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GABRIELA MISTRAL Y LOS MAESTROS DE MÉXICO
(Publicado en Fragmentos en revista Vogue-México y “UnoMásUno”, 1980-2001)


Por Waldemar Verdugo.

"La presencia de Gabriela Mistral
en la patria de sor Juana Inés de la Cruz fue,
más que una coincidencia,
una verdadera rima histórica y literaria:
son las dos grandes poetisas de nuestras tierras.
Mejor dicho de la lengua española".

(Octavio Paz)

Gabriela Mistral fue una criatura errante. Sirvió a Chile en el extranjero haciendo mejores los pueblos donde llegó. Aquí se habla de su trabajo en México a partir de 1920, cuando es invitada a integrarse con los maestros de la entonces joven Revolución mexicana. Después escribirá: "Nada de la patria me faltó, y si la patria fuese protección pudorosa, delicadísima, México fuera patria mía también".

A los 33 años, cuando Gabriela Mistral decide francamente vivir errante, hasta "morir en tierra extraña de muerte callada y extranjera", su poesía ya se había difundido en México. En especial sus rondas y versos, para exaltar las virtudes infantiles, además de esos, sus sentidos sonetos a la muerte como dadora de vida: de inmediato sus raíces le crecían donde llegaba, le brotaban con pasmosa facilidad. Hasta entonces fue una maestra rural del campo chileno empeñada en una lucha quijotesca, única: enseñar las primeras letras a cuantos se pudiera, lo que era, sin ella haberlo palpado, el alma misma que inflamaba ese gran aliento que era entonces la joven revolución mexicana. Así es: al llegar a México se encontró con muchos maestros que practicaban su quehacer solitario del sur.

A comienzos del siglo XX nuestros países de América estaban sumidos en el analfabetismo; sólo a partir de la revolución mejicana se iniciaron las campañas masivas para acabar con el flagelo, hasta entonces enfrentado solo por mentes preclaras como la de Gabriela, que en México se inundó de "tremenda hermosura". Volvería muchas veces y nunca dejaría de sentirse encantada en el país, que la acogió de inmediato. A Gabriela en México la conforta esa "sencillez absoluta, una sencillez afectuosa que es la virtud más rara de encontrar... Alabé a Dios y bendije con todo mi corazón a esta tierra ajena que me da semejante paz.” Para ella, México no era un país, era un destino, era un clima y un panorama que la hizo feliz.

Gabriela Mistral nació en la aldea de Monte Grande del valle del Elqui, al norte de Chile, el 7 de abril de 1889. Se convierte en un personaje de la cultura chilena a partir de 1914, cuando le otorgan a sus "Sonetos de la muerte" el Premio Literario de los Juegos Florales de Santiago, que revela sin dudas su presencia colosal. Desde un comienzo ella nombra sin temor a la muerte, en un continente en que los escritores se refieren a ella sólo en susurros. Porque este desenfado, este sentido de familiaridad con que el mexicano trata a la muerte, esta suerte burlona, esta conformación singularísima de los pueblos más antiguos de la tierra, a Gabriela le era también natural. O sea, desde antes, existía en ella ese carácter de confianza con el más allá. Cuando llega escribe Sé que también amaré a la muerte, que pertenece, por derecho propio, a esa cierta intimidad que unió a esta mujer con el alma mágica del pueblo mexicano. Es cuando asegura, y acierta:

"No creo, no, que he de perderme tras la muerte.
¿Por qué me habrías henchido Tú,
si había de ser vaciada y quedar como las cañas exprimidas?
¿Para qué derramarías la luz cada mañana sobre mis sienes y mi corazón, si no fueras a recogerme como se recoge el racimo negro,
melificado al Sol, cuando ya media el otoño?
Ni fría ni desmorada me parece, como a los otros, la muerte.
Paréceme más bien un ardor, un tremendo ardor, que desgaja y desmenuza las carnes, para despeñarnos caudalosamente el alma.
Duro, ocre, sumo el abrazo de la muerte.
Es Tu amor, es Tu terrible Amor. ¡Oh Dios!”

El lazo afectuoso con México lo inició Gabriela epistolarmente, cuando, a los quince años, le escribe a Amado Alonso y a Alfonso Reyes, a quienes envía sus modestas primeras publicaciones en los periódicos del valle del Elqui; los escritores de inmediato la apoyan, difundiendo su obra sin obstáculos. En 1922 recibe una invitación para trabajar en el país.

Le escribe el reformador José Vasconcelos:
“Si yo siguiera diciéndole todo lo que México siente y todo lo que espera de usted, no terminaría nunca: Usted misma va a mirar otras cosas que tal vez nosotros no hemos visto y usted no se sentirá cohibida para decirnos su pensamiento, porque por encima de sus sentimientos, de su cortesía, están sus deberes de maestra que dice la verdad conforme a su limpio corazón”.

Antes de llegar, Gabriela tenía amigos en el país. Así, luego de ejercer su ministerio en aldeas del norte de Chile y en los poblados más extremos del Sur, luego de una lucha quijotesca por enseñar las primeras letras en los villorrios de la cordillera y de la costa chilena, siendo directora de un liceo de niñas en el propio Santiago, decide dejar todo atrás, y ya no volverá sino en fugaces oportunidades. Explica:

“A Chile le sirvo tanto o más fuera que adentro”.

Llega a México destinada a cumplir labores educacionales, pero irá, si es posible, más lejos aún: se empapa del país, de las personas, de la naturaleza vegetal; lo transita en trenes de locomotora a vapor, silenciosa, entre los revolucionarios, recorre los campos en carreta tirada por caballos y se va quedando en los pueblos, sube como en peregrinación a las comunidades altas de Oaxaca. No tenía horror al vértigo y cruza el país en los primeros aeroplanos, henchida de luz de la Alta Meseta, plena del color verde de las secretas profundidades del Norte de América.


“Es muy importante ver un rostro humano”.

Gabriela fue una criatura vagabunda, que tiene muchas patrias adoptivas, nunca interesada por crear un hogar definitivo. Así, llega a México tal cual llegaba a un pueblo más, con sobriedad, envuelta en largas vestimentas, con una valija frágil de efectos personales y un baúl repleto de libros, lápices y papeles. Contribuyó decididamente a la reforma de la educación que implantaba Vasconcelos, y que luego había de extenderse a toda América. Esta experiencia, como lo narra Gabriela, era inédita. Y se entregó a ella por entero. Se le debe, en especial, la redacción de muchas nuevas modalidades, como la Ley de Jubilaciones de los Maestros rurales, luego comprendida y adoptada por el resto de nuestros países latinoamericanos. También inventó el método, aún en práctica, de enseñanza de las primeras letras en comunidades del campo y marginales, así como la creación de la Escuela nocturna y la organización de Bibliotecas ambulantes, que ideara Vasconcelos con tanto acierto.

Solía decir Gabriela que no iba sino a los pueblos en que podía servir, y en México sirvió (“pero aprendí más de lo que enseñé”, diría). Solía repetir: “Es muy importante ver un rostro humano”, y así como se desempeña en el Distrito Federal, vive no cortas épocas trabajando en Veracruz, Chapala, Cuernavaca, Zacapoaxtla, en el Estado de México, en Michoacán, en Pátzcuaro, reside en Janitzio y en diversos pueblos de Oaxaca, especialmente en Cuautla de Jiménez, donde formó una escuela originalmente al aire libre, que hoy lleva su nombre, en comunión plena con el pueblo Mazateco, quienes, según dice la tradición "vinieron de allá donde las flores", con solo un bagaje de sabiduría acerca del mundo verde, conocimientos que en parte la legendaria curandera María Sabina traspasa en esa época a la comunidad científica internacional.

Igual que María Sabina y los mazatecos, por tradición, Gabriela amaba al reino vegetal, y conocía extraños secretos del uso de los alimentos verdes, refiriéndose en su obra no pocas veces a herbolaria y el mundo de las plantas. Los niños del valle del Elqui, desde el seno de su hogar, conocen el peyote que crece en el norte de Chile con la forma de cactus altísimos; y que los mazatecos llaman "angelitos" que brotan allí donde se detuvo a descansar el mítico dios azteca Quetzalcóatl. Ciertamente, Gabriela se relacionó en el pueblo mazateco directamente con las mujeres de la cofradía del sagrado Corazón de Jesús, formada por las madres del lugar, todas poseedoras de la sabiduría tradicional, a la que accedió. Muchas fulgurantes imágenes de su literatura provendrán de ceremonias antiguas que se preservan en la zona mazateca.

En magnífica errancia, la Mistral vivirá en una decena de países, a los que retornaba una y otra vez. En cinco visitas, en México vivió poco menos de una década; y fue más lejos aún, si es posible, que sus labores educacionales: se empapa de asombros, de personas, de la naturaleza vegetal; lo transita en carros de locomotora a vapor, silenciosa, entre los revolucionarios, recorre los campos poblados en carreta tirada por caballos, rodeada de libros, lápices y cuadernos; sube, como en peregrinación, a las comunidades altas de Oaxaca. No tenía horror al vértigo, y cruza el país en los primeros aeroplanos o se alza a la Alta Meseta, henchida de luz, del color verde de secretas profundidades.

Dice Octavio Paz, Premio Nobel de México:
"Hoy se lee poco a Gabriela Mistral, su obra no padece en el purgatorio de la literatura, sino en su limbo. Este olvido es un signo, uno más, de la frágil memoria histórica de los hispanoamericanos. La poesía de Gabriela Mistral es un manantial que brota entre rocas adustas en un alto paisaje frío, pero calentado por un sol poderoso; olvidarla es olvidar una de nuestras fuentes. Más que una falta de cultura, es un pecado espiritual. Pero las quejas y las imprecaciones son vanas. Recordar, solamente que, entre los escritores hispanoamericanos que vivieron en México en los primeros años de la década de 1920, invitados por José Vasconcelos, entonces Ministro de Educación de la joven revolución mexicana, Gabriela Mistral fue la figura más destacada. La otra gran figura, Haya de la Torre, pertenece al mundo de la política. La presencia de Gabriela Mistral en la patria de sor Juana Inés de la Cruz fue, más que una coincidencia, una verdadera rima histórica y literaria: son las dos grandes poetisas de nuestras tierras. Mejor dicho de la lengua española, pues Santa Teresa es notable por su prosa y Rosalía Castro es, sobre todo, una poetisa gallega”, termina Paz.

Ya instalada trabajando en México, contribuyó decididamente a la reforma de la educación que implantaba José Vasconcelos, y que luego había de extenderse a toda América; esta experiencia era inédita. Gabriela Mistral cantó en México a la grandeza del oficio, a la obligación de cada uno con cumplir bien su oficio, que todos son un compromiso del hombre con el hombre: "Si cada uno cumpliera bien su oficio se acabarían los problemas del mundo", solía decir, y su prédica se inflamó de inmediato entre los jóvenes maestros que hicieron la Revolución mexicana, que en el siglo XX fue el comienzo de la Reforma Agraria, por ejemplo, la tierra para el que la trabaja.

La maestra mexicana Elena Torres, recuerda que cuando Gabriela Mistral fue invitada a conocer el trabajo que se estaba realizando en la Escuela Francisco I. Madero de la Ciudad de México, "simplemente se quedó trabajando. Ella eligió, justamente, nuestra escuelita para iniciar su labor. Todos esperaban que iba a trabajar desde un escritorio, pero no, se dedicó a enseñar a los niños labores manuales, a labrar la tierra, a escribir su propio diario con noticias que les interesaba, a enfrentar las enormes dificultades de sacar adelante el trabajo con un mínimo de recursos. Nos ayudó, especialmente, porque siendo ella una figura pública, los medios noticiosos y las autoridades tuvieron gran interés en ver cuáles eran los afanes educacionales de la maestra extranjera. Para nosotros, su cercanía representó un desafío enormemente beneficioso. Digamos que luego de su paso por nuestra escuelita, el trabajo que realizábamos se extendió rápidamente a todas las escuelas públicas del país. Su desempeño en México no fue fácil, pero ella terminó imponiendo su amor al oficio que la hizo célebre."

En México, Gabriela se dedicó de lleno a trabajar: a ella se debe el sistema básico de enseñanza de las primeras letras, hoy extendido a toda América, así como la creación de la Escuela Nocturna para los trabajadores y la organización de escuelas ambulantes, que ideara José Vasconcelos con tanto acierto. En 1978, en declaraciones a El Universal de México, María Dolores "Lolita" Arriaga, maestra de botánica que cultivó la amistad y trabajó junto a Gabriela Mistral, recuerda a la Nobel:

-La maestra Mistral luego de casi un año trabajando en el Distrito Federal, decidió entonces salir a las misiones que realizaban los maestros en las zonas rurales, que era donde ella se sentía más cómoda. Sus dos compañeras chilenas, que la habían acompañado desde su llegada (la escultora Laura Rodig y la maestra normalista Amantina Ruiz), volvieron a su país y ella había quedado sola. Fuimos encomendadas para escoltarla quien habla y Palma Guillén, lo que nos fue designado por oficio presidencial. Las instrucciones del entonces presidente Álvaro Obregón indicaban que debíamos servirle de apoyo en cada una de sus tareas. Palma Guillén era desde antes su amiga, las presentó Alfonso Reyes, y yo le fui recomendada por José Vasconcelos. No me costó nada acostumbrarme a la maestra Mistral, era una mujer de apostura que sabía lo que quería e iba directo a cumplir su oficio. Sin perder el tiempo. Yo había oído entre los maestros decir que ganaba un sueldo enorme, que se le pagaba en monedas de oro; la verdad es que el sueldo de ella era el mismo de nosotras, que era nuestro sueldo normal de maestras más una asignación de campaña y los viáticos de traslado y cosas que ocupábamos para nuestro trabajo rural. Jamás se ocupaba de juntar sus notas de gastos, yo lo hacia por ella, a quien no le interesaba en lo más mínimo el dinero, era absolutamente desprendida de las cosas materiales. Era humilde porque igual estaba enseñando desde una mesa que trabajando la tierra o diciendo poesías a los niños. Donde estaba los niños se le acercaban; y los más humildes campesinos, que se habían corrido la voz de que ella era enviada del presidente, pidiéndole toda clase de cosas; siempre atendió a todo el mundo, labor en que la ayudamos desde entonces con Palma, así como cada vez que ella volvió a México.

Su Encuentro con María Sabina.

Nos dice la maestra María Dolores “Lolita” Arriaga: "Con Gabriela Mistral recorrimos todos los pueblos aledaños al D.F. Se sintió luego inclinada a trabajar en la zona de Oaxaca, en que detectamos la mayor necesidad. En Cuautla de Jiménez fuimos recibidas por María Sabina, a quien yo había conocido antes por el interés que me despertó Gordon Wasson al hacer públicos sus descubrimientos medicinales a partir de informes botánicos proporcionados por María Sabina. Entre los mazatecos, que era la tribu de la Sabina Madre, como la nombra la maestra Mistral, tuvimos experiencias maravillosas; nos dieron más de lo que nosotras les enseñábamos; en varios de sus escritos está esta impresión maravillosa del mundo que le regaló México, donde siempre en su vida tuvo sitio seguro para volver cuando quiso. Incluso ya siendo Premio Nobel, al retornar seguimos haciendo lo mismo que practicábamos en nuestras casas de campaña en las selvas y los desiertos: la ayudábamos con su correspondencia. Palma y yo hacíamos una rigurosa lista de las cosas que le pedían y el sitio donde debían ser entregadas; anotábamos los casos y la información necesaria; le pedían desde muchas escuelas nuevas plazas para maestros, intercesión para que el Gobierno creara nuevas escuelas en sitios remotos o para hacer de sitios eriazos centros de enseñanza, le pedían útiles y muebles para las escuelas... siempre agregábamos una lista de los libros que formaban la biblioteca que ideó ella con Vasconcelos, que eran primero cincuenta títulos y que en unos dos años aumentaron a mil libros; repartimos millones de libros... ella con Vasconcelos hizo realidad las bibliotecas ambulantes, y aportó su libro "Lecturas para Mujeres", que la ubicó de inmediato como algo más que una maestra dedicada a su oficio, como todas nosotras; pero nunca nos hizo sentir su enorme poder, simplemente iba ayudando a quien podía con la mayor naturalidad... ella firmaba las solicitudes que le presentábamos con Palma, sin nunca que yo recuerde, haber rechazado una petición de ayuda, y se las enviaba al presidente de turno; fue también amiga de Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas, M. Avila Camacho y Miguel Alemán, que era presidente cuando ella enfermó en altamar frente a costas mexicanas y la mandó rescatar en helicóptero, quedándose un tiempo no corto en la residencia presidencial de Mocambo en Veracruz, donde también fuimos encomendadas junto a Palma para acompañarla".

Recuerda la maestra “Lolita” Arriaga que la Mistral "nunca fue persona de muchas amistades; cuando en París vivió una de las experiencias mayores de su vida, que la historia debe respetar, fuimos a acompañarla con Palma. También yo estuve con ella unos meses en Brasil, poco antes de la trágica partida del pequeño Yin Yin en Petrópolis. Cuando, unos años después siendo Nobel regresó a México, era la misma amiga generosa de siempre. En esos días en Veracruz también se integró a su comitiva Doris Dana, que había sido su discípula, e hizo el viaje desde Norteamérica enviada por la Universidad de Nueva York, donde la maestra Mistral se dirigía a trabajar cuando sufrió el percance en alta mar. El Recado que me envió es un regalo que coronó la amistad más cercana que me dio la vida, sólo una muestra más de la generosidad de mi comadre, porque ella fue la madrina de mi tercer hijo que lleva el nombre de Gabriel en su homenaje".

De sus andanzas por México, la Mistral escribió poemas, crónica, artículos, estudios etnográficos, simples cartas y eruditos ensayos de lo que creía posible de aplicar entre "los que no leen ni escriben, los más desprotegidos”. Sin embargo, es siempre su manera singular de decir las cosas, lo que vio o llamó su atención. Es cierto que las trágicas experiencias sentimentales que tuvo ella en su despertar como mujer, que otros se han ocupado en describir, la inclinaron más a todas las personas que a una en particular, convirtiéndose en una gran luchadora inquieta por la suerte de los desvalidos, los niños y el campesinado. Al iniciarse la década de 1930, ante intelectuales reunidos en Madrid, dijo:

"Yo no soy una artista. Lo que soy es una mujer en la existe viva el ansia de fundirse en su raza como se ha fundido en mi la religiosidad, como un anhelo lacerante de justicia social". Comenzó a escribir de Reforma Agraria luego de su trabajo entre el campesinado mexicano; un texto suyo de 1928, publicado en Santiago, dice que "el Chile angustiado no puede seguir sirviendo al latifundismo, sino como despreocupación inconcebible o como amparo deliberado de un régimen bárbaro... Yo he mirado siempre como sobrenatural la paciencia campesina en América". Como Maestra Misionera, dice públicamente: "Dirijamos toda actividad, como una flecha, hacia ese futuro ineludible, la América española una, unificada por dos cosas estupendas, la lengua que le dio Dios y el dolor que le da el norte".

"Educar al que no sabe, dar al que no tiene".

En su texto famoso El grito (publicado originalmente en "Revista de Revistas" de la Ciudad de México en 1922), escribe: "¡América! ¡América! Todo por ella, porque todo nos vendrá de ella, desdicha o bien. Somos aún México, Venezuela, Chile, el azteca-español, el quichua-español, el araucano-español, pero seremos mañana, cuando la desgracia nos haga crujir la quijada, un solo dolor y no más que un anhelo". En varios de los textos que dio a México, Gabriela reflexiona con lucidez en una época crucial de nuestros pueblos. El principio de la edad contemporánea de la literatura en nuestro continente se ubica al término de la Primera Guerra mundial, cuando el pensamiento de América descubre su relativa independencia de lo que se pensaba en Europa. Dando nacimiento a un intento común de nuestros pueblos (relativo al proceso histórico de las grandes comunidades) de inventar explicaciones y encontrar soluciones adecuadas a su puro entorno. Movimientos obreros inéditos, grandes latifundios, miseria y analfabetismo, la revolución mexicana, el nacionalismo venezolano, el socialismo en Chile y Argentina... los escritores se ven obligados a ponerse como ante un espejo, a intentar extraer, si es posible, del reflejo de si mismos, la verdad. Nuestra civilización en aquella época esperaba de los escritores dispersos por el mundo lo mismo que espera ahora, cierta cantidad fundamental de lógica, y a Gabriela le sobraba cuando llegó al México de 1922, que le brinda un recibimiento que la inflama de ternura. Y se vuelca en la obra de los Maestros Mexicanos, trabajando codo a codo con los míticos cofrades de una Orden cuya premisa era la de hoy: "educar al que no sabe, dar al que no tiene". La Orden, brotada del corazón mismo que inflamaba la Revolución mexicana, la aceptó de inmediato, como si, de siempre, contara con ella.

Dice Octavio Paz:
“Gabriela Mistral fue muy distinta de Huidobro y de Neruda. Se mantuvo aparte tanto de las aventuras estéticas como de las disputas ideológicas de esos años. Su verdadero parentesco lo encuentro en dos poetas mexicanos de su misma generación: Alfonso Reyes y Ramón López Velarde. Fue muy amiga del primero. Con estos tres poetas termina el modernismo hispanoamericano. Se les ha llamado postmodernistas; la denominación es exacta, aunque puede inducir a confusión: no sólo están después del modernismo, sino que fueron y son algo muy diferente. Con ellos aparece el lenguaje de la conversación, cierto prosaísmo aliado al cultivo de las formas tradicionales. No rompieron con el pasado, pero tampoco lo repitieron: exploraron otros caminos. En España no hay nada equivalente. La crítica ha sido injusta con ellos, sobre todo con Alfonso Reyes. Familiar de Góngora y de Lope tanto como de la poesía medieval, Reyes fue asimismo el que siguió de más cerca y con mayor simpatía algunas de las aventuras de la vanguardia. No sólo es un gran prosista, sino un notable poeta: dejó una docena y pico de admirables poemas, un inolvidable divertimento que recuerda y supera a Baltazar del Alcazar ("Minuta") y un gran poema dramático y filosófico cuyo tema es el mismo del teatro griego y del español: el misterio de la libertad ("Ifigenia cruel"). Con menor obra, otros poetas han ganado reputaciones más vastas. Reyes nunca alzó la voz y su discreción lo ha perjudicado.

"A diferencia de López Velarde y de Reyes -sigue Octavio Paz-, en los que la ironía es una nota constante, apenas si hay humor en Gabriela Mistral. Esta es su gran limitación. En cambio, su poesía es más grave que la de Reyes, que con frecuencia se perdía en jugueteos. Huyó también de los juegos de artificio y de la originalidad "a outrance" que tentó a López Velarde. Sobria y apasionada, su voz tiene una tonalidad religiosa, incluso cuando habla de asuntos profanos. En Reyes la religión aparece, cuando aparece, como un vago deísmo heredado de la Ilustración o como una nostalgia, igualmente vaga, de las creencias infantiles. En Gabriela la religión se asocia, como en López Velarde, al erotismo, pero allí termina su parecido.

"Su poesía no tiene la intensidad cruel de la de López Velarde -continúa Paz-, y evita esas expresiones que delatan el carácter ambiguo del placer, la caricia que se vuelve herida. Al mismo tiempo, su religión es más vasta que la de López Velarde y, me atrevo a decirlo, más viril. En Gabriela Mistral hay ecos inconfundibles de la Biblia, una voz que echo de menos en casi toda nuestra poesía moderna. Dije: "voz viril"; agrego ahora: voz de varona, voz de Judith o de Esther. Profunda y poderosa, voz de montaña mujeril. La montaña es terrible porque es tiempo petrificado, inmensa forma quieta en cuyas entrañas duerme y sueña un mundo primordial: agua y metales, piedras y fuego. Lejana e imponente, la montaña de pronto se vuelve maternal y se convierte en colina pacifica. La vemos por la ventana y cada anochecer le contamos nuestras penas y alegrías”, termina.

El poeta chileno Humberto Díaz-Casanueva, que la conoció en Santiago en 1925, cuando ella regresa a Chile por unos meses, la recuerda así: - "Al pensar en Gabriela, siento una extraña similitud entre su verso ascético, especialmente en sus últimos libros, de ritmos graves y quebrados o danzantes, y su enderezada, majestuosa figura, caminando como una profetisa en un templo antiguo, vestida casi de túnicas, sin adornos ni atavíos, absorta en lo más esencial de la tierra. Ella buscó siempre la autenticidad en relación con un nuevo sentido de la existencia, que surgía, no de las torres de marfil, sino de la convivencia con el pueblo y la aproximación casi táctil con las substancias materiales de la naturaleza. Así surgen en ella preocupaciones fundamentales: el niño, la mujer, los indios, o sea los olvidados, todo aquello que constituye el llamado Tercer Mundo, para el cual seguimos pidiendo, cada vez con mayor apremio, justicia social...

"Gabriela Mistral, en México, tiene que haber recibido la influencia de la revolución agraria, y haberse convencido que en varios países nuestros el problema agrario resulta de una discriminación racial, a la vez que se enraíza en una terrible desigualdad económica. Vi a Gabriela por primera vez en una institución magisterial denominada "Asociación de Profesores". Yo estudiaba en el Instituto Pedagógico de la Universidad y trabajaba como maestro en una escuela primaria... editábamos modestas revistas, organizábamos exposiciones espontáneas, hacíamos desfiles, íbamos a los sindicatos obreros. A veces nos encarcelaban porque éramos un taladro en la cerrada sociedad burguesa. Gabriela llegó a nuestro lado con gran valentía. Llegó de improviso, tomó asiento en medio de nosotros, y se puso a discutir toda clase de problemas. Vi a una mujer alta, bella, hablando con una voz calmada, rústica, y con un acento que parece había condensado todos los acentos indígenas de América.

"No siempre estuvo de acuerdo con nosotros, pero su sola presencia, su adhesión constituían para nosotros un estímulo; para otros, un escándalo. Pasaron los años y siempre quedó el eco de su visita como una honra y una extensión de nuestro horizonte. Si Vasconcelos realizó una reforma pedagógica y una campaña contra el analfabetismo lanzando millares de libros de Platón y Plutarco a las masas, comenzamos a comprender que la reforma de la educación, siendo fundamental, tenía que conjugarse con la nutrición y la salud del niño, el estimulo a sus vocaciones, la seguridad de que no desertarían de la escuela antes de tiempo, la reforma agraria, la seguridad de encontrar un trabajo, el mejoramiento de niveles de vida de los trabajadores, el afianzamiento de la democracia, el respeto a los derechos humanos, tanto civiles como económicos y sociales", termina Díaz-Casanueva.

Ella siempre reconoció que en su pensamiento social "mucho influyó México". Casi al final de su vida, en una página escribe: "Hay dos puntos cardinales en la tierra: son Montegrande y el Mayab". Es decir, la tierra de sus mayores en el valle del Elqui, y la que ella encontró destinada por derecho propio en México. El pensador mexicano Alfonso Reyes, en su Elogio a la mujer, dirá que "es un vasto soplo tonificante que anda entre los suelos y los cielos de América, cargada de esencias boscosas, rumores de pájaros y abejas de talleres y campanarios... La serenidad de Gabriela está hecha de terremotos interiores y de aquí que sea más madura".

La Mistral toma su inspiración de todo aquello que vio, y de las dos construcciones mágicas levantadas a las puertas de nuestra civilización, el Sinaí y el Olimpo. Fue tal como fueron los escritores que hicieron la mitología, que escribieron la Biblia, el Antiguo Testamento, y más precisamente el Libro de Job, que, en especial, la atrae. Por eso el afán de intensidad en sus escritos primeros, cuando todas las expresiones le parecen débiles, cuando busca en nuestra lengua sólo el acento divino; se ríe de los códigos literarios y de la retórica, y cuando nombra a la herida que le produce un amor perdido, dirá: "socarradura larga que hace aullar". Sencillamente inventa cuentos y parábolas maravillosas, inmersos de prestigio antiguo; su poesía tiene la perfección del trabajo que realiza la campesina enfrentada a la vida desde la hora del alba, "bárbara" como a sí misma juzgaba su escritura poética.

La selección de poemas completos que Gabriela dedicó a México permanece inédita. Algunos publicados son clásicos, como por ejemplo "Himno Matinal": lo escribió cuando llega por primera vez, al inaugurarse la escuela del D.F. que lleva su nombre. La ronda "Meciendo" y la "Canción amarga" las escribió para sus pequeños alumnos de la escuelita que inventa para Janitzio. Así como dedicaría al país, al menos, tres de sus poemas más difundidos: "Sol de Trópico", "El Maíz" y "El Ixtlazihuatl".


Sus Amigos de Entonces.

Ha escrito Octavio Paz que, lo de Gabriela, "es poesía hecha con las palabras de todos los días pero ungidas por el aceite invisible de lo sobrenatural. Realismo transfigurado, vida diaria transformada en rito y oficio divino. Habla del pan e inmediatamente el pan se vuelve criatura viva, a un tiempo hijo suyo y sustancia material convertida en maná espiritual".

Para el Premio Nobel de Guatemala Miguel Angel Asturias: "sus manos de mujer fuerte conservaron el movimiento de aquella que formó las primeras letras del verbo hecho espíritu, ante los ojos atónitos del que adivina que detrás de las letras están las constelaciones del poder humano". Asturias conoció a Gabriela en México: los presentó Pablo Neruda en la casa de Guadalupe Amor en Cuernavaca. Dice la poeta Guadalupe "Pita" Amor:

"Pablo trajo a Gabriela, a quien admiraba y había conocido en su infancia, en el sur. Ella era exactamente, matemáticamente lo contrario de lo que yo soy. Por eso, pudimos conversar durante muchas horas, hablamos de cosas que hablan las mujeres frente a sus espejos, que son cosas irreproducibles. Los hombres guardaron silencio. Creo que también estaban allí Diego (Rivera) y Arreola (Juan José), que siempre fueron sus amigos. Yo también creo que es una escritora altamente en la verdad, mejor que yo, sin duda, porque tenía esa cualidad tan difícil de alcanzar que es la humildad, claro que yo no tengo por qué ser humilde, bastante hago con ser genial. Gabriela también era genial, Pablo lo decía. Gabriela era genial y humilde, eso la hacía mejor que los otros."

Para "Pita" Amor, la Mistral representaba el espíritu mismo que inflamaba la revolución mexicana de 1910, "porque su interés central era la práctica del oficio. Enseñar que los problemas del mundo se acabarían si cada uno se limitara a cumplir bien su trabajo. Su último viaje a México fue una casualidad, porque viajando en barco a Nueva York sufrió una enfermedad y la rescatamos desde altamar frente a Veracruz. Allí estuvimos a verla con Neruda, que estaba conmigo entonces en Cuernavaca. La fuimos a despedir con Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Diego (Rivera) y Frida (Kahlo). Ella era una celebridad mundial, pero se conservaba como la mujer más normal de la tierra. Al contrario mío, nunca usaba joyas o algún adorno, sin embargo, yo le regalé una rosa roja artificial iluminada artificialmente y ella, toda esa última noche, llevó esa flor de seda en sus cabellos. Siempre fue gentil y eso la hacía también mejor que los otros que fuimos sus amigos".

Pablo Neruda recomendaba "entrar con reposo y con ímpetu en su poesía, en su prosa tan rica y tan dura como quebradas rocosas de nuestro territorio, llenos de misteriosas maderas, sarmientos encrespados, visitación de pájaros".

En su tiempo también vivía en México el autor de "Doña Bárbara", Rómulo Gallegos, que solía visitarla. ¿Cómo la vio él? Para Gallegos, ella era "mujer de decorosa existencia". Decía:

-"Su patria le rindió el debido honor y asimismo se le tributó un cargo diplomático remunerado -laudable caso, bien poco frecuente-, procurándole decorosa y sosegada existencia, y Gabriela desempeñó con elegancia y espíritu de selección, su misión de embajadora de la cultura chilena, dondequiera que el paso -un poco trotamundos- por tiempos, se le detuviera. Yo no olvidaré nunca las exquisitas horas que en su noble presencia pasé aquí en México, donde ella siempre volvía".

México siempre dio a Gabriela otra visión de las cosas. Rodeada de amigos, perfeccionó su espíritu. Se hizo más trascendente sin dañar su fuerza telúrica, que ningún fenómeno le pareció ajeno, creando magníficos retratos y evocaciones. En México, la escritura de Gabriela evolucionó enormemente, tanto como en Chile, porque sentía también las inquietudes vitales del pueblo, en que siempre vivió y ejerció magisterio de espíritu y forma, proyectándose, desde México, su influencia magistral. Su excepcional capacidad para escribir la traía desde siempre, pero, digamos, en este país, ella se hizo símbolo del Poder mágico.

Con los Maestros Mexicanos salió a sembrar la tierra y su semilla fue fructificada. A esto debió referirse el poeta Hjalmar Gullberg en el momento de presentar a Gabriela su Premio Nobel, en 1945, cuando dice que en sus libros se siente "the cosmic calm"; ese Orden natural que rescata ella en sus escritos. Por eso mismo, en su vida, la enseñanza fue de primera importancia y la literatura de segunda. Al menos en el nivel de su vida inmediata entre quienes la conocieron, hay coincidencia en afirmar que en su intención, fue su trabajo de maestra y no las letras su hálito vital, que da a su obra, quizás, esa naturaleza especial, que, a partir de su relación con México, es cada vez más notoria. Una de sus amigas de entonces, otra gran escritora y maestra revolucionaria en México como fue la norteamericana Katherine Anne Porter, la soberbia autora de “La nave del mal”, tan poco conocida en su país, en 1926, se refiere a Gabriela como a la "poeta mística de América Latina". K. A. Porter nos dejó un bello retrato de cómo vio a la poeta en sus primeros años en México, en tiempos de largas tertulias amables, en que Gabriela siempre disputaba con Diego Rivera, por quien sentía especial estimación. Dice Katherine Anne Porter:

"La constante y compleja religiosidad de Gabriela Mistral, al mismo tiempo que enojaba a Diego Rivera, desde dentro, le dio fuerza para crear su propia y magnífica obra muralista, que llevó a Diego a pintar la frase "Dios no existe", y que le valió una severa reprimenda de Gabriela; a ella no le parecía justo afirmar algo que no se podía comprobar; pero siempre terminábamos riendo. Ella tenía muy buen humor y celebraba el menor gesto cómico. Fue muy amiga de Frida Kahlo, que tenía gran sentido del humor y siempre impuso su talento, que Gabriela no dejaba de elogiar. Su contacto con la obra de los grandes muralistas mexicanos (fue también amiga de Siqueiros, Orozco y Montenegro, que le hizo retratos) estimuló su propia sensibilidad plástica y social. Porque, si bien, escribir era para ella una forma de desahogarse de su agobiante trabajo pedagógico, fue también una herramienta eficaz que la ayudaba a trascender el dolor personal que le causaba ver toda la desprotección en que viven especialmente los niños, que era su mayor preocupación, transformando cada uno de sus actos en puro amor universal. La literatura llegó a ser una manera suya de animar a los demás, de defender las causas justas, de cantar a la mujer nuestra de cada día; fue también el suyo un canto épico a la tierra de América. Para Gabriela encerrada en la luz del día duro, y frío, el dolor engendra una luz de esperanza, una nueva vitalidad; no es la suya más que una vía de elevación espiritual como principio del Maestro revolucionario y misionero a su manera, porque todo lo hacíamos por primera vez, eran formas de enseñar y compartir inéditas para todos, y que Gabriela enfrentó con gran ánimo, por eso se elevó y levantaba a los demás. Porque el suyo era un ejercicio místico, un camino a la perfección ética”.

Gabriela siempre fue una mujer humilde en la expresión de su trabajo, quizás si nunca estuvo feliz con un texto terminado (de aquí que entre sus manuscritos que se conservan hay varias versiones de sus escritos, que trabajaba una y otra vez). Luego de ver una edición tardía de su primer libro editado en México, “Lecturas para Mujeres", diría: "Aunque siempre lo hice mal yo canté con alma y cuerpo". En su famoso Decálogo del artista, escribe: "No hay arte ateo, el arte es ejercicio divino". Pero entiéndase que ella no lo decía a la manera de los románticos, del arte entendido como una religión, no, ella entendía el arte como hermano de la artesanía.

En su "Grandeza de los oficios" dirá:
"Hay entre las artes más complejas y más humildes una correlación mística; así quedan por ella unidos, aunque no lo reconozcan, el artesano encorvado sobre su laca y el hombre que trabaja con la santidad de la palabra". Gabriela extiende lo sagrado a toda forma de trabajo humano: "Tal vez, mis amigos, la única cosa importante en este mundo sea, bien mirada, el cumplimiento perfecto de nuestro menester". Más adelante agrega que, "solamente Dios es asunto más trascendente para el hombre que su oficio". Y llega a hablar de la profesión como de "un pacto firmado con Dios", "que obliga terriblemente a nuestra alma".

De plano, vivió Gabriela entre pueblo y pueblo de México, iba y venía a veces entre aguaceros y soles intranquilos, pero envuelta en la práctica esa suya de nombrar las cosas y contarlas; habla del maguey, de las jícaras, de la Palma real, de las grutas subterráneas misteriosas de Cacohuamilpa, pero, más que nadie, habla del indio. Canta a la grandeza del obrero indígena, viviendo ella misma la vida rural ("Vengo de campesinos y soy uno de ellos"). Es famosa la anécdota que narra que al llegar a México, de inmediato se pone a las órdenes de José Vasconcelos, quien la lleva a saludar al entonces Presidente Álvaro Obregón a su hogar, que era el Palacio de Chapultepec, como se usaba antes de Los Pinos. En el inicio de la conversación, el Presidente le pregunta:

-"Y dígame, maestra Gabriela, ¿dónde le han instalado su escritorio?
-Discúlpeme don Álvaro -respondió-, pero, ¿para qué quiero un escritorio yo, que trabajo en el campo?."

Y "don Álvaro" se hizo su amigo, proporcionando a los Maestros revolucionarios todo el apoyo económico que requirió la campaña de alfabetización más extensa emprendida en América. Cuando Álvaro Obregón muere trágicamente antes de tomar posesión del Gobierno, luego de ser reelegido en 1928, Gabriela estaba en Roma, a cargo del Instituto Cinematográfico Educativo, encomendada por la Liga de las Naciones (hoy Naciones Unidas), y ya los Maestros revolucionarios, su labor ideal, había sido extendida por Gabriela en las islas del Caribe y Centroamérica; quedando, en México, como un símbolo, la figura señera del reformador Vasconcelos, quien junto a su labor de fundar la Secretaría de Educación Pública, estaba dedicado a crear su propia obra literaria, "Etica", "La raza cósmica", 'La sonata mágica"... la filosofía de los Maestros.

José Vasconcelos y Gabriela Mistral fueron almas afines. Los más desprotegidos en la obra de ambos es más que un tema; es una preocupación fundamental. Para Gabriela, el indio es su territorio espiritual, la patria que debe mirarse como "nuestro primer cuerpo”. En uno de sus Recados, anota: "D.H. Lawrence escribe con disgusto del ritmo reiterado del tambor azteca, y a un hombre irlandés hay que dejarle en esta ocasión el derecho de no entender... Nosotros entramos fácilmente en la magia atrapadora, en la delicia dulce de esta monotonía, que mece la entraña de carne y mece también el cogollo del alma."

El trabajo de los Maestros revolucionarios está destinado a levantar a los hombres considerados "plebeyos" de los oficios, lo que les confiere un estricto sentido de relación social. Gabriela dice que "el oficinista o el obrero no pueden ser una máquina desgraciada, que en sus horas laborales abandona su propia alma, y con ella la gracia de Dios". Y afirma que "la industria moderna, en un principio mirada como aplastadora de las artes, se las va incorporando, y a la vez se redime con ellas de la fealdad del maquinismo. La máquina debe ser la criada de la imaginación, como quien dice, los pies humildes y ágiles de la inteligencia artesana". De allí el interés profético de los Maestros por elevar a los que no saben, postura de la que nació el interés de Gabriela y su obra monumental para acabar con el flagelo del analfabetismo en el continente.

Gabriela Mistral, ya en la etapa final de su vida, en una conferencia llamada "Imagen y Palabra en la Educación", que ella brindó en Nueva York en el Congreso del Bicentenario de la Universidad de Columbia, en 1957, recordaba así su misión en México:

"Hace muchos años tuve ocasión de celebrar y ver esa bonita experiencia llamada Escuelas Al Aire Libre. Funcionaban por gracia de familias ricas en patios y huertas de las haciendas, con subida asistencia de alumnos. Era cosa ejemplar, el llamado constante de las radios urbanas convocando desde las grandes casas patronales a asistir a esas Escuelas ambulantes. Ellas eran fáciles de confeccionar. Habla una mesita, una radio y un maestro rural de tipo apostólico, que renunciando a su descanso nocturno, doblaba, y esto con paga o sin ella. Yo las llamaba Escuelas Sin Horas y Sin Techos. Guardo el recuerdo de esa y de otras invenciones geniales del gran reformador José Vasconcelos, quien alfabetizó con la ayuda de los Maestros Misioneros, del cine y de la radio, a millares de campesinos... Allí tuve yo la alegría de aprender que ha sido una vieja y malhadada superstición aquello de que el indio americano padece de una incapacidad intelectual irredimible. Más aún, allí gocé de observar el genio que tiene el indio para el dibujo, la pintura y la escultura. Vi sobre todo la sed de leer, de escribir, recitar, danzar y cantar, que posee el pueblo. La alfabetización iba de mes en mes liquidando centenares de analfabetos. Esas Escuelas nocturnas llamadas por su creador Misioneras, parecían realmente un asunto tan civil como religioso: eran también el desagravio a una raza entera, la indígena".

Como la Mistral, José Vasconcelos era amante de la tradición bíblica. Afirmaba el reformador acerca de ella:

"Gabriela Mistral era persona de fe enorme. Nunca olvidó cantar al Bien. El pueblo se dio cuenta de la grandeza de esta mujer excepcional. Conocía sus poemas, y ya se sabe que los pueblos hispanoamericanos se rinden más fácilmente al poeta que a cualquier otro. Anticipándose a la muerte, Gabriela estuvo en la visión de los mexicanos en la firme expresión de la piedra".

Como José Vasconcelos, entonces Gabriela veía a "los oficios y las profesiones descuidadamente servidas" como la raíz de los males inmediatos del mundo: "Político mediocre, educador mediocre, médico mediocre, artesano mediocre, esas son nuestras calamidades verdaderas". En 1957, en declaración a Augusto Iglesias, el reformador narra cómo vio la llegada de la Mistral en su primer viaje a México:

"Desde la costa, vino en ferrocarril hasta esta capital. A la estación acudió a recibirla una verdadera multitud organizada por la Secretaría de Gobernación. Entre algunos de los que fueron recuerdo a Diego Rivera, a Roberto Montenegro, a Alfonso Reyes, seguidos éstos y los otros intelectuales que formaban el grupo directivo, de toda una legión de poetas, pintores y artistas, seguidos de un sinnúmero de niños y niñas de las escuelas públicas de México. Gabriela fue portada casi en hombros hasta su automóvil, dirigiéndose al hotel que hoy se llama "Génova" -uno de los mejores de aquella época- donde se la tenía, para ella y sus dos ayudantes, alojamiento. Allí pudo descansar del largo viaje...Pero al otro día, temprano, se presentó al Ministerio a pedir instrucciones y comenzó a trabajar. Se ha dicho que Gabriela cobraba un sueldo fabuloso. Esto es mentira. La Secretaría de entonces pagaba sueldos decorosos pero modestos. El salario de ella era el mismo que ganaban pintores de tanto cartel como Rivera. Cuando surgió el problema de la manera cómo deberíamos utilizar la capacidad educadora de Gabriela, ella misma lo resolvió cuando la puse delante de las posibilidades que podía ofrecer la Secretaría de Estado a mi cargo. Se iniciaba entonces la campaña llamada de los Maestros Misioneros, los cuales acudían a los poblados más remotos a enseñar no sólo al analfabeto sino a redimir a sus educandos con el ejemplo, virtud e inteligencia, aplicados éstos a las circunstancias de la vida diaria. Este fue el empleo escogido por Gabriela. Y desde entonces, pasando temporadas cortas en la capital, dirigía sus actividades por distintos rumbos del país. Una misión muy noble. Dedicábase, por las tardes, a leerles a la gente el periódico, desde su "púlpito": un banco de la plaza...

"Esto provocaba polémicas, establecía relaciones y creaba amistades, entre el maestro y la población. De allí venía el pedido de libros, la fundación de una pequeña biblioteca y todo lo que puede hacer una persona bien preparada y bien intencionada, para levantar el nivel moral de la gente. De esta suerte, cada maestro era una especie de enviado especial del Ministro, dedicado a averiguar las necesidades locales y a resolverlas con las medidas y posibilidades del Gobierno. Y cuando esta tarea está a cargo de personas de categoría -como lo era Gabriela- comprobábanse otras ventajas. Es lo que ocurrió con nuestra amiga. En aquella época empezó a escribir sus impresiones, hoy clásicas en nuestra lengua, sobre el aspecto del indio, su modo de vivir y pensar. El indio mexicano al cual se aficionó tanto, como tema literario, lo midió y describió ella en forma magistral. Mi impresión sobre su obra literaria es la de un bloque gigantesco: algo así como un pedazo de roca de los Andes".

Palma Guillén de Nicolau, en la introducción de una nueva edición en 1966 del libro “Lecturas para mujeres” de Gabriela Mistral, publicado originalmente por la Secretaría de Educación Pública de México en 1923, en un texto fechado en Milán Italia en 1966, narra (fragmentos): “Cuando Gabriela Mistral llegó a México en 1922, José Vasconcelos había echado a andar la gran máquina de la Secretaría de Educación -poca herramienta, en aquellos años, y mucho espíritu- y todos los jóvenes de entonces íbamos con él llenos de entusiasmo. Eramos su equipo de trabajo, las manos con las que él abría, alegremente, sendas nuevas en el ambiente de México. El José Vasconcelos de aquel tiempo era un hombre no sé si muy joven, tal vez no tanto, debería andar por los 40, pero tenía una alma más joven, más fuerte, más alegre y optimista que la de los muchachos de veinte años que, en aquel tiempo, lloraban en su poesía penas y melancolías literarias. El los dejaba llorar. Todo le parecía bien: el canto épico y el soneto sollozante. Lo estoy viendo reír, sentado delante de su escritorio en el despacho del segundo piso de la Secretaría de Educación, con aquella risa joven y dichosa que le ensanchaba la cara y que a todos nos hacía entrar en un clima de confianza y de alegría. Que se pintara, que se hiciera poesía, que se hiciera música, que se hiciera teatro, que se leyera, que se bailara, que se hiciera todo lo que no se había hecho: todo se podía hacer ahora que había un gobierno revolucionario, que se había triunfado de la dictadura porfirista y del ejército sojuzgador y que Obregón era Presidente. Vasconcelos quería ver vivir a la gente en libertad y que los jóvenes, todos los jóvenes, dieran su fruto. Todo era necesario para el país después de 12 años de guerra. (La guerra no había acabado todavía: pero ya no era la guerra civil, era la última lucha, el rebote, la resaca de la Revolución que algunas facciones armadas hacían aún oír allá, en el Norte.) En la Capital, la Secretaría de Educación editaba los clásicos griegos, Plotino, los Evangelios y la Divina Comedia y en el Anfiteatro de la Preparatoria, decorado por Diego Rivera, y lleno de bote en bote, oíamos las Sinfonías de Beethoven. Ahora había que rehacer, que sembrar, que instaurar el orden de la justicia y de la cultura y, como los campesinos van al campo con sus sacos de semillas, así nos enviaba Vasconcelos a todas partes -a cada quien a hacer lo que sabía, o a ensayarse en lo que soñaba, o a aprender, que, al cabo, todo era necesario para el pueblo hambriento de pan y de cultura. Gabriela Mistral llegó en un barco que la trajo de su lejana tierra. Fuimos a recibirla al puerto, en nombre de la Secretaría, Jaime Torres Bodet y yo. No sé la impresión que Gabriela hizo a Jaime Torres Bodet. A mí, que era una muchacha presumida, me pareció mal vestida, mal fajada, con sus faldas demasiado largas, sus zapatos bajos y sus cabellos recogidos en un nudo bajo. Luego conocí a la Gabriela alegre: su manera campesina de reír, su delicioso don para hacer chistes, gracejadas, imitaciones y caricaturas, su gracia, un poco burda que, más tarde, me haría reír tanto. La Gabriela que llegó a México en 1922 era la que escribió en Punta Arenas, en una noche de viento desatado, "El Poema del Hijo". Cuando llegó aquí había recorrido de Norte a Sur su tierra chilena, había vivido en las faldas del Aconcagua y en el archipiélago antártico; era como la montaña escarpada, como la vertiente llena de sorpresas y misterios; había visto "la mortaja de la niebla aferrada, a los archipiélagos del lobo y de la nutria" y traía en los ojos el verde de sus mares embravecidos y en el andar y en el habla el alma de su provincia. Había bebido el espíritu de la raza nuestra en los grandes escritores de América -en Bolívar, en Sarmiento, en Rodó, en Martí- y era una hispanoamericana (ella que venía de la tierra que hizo suyo al venezolano Bello) al mismo tiempo que una chilena cabal, es decir, que creía en la unidad esencial de la América Latina y la sentía no solo en la Historia y en la lengua, sino también en la sangre y en la tierra que nos liga y nos identifica. Sin embargo, al llegar a México, el ambiente -el ambiente de la capital- la condicionó en seguida como una agua o, mejor, como una masa dentro de, la cual, al principio, medio ciega, se movió difícilmente. Sólo estaba a gusto y sólo era ella misma cuando iba al campo o a las pequeñas ciudades o cuando conversaba con Vasconcelos, con quien se entendía plenamente.

“Por lo que toca a mi, cuando Vasconcelos supo que Gabriela había aceptado la invitación que nuestro Gobierno le hizo a través de nuestra Legación en Chile, me llamó y me dijo: "Palmita, va a llegar Gabriela Mistral. Viene a trabajar con nosotros. Yo quiero que conozca bien a México. Quiero que vea lo bueno y lo malo que tenemos aquí, lo que estamos haciendo y lo que nos falta... ¿Usted sabe quién es Gabriela Mistral?" (Yo sabía muy poco -puedo decir honradamente que no sabía nada de Gabriela Mistral ... Había leído en alguna revista los Sonetos de la Muerte; pero no estaba enterada de las ideas pedagógicas, sociales y otras de Gabriela, ni sabía lo que ella significaba, ya desde entonces, en el Continente... ) -"Ella tiene muy buenas ideas sobre la educación. Es una mujer de la provincia, casi del campo, y sabe lo que necesita la gente del campo. Es una gran maestra y una gran poetisa. He pensado mucho a quién puedo confiársela aquí para que la acompañe y la guíe. No quiero que tenga una visión equivocada o parcial de México. No quiero que la hagan ver sólo lo bueno o sólo lo que le interese a la persona que la guíe. Yo quiero que Gabriela lo vea todo, que nos dé su opinión acerca de todo lo que estamos haciendo y que nos ayude con su experiencia y con su intuición. Es una mujer genial, admirable. Pienso que Ud., que es menos doctrinaria que Fulana y menos especializada que Zutana, podría ser más útil para esta misión. Ud. viajará con ella, le hará conocer el país: lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, la capital y la provincia -el campo sobre, todo-, la Universidad y la escuela rural, etc... Pienso en aquel tiempo... Me veo en el tren, con ella, de un lado para otro: Pachuca, El Chico, Cuautla, Cuernavaca, Puebla, Zacapoaxtla, Atlixco, Taxco, Pátzcuaro, Zamora, el Cañón de Tomellín, Oaxaca, Acapulco, Guadalajara, Querétaro, Veracruz... Sol, polvo, calor. Escuelas instaladas en viejos curatos, en patios, en solares, en casas particulares, casi sin muebles. Llegábamos en tren o en los camiones de la Secretaría -a veces dormíamos en ellos... En donde había hoteles o casas, de asistencia, nos alojamos en ellos, en donde nos los había, el jefe de zona, o el inspector escolar o el maestro rural o el profesor del Instituto, nos buscaba alojamiento y éramos recibidas en la mejor casa de la ciudad o del pueblo. Así estuvimos, en Pachuca, en la casa de la señora Bustamante y de sus hijas Anita y Dora, también amigas de Gabriela hasta su muerte, y así conoció Gabriela a Lolita Arriaga, la maestra rural de Zacapoaxtla, de su famoso "Recado". Yo era entonces profesora en la Normal y en la Preparatoria y trabajaba, además, con Vasconcelos, en la organización de las bibliotecas populares que debían completar, en la capital, las escuelas primarias y los centros de alfabetización, y en las que debían viajar, con las Misiones rurales, al campo. Confieso que la misión no fue muy fácil. Gabriela era una persona de formación muy diversa de la mía. Sabía mucho y de muchas cosas y todo lo había aprendido por sí misma, sin escuela ni maestros; era profesora como yo, ella de Lengua Castellana y de Geografía, yo, de Literatura, de Psicología y de Lógica. Pero ¡qué diverso "clima" era el nuestro! Ella estaba centrada en la América y aunque se hubiera leído, traducidos al español, a muchos escritores clásicos y modernos, era la América, la América Latina, la que le importaba. Yo estaba más cerca de Europa y, sobre todo de Francia, que, de Colombia o la Argentina y sabía más de Homero, de Lucrecio, de Schopenhauer o de Bergson que de Miranda, Sarmiento o Rodó, aunque hubiera hecho mis cursos de literatura hispanoamericana con el gran maestro Pedro Henríquez Ureña y aunque me supiera de memoria muchos versos de Darío y de José Asunción Silva. Además, ella era un gran poeta y los grandes poetas se mueven en una atmósfera que a veces ahoga a los simples mortales. De carácter, sobre todo, éramos muy diversas: ella, mujer de la montaña, yo, mujer del altiplano. La cortesía que, dígase lo que se diga, es una virtud, puesto que consiste en darse cuenta de que los demás existen y en respetarlos, me sirvió grandemente en el primer tiempo. Poco a poco, fui comprendiendo y admirando a Gabriela, de la que aprendí muchas cosas, y mi respeto se volvió pronto amistad profunda y verdadera. Llegué a ser para. ella, hasta el fin de su vida, un poco su familia, la persona a la que se acude con confianza en las dificultades y en las penas. ¡Qué alegría y qué consuelo me dio y me sigue dando el hecho de haberme sentido, en muchas ocasiones, su descanso!”

Otra amistad inmediata que hizo Gabriela en México a partir de los años 20, es la escritora Emma Godoy, quien, en 1970, la recordaba así: "Ella protestaría si se la clasificara entre los intelectuales. Gabriela era un genio, pero genio intuitivo. Repetía que el razonamiento es una forma degenerada del saber, un vicio derivado del pecado original. En el Principio -decía-, los espíritus no razonaban, intuían: todo les era dado en una visión. Y ella era "como en el Principio". Vivía a golpes de luz... El más auténtico de sus poemas fue su vida misma, fue ella. Intuitiva y apasionada, extática y atribulada. Su espíritu flotaba en la tiniebla primordial del subconsciente, rota aquí y allá a martillazos de gigantes por relámpagos cegadores y astros en ignición, como si asistiera a la noche en que el Altísimo hundió en el caos tenebroso del origen la espada centelleante de su Verbo. No andaba como todo el mundo, pies en tierra... A su contacto se trastrocaba eso que llamamos "realidad". Al sumergirse en el ambiente de esta mujer, se penetraba en la esfera mágica. Todo era posible. Todo refulgente e inesperado. Gabriela sola formaba un universo, como lo forma una obra de arte. Quienes caímos en su ámbito nos preguntábamos con alarma si no sería que ya habríamos muerto y estábamos existiendo en la extrañeza del más allá...

“Gabriela perteneció a la misma categoría ontológica que las tragedias, los huracanes, los crepúsculos o la Esfinge -continúa Emma Godoy-. No se le debía medir con las dimensiones acostumbradas y decir de ella como de cualquier comadre: "Tenia sus defectos y cualidades igual que todo el mundo, o ambas cosas más que nadie porque en todo ardía de pasión; pero prevalecieron incomparables sus virtudes". Nada de eso. Tales valoraciones se encuentran fuera de perspectiva. Lástima, pues, que muchos no acertaran en el ángulo supra natural de Gabriela, porque vale la pena vivir sabiendo que se ha hablado cara a cara con uno de los paradigmas de Platón. Intentar incluirla en un casillero nos deja pensando si no sería una aberración incluir en alguna escuela filosófica a las sibilas o a los profetas.

"...Gabriela era inmóvil. Una viajera inmóvil. Podía reposar horas y horas sin cambiar de postura, como los yoguis. Iba de ciudad en ciudad sin moverse. No disimulaba cierto desprecio -muy oriental- por las personas atareadas:

"¡Marthas! ¡Marthas!", les decía. La Teosofía la sedujo con sus ocurrencias geniales, con su fantástica concepción de las cosas, no obstante que el catolicismo perseveró arraigado en ella como la convicción más profunda... Gabriela amaba a Platón: "Cuéntamelo", decía. Pero lo que le interesaba oír era el episodio de la metempsicosis y las otras indiscreciones que el filósofo -probablemente iniciado en Egipto- cometía respecto a las ciencias esotéricas. Sobre todo le gustaba escuchar el aire conmovido por las parvadas de ángeles que vuelan en las esferas cósmicas del neoplatonismo. "Ahora cuéntame a Schopenhauer". Era lo mismo; en él buscaba lo suyo: se complacía en las doctrinas orientales que él había incorporado en su pensamiento. Creaba Gabriela un tal ambiente de sobre naturalidad, que muchos caíamos arrebatados en su vértigo mágico y empezábamos a explicarnos las cosas como ella: no con hipótesis racionales sino con intuiciones fantásticas.

"Por ejemplo, cuando se sentaba junto al balcón abierto frente al mar de Veracruz a leer algunos de sus escritos dolorosos, descompuesto el rostro, y se alzaban de pronto a mirarnos sus ojos verdes cargados de relámpagos bajo las cejas agudamente arqueadas, y su voz se detenía para dejar que se oyera el estrépito del oleaje, uno intuía su dolor como esencialmente distinto a las penas comunes, y se venía a la mente el recuerdo de aquellos ángeles trágicos que, según afirman los hindúes, cometieron un inconmensurable pecado contra el absoluto: el de existir... malditos hasta que "apuren toda su copa de sufrimiento", y sólo a trechos -en el sueño, en las "ausencias mentales"- se les permite el alivio de recordar confusamente la Patria perdida: se asoman al misterio del infinito por un instante, de allí son arrancados luego y, cuando vuelven, no logran siquiera balbucirlo, sólo les queda la nostalgia rabiosa. Gabriela insistía en la memoria de otra Patria.

"Le entusiasmaban los mitos y afirmaba que ya estaba ella por cumplir el ciclo de sus reencarnaciones y pronto iría a reposar en el seno de Dios... más en cambio no esperaba el Nirvana hindú sino el Paraíso cristiano...Nunca fue panteísta. Siempre tuvo la noción de un Dios separado del universo, creador y señor de todas las cosas. En su humildad se confundía ella con el cosmos, por eso entendía todo, porque al cosmos no lo identificaba con Dios... Gabriela siempre se conservó fiel a si misma, diferente a todos, sin par. Cumplió el imperativo de Nietzsche: "Llega a ser lo que eres". Ella llegó a México a ser lo que era: una obra de arte; ¿cómo extrañarse, pues, de la fascinación inexpresable con que nos atraía?".

Recuerda Emma Godoy que cuando, a finales de 1924, decide cortar su estancia para trasladarse a trabajar a Cuba, "cuando ella habló de partir, se le rogó que permaneciera y se le entregó una hacienda en cuya casona podría vivir apartada del movimiento citadino. Y, como a pesar de todo, se empeñó en partir, se la despidió con las máximas atenciones, cuatro mil niños cantaron sus rondas en el Bosque de Chapultepec. Allí empezó la compulsión de los viajes, aunque nunca dejaría de volver a nosotros en diversas épocas de su vida. Ciertamente, Gabriela en México adoptó la decidida creencia en un orden metafísico que está más allá de la envoltura fugaz que nos contiene. Por eso volvió siempre sin dejar de residir en nuestro inconsciente colectivo por sus muchos aciertos, y como un símbolo de la humildad, porque Gabriela carecía por completo de vanidad, y jamás quiso permitirse ni el más insignificante lujo, por eso llevaba en la cintura el cordón de San Francisco. Cuando, después de recibir el Premio Nobel, decide trabajar de cónsul de Chile en México, en 1948, hasta se avergonzaba cuando le hablaban del Premio: "Eso de Estocolmo", decía, para no nombrar el Nobel. En México, más que en ningún otro país, si acaso sólo en Chile, le renacía la compulsión viajera; cuando no podía cambiar de ciudad cambiaba de hotel, los recorría todos, se le instalaba en una mansión señorial o en una hermosa hacienda. Nada. Iba y venia. "Patiloca" se calificaba a sí misma. Su última estadía en México fue a comienzos de los cincuenta. Todos sus amigos fuimos a verla a Veracruz, donde llegó de la manera más inesperada: resultó, entonces, que, viajando Gabriela desde Brasil a Estados Unidos por mar, en el barco se malogró su salud. Indispuesta frente a costas mexicanas, el Presidente Miguel Alemán, que era su amigo, envió un avión-medico a rescatarla. Ya recuperada, simplemente, decidió quedarse otro tiempo, no corto, entre nosotros".


El Chofer de la Mistral en México.

¿Cómo vivió Gabriela su última residencia en México? Quien lo narra es el profesor Rubén Vizcaíno Valencia, Director de Extensión Cultural de la Universidad Autónoma de Baja California, que la conoció entonces y fue su chofer:

"Luego del revuelo por su rescate desde alta mar, ella venía navegando desde Río de Janeiro cuando enfermó, y luego de ser atendida por el médico que la fue a rescatar en un helicóptero oficial, el Presidente Miguel Alemán, por insinuación del pueblo, la invitó a quedarse aquí, en el lugar de México que quisiera, durante el tiempo que dispusiera. Se pensó que seguiría viaje a Nueva York, donde residía, pero no, sin más, accedió a quedarse, y eligió precisamente Veracruz, donde el Gobierno puso a su disposición la residencia oficial en la Playa de Mocambo. Allí trabajé para Gabriela Mistral, durante varias semanas y, absolutamente, por casualidad.

"En esa época yo vivía en el D.F. -continúa el profesor Vizcaíno-, y trabajaba de chofer de un poeta refugiado español republicano, Jaime Terradas, que había conocido a Gabriela en España. El y su esposa decidieron ir a saludarla a Veracruz y, por supuesto, yo debí manejar. El caso es que, al llegar, ellos tenían muy serias dudas de ser recibidos, porque, directamente, sin aviso, llegamos a la Playa de Mocambo. Eran como las once de la mañana y, con gran alivio, nos recibió de inmediato. Feliz de ver a los Terradas, aunque ella recibía a quien quisiera verla: simplemente se sentaba en una de las espaciosas salas y, a su alrededor, en otras tantas sillas, diversas gentes. El caso es que Gabriela se quejó de que no había quién les hiciera algunos servicios, a ella y sus dos amigas que la acompañaban: Palma Guillén y María Dolores Arriaga, a quien Gabriela llamaba "Lolita", dos maestras mexicanas de la misma edad de Gabriela, fenomenales, que la acompañaban "oficialmente", pero se conocían de la época de la Revolución; trabajaban todo el día, entre risas y situaciones geniales. Luego llegó Doris Dana, su actual albacea, que no hablaba una gota de español. El caso es que no tenían un chofer para sacarlas del apuro doméstico. Entonces la señora Terradas, ante mi impresión, le dijo:

-No se preocupe. Le vamos a solucionar el problema. Aquí tiene a Vizcaíno.
Y continuó su esposo: ¡Le dejaremos el automóvil y a Vizcaíno! Para que pueda trasladarse más libremente. Acepte, amiga, que ¿me negará usted que no ha necesitado, por ejemplo, algo de la librería o la farmacia?

Y Gabriela replicó: -Es cierto que pensé en la necesidad de aprovisionarme de cigarrillos...
Y el poeta Terradas insistía: -Querida Gabriela, acepte, que así tiene a quien enviar de compras y la saque a tomar aire, lejitos de los carros oficiales. ¿Acepta usted?

Al producirse un instante de silencio, a mi vez, le dije: - Con su permiso, señora, soy persona de confianza, del mismo pueblo donde nació el escritor Juan Rulfo. Puede usted decirme "Vizcaíno". Estoy a sus órdenes. Y le prometo que no le faltarán sus cigarros...

Y ella dijo:
-Bueno, Vizcaíno, si usted es de la tierra de mi amigo Juanito, tiene desde ahora mi completa confianza.

Así fue como me quedé a su servicio, y lo que, en un comienzo supuse que sería un par de días, duró varias semanas. Fue un tiempo excepcional. Ese mismo día me instalé "prestado" a Gabriela. Ella, de inmediato me envió por periódicos, por café descafeinado y algunas cosas de la farmacia. Dijo que, desafortunadamente, sus cigarrillos se le habían acabado (fumaba Lucky sin filtro) y no habían en México. Yo, le comenté:

-"Pero si aquí en Veracruz hay de todo. Se los traeré". Fue una empresa terrible, porque no encontraba sus cigarrillos en ninguna parte, y recorrí y recorrí buscándolos, hasta que, al final, terminé comprándolos en un barco, de contrabando. Gabriela me celebró mucho sus cigarrillos, y digo con orgullo que nació de inmediato entre nosotros una buena relación amistosa. Al otro día, muy temprano, comencé a ser su sirviente, antes de carnaval."

"Tengo perfecto el recuerdo de su presencia -sigue el profesor Vizcaíno-. Ella era austera consigo misma, cálida con los demás, siempre peinada a lo "garcon", con su mirada impregnada como de una sabiduría antigua y poderosa. No comía carnes rojas, sólo frutas y verduras de la estación con alguna carne blanca, y todos los mariscos posibles, en especial el abulón o "loco" como lo nombran en Chile. Le gustaba el café, y el sabor del vino dulce. Llegaba mucha gente y ella escuchaba y hablaba en forma incansable; le gustaba contar cuentos y a veces lo hacía hasta altas horas de la madrugada, inundado de magia el oyente, y ella fumando cigarrillo tras cigarrillo; fumaba hasta que ya no le quedaba más que cenizas en sus dedos. Nunca vi que le molestara algo que otro hiciera en su presencia, y sucedían cosas singularísimas por su disposición para recibir, simplemente, a quien llegara. Porque iban innumerables visitas, y a todo mundo recibía. Llegaban jóvenes editores que le pedían poemas para sus revistas estudiantiles, y siempre salían con algo concreto en sus manos. Le traían muchos libros, y todos los hojeaba para luego guardarlos, escrupulosamente, en uno de sus dos baúles antiguos que la acompañaban, de rica madera pintada verde oscuro con su nombre grabado en placas de cobre muy discretas, era todo su equipaje. Y no parecía necesitar más para desenvolverse a la perfección en el mundo.

"A la finca de Mocambo llegaban a saludarla artistas y políticos, muchos reporteros mexicanos y extranjeros que querían su opinión sobre todo tipo de sucesos. Iban personas anónimas, simplemente del pueblo, con sus hijos: Gabriela tenia la cualidad de calmar, con su sola presencia, a los niños, quienes, al verla se sentaban automáticamente a sus pies; ella solía acurrucar a algún pequeño que luego-luego se dormía.

"Yo estaba allí cuando llegó a visitarla Diego Rivera, a quien la unía una estrecha amistad. Comenzaron a hablar muy tranquilos y, repentinamente, se enfrascaron en una discusión acerca del mayor indigenismo que se jactaban de poseer uno sobre otro. Ambos eran imagen viva de la cultura indígena de América, y ninguno era, aparentemente, un indio. Por cierto, se notaba que su áspera discusión por ver quién había hecho más por los indígenas era una especie de juego antiguo entre ellos que, a ratos, se hacía más y más agresivo.

"-Que yo he defendido a los indios en Europa" -decía Gabriela-, "y tú solo los has defendido aquí mismo, en América, ¡qué chiste! ¡Yo he tenido que defenderlos en España!"
Y Rivera se ufanaba de haber rescatado la historia indígena para el arte moderno. Y la discusión se acaloraba hasta que este dijo:
"-¡Te reto formalmente a que me demuestres que eres más indígena que yo!"
"-¿Cómo quieres que lo haga? -respondió Gabriela.
"-¡Así!" -exclamó Rivera. Y acto seguido: se abrió el cinturón, se desfajó los pantalones y enseñó una nalga indicando su mancha lumbar-. "Como sabes, Gabriela, todos los indios tenemos una mancha lumbar. Y aquí está la mía. ¡Ahora muestra la tuya!"

De inmediato, Gabriela estalló en carcajadas, le dio un verdadero ataque de risa. No dejaba de reír, cuando le tuve que anunciar que había llegado el embajador de Suecia con una comitiva. Fue una situación muy graciosa, porque, durante los momentos que siguieron, Gabriela no soportaba la risa cada vez que miraba a Rivera, que luego se puso muy propio, mientras recibían la flemática conversación diplomática tan circunspecta. La maestra fue muy amiga de Rivera y de Frida Kahlo: ambos llegaron a despedirla la noche de su última estancia en México, así como José Vasconcelos, Alfonso Reyes, el matrimonio Terrada, Guadalupe Amor y Neruda, que mantenía un affaire histórico con "Pita", a quien Rivera había pintado desnuda, lo que causaba mucha gracia a la divina Gabriela... Frida Kahlo estaba radiante, uno se olvidaba que estaba en su silla de ruedas, eran muy bonitas sus facciones e irradiaba gran fortaleza. La despedida de México de la maestra Gabriela fue mágica; con el amanecer, cuando fuimos a dejarla al muelle luego de una cena que se prolongó toda la noche, en que se habló, cantó y practicó, por sobre todo, el arte del buen humor, los que allí estuvimos éramos, sin duda, mejores".

Narra el profesor Vizcaíno que la escritora era, en especial, cálida con los jóvenes artistas que llegaban: "Cierto día llegó a saludarla un joven poeta. Le llevaba a la maestra Gabriela un quetzal disecado, detenido con sus patitas en una rama, con su enorme cola, magnífico. Cuando la vio, antes de entrar a la sala en que ella estaba, exclamó con un grito: "¡Divina Maestra!", y abrió los brazos con la intención de correr hacia ella y abrazarla, con tan mala suerte que, al hacer el súbito gesto, pasó a golpear el quetzal contra algo, volando el ave disecada y aterrizando más allá con el ala rota, quebrado... al ver lo que había hecho, el poeta, desconsolado sin más se puso a llorar. Y ella se acercó a él y lo consoló con palmaditas en la cabeza y en la espalda, como a un niño. Y así se estuvo mucho rato con el joven poeta, teniéndolo abrazado, a su lado, consolándolo.

"Llegaban a verla los maestros de las escuelas rurales cercanas, tal cual ella habla sido. Le pedían innumerables consejos; ella era, desde los años 20, una figura importante para los maestros, convirtiéndose ya en esa época en el prototipo del talento educador. Fue ella la sensibilidad preclara de los Maestros Misioneros. Por decir así, había enseñado a los educadores de la niñez mexicana, en los que había dejado la impronta de su sensibilidad. O sea, su última residencia en México era un acontecimiento, y toda Veracruz se enorgullecía de que eligiera la ciudad para vivir; eso lo pude medir esos días, cuando llegó el carnaval. En Mocambo, Palma y Lolita enseñaban a Doris cómo debía atender a la maestra, los innumerables detalles que ocupan a una secretaria, desde tenerle siempre a mano sus lápices y cuadernos hasta recordarle que debía comer, porque ella era absolutamente despegada de las cosas rutinarias. Lolita cocinaba platos mexicanos, que le encantaban a Gabriela. Yo me ocupaba de las puertas, anunciar las visitas, y de manejar. De inmediato la maestra Gabriela confió en mi y me hizo, sin dudas, mejor. Ella estaba todo el tiempo escribiendo o corrigiendo lo escrito. No le gustaba escribir en cuarto cerrado: cuando despertaba, lo primero que hacía era ordenar que abriera todas las ventanas y puertas. Y yo así lo hacía.

"En esos días escribió un texto de su obra mexicana que, en lo personal, me parece fundamental en su labor: "La palabra maldita", su defensa a los intelectuales que, por haber firmado la famosa declaración de Estocolmo contra la "guerra fría", sufrían la persecución de sus gobiernos. En el texto defiende la paz para condenar la ofensiva contra los derechos humanos. No es a una paz abstracta a la que se refiere: habla específicamente de personas que son víctimas de abusos por su posición antitética, a quienes anima a resistir. Sin embargo, su planteamiento no es estrictamente político, sino ético, humanista, y, en última instancia, religioso. Un día las llevé a Jalapa, donde la invitaron unos maestros: para esa ocasión escribió "Inauguración de una Biblioteca Veracruzana", donde dice que una biblioteca es similar a un campo de guerrillas, porque las ideas luchan a todo su gusto. Cuando se inició el carnaval, el Gobernador llegó a invitarla para ver pasar las comparsas, fuimos y terminamos con la maestra muerta de la risa y sin el Gobernador, desfilando en un carro alegórico, junto a Palma, Lolita y Doris Dana.

"La maestra Gabriela siempre se veía radiante, a pesar de la severidad con que vestía sin adorno alguno -continúa el profesor Vizcaíno-. ¿Sabes que a su edad era aún atractiva? Debió ser muy bella en su juventud. No era una mujer fea, para nada. Tenia unos ojos preciosos, verdes, y no se veía avejentada; tenía armonía en sus rasgos, en su rostro, en sus manos de campesina, y caminaba muy erguida. Luego que desfilamos en Carnaval, decidió que saliéramos a andar, simplemente, entre la gente que vivía el carnaval, y que en Veracruz es una locura. En la fiesta callejera, se quedaba, a ratos, extasiada viendo cómo se divertía la gente. Alguien le había regalado un gran manojo de globos con helio y ella, en un acto muy gracioso, se los ató a su cinturón. Y no se los quitó: así caminó entre las personas, envuelta en globos. Era impresionante ver cómo, entre el jolgorio popular, todo el mundo le hacia camino naturalmente; todos la reconocían, y de inmediato la aplaudían... En Veracruz, esos días, todos hablaban de ella; era la estrella del carnaval. Todos gritaban en la calle su nombre al verla pasar, pero nadie la molestaba... la única vez que vi lágrimas en sus ojos fue cuando una comitiva del carnaval llegó a saludarla a Mocambo en una carroza en que iban varias maestras del Estado recitando sus poemas y niños cantando sus rondas, lo que la emocionó mucho.

"Le gustaba ir al malecón, simplemente a caminar a la orilla del mar. Se quedaba a ratos silenciosa, pero no nostálgica, nunca estaba triste. Siempre se veía entusiasmada, le encantaba escuchar a los demás y jamás se mostraba aburrida. En esos días del carnaval, me dijo que podía salir de noche y que no me preocupara del desayuno. Al otro día me decía:

"-Dígame Vizcaíno, ¿qué hizo anoche?"
"-Fui a echarme unas cervezas" -respondía.
"-No, pero antes de eso, cuénteme, ¿qué vio?" -decía ella.
"-Fui a caminar" -le respondía. Y seguía preguntándome.
"-¿Cómo estaba la alegría de la gente? ¿Conoció a alguien? Porque debió hablar con alguien. ¿Qué dice la gente? ¿Qué conversaron?" -y así seguía-. "¿Qué disfraces llamaron su atención? ¿Qué comió?"... y así... yo a veces le contaba historias que ella celebraba con gran regocijo, su risa era muy contagiosa ¿sabes?. Era una mujer muy dulce, y su imagen de seriedad absoluta con que se la retrata no corresponde a la realidad.

"Le gustaba ver de noche los barcos iluminados mecerse en el mar; pero ella se decía "de tierra adentro"; acariciaba los árboles, le gustaban todas las plantas, pero en especial los árboles. En ocasiones las sacaba en el carro y guiados por ella nos enseñaba las calles de los alrededores del puerto; cierto día me pidió enfilar por una gran arboleda, y dijo:

-¿Saben que en la época de Vasconcelos yo acompañé a los niños de Veracruz para que sembraran estos árboles? En esos años eran sólo una ramita, y ahora ¡qué fuertes se ven!.

"Es cierto que tenía una manera muy bella de ser. Irradiaba esa luz de la sabiduría, creo yo. Tenía otra particularidad: conversaba con varias personas de diversos temas al unísono, concediendo a cada invitado unos minutos antes de seguir conversando otra cosa con otro allí presente, rotando la conversación y volviendo con exactitud al punto en que se había quedado con cada persona, así el tema no tuviese nada que ver con lo que conversaba antes; y, mientras con uno hablaba de pintura, con otro lo hacía de política y luego daba consejos a algún joven... era formidable en ese aspecto. Yo recuerdo haber leído que Napoleón era capaz de dictar seis cartas a seis secretarias distintas al mismo tiempo. La maestra Mistral era capaz de esa simultaneidad, sin desatender a nadie: mientras hablaba con uno, delicadamente, seguía como hablando con todos con la mirada; ella matizaba sus ideas, los sentimientos, sus juicios con la mirada, era como si las cosas fueran confirmadas por sus ojos, porque siempre transmitía un estado de ánimo positivo. Era muy singular, no se parecía a las mujeres comunes. Nunca daba la apariencia de ser una mujer moderna, ni de ser una mujer liberada; tampoco se percibía la impresión de estar frente a una intelectual; usaba grandes zapatones, de los que se acostumbran para andar en las tierras áridas, tenía sólo dos pares de ellos, iguales, que yo cada mañana le lustraba escrupulosamente; era alta, gruesa, monjil, pero me imagino que como son los monjes orientales: tenía una sencillez de esas en que la sabiduría no despierta escándalo; parecía que apagara la forma con su manera humilde exenta de toda vanidad; no usaba una sola joya, y de maquillaje apenas solía polvearse muy levemente; le gustaban los jabones de sándalo.

"Era increíblemente dueña de sí misma -sigue el profesor Vizcaíno-, eso era lo que te partía... era tan ella misma, con una individualidad que se notaba construida durante una vida de lucha, de reflexión. Se notaba su señorío antiguo, de siempre; algo así era lo que expresaba con su serenidad. Cuando hablaba a un grupo lo hacía siempre reposadamente, de pronto se quedaba con sus ojos semi cerrados durante unos minutos, silenciosa, mientras los demás seguían conversando entre ellos, aunque nunca daba la impresión de estar ausente, sólo se quedaba así, inmóvil, como descansando en sí misma. Nadie se atrevía a perturbarla entonces.

En su trato familiar, si se puede decir así, que era el que daba a Palma, Lolita y Doris y me confirió a mí, sin conocerme, ella jamás se enojaba. Se levantaba muy temprano y, con su cuerpo vuelto al sol, permanecía cada mañana varios minutos con las palmas abiertas al astro, con sus ojos cerrados; desayunaba bien, y luego, todo el día, trabajaba o recibía gente, sin dar muestras de agotamiento. Su correspondencia cada día era más, y en la noche se daba tiempo para leerla, así como periódicos y revistas de todo el mundo que recibía donde se hablaba de ella, cosa a la que la maestra no daba la menor importancia. Siempre estaba atenta a todo lo que ocurría a su alrededor, y era común verla redactando una enérgica nota apoyando una causa injusta en un país lejano. Tenía fuerzas para compartir con todo el mundo. Un día le pregunté que de dónde sacaba tanta energía, y respondió que "de la Biblia y del sol"; ésta última, dijo, era una práctica budista, religión que Gabriela practicó en su juventud. Narraba que en una ocasión fue recibida por el Papa, y que había estado a solas con él, y que los ojos del Papa, cómo la había visto, esa mirada la devolvió definitivamente al catolicismo. Todos saben que la fuerte intercesión del Papa Pío XII por los indígenas del mundo, se debió a la influencia que éste, a su vez, recibió de Gabriela, quien fue a Roma especialmente a pedirle por sus "indiecitos".

"A mí me hizo leer los "Salmos" de David. Tenía ella a David por el primer poeta de la historia. A veces decía su poesía tal cual se conversa, y era conmovedor oírla, con su voz profunda de mujer. Palma Guillén, a quien dedicó su libro "Lagar", solía imitarla y ella parecía morirse de la risa. A Palma un día se le ocurrió que había que llevar a la maestra Gabriela en una excursión por las montañas, con la idea de que tomara aire fresco y preparar su corazón para que subiera al Distrito Federal, donde la reclamaban y ella esperaba ir para saludar personalmente a sus amigos y al Presidente, Alemán, con quien la unía una cálida amistad y, hasta ese momento, sólo se comunicaban por teléfono. Así que las llevé en el carro, enfilando hacia Jalapa. Al llegar, decidieron pasar a tomar algo al restaurante del Hotel Salmón, pero, al momento de entrar, Palma descubrió al Gobernador que se encontraba allí rodeado de personalidades locales. Le susurró algo a Gabriela y ésta, de inmediato, dijo: -¡Vámonos!.

"Ya en el carro, comentó que se sentía muy comprometida con la amabilidad del Gobernador, pero que a Palma la aburría la oficialidad. Y así era. Palma Guillén era por sí misma una mujer singular; muy ingeniosa; Lolita Arriaga era más sobria, con su propio sentido del humor; ambas eran tratadas por la maestra con suma familiaridad; siempre se veía divertida con ellas. Me hizo parar en una pulquería y compramos mezcal para nosotros y vino dulce para la maestra, quien ordenó que enfiláramos hacia Coatepec, cruzando una cadena montañosa bellísima, sembrada de cítricos, aguacate y mango. Ella decía que uno de los mejores sabores que existían era el del mango con vino dulce. Coatepec tiene sus calles empedradas, con sus casas amuralladas de rosas. En el pueblo había trabajado ella décadas antes junto a los Maestros Misioneros, y estaba encantada de volver.

"Indicó que la llevara a una casa de antiguos amigos suyos. Cuando la maestra Gabriela fue anunciada, salió a recibirla una familia numerosísima, estaban todos emocionados por la sorpresiva visita; la tocaban y la besaban. Esta familia exportaba orquídeas y gardenias a USA. Tenían una casa gigantesca. En un invernadero vimos racimos y racimos de orquídeas, de innumerables variedades. Ella se perdió entre las flores, tactándolas con enorme dulzura, rozándolas con su rostro; se convirtió como en un niño, y Doris debió guiarla para que saliera del bosque de orquídeas. Los anfitriones nos siguieron conduciendo y vimos que había guajolotes reales, faisanes bellísimos, gallinas enanas de Oceanía, jaulas enormes con pájaros exóticos, unos venados; era un pequeño zoológico.

"Todos admirábamos lo que veíamos cuando, en una fracción de segundo, irrumpió el rugido espantoso de un puma que se abalanzó desde dentro de su jaula, justo al lado de la maestra Gabriela: ella dio un salto enorme, literalmente se elevó por los aires, fue espectacular; el rugido del puma la asustó de tal manera que la hizo, en verdad, volar. Impresionados la miramos cómo, al instante, le vino uno de sus ataques de risa con que enfrentaba las situaciones inesperadas, risa que contagiaba a todos. Luego nos preocupamos porque se suponía que ella estaba en recuperación, pero lo había tomado de la mejor forma y nos tranquilizaba, mientras recordaba entre risas; estar con ella era un jolgorio. De vuelta, las llevé a un sitio a cenar, en Veracruz, donde se nos acercaron unos músicos y todos cantamos canciones mexicanas en que predomina ese sentido de irrespetuosidad a la muerte, que la maestra Gabriela festejaba mucho. Le cantábamos a viva voz y ella a ratos se nos unía, contentísima."

Afirma el profesor Vizcaíno que la Mistral en absoluto tenía miedo a la muerte, "y, en eso, era muy mexicana; ese desenfado libre de ataduras con el más allá con que se movió por la vida fue lo que la acercó tanto al alma de mis paisanos, porque Gabriela era una super estrella en México veinte años antes de recibir el Premio Nobel. Aquí pasó por los lugares igual que un tren: despertando a las gentes".


La Extranjera.

Hija de Jerónimo Godoy y de Petronila Alcayaga, Lucila (el nombre primero de Gabriela) debe sus primeras letras a su hermana Emelina, una joven profesora rural que la inscribe luego en la escuelita de Vicuña en el valle del Elqui; la directora, Adelaida Olivares era ciega, y se hacía llevar de la mano de la pequeña Lucila como de un lazarillo. Así, el primer oficio de Gabriela es tan humilde que podía desempeñarlo un perro. A los 13 años trabaja acompañando a su hermana como ayudante de clases en las escuelitas del valle; al mismo tiempo comienza a publicar en los periódicos locales "La voz del Elqui" y "La hoja coquimbana": relata doña Petronila que cuando su hija no estaba escribiendo, se entretenía en el campo, en extrañas conversaciones con los árboles y las piedras, con los pájaros y las flores, con la hierba, con el viento. ¿Después de todo no le quitaría al viento el nombre de "Mistral"?

A los 15 años pretendió regularizar sus estudios en la Escuela Normal de La Serena, pero fue rechazada cuando se sabe que era la autora de esos artículos "demasiado liberales" que aparecían publicados de vez en cuando, y que habían llamado la atención de la gente del valle. Entonces, decide viajar a Santiago a rendir un examen de madurez ante el Ministerio de Educación: en un alarde rinde toda la prueba de ciencias naturales... en verso. Y obtiene su título de maestra normalista, dejando, para siempre su pueblo natal de Montegrande, el único lugar donde declaró ser dichosa, "y ya no lo fui nunca más".

En Santiago desafió a la sociedad de su época temprana, con sus ideas educativas revolucionarias, con su exótica vestimenta austera, con su desenfadada costumbre de fumar en público cuando ninguna mujer lo hacía; se ubicó de inmediato como símbolo del poder mágico del verbo. Por eso siempre la rodearon sólo amistades fugaces, vivió carente de familia; era, como los profetas, un ser aislado que siendo de todos no pertenecía a nadie. Gabriela no rozaba con sus manos la ambición, y es claro que fue singular por esta rara condición. No soportaba objetos ni joyas, jamás coleccionó cosa alguna, y cuando los maestros de Cuba le regalan orquídea de brillantes y prendedor de oro, de inmediato los dona a "los niños de la escuela" (que lleva su nombre en la isla). Cuando en México alguien le pregunta si era verdad que el gobierno le pagaba en oro, responde: "Y yo qué voy a hacer con oro?". La cantidad estimable de dinero que le dieron con su Premio Nobel, lo invirtió en una casa en Santa Bárbara, California, en la que casi no vivió. La Mistral nunca rindió culto al dinero. Como refieren Vasconcelos y Lolita Arriaga, en su primera visita a México vive con el sueldo de un maestro. A partir de 1926 el gobierno de Chile le otorgó una jubilación como maestra y luego la nombra cónsul vitalicio de libre elección, con lo que ya no tendría inconveniente para radicarse donde quisiera, retornando a México, cada vez que lo hizo, solo con sus medios. Ella llegó al país, cada vez que volvió, nada más que buscando la compañía humana.

Gabriela Mistral publicó solo cinco libros: "Desolación" (Nueva York, 1922); "Ternura" (Madrid, 1924); "Tala" (Buenos Aires, 1938); "Lagar" (Santiago, 1954), además de su selección de escritos "Lecturas para mujeres" que hubo de publicar en México en 1923, y que había de convertirse en texto inmediato para los maestros rurales, por ser una especie de antología unida a cuentos y poemas de un alto vuelo. De este libro dice Juan José Arreola (a Emmanuel Carballo): "En esta obra que nos dejó Gabriela conocí un poema admirable de Julio Torri... También un texto de Francisco Monterde, al que le debo muchísimas enseñanzas... Allí venían también poemas de Ada Negri... "Lecturas para mujeres" de Gabriela Mistral es una de las bases de mi cultura literaria".

En la Introducción a “Lecturas para mujeres” citada antes, Palma Guillén escribe: “Gabriela Mistral iba a los pueblos. Adoraba a la gente del campo y en seguida se entendía con ella. Hablaba con los maestros, los veía trabajar; hacía para ellos pláticas y conferencias sobre el sentido de la enseñanza, sobre los fines que se perseguían en las nuevas escuelas, sobre el material escolar, sobre la enseñanza de la Geografía y de la Historia, sobre los libros auxiliares, sobre los libros para los niños y para los jóvenes, sobre el uso de las bibliotecas, sobre la cultura necesaria al maestro y a la mujer, sobre su país tan lejano, y, sin embargo, tan semejante al nuestro. Amó a México, con un amor hecho de conocimiento y de esperanza: mejor propagandista y mejor defensor no ha tenido México ni de dentro ni de fuera. El nombre de México, más tarde, estaba siempre en sus labios. El recuerdo de México, después de su paso por nuestra tierra, va y viene constantemente en sus poesías. Supo de nuestro país tanto como nosotros mismos y, acaso, más que muchos. La gente en los pueblos o en las ciudades acudía a. oírla y la oía con verdadera religiosidad. Ella era muy intuitiva y se daba cuenta inmediatamente de su auditorio, así es que sabía encontrar siempre el tono justo para que cualquier tema se volviera interesante y asequible. Visitaba mercados y talleres; hablaba con los maestros, con los obreros y sobre todo con las mujeres. Todo el mundo la quería. Cuando murió, de muchos de esos pueblos recibí yo cartas de pésame de personas que, 35 años antes, la habían conocido y que me escribieron a mí porque no sabían si ella tenía aún familia. Pero a pesar de que Gabriela trabajó mucho en Mé