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Las malas artes del prólogo

Germán Carrasco
La Tercera Cultura, sábado 22 de septiembre de 2007

En la triste mayoría de los casos -dice Borges- un prólogo abunda en hipérboles irresponsables. Comprobémoslo de inmediato abriendo cualquier prólogo al azar. Con seguridad encontraremos los adjetivos: notable, magnífico, o algún sinónimo de esas palabras. Algo parecido sucede con el párrafo crítico cuyo remate, sabemos de antemano, será una frase como el tiempo dirá o está por verse. Quienes trasiegan con tamaños clichés, son muchas veces los encargados de las reseñas. Un prólogo es una especie de demarcación del territorio con orín a la manera de ciertos mamíferos agresivos y territoriales: esto es lo mejor, un hito, etc. Lo que se pretende muchas veces también es clavar bandera sobre la carne de un autor para marcarlo como propiedad de un grupo o empresa, como esos marcadores de ganado con las iniciales al rojo vivo. Así, por ejemplo, tenemos las ediciones de cierta universidad que no se conforman con comprar y publicar todo lo que suponen alguna vez formará parte de un canon -están muy preocupados por eso-, sino que refuerzan la edición con prólogos de su gente y, como guinda, la apuntalan en toda la prensa. Así cualquiera. En contraste, a las editoriales independientes y pequeñas como Mosquito les son rematados los equipos y otras, como Calabaza del Diablo o Cuarto Propio, sobreviven a pulso y fe. En otras ocasiones, los prólogos se usan para perfilar a un crítico a quien nadie lee o respeta pero que es importante realzar porque es profesor en tal empresa de educación que, como está invirtiendo, quiere resultados rápidos. Pero volviendo al tema, un prólogo casi siempre toma del brazo al lector y lo arrincona para que su lectura no se vaya a disparar en imaginación, análisis o vuelo. Un prólogo es eso entre otras cosas, pero ante todo es algo completamente prescindible: está lleno de libros que intentaron ser avalados por la impronta de un consagrado, tener la visa de un grande. Le decía esto a una amiga mexicana que había utilizado un prólogo de José Kozer en su primer libro y que ahora quería ponerle al segundo uno de Zurita.

-No es sólo innecesario, es también un poco ridículo -le digo.
-Es que ustedes son unos mata-padres, camal, de Lima hacia abajo, el Cono Sur, leen a puros lengua-sueltas, Lamborguini, Bolaño, Parra, Susana Thenon... No respetan a Borges, a Paz ni a la virgen de Guadalupe.
-Concedo que existen fratricidas ciegos, pero aparecen precisamente cuando abunda el filicidio. Yo sólo te sugiero que no arruines tu libro con un gesto tan ingenuo.

Aún no veo la edición.
En el mismo México tenemos el caso de los prólogos a los libros del poeta mexicano Gerardo Deniz, hechos por gente que no entiende un pomo de lo que lee. Y claro, ante un poeta resbaladizo que castiga sistemáticamente los lugares comunes, ante algo que es literatura y no redacción, los prologuistas no saben qué decir. La escritura es algo completamente distinto a la redacción: es de hecho su opuesto. Deniz se refiere a esto en Paños Menores, una de sus obras en prosa. En algún momento en la editorial FCE le encargaron a Deniz hacer el prólogo a Montes de Oca, un poeta que él despreciaba, pero trabajo es trabajo y tuvo que hacerlo. Luego el prologado usó las palabras de Deniz en las sucesivas ediciones de su obra en España, pero Deniz confiesa haberle dedicado al prólogo la misma atención que a la boleta de la tintorería con su ropa interior sucia. Un poco cruel, pero ilustra lo que pasa con los encargos. Un prólogo es casi siempre un error. ¿Quién no recuerda, por ejemplo, las ilegibles parrafadas de Carmen Foxley a París Situación Irregular, de Lihn? Si el intento de Lihn era precisamente volver a cierta llaneza del decir en forma de sonetos quevedianos, nadie como ella pudo haber hecho algo tan prescindible y ofensivamente tedioso.

Y está el caso de los prólogos que Neruda producía por docenas celebrando con igual entusiasmo a cuanto poeta se lo pidiera. Una vez una señora nos dijo en la Fundación Neruda que ella le había pedido un prólogo a Neruda, quien accedió a garabatearlo con tinta verde en alguna servilleta previa condición que ella le cocinara chicharrones.

¿Cómo zafar? Leyendo los prólogos de Borges agrupados en algún libro, que son fichas de literatura: no dogmas ni últimas palabras con respecto a un tema sino puntos de partida para lecturas, discutidas ad eternum en Argentina. Y con respecto a cualquier prólogo tendencioso, simplemente saltárselo.

 

 

 

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Las malas artes del prólogo.
Por Germán Carrasco.
La Tercera Cultura, sábado 22 de septiembre de 2007