Calas
de Germán Carrasco
Santiago, Dolmen,
2001. 147 páginas.
Por
Gonzalo Rojas
grojasgon@yahoo.es
Taller de Crítica literaria Mariano Aguirre
Un
poeta es un inconsolable. Intelectualmente. ("intelectualmente";
digo esto justo cuando me "había dicho que era un libro para leer
de pie en el metro,/ poemas centavos acumulados: pequeña torre en el velador/
para cerveza o un ticket para el cine, algo así/ como un paquete de haikúes
supuestamente anodinos elaborados/ por un espíritu demasiado ansioso para
este tipo de templanza…") porque de todas las maneras o de ninguna, no alcanza
en su presentación residual (es decir: lo que van a leer no es más
que esto; es decir: un libro es uno de los tantos productos (utilitarios) de la
cultura en tanto objeto palpable, medible, tangible, comprable, vendible, destruible
("y las calas: su diseño y tersura")) a mostrarse de cuerpo entero,
un vistazo a la
cultura
para desaparecer en ella, pero no todavía. Ciertamente los libros, como
su ciudad, puede que no lo consuelen y así en lo inconsolable abandonarse
a ese consuelo. (A todo esto: el crítico es también así un
inconsolable que se abandona alegremente al modelo de la copia, entiéndase
por ello: usando el modelo de Roland Barthes). Sospecho, al calarle el
sentido a estos poemas, una desfiguración total y absoluta de ellos, que
sin embargo, desastrosamente, deja todo tal cual como estaba y prevalece
sobre su "lastre": qué desastre. Sospecho además una incertidumbre:
el comentario no pierde ni obtiene nada más que la certeza de su propio
comentario, aun cuando nos engañemos creyéndolo liberación
de múltiples sentidos, etc. Hemos llamado a esto lo inconsolable. Pérdida,
sin duda. Pero el texto, como hacia atrás también lo hace, renuncia
a desaparecer y corrre al enfrentamiento. Por lo demás, existen los poemas:
calar la premonición de su recorrido, o lo que es más: establecerlo
y defraudarlo, ya sea "al desdén, al desacato", ya sea - en la
evaluación desocultada de la biografía. Esto, al lector puede parecerle
extraño (esto es muy extraño), y más aún, le parecerá,
le puede parecer, a Germán Carrasco. Pero él también escribió:
"... luego de leer sin prejuicio a los pares la tradición la calle,
se puede superar el gusto y los prejuicios... Sin inquietarse". Y, sin inquietarme,
desesperadamente, de una vez por todas: Calas es un gran libro. Uno puede
tomar con alegría ser un "crítico de onda corta" y ver
solamente aquí conexiones con otros poetas y otros críticos, mientras
éstos sigan diciendo cosas tales como "Germán Carrasco construye
un universo poético paralelo a la realidad". Claro que lo hace, y
claro también que nunca pierde el ojo voyerista en la calle (el
ojo que mira de reojo, el reojo de la pérdida del ojo -calar la imagen
(la blusa impoluta) y hacerla valer por medio del lenguaje); pero, ¿no
es esto acaso una decidida manera de vulgarizarlo todo? ¿No hay en el roce
de este lenguaje el presentimiento de un peligro latente que tiene a la vista
los temidos tópicos tan típicos que insiden siempre contra
la escritura? Me parece que siempre la publicación de un volumen desconcertante
de poemas trae consigo la polémica e inaugura quizá un imperio de
buena literatura crítica y un buen número de Kermesses. El problema
es que nos acostumbramos a la "pura mierda" del ambientillo literario,
conformado, dicho sea de paso, por los autores y los lectores y los críticos
y los talleres y la academia y las librerías y... pero, ¿de quién
es la culpa? ¿De quién? ¿Y qué importa? Alguien (alguien
que se llamaba Onetti) dijo: "Hay que escribir y lo demás no importa";
es cierto, pero mientras tanto la Kermesse, para quien está y necesita
estar a la intemperie, carga y descarga la certeza (porque el poeta, un sujeto
bastante listo, objetiva, en un sentido fotográfico, a la masa, pero a
su vez carga con ella, -"entre todos escribimos el libro"): "en
el país de las patotas el huacho se muere de hambre". (No es por nada
que un mendigo le dice al poeta "yo creo que usted... va a ser... como yo").
Poesía insidente del incidente, un panorama del adentro que es el afuera
de una historia ahistórica de la poesía chilena de los últimos
cincuenta años; el poema, vacío de la cultura y cisura del lenguaje;
el poema: (toma) la palabra:
Las
palabras son síntomas del estado actual de cosas,
para hacer un diagnóstico
antropológico o cultural, si
[te parece,
más no por eso hay
que olvidar su calidad
de abrigo,
[digo yo
(búscate un lenguaje
que te abrigue -me decía-
pero a veces
el lenguaje que abrigaba
estaba lleno de pérdidas feroces,
muertos
por alcohol o balas
desparramados en las escaleras).
(...)
el
poema camina por una cuerda floja
en un circo que no cumple con las mínimas
medidas
de seguridad.
Por detrás de los
poemas, sin embargo, están "los otros", él mismo,
la extrañeza de la escritura reposando sobre las cosas, una onomatopeya
inexistente, no buscada pero "susceptible de aparecer"; en fin, (C)alas,
la confianza en las palabras y la desconfianza en quienes las ocupan (en su uso,
en el espejo diario, se da el lenguaje. El lenguaje es Otra Cosa: los poetas han
individualizado esa otra cosa, y en cierta medida ¿quién sabe? se
lo han hecho saber a las prostitutas, a los mendigos y a los borrachos.)
Aporías
de la literatura. En fin, Calas: una reacción no contra el absurdo,
sino contra los que han hecho de él y de la ironía una utilización
infame y bastante acomodada a sus fines (los antiguos griegos ya vieron todo esto
y lo consideraron un vicio -lo acomodaron a sus fines) ("la ironía",
por tanto, "es un derecho que hay que ganar"); un derecho que resopla
hacia el arte el grueso de un malentendido: el desprestigio del Logos, y no la
muerte de una manera de dar curso, en el centro de ese límite, a la racionalidad.
Germán Carrasco, quien visita el lugar del desesperado encuentro (territorio
en el que coinciden un abogado con un cartonero), visita también los lugares
en donde se ejecuta el poder de la exclusión velada: la calle misma, el
hospicio y la caridad. Aquella delimitación, que no es otra cosa que la
voz del discurso en la congregación (la voz resonante del Padre, el rezo
de los asistentes), asume la genialidad (un paso más allá) en torno
a un soliloquio que hablará siempre, creyéndolo todo (porque en
la página) no podemos creer en nada.
Hay poemas en los que -otra
vez- sospecho el descalabro insensato de la interpretación, poemas por
los que prefiero (___________ ): "una versión limpia y sucia de lo
escrito", la mujer simultánea y metonimia del mercado, prenda suelta
y desgastada como el mismo poema; el poema y la prenda en el desgaste, la historia
del poema -la prenda forma parte del encaje. Poema que es epígrafe de sus
epígrafes (crítica que es poema del poema): algo debe hacerse con
lo que se lee (algo como la transcripción de los epígrafes. O posiblemente
-posibilidades siempre existen-, perfectamente resulta que el poema ("el
arte es poema") es la descripción de una pintura en donde se retrata
al poeta, la fusión del producto con los asistentes al museo. Desparramar
el texto aquí no significa para nada desordenarlo, sino intercalarlo
con los suplicios del arte, con el retrato de una realidad (y no de una obra)
rebajada a la calidad de la mera representación, es decir, rebajada a la
calidad de obra inexistente. Pero a la fotografía de la realidad hay que
saber buscarla (no encontrarla) y bien ponerla en movimiento + guión +
un sueño + el sueño + la reunión de diversos sujetos ninguno
enteramente confiado en el otro pero sí entregado al lugar, al habitáculo
condenado.
Para terminar, a modo de contratapa: Calas es una buena toma
punteada al roce del lenguaje excitado a sí mismo. (Historia de las Calas:
"… saborean el lenguaje como un vino conocido que/ no se ha probado en años.")
Su crítica es el comentario solamente a uno de sus poemas. Sus poemas son
un comentario maníaco ante el advenimiento de su crítica. Es decir:
nos gusta ante todo la toma en primer plano, zoom de la pornografía. Y
nos gusta además el elástico incrustado del erotismo cuando ni siquiera
nos comunica su elasticidad sino más exactamente su recogimiento. Un poeta
es un inconsolable trasladado al sentido cinematográfico de su poesía.
Pero Lihn nunca tuvo tanta razón cuando dijo: "La poesía es,
en el papel, el territorio más liberal que cualesquiera de los que proclaman
su liberación".