
HEY JOE
Germán Carrasco
I. Cuento del tío
Quizás se dice cuento del tío porque, como en una novela realista, el tío es lejano y sospechoso, quizás nunca lo conocimos porque se fue a recorrer el país o el mundo sin niuno y es posible que ande apurado para transformar rápidamente en plata alguna especie. Y aparece de pronto su emisario pidiendo una suma, un cheque, las llaves de la casa. Los tíos cuenteros de la oligarquía o de la iglesia, en las de Donoso o Wacquez por ejemplo, no tienen necesidades económicas y sus delitos son perversiones que sólo tienen en común con los primeros timadores y con la literatura una cosa: la locuacidad. (Está bien, la seducción, ya, ponlo así; y si quieres, habla de Baudrillard y salpica saliva). Unos especulan y estafan dentro de la ley: los que manejan universidades truchas, los pastores de todos los credos,
empresarios, etc. Y existen esos otros, los perdedores químicamente puros, de calva sudorosa, el clásico personaje que le queda como anillo al dedo a Aldo Parodi o Alejandro Trejo, bastante bien caracterizados en una serie de televisión en donde al final siempre caían como moscas para dar el tono de moraleja a la serie. A esos dos actores y a otro par les sale más o menos creíble la carambola, porque lo demás es un chiste: la creencia de que el papel de flaite es una prueba de fuego para los actores que no conocen ni el centro de la ciudad es la que genera periódicamente sus groseras caricaturas. Cuando alguien desconoce el tema, es fácil darse cuenta. Algunos trasiegan con cosas que no han visto ni en fotos y escriben artículos sobre el Transantiago en el que nunca viajaron, sobre rock que jamás escucharon, la poesía de Parra que leyeron tarde y mal, sobre la marcha de los pingüinos que los dejó casi sin reaccionar, etc. Cuentos de tíos que tienen el trasero muy pesado a la hora de levantarse del bergere del poder. A uno lo leo en toda la prensa, en toda. Vuelvo por un par de meses esperando ver un pequeño cambio, no verlo en la prensa hablando de energía nuclear (dice que hay que implementarla en Chile), de poesía, defendiendo corporativamente una novelita mínima, una novelita de molde de ese caballo de batalla que se compraron módicamente en un persa de cachureos; criticando a la concertación, teta de la que mama; haciendo televisión, radio, circo, etc. Un entendido en todo. Lo último que le leí fue de rock pero luego tuve que escuchar algunas guitarras eléctricas: el rock purifica.
Otros tíos cuenteros son los que hacen los robos menores en política, robos hormiga, robos ratones. Y parecidos somos los roedores que no queremos pagar el pasaje con la tarjetita azul, tratando, avivados, jurando que le estamos metiendo un gol a los que nos metieron un millón: el Transantiago, ese gran cuento del tío. Narro ahora mi experiencia al intentar ahorrarme un pasaje.
Antes de ganar la presidenta Bachelet, hubo un grupo de personas que inscribió a los chilenos residentes en Buenos Aires que quisieran viajar gratis para ir a votar. Me inscribí para ahorrar unos pesos (votar me daba lo mismo) y me dirigí hacia Retiro, la estación de buses de Buenos Aires, en donde imaginé a ordenados militantes verificando listas, sonriéndole a la gente antes de embarcarlos rumbo a Santiago. Pero no había listas, no había nada, sólo peleas e insultos. Los chilenos residentes -que hablaban todos como porteños, gente que se vino a Buenos Aires hace veinte, treinta, cuarenta años-, estaban con sus botellas de gaseosa familiar, sus cajas de vino, sus guaguas, sus tatuajes caneros hechos con tripas de lápiz. Allí estaban agarrándose a chuchadas con unos hampones de la Concertación, que los habían hecho venir con sus cajas y equipajes y guaguas llorando. “No es aquí en Retiro, tienen que ir a Plaza Congreso”, y entre empujones hasta allá se dirigía una turba, y en Congreso uno de los “punteros” de la Concertación finalmente les señaló: “señores, no hay buses”, y fue cuando uno de los que se había inscrito agredió al gangster de poca monta de algún partido de la concertación. Tuvo que intervenir la policía argentina.
Con la promesa de buses gratis para votar por la entonces candidata, habían dejado a la deriva a un grupo de chilenos esperanzados en ahorrarse un par de lucas y visitar de paso a sus familias o lo que quedaba de estas. Pero ¿quién sabe de esas cosas? Me pregunté si lo sabrían los escritores que escriben en todos los medios y viajan a París todos los meses a expensas de los impuestos o la estupidez de los demás; los poetas de estampitas y ruiditos concretos; los que escriben como si vivieran en un castillo rilkeano y tomaran el té de las cinco con alguna reina; los atemporales universalistas (“toda la poesía aspira a lo atemporal” le leí a un antologador de Valpo en esta misma página, pero confío en que los antologados no piensen como él), los metafísicos, los deleuzianos para el leseo; los políticamente incorrectos a quienes todo el mundo lee sin chistar, como si fuera gracia ser misógino o fascista (y hasta monárquico como le he leído a algunos descerebrados) y proferir frases y declaraciones que en otra parte les habría costado el rechazo de todo el mundo y una buena demanda judicial.
Quienes esperábamos viajar gratis en bus desde Buenos Aires a Santiago, nos quedamos ahí, las familias con sus cajas, sus guaguas, sus termos con agua para el mate. La plata de los buses se había quedado atascada en el bolsillo de algún militante encargado de contratar los buses y organizar la cosa. No todos los exilios son tan glamorosos como los de los hijos de miristas o mapu boys en París, a quienes siempre tuvieron reservados cómodos y claves puestos de trabajo con pingües chocosos; esos que hacen lo que quieren con la prensa y con el país, y que son –demás está decirlo- los más alucinados con las bondades de la modernidad neoliberal.
Esa escena en la estación de Retiro me hizo pensar en los viajes por necesidad, en los que se van porque no encuentran trabajo; que están hartos porque llega otra u otro con plata y le quita la novia o el novio; que no soportan el hecho de que en nuestro país exista, por ejemplo, un solo “escritor” o dos, (uno por la diestra y otro por entremedio) que escriben en todos los medios y acerca de todos los temas (un petimetre que jamás debe haber escuchado rock escribió una decena de páginas sobre el tema en Paula, por ejemplo, y al parecer eso no sorprende a nadie) Los que se van porque el país no les pertenece, cosa que te recuerdan a cada rato los eternos dueños de la pelota.
II. Hombres invisibles
Mi cuento del tío, en este caso, tiene que ver con una tragedia, la letra de Hey Joe de Hendrix (1967) en la que un tipo mata a su mujer por estar con otro, tema (temazo) de moral misógina al igual que la canción mexicana el preso número nueve.
Siempre me llamó la atención que existiera gente capaz de escuchar a Hendrix o algo de esa intensidad luego de haber fumado marihuana. No es por hacerme el niño sensible que llora ante un árbol japonés en miniatura, pero yo no podría escuchar a Hendrix bajo el efecto de algo: a mí y a cualquier persona sensible le daría un acceso sicótico, agorafobia o un ataque de llanto. La especie humana no puede soportar demasiada realidad.
La especie humana no puede soportar demasiada realidad. Realidad brígida oculta bajo la alfombra y que cada tanto salta por presión en forma, por ejemplo, de performance: algún carabinero sin rango –como en la bellísima canción mexicana el preso número nueve- se despacha cada tanto al amante de la esposa y a la esposa. No se trata de golpes bajos al lector o auditor cuando se enmarca esas escenas, como en la canción de Hendrix . Ese tipo de canciones o poemas, al igual que la horrenda paliza de la película Reversible al personaje de Mónica Bellucci (que hace a la gente retirarse indignada del cine) o la crueldad de los cuentos de Osvaldo Lamborguini por ejemplo, nos exigen, como los tragos fuertes, control de las emociones. Nos muestran escenas escabrosas no por morbo sino para señalar que esas escenas existen y que es eso y no otra cosa lo que quiere mostrar el alegre, el vitalista disfrazado de trágico que nos invita a hacer un alto, a reflexionar, a jugar con los miedos y racionalizarlos. Quizás eso es el rock: la conquista de ciertas calles mentales, la iluminación de ciertos postes que hay en los callejones de la cabeza, la pérdida del miedo. El sonido metálico de las guitarras eléctricas brilla, es luz, despabilamiento, bofetada refrescante de las olas del pacífico, ducha fría matinal. Oxímoron de la luz que sobre la sordidez y lo oscuro.
Quizás hace falta que escriba de rock gente que al menos ame el objeto que aborda, ¿quién se hace cargo de abordar las letras y la producción de música nacional? Supongo que hay que aceptar que Nicole es rockera, que el omnipresente opinólogo Gumucio se despache cara-de-raja una docena de páginas sobre rock (o física cuántica o lo que venga) en Paula. Anteriormente se había despachado otra docena de páginas de couché acerca de su experiencia aprendiendo inglés, y si no es él será su novia diciendo que no tiene con quién jugar backgammon en Chile o que puede subirse en bicicleta a la acera y que eso no se puede hacer en ny; y si no es ella será el premio nacional que ellos quieren imponer, o será el editor de su universidad diciendo que va a imponer el canon o el mismo petimetre diciendo frases misóginas nada menos que en esa,
una revista femenina. Y si no es él será su caballito de batalla (nombrando a los otros dos) y así ad eternum, ad nauseam. ¿No sería más sano que un periodista de Rollins o un rockero o alguien que al menos ame la música --que como mínimo la haya escuchado- escribiera sobre el tema?
Una etapa completamente obliterada en nuestra sociedad es la de cierto rock chileno setentero –será nuestra figura- previo a la gran escurrida de los ochenta que articularon los Prisioneros, Fiscales, Electro, etc. Me refiero a otros grupos, anteriores: eran chascones barriales medio tuerca, drogos y mezclilleros, que en el tiempo de la asfixia escuchaban Deep Purple, Grand Funk, Black Sabbath. Digo esto por ciertos grupos chilenos que encabezan una lista de fantasmas: entre otros: Tumulto, Alejaica, Arena Movediza, etc. Recuerdo algunas frases: “Tata, deja de recoger cartones/ viejo, sírvete un copete junto al fuego” Otra: Despierto una mañana gris/pensando sólo en ti” Recuerdo algunas frases y trato de googlearlas: no existen. No existimos. Los amigos del barrio efectivamente pueden desaparecer. No sólo tenían temas rockeros, tenían también temas con guitarras acústicas como toda la onda desnicotinizada que se escucha por estos días. Desaparecieron. A esas bandas se las tragó la tierra. Desapareció una lengua, una expresión poética que, nos guste o no, era genuina y estaba hecha a pulso, sin niuno y en plena dictadura.
Rechazados por la derecha y por una izquierda que en ese tiempo comía ostras en una brasserie y se preparaba para su gloriosa vuelta al país, estas bandas son el paradigma de lo que no queremos ver y han sido obliterados hasta tal punto que hasta yo dudo si alguna vez existieron. Eran montón de bandas de rock que cantaban letras acerca de drogas, tomateras y –Hey Joe— tragedias barriales. Había una oda al Debutal, que era la anfetamina del momento, el clásico se llama: rubia de los ojos celestes, por el color de la píldora. Pero de ese rock nadie se acuerda (así nos formatean para que sólo recordemos a algunos escritores, productos, etc). Ningún cover, ninguna invitación a tocar con bandas jóvenes, ningún pequeño tributo a esos rockeros. Me pregunto qué será de sus integrantes: ¿atenderán quioscos de diarios, traficarán, serán comerciantes de cierto éxito?, ¿tendrán todos panza, usará traje alguno?, ¿escucharán a Weather Report fumando en el patio? ¿golpetearán con un lápiz bic la mesa escuchando Chinoy, Nutria NN. Catalina Mena, Gepe, etc? ¿harán como que tocan una guitarra ante el espejo cuando se toman un copete? ¿moverán el pie con los subproductos del punk? ¿cuántos estarán muertos?, ¿qué pensarán cuando escuchan a Soundgarden? ¿a White Stripes, que es lo mismo que ellos hacían o querían hacer hace tiempo, en plena neblina? Me pregunto en qué lugar estarán esos fantasmas que nadie quiere recordar y que permanecen en la puerta con una valija enorme con quién sabe qué cosa adentro, como la sombra de una equívoca amistad lejana que cae en mitad de la calma como cae un cuchillo al agua.
III. Los monstruos de la taberna en starwars
Mucha gente propensa a culpar a las abstractas e inocentes décadas, ya le empieza a hacer la desconocida a los años noventa ¿Se puede culpar a una década? Además ¿quién hace el balance reflexivo y la autocrítica? ¿el mismo escritor que escribe acerca de rock (y de cine y etc.)
sin conocer el tema? La fotografía no tiene muchos píxeles cuando el monopolio de la palabra recae en uno o dos escritores, una editorial o en alguna empresa privada tentacular en sus influencias.
Los noventa fueron la ficción del bienestar económico, un relato para auto convencerse y salir con la lanza a ganar dinero en el mejor de los casos o a sacarse la chucha por una chaucha en el peor y la mayoría de los casos. En literatura, se leía, entre otras cosas, por el flanco británico a Amis, Mac Ewan, Barnes y por el lado de Estados Unidos llegaba la invasión del minimalismo o realismo sucio. Con respecto a este, no me queda claro si a los imitadores y lectores de Carver por ejemplo se les rayó el disco hasta el día de hoy o si esos autores marcan durante la juventud por el hecho de hacer una literatura orientada a la experiencia y el fracaso. ¿Todavía los adolescentes y post adolescentes leen a Carver? No sé, es una pregunta. De cualquier manera, los libros son caros y pocos continuaron con Lorrie Moore y la tiernísima Miranda July. A veces pienso que tanta pelea en literatura no es otra cosa que eso: la pelea por estar cerca de los libros, por respirar el aire de la poesía, por cierto tiempo de ocio que esta exige. Creo que todos pelean por eso, no por figurar, nadie es tan tonto (hay uno solo, que llegó tarde a los años noventa).
Además, todos leímos con intenso placer a Carver o Ethan Canin o Hank en los tiempos del grunge (punk + Hendrix) y de mezclas de funk y rock, entre aleaciones interesantes. Toda aleación es noble dice JK en un poema: la fusión, única salida cultural en Chile, opción a la que las patotas acomodaticias se resisten con toda su mezquindad y su miedo, por eso no hay rock, ni swing ni brisa en la cara, por eso hay sólo un atado de nervios y la dictadura de un par de currutacos.
Los noventa, Natalia de Azocar con la página cincuentaitantos subrayada, la escena en donde Natalia le suplica sexo al hablante (“párteme por la mitad o te rompo los cocos, lléname la leche de boca hasta que se me salga por las orejas”) y nosotros, fantasmales como en esa novela, sobresexuados y borrachines, escribiendo de noche, todavía con alguna esperanza en la transición democrática, sin saber que iba a quedar la cagada cuando repartieran unas míseras lucas con las que sin embargo la mayoría nos compramos un computador y el diccionario María Moliner, el mismo que hoy dan ganas de tirar a la basura por sus
imprecisiones con respecto a los americanismos: algunos se cagan de la risa viendo cómo se matan por esas pocas monedas. Muchos se ríen y capitalizan simbólicamente las que quedan en el consejo, en la sech, en cualquier lugar en donde se produzca un escándalo. Hoy muchos no tienen plata ni para un pellet, algunos engordaron, otros están demasiado cansados de tratar de hacer lo que querían: simplemente escribir y vivir con lo justo, cosa difícil (porque no pude escribir, parafraseando en negativo el hit de Lihn). En tanto, proliferaban una serie de payaseos que tenían la misión de confirmar que la alegría había llegado: 31 minutos, Clinic, algún panzón completamente repugnante disfrazado de superhéroe (¿nos merecemos ese chiste tenebroso?, ¿por qué?) y otras tentativas que intentaban crear onda, humor. Varias palabras fueron puestas en lista negra y cuando las pronunciabas te hacían el famoso gesto de la piedra en las lentejas. Intentaban confirmar que la alegría había llegado; la onda era decir adiós a los chascones hediondos a axila, a Deep Purple o a vino navegado, a cosas militantes, la consigna era… no sé cuál era la consigna. Pregúntenles a otros.
Volvían algunos del exilio. Pepe Cuevas escribió el mejor poema sobre ese tema. Conozco a un par. Es perfectamente natural que alguien que vivió en Cuba sea un irremediable alucinado con las bondades del capitalismo salvaje, que fue el caso de un amigo cuyos padres eran importantes miembros del Mir e integrantes de Quilapayún (y su lamentable espectáculo de peleas por dinero). Es también natural que la misma persona tenga una aversión profunda a la izquierda extraparlamentaria ya que, luego de azuzar a medio mundo, sus papás sufrieron al convertirse en pelotas de ping pong que saltaban de país en país para luego darse cuenta que lo único que tenía sentido era volver a Chile y ganar dinero a raudales usando las cabezas de los demás como peldaños o stepping stones de un río cenagoso. Pero la unidad popular de la que ellos formaron parte, cualquiera sea el balance que se haga hoy de su fracaso, fue una fiesta de ese lado B, el reconocimiento de esa realidad. La patente de existencia de la alegría y la tragedia del lado B, como si los personajes de las letras de Jimmi Hendrix hubieran ocupado merecidamente el espacio por un tiempo con su tremenda, con su rokhiana alegría y sordidez. El baile de los niños, como dice cierto poeta. La fiesta de la realidad. La realidad de la fiesta. El sueño de la realidad. La realidad del sueño. Cabe señalar que el disco de Hendrix de 1967 sólo lo deben haber tenido los adolescentes chilenos más pudientes y coincidentemente los más estúpidos, a juzgar por los testimonios y entrevistas de la época. Otros quizás un poquito menos giles estaban hipnotizados por el proyecto del nuevo hombre. Quizás eso fue la unidad popular: darle patente de existencia al lado B con toda su sordidez y su tremenda alegría, quizás sean eso los gobiernos de izquierda: un recreo. En eso me hace pensar hoy esa canción, Hey Joe, en Fluxus destrozando el piano de la alta cultura para hacer fuego y calentarse. En el descuadre real. Eso fue, creo yo, lo importante de ese periodo. Negarlo es obtuso, es cerrar los oídos ante la letra esa de Jimmy Hendrix como si la realidad de la que habla no existiera (hay gente que no tiene ni para ponerse un pellet, ni para comer). Existe y viene en el paquete y esa es la película o el espejo roto en el que es sano mirarse cada tanto, que es sano recordar o llevar al diván; el rock también tiene que hacerse cargo de su pasado: por dignidad y para romperla.
Quizás por eso el poeta Héctor Figueroa llega a las reuniones de compuestos poetas abeceuno con sus amigos de barrio (el gran Chewbacca, por ejemplo, adicto al heavy metal y a Shopenhauer). Para recordarles su condición de visita. Los poetas de barbita de la católica lo tienen un poco para reírse de su alcoholismo y un poco para jactarse de que no son endogámicos. Pero él llega con sus amigos de un barrio de fachadas continuas aledaño a La Legua: son –bah, somos-- muy parecidos a esos monstruos que están en una taberna en la guerra de las galaxias, chanchos en la misa --la literatura es un chancho en misa a todo esto — en la fiesta de unos niños que creen pasar desapercibidos con chaquetas de ropa americana y barbas de tres días mientras sus amigos de abajo les siguen el amén, les piden trabajo en sus empresas y les imitan –muy mal eso sí-- el acento y los códigos
.
Me decía Héctor Figueroa en su ingenuidad que estaba enamorado de Florencia Browne, columnista de Las Últimas Noticias. Pobre, le dije que esa columna la escribía un hombre, el editor de ese diario, un tal Andrés Braithwaite, picao a cortador de queque y antologador también, cómo no echarse un pedo en la literatura aprovechando la tribuna y los contactos. Y le dan como caja a todo lo que no sea de la Portales, que subrayan y celebran. Ignoro cuál es el motivo para no poner a alguna prosista de carne y hueso: Apablaza, Costamagna, Jeftanovic, Meruane u otras, que las hay.
En fin, Jimmy, loco, en fin, Joe. Vine a Chile por un par de meses y estuve en Punta Arenas vendiendo libros de teoría chamullenta la mayoría, vendiendo a un poeta que desprecio completamente pero que les encanta a los cabros chicos, ese, él que escribía los peores artículos que he leído jamás (en Clinic) y yo vendí libros de él, fui capaz de vender esa porquería, de promocionar esos poemas livianitos de sangre, gusto de liceanos. Fui capaz de vender esa poesía que desprecio a un público que te pregunta por Harry Potter o el Caballo de Troya o Padre Rico o Padre Pobre y como mucho por Mala Onda o El Perfume. Hacía frío en Punta Arenas, loco, y lo único que salvó la visita fue ver a la poeta Starke Carrasco (familiar lejana de Lihn Carrasco) y la visita al gran Barrientos Bradasic y su devoción por el cuaderno y el lápiz pasta. Estuvimos unos minutos en un café cercano a la feria regional; pago él el té, la próxima vez pagaré yo, lo juro, pero eso no es para crónicas, eso es demasiada pellejería y no soy Alfonso Alcalde, y es de mal gusto, lo que pensándolo bien me importa un reverendo peek a boo. En fin, Jimmy, en fin Joe, loco. Los que compraron bolsitas de té por unidades en los peores años de la dictadura hoy tomas clases de cata de vinos. Al principio me parecía entre ridículo y divertido, pero ahora pienso que el consumo es lo más democrático que hay (después de todo, soy de los noventa), ya que el consumo no discrimina. Mientras sigas saludando a tus amigos, se entiende.
Esta vez con gravedad y concentrados, escuchemos al gran Hendrix: una sonrisa nos va a trizar en cámara lenta la expresión.