"Loco Whitman": así le
decían a un vagabundo que, como muchos, viajaba "buscando el sol",
o sea: huyendo del frío o la lluvia. Por esta razón, no era raro encontrarlo
en los parques de varios países de América, aunque en una ocasión,
cuando el periodista y escritor Osvaldo Baigorria lo entrevistó en
la Dársena 2 en Buenos Aires para un programa acerca de "crotos, linyeras
y otros trashumantes", se quejó del clima de Hamburgo frotándose las
manos, como si momentáneamente se le hubiesen venido encima las bajas
temperaturas de ese puerto. En esa ocasión, "el loco Whitman", en
un documental que intitularon "vivir en pelotas" realizado por el
Canal A, una señal cultural de Bs As, el loco habló de un tal Pibe
Materia y de algunos amigos que según él tenía en Valparaíso. Explicó
y defendió el uso del "limpio estoque" (que chupa, que no deja sangre)
por sobre el cuchillo (donde la víctima, según él "sangra como chancho,
un cacho, un arma engorrosa"). En otra ocasión dio una entrevista
al diario La Industria en Chiclayo, departamento de Lambayeque, en
Perú donde demostró cierta cultura general, nada deslumbrante, mucha
novela realista, algunos autores de las vanguardias de los treintas
que según él había conocido, como la poeta peruana Magda Portal.
¿Dónde será que entierran los nómadas a sus muertos? Era el poema de un personaje en Por si nos da el Tiempo, del portorriqueño Julio Ramos, novela de las nomadías de latinoamericanos que patiperrean por Santiago, Quito, Nueva York, etc., como lo hicieran dos figuras claves de las Américas: José Martí y Williams Carlos Williams.
Recordé la pregunta que plantea Ramos, a propósito de este personaje argentino.
"Mirá -me dice mi novia en la biblioteca- ese jovato es el que salió en canal A": el Loco Whitman, o Whitmán como le dicen algunos. Viejo loco, reclamaba por la ausencia de horarios nocturnos y té y café gratis en las bibliotecas públicas, poco faltó para que pidiera un bergere para cada homeless. Y en realidad sería necesario contar con una biblioteca para pasar la noche, esa que está en Providencia con Bellet en Santiago de Chile, ¿hasta qué hora atiende? (me parece haberla visto funcionar hasta entrada la noche). Y un cafecito más o menos barato cerca, sin tanto guardia ni tampoco la gilada jugosa que lo funa todo.
Una de las bibliotecas queda frente al Congreso, pleno centro de Buenos Aires. Fue ahí donde pasaba la noche el "Loco Whitman". Es mágico pasar la noche ahí, entre insomnes y alumnas que preparan exámenes. Una vez en la noche necesitaba chequear algo y caminé por Av. de Mayo hasta la biblioteca llena de lectores de todo tipo, mucho homeless leyendo y esperando el vaso plástico con mate cocido que daban gratis ahí: mateína y calor para el cuerpo. Cero agresividad en el ambiente, uno de los lugares de encuentro de los "crotos" y "linyeras". El escritor Osvaldo Baigorria es hijo de uno de estos personajes y su libro "En la Pampa y en La Vía" nos habla de esa minoría que recorre el país y algunos el continente haciendo trabajos pequeños, salvándose. Baigorria hizo un libro desgrabando sus entrevistas. En esa misma colección, Hoy por Hoy/Minorías, dirigida por la escritora María Moreno, encontramos Un año sin amor, diario del sida de Pablo Pérez.
Esos rostros con arrugas expresionistas que aparecían en los discos de protesta de los sesentas son un verdadero deleite para los fotógrafos, como uno de los lugares más comunes: la cámara infame que le busca las manos nerviosas a la gente pobre durante las entrevistas. Quiero suponer que esa obsesión por las arrugas de los fotógrafos es de carácter técnico, el hecho es que en varios medios trasandinos han aparecido amplias imágenes del rostro ajado del Loco, sus ojos azules, una ganga de personaje, el verdadero cliché del mendigo, festín de retratistas.
"El loco Whitman" sabía bastante inglés, algo de guaraní y quechua,
lo necesario para desplazarse; eso sí, sabía de memoria y leyó como
un verdadero manifiesto, con orgullo y lágrimas, el poema "Little
Vagabond" de Blake (con cuyos dibujos de Dios era comparado en todo
lugar). Traduzco, muy a la rápida: La iglesia es fría,/ la taberna
saludable, placentera y calentita(...) pero si en la iglesia nos dieran
cerveza/ y un fuego grato para entibiar nuestras almas/ cantaríamos
y rezaríamos el día entero(...) entonces dios no pelearía con el diablo/
sino que lo besaría y le daría abrigo y un copete. A veces su
inglés champurreaba, a veces pronunciaba las palabras como
se escribían. Tuve el gusto de conocerlo en "No hay cuchillo sin rosas",
una librería de cartoneros dirigida por el escritor Washington Cucurto,
había estado en Valparaíso changueando un tiempo, bebía bastante poco
y me dio algunos secretos para dejar definitivamente el alcohol. En
el Canal A de cultura le pudieron extraer una buena entrevista, pero
en un canal de televisión abierta no pudo conectar palabra con palabra.