o vacío sino como el anciano que abandonó la fiesta
para quitarse la ropa y admirar su cuerpo aún firme, junto
al paisaje. allí. Uno de los dispositivos de los que
se vale Strand es la anáfora, el estribillo y la repetición,
que intentan recuperar o trocar en círculo la linealidad temporal,
como en el vals del delirio, una fantasmagoría que es
metáfora de la vida o la muerte. Hay un aspecto misterioso
que recorre el libro y que se encuentra por ejemplo en Una suite
de apariciones dedicado a Octavio y Marie Jo Paz o en "Preciada
Brevedad":
¿Es realmente el viento
o es el sonido de alguien que corre
sacando un paso de ventaja a lo oscuro?
El silencio y las cosas resuenan, tienen eco, como en una obra de
Chirico o Hopper.
Pérdida
y recuperación
(Villanelas)
Lo mejor para la comprensión de un poema es la luz del ejemplo,
y es por eso que para comprender lo que es una villanela. Las villanelas
se valen de dos estribillos o versos que se repiten alternados en
un poema al final de cada estrofa (cinco tercetos) y finalmente se
repiten ambos (un cuarteto). O recordar las célebres "If
I Could Tell You" de Auden; "The House On The Hill"
de Edwin Arlington Robinson, "Do not go gentle into that good
night" de Dylan Thomas y "One Art" de Elizabeth
Bishop; todos estos bellísimos poemas acerca de la pérdida.
Revisemos las dos villanelas de Strand. Mis versiones:
Dos de Chiricos
I
Las musas inquietantes
Primero el tedio, luego el desespero.
Uno intenta borrarlo y sólo crece.
Algo con el silencio de la plaza.
Algo inexacto, algo con el aire;
su color, la luz, su manera de brillar.
Primero el tedio, luego el desespero.
El traje plisado y vespertino de las
musas;
sus rostros, que lo llevarían a uno a creer
que es algo con el silencio de la plaza.
Algo con aquellas construcciones.
Pero no, su propósito es estar.
El tedio al principio, luego el desespero.
Lo que ocurre después no nos importa
lo que nos trajo fue el deseo de componer
algo con el silencio de la plaza.
U otra cosa, de la que uno no es consciente,
Quizá la vida misma: ¿quién sabe en realidad?
Primero el tedio, luego el desespero
Algo con el silencio de la plaza.
II. La Conquista del filósofo
Este lapso de melancolía ha de
quedar.
También el oráculo tras el pórtico
Y siempre la torre, el barco, el tren distante.
En algún lugar del sur matan al
Duque.
Se gana una guerra. Aquí es muy tarde.
Este lapso de melancolía ha de quedar.
Aquí hay una tarde de otoño
sin lluvia,
dos alcachofas abandonadas en una caja
y siempre la torre, el barco, el tren distante.
¿Es esta otra escena de dolor
infantil?
¿Por qué las manecillas del reloj marcan 1: 28?
Este lapso de melancolía ha de quedar.
El dominio del amor y su luz verde amarilla
cae sobre la desdicha del destino
Y siempre la torre, el barco, el tren distante.
Lo que nuestra visión nos impele
a contener,
La vida de los objetos, su peso insoportable.
Este lapso de melancolía ha de quedar,
También la torre, el barco, el tren distante.
Cómo no recordar el comienzo de ese
poema de la Mistral:
amo las cosas que nunca tuve
con las otras que ya no tengo.
Pero las anáforas y estribillos actúan en Strand como
recuperación de la resonancia de las cosas y eventos
en la memoria. Porque, según Strand en alguna página
de The weather of words, las villanelas son la forma más
adecuada para sugerir la recuperación. Y se recupera lo perdido,
por tanto -siendo o no falaces, qué importa-, la pérdida
es ganancia en la memoria y el poeta es una especie de pintor que
intenta eternizar instantes y escenas. Recuerdo unos versos de Mirta
Rosenberg:
no puedo pegar un ojo
por miedo de no ver el cambio
en la forma de las cosas
Eternizar instantes; suena como a Juan Ramón Jiménez,
suena a algo que no leeríamos de buenas a primeras, suena a
un profesor de colegio católico con pinta de cura hablando
de pureza poética, denostando arrojándonos por la cabeza
nuestros preciados libros con indulgencia, vitalidad y exceso latinoamericano.
Pero ese prejuicio se disuelve al leer otros idiomas y épocas
porque el humor, los eufemismos y en definitiva la paleta cambian
de un país a otro, de una cuadra a otra. Y las distintas poéticas
cobran valor en tanto cada observador no es llevado por la misma evidencia
a la misma imagen del universo a menos que el background lingüístico
sea el mismo (Lee Whorf).
La angustia ante el devenir, ante los componentes de un cambio que
no alcanzamos a retratar en su fugacidad pueden ser un lugar común.
El poeta es un vehículo mediante el cual el lenguaje habla:
poner el énfasis en el lenguaje mismo es descubrir la realidad
que no está simplemente ahí, que debe ser investigada.
En la poesía centrada en el lenguaje, el poeta es pensado por
el lenguaje. Los textos que tratan del decir pueden ser un interesante
laberinto donde el lenguaje y sus problemas hablan y se expresan,
exploración gozosa en la que incurrimos sin ninguna concesión
(pero tampoco sin ninguna amabilidad con un posible lector). El riesgo
es que el lenguaje se torna críptico en demasía. Digo
esto para intentar contrastar esa corriente que alguien tildaría
de "académica o lingüística" con una
poesía quizá más lejana al experimento, como
la de Strand, quien quizá afirmaría con el exagerado
y reaccionario aforismo de Ciorán: "el escritor auténtico
escribe sobre los seres, las cosas y los acontecimientos, no sobre
el hecho de escribir; se sirve de las palabras, pero no se demora
en ellas, ni las hace el objeto de sus disquisiciones. Lo será
todo, menos un anatomista del verbo. La disección del lenguaje
es la manía de quienes no teniendo nada que decir, se confinan
en el decir." Intento hacer un separamiento de aguas, donde quizá
no corresponda, el territorio de la poesía debe ser el territorio
de la libertad (Mr. Bloom, influence isn't anxiety, it's fun
escribió Gwyn Mcvay)
Hay en Strand una leve angustia o inquietud ante el cambio (nadie
parece notarlo, pero la arquitectura de nuestro tiempo/ se está
convirtiendo en la arquitectura del próximo,), la alteración
de la materia y finalmente el paso del tiempo (a quien no le importamos,
para quien no somos nada) se convierte en instante y detalle atrapados
aunque a veces nuestras penas no se conviertan en poemas, se
transfigura en Strand en las naturalezas muertas y en la naturaleza
viva de la sensualidad de los gestos cotidianos, porque la obra maestra
en esta poética no es otra cosa que la vida privada, y el intento
posible e imposible de reforzar o de asumir el ego, la ventisca (blizzard)
borra a un yo tan majadero como heroico, así que será
mejor que regresemos a casa y - a modo de ejemplo de una naturaleza
muerta- al vaso de whisky en la mesa. De ahí quizás
el interés de Strand en Hopper y en los pintores figurativos.
La circularidad de las estrofas parece un repudio a la linealidad,
a la temporalidad y a la disolución afirma Strand en El
clima de las Palabras:
El viento canta su canción circular
y los árboles responden con un seco aplauso de hojas.
Pérdida y recuperación. En una suite de apariciones,
al llegar la calidez del fuego se añora la nieve que descendía
como estrellas transfigurando la forma de las cosas y los pensamientos.
Esa nieve, los indecibles dominios de lo blanco, es la que se perdió,
la que se recupera
Y cuando todo termine y los profundos
e indecibles dominios
de lo blanco se deshagan en la memoria ¿Cómo la
tibieza del fuego
tan morosa en su llegada, va a guardarnos de lamentar la pérdida?
O
(…)este fragmento de tormenta,
que se convirtió en nada ante tus ojos, ha de volver;
y alguien, años después, así como tú
ahora, dirá:
"Es tiempo. El aire está dispuesto. El cielo está
abierto".