El próximo tiempo
Nadie lo nota, pero la arquitectura de nuestro tiempo
se está convirtiendo en la arquitectura del próximo.
Y el destello
de la luz en el agua nada significa ante los cambios
que allí tienen lugar, al igual que nuestra porfía,
que nada
significa ante el constante derrumbarse de cosas con el muro
Nadie puede detener el flujo, nadie tampoco puede comenzarlo
El tiempo se va, nuestras penas no se convierten en poemas
y lo que es invisible así permanece. El deseo se ha ido
dejando sólo el rastro de su perfume en su propio velorio
Y mucha gente que amamos se ha ido,
y ninguna voz llega desde el espacio exterior, desde los pliegues
de polvo y alfombras de viento para decirnos que esta
es la manera en que tenía que ocurrir, que si sólo
supiéramos
cuánto habrían de durar las ruinas, no nos quejaríamos.
La perfección está fuera de análisis para gente
como nosotros,
entonces, ¿por qué perseverar con el mismo viejo ego
cuando el paisaje
ha abierto sus brazos y (ha) entregado sus maravillosos santuarios
para que vayamos en bandada? Los grandes hoteles del oeste nos esperan,
en algún patio un perro primitivo anhela que pasemos por ahí,
y en la elástica superficie de un lago la gente se mece
haciendo señas. La carretera desemboca justo en la puerta,
despeguemos entonces
antes que se incendie el mundo allá afuera. La vida debería
ser más
que el peso del cuerpo desplazándose trabajosamente de un
cuarto a otro.
Un viraje hacia el bosque nos hará bien, también lo
haría un paseo
por las parcelas. Sólo piensa en las gallinas pavoneándose,
las vacas
columpiando sus ubres y correteando las moscas con sus colas.
Y uno puede imaginar prismas de luz veraniega rompiendo contra
el silente y brumoso sueño del campesino y su esposa.
Podría haber sido otra historia: la que estaba contemplada
en vez de la que realmente ocurrió. Vivir así,
con la esperanza de revisar lo que ha sido falso o se presentó
ilegible,
no era lo que queríamos, creyendo que la historia que estaba
prevista
habría sido como un día en el oeste, cuando todo
es incansablemente presente: las montañas que arrojan larga
sombra
sobre el valle donde el viento canta su canción circular
y los árboles responden con seco aplauso de las hojas. Era
demasiado simple,
sin duda, y anodino. Porque pronto las hojas
ya marchitas caerían, y la nieve que todo anula
hará una almohada del camino para que nos reunamos pala en
mano
e inclinados limpiemos la acera ¿Qué más podría
haber
al final de este día para nosotros sino el deseo que enmienda
y recomienza, la compasión del sol mientras desaparece?.
Amaré el siglo XXI
La comida se enfriaba. Los invitados, a la espera de breves,
impersonales y azarosos encuentros del tipo usual, estaban desparramados
en los dormitorios. Las papas duras, los porotos blanduchos, la carne:
no había carne. El sol de invierno había puesto amarillo
los olmos y las casas;
Ciervos se desplazaban por la carretera como refugiados políticos;
y a la entrada
se entibiaban los gatos en el capó de un auto.
Luego, un hombre se volvió, y me dijo:
"Aunque amo el pasado, su oscuridad, su peso que nada nos ha
enseñado, su pérdida, todo
el pasado cuestionando nada, amaré el siglo veintiuno aún
más
porque en él veo a alguien en bata y pantuflas, de ojos oscuros,
pobre,
caminando a través de la nieve sin dejar una huella detrás"
"Oh" dije calándome el sombrero, "Oh".
La noche, el porche
Mirar fijo a la nada es conocer al dedillo
el lugar al que todos seremos barridos, y protegerse del viento
es sentir un inasible lugar desconocido acercarse.
Los árboles pueden mecerse o estar calmos, el día y
la noche pueden ser
lo que les plazca
Lo que deseamos , más que una estación climática
es la comodidad de ser extraños, al menos con nosotros mismos.
Ese es el quid del asunto, razón por la cual incluso ahora
parecemos esperar
por algo cuya apariencia sería su desvanecimiento:
el sonido, digamos, de algunas hojas cayendo,
de una hoja cayendo,
o menos. No hay fin para lo que podemos aprender.
El libro allá afuera nos dice suficiente
y jamás fue escrito pensando en nosotros.
Dos de Chiricos
I Las musas inquietantes
Primero el tedio, luego el desespero.
Uno intenta borrarlo y sólo crece.
Algo con el silencio de la plaza.
Algo inexacto, algo con el aire;
su color, la luz, su manera de brillar.
Primero el tedio, luego el desespero.
El traje plisado y vespertino de las musas;
sus rostros, que lo llevarían a uno a creer
que es algo con el silencio de la plaza.
Algo con aquellas construcciones.
Pero no, su propósito es estar.
El tedio al principio, luego el desespero.
Lo que ocurre después no nos importa
lo que nos trajo fue el deseo de componer
algo con el silencio de la plaza.
U otra cosa, de la que uno no es consciente,
Quizá la vida misma: ¿quién sabe en realidad?
Primero el tedio, luego el desespero
Algo con el silencio de la plaza.
II. La Conquista del filósofo
Este lapso de melancolía ha de quedar.
También el oráculo tras el pórtico
Y siempre la torre, el barco, el tren distante.
En algún lugar del sur matan al Duque.
Se gana una guerra. Aquí es muy tarde.
Este lapso de melancolía ha de quedar.
Aquí hay una tarde de otoño sin lluvia,
dos alcachofas abandonadas en una caja
y siempre la torre, el barco, el tren distante.
¿Es esta otra escena de dolor infantil?
¿Por qué las manecillas del reloj marcan 1: 28?
Este lapso de melancolía ha de quedar.
El dominio del amor, su luz verde y amarilla
cae sobre la desdicha del destino
Y siempre la torre, el barco, el tren distante.
Lo que nuestra visión nos impele a contener,
La vida de los objetos, su peso insoportable.
Este lapso de melancolía ha de quedar,
También la torre, el barco, el tren distante.
Un fragmento de tormenta
Desde la sombra de las cúpulas en la ciudad de las cúpulas
un copo, la ventisca de uno, sin peso, entró a tu cuarto
y se hizo camino entre las sillas donde tú, alzando la mirada
del libro, lo viste en el momento de aterrizar. Eso es todo
lo que hubo. Nada más que un solemne despertar
a la brevedad, un subir y bajar la atención, levemente,
un tiempo entre tiempo, un funeral sin flores. Nada más,
excepto la sensación de que este fragmento de tormenta,
que se convirtió en nada ante tus ojos, ha de volver;
que alguien, años después, así como tú
estás, podría decir:
"Es tiempo. El aire está dispuesto. El cielo está
abierto".
El hotel en la playa
¡Oh, miren, el barco despliega sus velas sin nosotros! El viento
sopla desde el este, el próximo barco zarpa en un año.
Volvamos al hotel en la playa donde la lluvia nunca se detiene,
donde el jardín, lleno de sombra y verdor, dice en el más
inusual
de los suspiros: "Cuidado con la invasión". Podemos
pasear, podemos visitar
a los muertos en traje de gala con sus pijamas de ceniza, y luego
de un paseo
por los abedules podemos tumbarnos en la cama deshecha y observar
cómo la antigua luna se desliza por el piso, se agitarán
los ventanales, olas de oscuridad, frías, no llamadas, lúgubres
nos cubrirán. Y en las sofocantes y azogadas catacumbas del
sueño
caeremos y ahí, en la desvaída luz descubriremos los
huesos,
el polvo, los restos acres de alguien que pudo haber sido
si no hubiésemos tomado su lugar.
Aquí
El sol que recubre de plata estas construcciones
se deslizó tras una nube dejando al aire, alguna vez diáfano,
en algo menos que azul. Aún así todo es claro.
A través del camino, algunas plantas muertas cuelgan desde
cuartos
que no han sido ocupados en meses, dos calles vacías convergen
en una plaza central, y en un cerro cercano unas tumbas
a medio enterrar en la maleza parecen confundirse
con las casas en el límite del pueblo. Una brisa
revuelve un poco el polvo, da vuelta una o dos páginas, y muere.
Todos los bulevares se alinean con árboles sin hojas.
No hay perros que olfateen, ni pájaros, ni moscas zumbando.
El polvo se congrega en todas partes: en los taburetes y botellas
de los bares,
en el ampollado tablero de autos abandonados.
Dentro de la iglesia, cuyas pesadas y corroídas puertas
permanecen abiertas, está fresco, de manera que si un visitante
anda ahí
podría fácilmente relajarse, arrodillarse y rezar
o mirar una luz sucia caer a través del dosel
o pensar acerca del calor de allá afuera, que no se va,
lo que podría ser la razón para que no haya gente allí
-quién sabe-
o acerca del dragón que vio al llegar
acurrucado ante su caverna en un saurio reposar
y acerca de cuán bueno es haber sobrevivido.
En memoria de Joseph Brodsky
Podríamos, incluso aquí, sostener que lo que permanece
del ego
Se desovilla en una luz evanescente, se esfuma como el polvo y se
dirige
a un lugar donde el saber y la nada pasan uno por el otro y uno a
través del otro.
Que se mueve y desovilla en calma más allá del final
de la bóveda de luz
y continúa hacia un lugar que puede nunca ser encontrado, donde
lo indecible
se anuncia finalmente una vez más, pero ligera, velozmente,
como la lluvia azarosa
que transcurre en el sueño, que uno imagina transcurre en el
sueño.
Lo que permanece del ego se desovilla y desovilla, porque ningún
límite
puede contener: ni el límite informe entre nosotros
ni el que cae entre tu cuerpo y tu voz. Joseph,
querido Joseph, aquellos repentinos recordatorios de tu estadía:
los lugares y momentos cuya mejor vida fue la que tú les diste
aparecen ahora
como fantasmas en tu vigilia. Lo que permanece del ego se desovilla
más allá de nosotros, para quienes el tiempo es sólo
la medida de un mientras tanto
y el futuro no es más que un etcétera y etcétera…
pero rápido y eterno.
Mañana, tarde y noche
I
Y la verde mañana, y las edificaciones del clima, y mis cejas
no han sido peinadas, y jamás lo serán por las brisas
de la divinidad.
Hasta ahí está claro, al menos para mí, pero
ayer reparé
en algo flotando dentro y fuera de las nubes, algo como un pájaro,
pero también como un hombre, de negro, con los brazos desplegados.
Y pensé que podía ser un signo de mi fracaso. Entonces
desperté
y la sombra del futuro cayó en mi cama y en las ruinas líquidas
del mar allá afuera, y en el armazón de las construcciones
a la orilla del agua.
Sobrevino un rápido nubarrón, se inclinaban los árboles
y alisaban los campos. Permanecí
en cama,
esperando que pasara. Lo que podría haber sido aún espera
su turno.
II
Lo que sea que la carta astral nos instó a buscar o que los
mapas dijeron
que encontraríamos, nada nos preparó para lo que descubrimos.
Nos alejamos serpenteando en la hondura sin sombra de la tarde
mientras un viento ajeno dormía entre las ramas, y las hojas
muertas
se hacían polvo en las calles. Ciudades de luz y largos veranos
de ocio
no estaban destinados a nosotros. Porque llegar así, tal hicimos,
mucho después
de que importara; o vivir entre las tumbas, grandiosas como fuesen,
no significaba estar próximos al fin, ni más lejos de
donde comenzamos.
III
Esta noche de evanescente rosa y púrpura, del caprichoso calor
que acaricia nuestra piel hasta que caemos dormidos y vagamos en lugares
que esperamos jamás hubieran estado a nuestro alcance: esas
honduras
donde nada florece, en donde todo lo que ocurre pareciera
estar de reserva. Transpiramos y suplicamos ser liberados
a tiempo para el día venidero, y nos aterramos ante el pensamiento
de jamás llegar allí y estar forzados a permanecer dispersos,
olvidados
en un mar de la medianoche donde cada mil años se vislumbra
un barco
o un cisne
o un nadador ahogado, cuya imaginación sobrevivió a
su destino
y que nada
para comprobar, a nadie en particular, cuán falsa ha sido su
vida.
Una suite de apariciones
I
¿Desde qué oscuridad o carencia ha venido a esperar,
fuera del límite de tu mirada fija, el momento en que tú
alces la mirada y, a través del rumor de hojas,
distingas ahí su sombra repentina? ¿Desde dónde
ha venido
a ingresar en la luz persistente, a decir en la tenue
cadencia de aquellos que llegan desde lejos, que la travesía
fue dura, con tan sólo un destello a seguir en el Mar de Algo
que se abre y cierra, se rompe y fulgura expandiendo su frío
y acuoso follaje hacia dondequiera que pueda prenderte y llevarte
y abandonarte donde jamás has estado, que él ha huido
para contarte con lo que queda de su voz que ésta
es su historia y que continúa donde sea que el fin acaezca?
II
No es de extrañarse -ya que las cosas aparecen y luego se
caen de la vista-
que despejemos un espacio para nosotros, una calma donde nada
es borroso: una palmera común, un oasis en el cual descansar,
o sentarse
al lado de un estanque en donde la luz de luna construye sus palacios
y se erigen columnas y cámaras de coral se abren a los patios
con aves que ensayan sus atisbos y trinos
No es de extrañarse que el periódico de la tarde quede
sin leer,
que lo que ocurrió antenoche, la historia de nosotros, nos
deje helados.
El panorama
Este es el lugar. Las sillas son blancas. La mesa reluce.
La persona ahí sentada mira fijo el brillo de la cera.
El viento agita el aire con insistencia
como para abrir un espacio. "Un espacio para mí",
piensa él.
Él posee una tendencia hacia esos climas de despedida
que se adaptan solos, de manera que la pena -incluso la más
íntima-
pueda ser leída con distancia. Una extensa repisa de nubes
cuelga sobre el mar abierto junto al sol, un sol
sin distinción, que se hunde: una versión suave
de la historia que si es verdadera, se cuenta
sólo una vez y siempre demasiado tarde.
La mesera trae el trago que él sostiene
contra una luz que mengua, pero sólo por un lapso.
El reflejo rojo tiñe su camisa. El cielo se oscurece lentamente,
el viento aplaca, el panorama se sublima. El barrido violeta de aquello
parece, en el anochecer sin esfuerzo, más que una razón
para estar ahí y presenciar, todo aquello no parece otra cosa
que una especie
de felicidad, como si sólo ese hecho fuese suficiente y duradero.
Nuestra obra maestra es la
vida privada
I
¿Hay algo en el agua que se guarda de nosotros,
algún tímido evento, algún secreto de la luz
que cae en la hondura,
alguna fuente de pena que añora no ser aún descubierta?
¿por qué nos debería importar? Acaso el deseo
no arroja sus
arcoiris sobre la tosca porcelana
de la piel del mundo y con sus medidas llena el
aire ¿por qué pedir más?
II
Y ahora , mientras los defensores de lo feo y la pena
empujan su bote hundido por la playa,
comamos nuestro rodaballo y sorbamos este exquisito Beaune blanco.
Es cierto, la luz es artificial y no estamos bien vestidos.
Y qué. Nos gusta aquí. La vista de los bueyes en el
campo contiguo,
nos gusta el sonido del viento en el pasto. Tu manera de hablar,
en voz baja, lo que se nos revela en la noche... ¿Por qué
vivir
por otra cosa? Nuestra obra maestra es la vida privada.
III
De pie en el muelle entre el Cisne Errante y la Estrella Inmaculada,
al respirar el aire nocturno como un momento de placer que se toma
en el placer, parece surgir el desvanecimiento, su belleza
que se autodegrada y que sólo puede ser lo que fue, sosteniéndose
a sí misma
un poco más en su curso. Pienso en nuestro apacible pasaje
a través de las circunscripciones, las crisis
que sangran en lo ordinario y que nos dejan un poco más cansados
cada vez,
un poco más lejos de las experiencias que en los viejos días
nos tuvieron cautivos por horas, el viaje por la ruta zigzagueante
de vuelta a casa, el mar precipitándose contra los riscos,
el vaso de whisky en la mesa, el libro abierto, las preguntas,
todas las recompensas del día aguardando en las puertas del
sueño…
Preciada brevedad
Si la ceguera es ciega consigo,
vendrá la visión.
Abres la puerta que fuera tu escudo
y caminas entre espirales de viento
borrosos tatuajes de luz que asolan el campo
El día se siente frío en tu piel.
"Fuera de mi camino" dices a lo que sea que aguarda, "Fuera
de mi camino".
En un instante retrocede el trueno púrpura, el tulipán
abandona
sus pétalos, el camino se aclara.
Te encaminas hacia el oeste por la Gran
Bifurcación o Momento Crucial* y luego por cañones hacia
un valle sin fin.
El aire es puro, las casas están vacías.
Lejos, a la distancia, el viento - puro frío y sentimientos-
crea un árbol y un arpa y comienza a tocar.
¿Qué podría ser mejor: largas frases de aire
que agitan hojas,
hojas que giran? Pero escucha otra vez. ¿Es realmente el viento
o es el sonido de alguien que corre
sacando un paso de ventaja a lo oscuro?
Y si así fuera y nada se presentara
tal como pensaste. Entonces ¿cual es la diferencia
entre la ceguera perdida y la reconquistada?
La mano sucia
Mi mano está sucia.
Debo amputarla.
Lavarla no tiene caso.
El agua es pútrida.
El jabón es malo.
No da espuma.
La mano está sucia.
Lo ha estado por años.
Yo solía mantenerla
fuera de la vista
en los bolsillos de mi pantalón.
Nadie sospechaba nada.
La gente venía a mí
queriendo estrechar manos.
Yo lo rechazaría
y la mano escondida
como una babosa oscura
dejaba una huella
en mi muslo.
Luego me di cuenta
que daba lo mismo
usarla o no
El disgusto era el mismo.
Oh, cuántas noches
en lo recóndito de mi casa
lavé esa mano
la fregaba y daba brillo,
soñando se convirtiera
en diamante o cristal
incluso, finalmente,
en una simple mano blanca,
la mano limpia de un hombre
que pudiera ser estrechada
o besada o tomada
en aquellos momentos
cuando dos se confiesan
sin decir palabra...
Sólo tener
una mano irremediable
como camarón, letárgica
que abre sus dedos.
El vals del delirio
No recuerdo cuando comenzó. Las luces estaban bajas. Caminábamos
por el piso de madera pulida con aplicaciones de mármol, a
través de agua baja, de finas partículas de nieve, de
figuras nebulosas de luz mortecina. No recuerdo bien, pero creo que
ahí estabas (quienquiera que fueras), a veces conmigo, a veces
observando. Las formas se reunían y se disolvían. La
antesala a la pista de baile parecía interminable, y una voz
-quizá la tuya- repetía que jamás habríamos
de llegar. Luego nos deslizamos por el piso, la ropa nos pesaba, la
música era lenta y pensé que moriríamos, y todo
habría de ocurrir nuevamente. Creo que éramos felices.
Nos movíamos con la corriente del sonido, y si nos dirigíamos
al futuro o al pasado, era imposible saber. La ansiedad tiene sus
inflexiones -inútiles, tristes, trágicas a ratos- pero
aquí no tenía ninguna. En su inofensivo planear era
simplemente fantástica, por lo que seguíamos bailando.
Creo que yo lideraba. ¿Por qué habría de practicar
en otro sitio esos calamitosos descensos? Me queda claro que siempre
estuvimos bailando, siempre estuvimos ávidos a entregarnos
al éxtasis de la música. Incluso el más simple
movimiento, como el flotar de las nubes o el pestañeo de un
ojo podía llamar y sostener nuestra atención. Las piezas
se hicieron más grandes y finalmente inmensurables y nosotros
nos mantuvimos deslizando, deslizando y girando.
Y luego llegaron Bob y Sonia
Y la danza era lenta
Y uniéndose ahora estaban Chip y Molly
Y Joseph, querido Joseph, danzaba y fumaba
Y la danza era lenta
Y a la antesala años después llegaron Tom y Em
Y Joseph, amado Joseph, danzaba y fumaba
Y Bill y Sandy arrimados
Y a la antesala años después llegaron Tom y Em
De la mano uno del otro girando y girando
Y Bill y Sandy arrimados
Y Wally y Deb y Jorie y Jim
Tomados de las manos, y girar y girar
Luego vino Jules, alto y delgado
Y Walkly y Deb y Jorie y Jim
Todos moviéndose, todos bailando
Luego vino Jules, alto y delgado
A través de la amplia pista
Todos moviéndose, todos girando
Harry estaba ahí, también estaba Kathleen
A través de la amplia pista
Luciendo mejor que nunca estaba Jessie y Steve
Harry estaba ahí, también estaba Kathleen
Y Peter y Barbara recién regresaban se incorporaban
Lucían mejor que nunca, Jessie y Steve
Leon y Judith y Muffie y Jim
Y Peter y Barbara recién regresaban
También había otros en ese sitio
Leon y Judith y Muffie y Jim
Charlie y Helen comían y danzaban
También había otros en ese sitio
Vistiendo sus mejores tenidas
Charlie y Helen comían y danzaban
Glenn y Angela y Buck y Cathy
Con sus mejores atuendos
Girando y girando en derredor
Y nuestras sombras flotaban hacia el crepúsculo y oscurecían
el lomo de los pájaros y también el mar, cuyo aliento
olía ligeramente a peces, a almendras y fruta podrida. Luego
el aire se ensució de polvo y nubes púrpuras. Permanecimos
observando a cada uno de los demás flotar en el piso, en el
mar del piso, como un corro de voces. "Hola", dijeron al
navegar "¿me concede esta pieza?", y luego se fueron
a otro cuarto con paredes de un azul pálido y pájaros.
Y un cuarto desembocaba en otro
Y los pájaros volaban hacia atrás y adelante
Y la gente vagaba en la terraza
Bajo las extremidades de los árboles
Y los pájaros volaban hacia atrás y adelante
Una neblina dorada estaba en todas partes
Bajo los miembros de los árboles
Y Howie estaba ahí con Francine
Una niebla dorada estaba en todas partes
Y Jeanette y Buddy bailaban
Y Howie estaba ahí con Francine
Los ángeles deben siempre ser pálidos, dijeron
Y Jeanette y Buddy bailaban
Y Louis y Karen charlaban
Los ángeles deben ser siempre pálidos, dijeron
Pero lo pálido tiende a lo blanco
Y Louis y Karen charlaban
Diciendo que lo azul se vuelve negro
Pero lo pálido tiende a lo blanco
Y estaba ahí Jules con zapatos de taco
Diciendo que lo azul se vuelve negro
Rossana estaba ahí y María
Y estaba ahí Jules con zapatos de taco
Y el día y la noche eran uno
Rossana estaba ahí y María
Y Rusty y Carol estaban ahí
Y el día y la noche eran uno
Y el cuerpo verde del mar estaba cerca
Y Rusty y Carol estaban ahí
Y Charles y Holy bailaban
Y el verde cuerpo del mar estaba cerca
Qué tal, afuera, qué tal
Y Charles y Holly bailaban
Y eran delgados y leves
Qué tal, allá fuera, qué tal
¿Puede alguien oír allá afuera?
Y el ímpetu del agua era fuerte como si el salón de
baile se inundara. Y yo danzaba solitario en ausencia de todo lo que
conocía y a lo cual estaba ligado. Y aquí estaba el
mar: lo borroso, la borradura de la diferencia, el fin del ego, el
fin de todo lo que rodea al ego. Y yo seguía. Las rompientes
refulgían y caían bajo el guiño de la luna. Esparcidos
pétalos de espuma brillaron brevemente para luego hundirse
en la arena. Hacía frío y repentinamente me encontré
de vuelta con los demás. Ese cuerpo vasto e inasible: el mar,
ese gigante imperio sin significado del agua, fue abandonado a lo
suyo.
Fueron esparcidos en el piso
Y centelleó un poco la plata
Oh cómo ellos se movían juntos
Los cristales se agitaron con el viento
Y centelleó un poco la plata
Había tantas puertas abiertas
Los cristales se agitaron con el aire
Nadie sabía lo que iba a ocurrir
Había tantas puertas abiertas
Y estaba bailando Eleonor
Nadie sabía lo que iba a ocurrir
Ahora Red bailaba en la sala
Y estaba bailando Eleonor
Y Don y Jean aguardaban
Ahora Red bailaba en la sala
Los años irían y vendrían
Y Don y Jean aguardaban
Horas y horas habrían de pasar
Los años irían y vendrían
Las palmas en la entrada susurraban
Horas y horas habrían de pasar
Entraron ahora los niños de Em
Las palmas en la entrada susurraban
Y estaban aquí los niños de Tom
Entraron ahora los niños de Em
No había nada sino bailar
Y aquí estaban los niños de Tom
Y Nolan estaba contándoles algo
No había nada sino bailar
Jamás habrían de sentarse juntos
Y Nolan estaba contándoles algo
Y muchos que lo hubiesen deseado
Jamás habrían de sentarse juntos
La temporada de baile era eterna
Y muchos que lo hubiesen deseado
No habrían de detenerse jamás.
No recuerdo cuando comenzó. Las luces estaban bajas. Caminábamos
por el piso de madera encerada con aplicaciones de mármol,
a través de agua baja, de finas partículas de nieve,
de figuras nebulosas de luz mortecina. No recuerdo bien, pero creo
que ahí estabas quienquiera que fueras.
El MILAGRO DEL TALLER
(UNA PEQUEÑA ÓPERA)
Escena: un aula universitaria
PROFESOR SMITH
Jones, ¿escribiste hoy algún poema?
JONES
Sí.
PROF SMITH
¿En serio? Tú, el estudiante menos promisorio
de este taller, ¿has escrito un poema?
Sólo bajo mi aleccionamiento podía ocurrir semejante
cosa. Jones, ¿compartirías tu poema con nosotros?
JONES
No puedo señor. No lo traje. Y como lo escribí
en verso libre, no lo puedo recordar.
PROFESOR SMITH
Entonces, ¿podrías al menos contarnos
algo acerca de aquel poema?
JONES
Sólo en rima, señor.
PROFESOR SMITH
¿Y bien?
JONES
Dice que las flores de los campos otoñales
no terminarán escarchadas y finales,
lo que sería más hermoso si ocurriera
en una nube de pavesas perdidas y ligeras.
Y sigue: quienes fueron enemigos en esta heredad
tendrán que vivir juntos por una eternidad,
las ovejas tendrán que montar a duras
penas sobre ballenas en honduras*
abisales, y tendrán la liebre y el perro cazador
que columpiarse uno junto al otro, con amor
y dice que nosotros, sin importar lo que hacemos
en marea oscura y torrentosa caeremos.
En cada verso del poema uno siente el final
que todos conocemos: lento y fatal…
PROFESOR SMITH
Con eso es suficiente. Clara, ¿qué te
parece el trabajo de Jones?
No la paráfrasis en rima, por supuesto, sino que lo que tú
crees que es el poema real.
CLARA
¡Que las musas sicilianas caigan de rodillas!
Es tu trabajo, maestro, el que aplaudimos. Si un poema puede nacer
en un lugar como este, la poesía nunca morirá. Ni querrá
hacerlo, aunque imagino que estará tentada una que otra vez.
PROFESOR SMITH
Oh Clara, como siempre, estás en lo cierto.
Trabajemos juntos para que la poesía nunca muera.
TODO EL CURSO
¡Juntos! ¡Juntos! Para que la poesía
nunca muera.
¡juntos! ¡juntos! [etc]
Una suite de apariciones
I
¿Desde qué oscuridad o carencia ha venido a esperar,
fuera del límite de tu mirada fija, el momento
en que alces la mirada y a través del rumor de hojas,
distingas ahí su sombra repentina? ¿Desde dónde
ha venido
a ingresar en la luz persistente, a decir en la tenue
cadencia de aquellos que llegan desde lejos, que la travesía
fue dura, con tan sólo un destello a seguir en el Mar de Algo
que se abre y cierra, se rompe y fulgura expandiendo su frío
y acuoso follaje hacia dondequiera que pueda prenderte y llevarte
y abandonarte donde jamás has estado, que él ha huido
para contarte con lo que queda de su voz que ésta
es su historia y que continúa donde sea que el fin acaezca?
II
No es de extrañarse -ya que las cosas aparecen y luego se
caen de la vista-
que despejemos un espacio para nosotros, una calma donde nada
es borroso: una simple palmera, un oasis en el cual descansar, o sentarse
al lado de un estanque en donde la luz de luna construye sus palacios
y se erigen columnas y cámaras de coral se abren a los patios
con aves que ensayan sus atisbos y trinos
No es de extrañarse que el periódico de la tarde quede
sin leer,
que lo que ocurrió antes de anoche, la historia de nosotros,
nos deje helados.
El panorama
Este es el lugar. Las sillas son blancas. La mesa reluce.
La persona ahí sentada mira fijo el brillo de la cera.
El viento agita el aire con insistencia
como para abrir un espacio. "Un espacio para mí",
piensa él.
Él posee una tendencia hacia esos climas de despedida
que se adaptan solos, de manera que la pena -incluso la más
íntima-
pueda ser leída con distancia. Una extensa repisa de nubes
cuelga sobre el mar abierto junto al sol, un sol
sin distinción, que se hunde: una versión suave
de la historia que si es verdadera, se cuenta
sólo una vez y siempre demasiado tarde.
La mesera trae el trago que él sostiene
contra una luz que mengua, pero sólo por un lapso.
El reflejo rojo tiñe su camisa. El cielo se oscurece lentamente,
el viento aplaca, el panorama se sublima. El barrido violeta de aquello
parece, en el anochecer sin esfuerzo, más que una razón
para estar ahí y presenciar, todo aquello no parece otra cosa
que una especie
de felicidad, como si sólo ese hecho fuese suficiente y duradero.
El anciano abandona la fiesta
Quedó claro al abandonar la fiesta
que a pesar de tener más de ochenta años
aún poseía un cuerpo hermoso. La luna brilló
como suele hacerlo
en momentos de honda introspección. El viento contuvo el aliento.
Y -toma nota-, alguien había dejado un espejo en un árbol.
Asegurándome de estar solo me quité la camisa.
Las orejas de oso* asentían con sus cabezas bañadas
de luna
Me quité los pantalones y las urracas rodearon los bosques
rojizos
Abajo en el valle el crepitante río fluía una vez más.
Qué extraño encontrarme en la espesura, solitario con
mi cuerpo.
Sé lo que estás pensando, alguna vez fui como tú.
Pero ahora
con tanto ante mí, tantos árboles color esmeralda
y campos blanqueados de maleza, montañas y lagos, cómo
podría
no ser sino yo mismo, un sueño carnal entre instante e instante.
*Bear Grass: any of several plants
(genera Yucca, Nolina o Xerophillum) of the lily or agave families
chiefly of the southern and western U.S with foliage resembling coarse
blades of grass.