A David, quien gustoso
hubiese escrito Maldito Alan
El fin de las
artes puede ser
definido así: reconstruir el Universo
según las mismas leyes que lo rigen.
Gino Severini
La mano apoyada en el cristal
del espejo resume la apetencia de una
búsqueda esencial, la de traspasar el
umbral de la estrecha realidad para
trascender desde ahí hacia la del
conocimiento de sí mismo.
Guillermo Gotschlich, acerca de la
escena final de Un Juez Rural
En 1935, Juan Emar(1)
, publicó tres novelas: Miltín 1934, Ayer,
y Un Año. Dos años más tarde publicó
su libro de cuentos Diez. Todas estas narraciones transgredían
las convenciones de la literatura naturalista vigente en la época
y fueron ignoradas por la crítica y por el público.
Recién en 1971, gracias a la reedición de Diez,
se ha comenzado ha revalorizar el legado que este gran embajador de
las vanguardias ha aportado a la historia de la literatura de nuestro
país. Su labor de importador (y creador) de las vanguardias
no se limitó únicamente al área literaria, pues
como nos señala Lizama: "En los años veinte, impugnó
las creencias en la pintura chilena porque de regreso de Europa, él
y algunos artistas que habían estado especialmente en París,
trajeron a Chile en 1923 las nuevas propuestas plásticas que
se desarrollaban en algunas capitales del viejo mundo"(2).
Más adelante Lizama nos dice que Emar fue "un intelectual
creador y distribuidor de cultura, al igual que Borges, Carpentier,
Cuesta. Estos ya tienen un lugar en la historia cultural de sus respectivos
países y en la historia de las vanguardias latinoamericanas.
Emar está entre." (3)
Hasta hace un tiempo se solía considerar la obra
literaria de este autor como una obra menor. Esto se debía,
sin duda, a la incomprensión de sus textos, a la incapacidad
de percibir su doble dimensión. Este escritor, vanguardista,
trabaja sus textos en dos planos. A diferencia de Borges, por ejemplo,
quien nos expone desde un comienzo una obra que nos coloca en abismo,
producto de su constante juego con laberintos y espejos. El lector
de Borges puede entender sus cuentos o no entenderlos. Si los entiende
será porque en ellos descubre el juego en el que su autor nos
quiere involucrar (otro ejemplo claro es Cortázar, que sin
exigirnos tanto, nos obliga a seguir su juego). En el caso de Emar
la situación del lector es otra: existen dos niveles a través
del los cuales el lector puede comprender sus textos. En un primer
nivel el lector podrá gozar del cuento abocándose a
lo que se nos cuenta literalmente. De este modo, comprenderá
la historia del loro de Tabatinga (El pájaro verde),
como un suceso fantástico y tragicómico. Si el lector
se entrega (y atreve) a realizar una lectura alegórica del
mismo cuento, podrá advertir que en él está en
juego no un fenómeno sobrenatural, sino un paralelo entre viejos
y jóvenes, entre literatura naturalista y literatura vanguardista,
y por último, entre la vida acomodada, conservadora y burguesa
del tío de Emar (en el cuento), y la vida desordenada, bohemia
y artística que llevaba Emar en París. Al volver a Santiago,
Emar reniega de la vida monótona de la ciudad, su modorra y
la rigidez le incomodan profundamente.
En Maldito Gato, sucede algo similar. Uno se
puede entregar a la lectura lineal y orgánica que el texto
concede, o puede optar por una lectura profunda, ampliando los elementos
que en ella se encuentran fragmentados y montados conformando una
representación alegórica de la realidad. Esta segunda
lectura nos abre el texto a nuevas posibilidades. Este fenómeno
es similar al que ocurre con aquellas imágenes tridimensionales,
que sólo al forzar la vista se revelan ante nosotros como soprendentes
imágenes. Al otorgarle a esta texto una mirada profunda y desentrañar
sus símbolos alegóricamente representados nos revelará
una lectura mucho más profunda y enriquecedora que nos hará
cuestionarnos nuestra propia vida en este mundo que ya no puede ser
representado objetivamente, bajo una visión simbólica.
La literatura previa a las vanguardias, vigente en Chile, era la literatura
naturalista. Movimiento que se adjudicaba una objetividad, basada
en un método científico, que no podía perdurar
por siempre. Las vanguardias ponen de relieve la incapacidad de abarcar
el mundo como un todo, ponen de relieve la imposibilidad de representar
la realidad simbólicamente. La realidad se les muestra fragmentada
(el mundo aparece fragmentado), y la única forma de representar
esto es a través del montaje de fragmentos, y la utilización
de alegorías, elementos propios de las obras inorgánicas,
vanguardistas.
Emar crea esto en su volumen de cuentos Diez, utilizando una
matriz numerológica. Emar tenía estudios de ocultismo,
él utiliza la astrología, la cábala y todo aquello
relacionado con las ciencias ocultas para entregarle una significación
distinta a sus textos, ampliarlos explicar la realidad a través
de elementos distintos al método científico que adoptaban
los naturalistas y con el cual estos escritores aseguraban describir
la realidad. Los científicos decían de la astrología(4):
"De una manera clara y unívoca yo sólo puedo declarar
que las concepciones modernas de la astronomía y la física
del espacio no apoyan -o, mejor dicho, apoyan negativamente- los principios
de la astrología." . Emar, utiliza la astrología
y la simbología de los números y de muchos otros símbolos
para representar (y ocultar) en sus textos otra realidad, distinta
a aquella que defienden los científicos y la modernidad, que
en última instancia, no resuelven los problemas más
esenciales que le preocupan al hombre.
Esta revisión crítica de Maldito Gato, le permite
al lector abrirse a una lectura más osada de este cuento, para
intentar acceder al segundo plano de lectura al que Emar nos invita,
para poder comprender otras realidades que como un espejo nos invierten
nuestra realidad, y nos hacen dudar acerca de cuál es la verdadera.
. . .
MALDITO
GATO(5)
El 21 de febrero de 1919(6)
tuvo una mañana esplendorosa. Ni más ni menos,
esplendorosa. A las 6 hice ensillar el Tinterillo(7)
, monté y me alejé de las casas al galope por
la larga alameda de algarrobos.
Era mi objetivo llegar a los cerros del Melocotón.
Para ello hay que ir hasta el final de dicha alameda, tomar luego
por espacio de unas ocho cuadras el camino público, torcer
a la derecha por un sendero cubierto por las ramas de tupidos arrayanes
y, por fin cruzar un gran potrero sembrado de alfalfa. Terminado éste,
se halla uno al pie de los cerros.
Lo que más contribuía al esplendor de aquella mañana
eran dos cosas: 1ª) La temperatura; 2ª) Los perfumes campestres.
La primera se hallaba mantenida por un sol tibio de rayos aterciopelados.
No tuve la ocurrencia -cosa que cualquiera se explicará- de
proveerme de un termómetro, por lo cual me fue imposible verificar
qué grado exacto marca esa atmósfera deleitosa. Lo único
que puedo decir es que al galope suave del caballo daba justo la temperatura
que se traduce en la piel sin un milígrado de calor ni un milígrado
de frío, es decir, una temperatura tan adecuada, tan exacta,
tan precisa, que, mientras galopaba suavemente el caballo, desaparecía
la temperatura.
Ahora bien, forzando un poco el galope del animal, sentíase
inmediatamente un frescor agradable. Y si, aprovechando sus bríos,
se le espoleaba hasta el gran galope largo, un frío franco
penetraba por los huesos. Al final del camino público hice
que mi cabalgadura corriese a cuanta velocidad sus patas pudiesen
dar, mas apenas pasados unos treinta metros la detuve: una helada
glacial de picacho aislado encima de las nubes me acuchilló
el cuerpo entero y a punto estuve de quedar petrificado.
En cambio, si del galope suave uno pasaba al trote corto,
sentíase un calorcillo reconfortante que inundaba los pulmones.
Y si de aquél se venía al paso, se recordaba acto continuo
que nos hallábamos en verano o en sitio a 32 grados de latitud.
En la alameda de algarrobos tuve la idea de detenerme un instante.
Una bocanada de fuego me envolvió súbitamente como si
caballo y yo nos hallásemos sobre un horno gigantesco. Adopté,
pues, fuera de estos ratos de ensayo, el suave galope acompasado,
así es que hice la mayor parte del trayecto sin temperatura
alguna.
Mientras así galopaba, me entretuve en gozar cuanto podía
con aquel amplio registro de hielos y calores que esa esplendorosa
mañana había puesto a mi disposición. Regulé
perfectamente la velocidad del Tinterillo, de modo que la temperatura
quedó del todo anulada. Entonces me entregué al siguiente
juego: echaba mi mano derecha hacia atrás hasta tocar el anca
del animal y luego, con el brazo bien estirado, la proyectaba hacia
adelante hasta tocarle las orejas. La velocidad adquirida por mi mano
durante este gesto era, naturalmente, la del galope del caballo más
la suya propia, es decir que, haciendo dicho gesto con mayor o menor
violencia, la mano alcanzaba un galope apresurado, o un gran galope,
o la carrera. Por lo tanto, según como la proyectase hacia
las orejas, sentía en ella todas las gamas del frío
mientras el resto del cuerpo permanecía sin ningún grado
registrable, al menos como sensación. Puedo asegurar que esto
era agradabilísimo, cuanto hay de agradabílisimo en
este mundo. Y no es todo. Una vez la mano en las orejas repetía
el gesto hacia la grupa, de modo que restase su propia velocidad a
la velocidad del Tinterillo. Sentía entonces, según
su mayor o menor violencia, todas las gamas del calor, y cuando la
echaba hacia atrás con igual velocidad que el caballo iba hacia
adelante, era la detención, y poco me faltaba para quemarme
las yemas de los dedos.
Después de divertirme varias veces con este -repito-
agradabilísimo juego, quise ir más lejos: tanto para
adelante como para atrás, acelerar mi movimiento al máximo.
Para adelante, doblar si fuese posible la velocidad del caballo; para
atrás, llegar primero al punto de detención y luego
retroceder con respecto a ese punto.
El primer ensayo lo hice al entrar al sendero de los arrayanes. El
segundo, en medio del mismo. Al hacer el primero, no había
alcanzado a tocar mi mano las orejas, que ya había lanzado
un grito de dolor. Fue como si cien navajas me hubiesen herido; luego,
una total insensibilidad. La mano estaba verde y dura. Con la izquierda
le di un papirote: sonó como una bola de billar. Felizmente,
al entrar al sendero, vi que a un costado se alzaba una pirca. Cogí
de inmediato una de sus piedras y la restregué con fuerza sobre
el miembro congelado.
Las piedras superiores de las pircas, sabido es que
de cada verano guardan un poco de calor, así es que cuando
la pirca tiene más de setenta años de existencia, basta
frotar una de ellas hasta que caiga deshecha la primera capa para
que el calor almacenado de esa capa para adentro, se derrame irradiando.
Así salvé mi mano.
Por cierto que pensé que si tal me había sucedido con
la experiencia del hielo, peor me iría a ir con la del fuego.
Mas, ¿cuándo volver a hallar una mañana como
ésa? ¿Cómo dejarla trunca? ¿Cómo,
pudiendo experimentarlo, no hacerlo? Me decidí.
¡Mil demonios, qué dolor! Aquí fue más
que un grito: fue un aullido. Mi mano ardía roja como un tomate.
Felizmente, como todos saben, el arrayán produce el arrayanín,
y los que allí había se hallaban llenos del morado fruto.
Cogí uno con mi izquierda y, apretándolo fuertemente,
dejé que su jugo azucarado cayera sobre mi mano en combustión.
¡Santo remedio! El arrayanín condensa en su jugo todas
las temperaturas bajo cero que el arrayán haya tenido que soportar
durante el invierno anterior, y como el de 1918 había sido
excesivamente frío -catorce veces el termómetro había
bajado de cero- el jugo del fruto pudo fácilmente volver mi
mano a la normalidad.
Sin deseos de repetir semejantes experiencias, llegué hasta
el alfalfar entregado a otro ejercicio. Helo aquí: mientras
el Tinterillo seguía su galopa regular, yo avanzaba el pie
derecho junto con retroceder el izquierdo y, llegado a este punto,
avanzaba el izquierdo retrocediendo el derecho, y así sucesivamente
con una velocidad mesurada. De este modo, cuando un pie se iba refrescando
hasta el frío de un picacho -que es sobre todo en breves segundos,
muy tolerable-, el otro iba entrando en calor hasta el grado de la
tapa de un horno -que, en iguales circunstancias, es también
muy tolerable-, y estas dos sensaciones iba registrándolas
el total resto de mi cuerpo sin sentir él ni una nada de temperatura.
¡Agradabilísimo! ¡Deleitoso! ¡Mejor que todo
lo experimentado por mí hasta entonces!
Y creo que es suficiente en cuanto a la temperatura de aquella esplendorosa
mañana se refiere.
Vamos entonces a los perfumes campestres.
Se dividieron en cuatro categorías según los sitios
por donde pasé:
A) Alameda de algarrobos: olores útiles;
B) Camino público: olores humanos;
C) Sendero de arrayanes: olores silvestres;
D) Potrero final: olor a alfalfa.
A) Los dos costados de la alameda de algarrobos están
sembrados de productos extremadamente útiles al hombre. Además,
muchos potrerillos alimentan animales igualmente útiles. Así
es que respirar en ella, daba en uno como un compendio de nuestras
necesidades más apremiantes, compendio que entraba por las
narices.
El primer potrero a la derecha estaba sembrado de trigo. Olía
a pan. Un pan por venir, de miga algodonosa y cáscara crujiente;
un pan arquetipo. Un pan por venir -digo-, por lo tanto todas las
posibilidades de pan para el hombre.
En el potrero de enfrente pastaban varias vacas holandesas.
Olían a mantequilla. Las mismas consideraciones que para el
caso anterior: la mantequilla arquetipo, puesto que aún no
se había hecho. Este olor entraba por la ventanilla izquierda;
aquél, por la derecha. Al fondo se juntaban y uno vivía
entonces en un perfume de pan con mantequilla. Pero no se olvide:
todo ello en realidad primera, no involucionada aún en la materia
formal; de donde: las posibilidades infinitas para una próxima
existencia palpable.
Seguía una viña. Olía a tinto. Al llegar de pronto
su olor, se producía un choque con el otro. Mas a los cuantos
pasos, éste lo dominaba todo y entonces uno, ligeramente mareado,
perdonaba desde su caballo a todos sus enemigos.
En el potrero siguiente embarrábanse cien cerdos.
Cerca de la alameda, en su rancho, un hombre los iba destripando.
Aquello iba a oler a arrollado e iba yo a saber todos los misterios
latentes en el arquetipo de todos ellos. ¡Pero no! Al llegar
al deslinde de este potrero divisé allá lejos una carretela
que se alejaba y que reconocí por ser la del carnicero del
pueblo vecino que a este hombre compraba todo lo comestible de sus
puercos. Olía, pues, este trecho a lo inútil de los
cerdos, a putrefacción, a desechos pestilentes de carnes, vísceras
y excrementos. Casi una náusea. Pero una náusea fácil
de retener, pues bastaba pensar que aquello no era en verdad pestilente
sino únicamente inútil y que por el hecho de serlo,
nosotros lo encontrábamos pestilente. Como que algún
día se le encuentre utilidad, y será deliciosamente
aromático.
Luego un potrerillo con alcachofas que olían a insondables
misterios, pues ya estaban allí presentes y florecientes, y
el aroma es, en las mañanas esplendorosas en medio de la naturaleza,
el aroma del destino. Y cada alcachofa guardaba en potencia el suyo.
Todos ellos se mezclaban y confundían. Y uno quedaba aturdido,
con las narices encandiladas. ¡Insondable misterio de las alcachofas!(8)
Y por fin otro potrerillo con ovejas que olían
a lanas, que olían a colchones, que olían a bostezos,
a modorras y espasmos.
B) El camino público está bordeado por
casas de inquilinos. Los inquilinos de estas casas echan hacia el
camino público diversos perfumes humanos.
Recuerdo que el primero de tales perfumes fue de anciana con barba
medio cana rabiando obstinadamente. El motivo de su rabia no logró
mi olfato precisarlo(9) . Luego
me llegó un aroma de sumisión momentánea de mujer
entrada en carnes, morena, de unos 40 o 45 años de edad. Pensé,
pues, que una mujer, dentro de aquella entre casa y rancho, había
cedido a las furias de un anciano, pero no olí más;
ya el Tinterillo me tenía frente a otras puertas.
Olí frente a una de ellas un olorcillo confuso, informe, mezclado.
En él había algo de arrullador y algo de violento; algo
que pedía pasar del techo para arriba y elevarse; algo que
miraba hacia tierra, al barro, a los ladrillos pisoteados. Pero luego
todo eso se fundió en un crudo olor a semen. Pensé que
pudo haber sido un idilio, un arrebato de amor terminado en coito.
Tal vez. Mis apreciaciones olfativas eran aquí harto vagas
ya que la vista, como en la alameda, no les prestaba ayuda alguna.
Más allá olí mugre humana corrompiendo al jabón
que la había sacado de los trapos que la mantenían.
El jabón corrompiéndose hacíase mucho más
fétido que la mugre misma. Esta, para decir verdad, no era
totalmente desagradable, digan lo que digan los académicos
del mundo entero y los profesores de todas las universidades. Creo
que esto de afirmar que la mugre huele mal, es algo a priori,
una simple convención. Creo más: creo que muy en breve,
muy en breve, este asunto volverá a ser puesto sobre el tapete
y entonces, nuevamente examinado y estudiado, nuestras ideas al respecto
sufrirán francos cambios. Naturalmente que allí, al
pasar frente a aquel rancho, lo repugnante sobrepasaba a lo agradable,
pero ello -puedo asegurarlo- se debía a la descomposición
del jabón y además a la inodoridad de los trapos. Estos,
en un principio, olían a fábrica, a palillos, a agujas
y a almidón. Luego, al ser usados, olieron a verano caluroso
con gente laboriosa dentro del verano. Luego, las convenciones de
los profesores universitarios, hicieron que esas gentes, por laboriosas
fue fuesen, se plegasen a las creencias en curso en universidades,
academias y demás y que juzgasen necesario lavar dichos trapos.
Y lo hicieron, Al hacerlo, hubo un momento en que los trapos quedaron
ya sin el olor a la mugre y aún sin el olor a resto de jabón
seco, a alambre al sol y a plancha. Hubo, pues, un momento ambiguo,
un momento inodoro, y certifico y firmo que cuando un objeto, de cualquier
naturaleza que sea, que deba por su constitución oler a algo,
deja de tener olor, produce en nuestro sentido olfativo tal desilusión
sorpresiva que ello se traduce por una sensación de fetidez
inaguantable. Así es.
A tal punto es así, que metros más lejos
el Tinterillo me hacía pasar frente a otra puerta que lanzaba
una bocanada de olor auténtico sin mezcla alguna. Olor tal
cual de nuestra verdadera y santa mugre. Lo aspiré a pulmones
llenos, tan embebido en diferenciar y gozar hasta sus últimos
matices, que no presté la debida atención a la calidad
y estado del humano que lo desprendía. ¿Hombre, mujer,
anciano, joven? No lo supe. Mas ante el vigor y salud que tal bocanada
imprimía en uno, se me antojó -¿romanticismo,
juventud ...?- que tenía que ser una muchacha castaña
hecha trigueña por la acción del sol, del oxígeno
y de las aves de rapiña que surcan el aire del techo de su
rancho.
Todo este olor era una concentración de todos los olores de
nuestros campos inmensos. Olíase su infinita desolación
asoleada, sus granos trillados, sus mantecas vivientes, su dilatación
lunar. Y lo que concentraba tanto olor diferente, lo que le imprimía
una unidad, era ese dejo humano, dejo sudoroso y consistente, almizcle
y pezuña aclimatados, fundidos, con las secreciones de la tierra
regada y con las bestias que las comen.
Pero el Tinterillo ya estaba cerca de la última
casa. Fue aquí donde ensayé su carrera. Pasé,
pues, frente a su puerta como un relámpago y petrificado más
allá de ambos polos. Sin embargo alcancé a oler, casi
instantáneamente, un perfume compacto, grueso, total. Hubo
en mí una punzada de voluptuosidad junto con un abandono lacio.
Este perfume llevaba en su interior rayas agudas de hielo tibio y
duro que hacían cerrarse las ventanillas mientras el otro,
el total, las ensanchaba. Presentí el cuadro dentro de aquella
casa que despedía tal mezcla: sin duda un hombre quitaba allí
de su corvo gotas espesas de sangre humana, gotas voluptuosas, gotas
para frotarlas a lo largo de nuestro cuerpo, gotas donde hundir la
lengua, gotas con ensueños dormidos de felicidad total. Y al
quitarlas así, el acero del corvo chirriaba frialdad de éter
y rasguñaba como amoníaco la esponja grasa de la sangre.
Pero ya estábamos en el sendero de arrayanes.
C) Olores silvestres.
Por entre los arrayanes crecen cien clases de malezas y en estas malezas
viven cien clases de arácnidos e insectos. Este total de doscientas
clases da un olor uniforme, tranquilo y torpe. Sólo tres malezas
detonan: el pímpano, el quilehue y el haba tenca. Sólo
dos bichos: el perro del diablo y la vinchuca de los pantanos.
El pímpano era allí escaso. Percibí su olor únicamente
dos veces y sólo una de ellas divisé sus hojas agudas
de color tabaco. Tal olor es igual al que tendría una mezcla
de boldo, cedrón, tilo, manzanilla, borraja, hierba del platero,
debidamente macerada, filtrada y calentada a 55 grados(10).
Un olor, pues, cobijante que causa una inmediata reconciliación
con la naturaleza entera. Se le ama en todos sus nobles aspectos y
se considera con inquebrantable fe que son ellos mucho más
fuertes y duraderos que sus aspectos viles. Así, pues, al olerlo
se desprecia el alcohol, el opio, la morfina, la cocaína, el
haxix y la nicotina, y se bendicen todos los frutos jugosos y maduros
cuando caen del árbol, en ese momento magnífico y santo
en que abandonan a quien los sustentaba para convertirse a su vez
en sustento. ¡Oh bendita y bondadosa armonía con cuanto
existe! Nada hay que remediar, nada que agregar, nada que quitar.
Pensé en la Luna, y con espanto, con estupefacción recordé
que en mi vida fuera de los aromas del pímpano, muchas veces
la había deseado para que me mostrase diferente luz en un mismo
paisaje o para que acompañase algún idilio llorado...
¡Qué pecaminosa inversión de roles me parecía
aquello ahora! Pensé en la Luna bajo el pímpano y sólo
sentí, sólo supe, que si hay Luna allá, uno debe
dormir aquí. Y poco a poco el sueño me invadió
y a punto estuve de caer del caballo completamente dormido. Pero de
pronto consideré el Sol: ¡arriba, despierto, enérgico!
¡Oh Sol, pobre y escarnecido Sol! ¡Discúlpalos!
¡No saben lo que hacen! También te usan y te abusan para
mil cosas que no son de tu incumbencia. Ahora, con el pímpano,
yo sé la verdad, tu verdad: sé que cuando brillas majestuoso,
uno, hombre, sólo debe despertar, caminar, comer, bramar o
cantar, defecar, fornicar. Mas no mirarte ni mirar los curiosos matices
y arabescos que te places en hacer en los diferentes rincones, ¡no!
Eso también es inversión, violación a la santa
ordenación de las cosas que esta hierba nos muestra(11).
El quilehue es muy diferente. Su forma de cacto con
tronco liso y cilíndrico de tono pálidamente anaranjado
y con sus hojas planas, ovaladas y duras, sembradas de lunares blancos
de estrías azules, le da un aspecto ligeramente diabólico.
Cuanto a su olor, es francamente diabólico. Cosa curiosa: por
más que lo aspiré repetidas veces y con toda penetración,
no sentí ni un dejo, ni uno solo, a azufre, por lo que puedo
asegurar que el Diablo no huele a tal. Es ésta, pues, una creencia
popular sin base alguna. Huele el quilehue -y por ende el Espíritu
de las Tinieblas- a un término medio entre las chinches y el
áloe sucotrino. Este olor irrita las mucosas nasales obligándolo
a uno a apretarse fuertemente toda la nariz con el pañuelo.
Al hacerlo, se experimenta en ella una especie de dolor sordo que
al cabo de algunos instantes toma cierta semejanza con el sabor de
la eyaculación sexual. Si en ese momento se retira el pañuelo
y se aspira con fuerza el aroma del quilehue, se desatan en uno cientos
de violentas pasiones contranaturales que un momento antes, ni siquiera
se sospechaban. Naturalmente que callaré las que a mi me asaltaron,
aunque guardo para mis adentros la perfecta convicción que
cualquiera de mis semejantes que hiciera la misma experiencia que
yo, quedaría asombrado ante el nidal de endemoniados instintos
que duermen en su interior. ¡Cuán lejos quedan el Sol
fructificador y la Luna adormecedora! Ahora sé, sé con
la más absoluta certeza, que el uno sólo tiene como
misión cultivar las fiebres y acelerar las putrefacciones;
la otra, conectarnos con los fantasmas y las larvas y ayudarnos a
violar, en evocaciones negras, lo que se tilda de sagrado y venerable.
Nada más. Aquellos que con estas afirmaciones duden o se escandalicen,
pues bien, que huelan quilehue y después hablaremos.
El haba tenca huele a distancias interplanetarias.
Las ventanillas se dilatan en tal forma que todos los arrayanes con
todo su mundo se precipitan por ellas precedidas del haba tenca. Luego
se precipita el paisaje entero. Luego cabe el mundo. Luego los planetas.
Uno, durante este tiempo, ha estado desconcertado, aturdido, ante
tal derrame de enormidades narices adentro. Mas cuando el último
planeta ha penetrado, renace la calma y uno huele el haba tenca, huele
su verdadero olor. El haba tenca huele a distancias interplanetarias.
Huele a sal. Todo el espacio, apenas se aleja uno de sus núcleos
flotantes, huele a sal. El olor a sal comúnmente conocido por
nosotros, excepción hecha del que exhala esta mezcla, es sólo
aproximativo al olor de la verdadera sal. Después de aspirar
la primera bocanada de tal aroma, me propuse a riesgo de chamuscarme
como sobre la tapa de un horno, detener mi cabalgadura para gozar
por rato mayor de tal grandeza, tan pronto como el olfato me indicara
la presencia de la maleza o la vista me la mostrara a lo lejos. No
tardó este momento. Allá, a unos ciento cincuenta metros,
divisé las hojas lacias y dentadas, teñidas de diversos
verdes. Casi inmediatamente un friecillo me inundó: sin darme
cuenta había apresurado el galope del Tinterillo. Llegamos.
Nos detuvimos. Una llamarada de infierno nos quemó. Mas yo,
tolerando cuanto podía, aspiré. Vino la primera cascada
con nuestro primer mundo planetario. A pesar de conocerlo, volví
a sentir el mismo estupor. Hasta que, pasadas y hundidas ya las últimas
distracciones ocasionadas por los aromas propios de Neptuno, me hallé
aspirando la pura sal de más allá, sin alcanzar a sentir
aún las emanaciones del Alfa del Centauro. ¡Sal! Apenas
logré gustarla un ínfimo instante. Su olor fue bruscamente
revuelto, mezclado, mancillado, deshecho. Abismado ante tal fenómeno
que no pude atribuir a la presencia de algún sol maloliente,
me acerqué a las hojas del haba tenca. ¡Negra suerte
mía! Un perro del diablo acababa de saltar sobre ellas y hedía
abominablemente.
Yo había visto varios de estos bichos en colecciones de insectos.
Ya muertos, no tienen olor alguno. Son extremadamente hermosos, de
una hermosura singular, pues al contemplarlos uno se está diciendo:
"¡qué maravilla!", y: "¡qué
horror!". Mide de siete a ocho centímetros de largo del
extremo de la cabeza al extremo del abdomen, es decir, sin contar
sus patas delanteras. Estas le nacen del cuello y miden tanto como
el resto del bicho. Son gruesas, liláceas, llenas de agudas
puntas, y tienen al final fortísimas pinzas granates. Son,
pues más propiamente manos que patas. El bicho las lleva casi
siempre levantadas moviéndolas con pasmosa velocidad. En el
cortísimo espacio que lo contemplé -su hedor me ahogaba
y el calor de la detención me quemaba- se rascó una
vez con la derecha tras la nuca y tres veces bajo el tórax;
con la izquierda, una vez el ano y una vez cada una de sus verdaderas
patas. Además se alisó con ambas varias veces las antenas
y dos veces las alas y, por último, con la izquierda cogió
un mosquito y lo reventó, y con la derecha un abejorro que
por allí pasaba, que levantó bien por alto lanzándolo
luego a no menos de diez metros. Su cabecita es ovalada, con dos ojillos
vivarachos cual ningunos. Parpadean, guiñan, se adormecen,
fulguran. Su cuello es altivo. Su tórax, pequeño. Su
cintura, fina. Su abdomen, robusto y alargado. Sus alas transparentes
con nervios finísimos son de un verde acuoso. Su cuerpo, de
un verde terroso, salvo las patas que son escarlatas. No he podido
impedirme esta descripción pues, a pesar de que su hediondez
y el calor me hicieron escapar acto inmediato, estuve durante el instante
que lo miré, subyugado por su extrañeza. No dejaba de
pensar qué huésped poco grato sería para nuestras
sábanas, ni de imaginar qué espanto, qué horror
sería si fuese del tamaño de un ternero. Pero, ya digo,
aquello hedía abominablemente. Era un hedor a putrefacción
viva, a putrefacción llena de salud, a putrefacción
no acompañando a la muerte sino ama y señora de la vida,
reina y dominadora de todo lo existente. Clavé espuelas despidiéndome
para siempre de los infinitos ámbitos de la sal y de aquella
posibilidad de enseñoramiento del olor a muerte en todo lo
que bulle, piensa y vive.
Las vinchucas de los pantanos son muy diferentes. Son grandes (5
a 6 centímetros de largo por unos 3 o 3½ de ancho),
planas, chatas, pesadas, duras. Duermen permanentemente, embarradas
en los pantanos y tembladeras que yacen por entre las raíces
de los arrayanes. Su presencia, para la vista, se advierte, únicamente,
por sus trompas que salen erectas por encima de los barriales. Cuando
los entomólogos las divisan, excavan con sus cuchillos todo
el rededor y pronto sacan algo encarnado que estira y remueve seis
patas cortas en forma de espátulas. Como he dicho, duermen
permanentemente salvo una vez, una noche por mes, al estar la Luna
en su cuarto menguante. En ese momento sienten hambre. Con sus espátulas
se desentierran y, agitando sus alas córneas, salen por los
aires zumbando como pequeños aviones. Buscan especialmente
al hombre, mas, a falta de éste, atacan a cualquier animal.
Con velocidad insospechada para bestezuelas al parecer tan cachazudas,
se lanzan sobre el cuello de su víctima, se cogen de él
con sus seis espátulas, y, enterrando la trompa en la carótida,
chupan cuanta sangre pueden. Entonces la base del abdomen, que venía
aplanada contra la parte inferior de la espalda, empieza a inflarse
tal cual un globito soplado por un niño. Se hincha, se hace
transparente y al fin es tal su volumen y su peso que las seis patas,
por espatuladas que sean, no logran sujetarse y hacen que el bicho
caiga casi inerte con un sonido opaco y seco.
Se preguntará cómo es posible que un hombre atacado
en esta forma no tome cien precauciones al oír el zumbido del
insecto o, por lo menos, no se dé, al primer contacto con él,
una palmada en la carótida y lo deshaga. Más aún:
cómo es posible, si ya ha sido picado sin haber podido evitarlo
por éste o aquel motivo, cómo es posible que después,
cuando el bicho ha caído -repito, casi inerte- no lo reviente
de un pisotón. Aunque increíble, es así, y no
hay memoria en esta tierra como en ninguna otra habitada por la vinchuca
de los pantanos, de que jamás hombre alguno haya matado una
de ellas en el momento de sufrir su ataque. La razón de hecho
tan extraño es la siguiente:
Desde que la vinchuca de los pantanos se encuentra a unos quince metros
del hombre, produce sobre él cierto efecto de adormecimiento
que se traduce no tanto por una mayor o menor pérdida de la
conciencia, sino más bien por un vago sentimiento de indiferencia.
Es también de quince metros la distancia a la que un buen oído
empieza a percibir el zumbido del insecto. Aquí, una pequeña
divergencia de opiniones que no está de más anotar:
Hay quienes creen que el zumbido del bicho es el que produce este
efecto; otros, que la presencia misma de él, es decir, aunque
no zumbara. Sea como fuere, es el caso que las últimas creencias
tienden hacia esta segunda hipótesis, por lo tanto que el ruido
de su vuelo es por sí solo inofensivo.
He llamado el efecto de la presencia del animalejo, sentimiento de
indiferencia. Esto no es completo. Podría decirse también
sentimiento de desgano o de pesimismo. Acaso aún de rebelión.
No lo sé a punto fijo. Así es que en vez de tratar de
definirlo con un nombre, trataré de describir someramente sus
diversas faces.
Desde que el hombre siente la presencia del enemigo -prefiero decir
siente u oye, aunque ambas cosas son casi simultáneas-, es
decir cuando éste se halla a unos quince metros, se dice para
sus adentros más o menos lo siguiente:
.......... -¿Una vinchuca de los
pantanos? Está lejos aún. Tontería tomar desde
ahora precauciones. Ya habrá tiempo para ello. Como que se
me pegue a la carótida, ¡pobrecita! Bien. Ibamos pensando
en ...
Y sigue el buen hombre con el tema que le ocupaba en ese instante.
El bicho llega y se coge al cuello con sus seis patas. El hombre piensa:
.......... -Una vinchuca de los pantanos
... Debería matársela cuando pique en la carótida.
Cuando pique en la carótida, la mataré. Pero ahora ...
Ahora levantar la mano, golpearse, interrumpir todo pensamiento, aplazar
sus conclusiones porque está allí sujeta con sus seis
patitas ... ¡Y mis pensamientos son tan grandes, tan grandes!
Y sigue el buen hombre con el tema que le ocupaba. El bicho perfora
la carótida con su trompa y chupa. El hombre piensa:
.......... -Una vinchuca de los pantanos
... Chupa un poco de sangre. Y esta noche es hermosa, es dilatada.
Hermosa esta noche mientras el mundo entero se halla clavado de crímenes
espantosos, de crueldades al revés. Y mientras por todas partes
se alzan esperanzas ilimitadas. ¡Pobre vinchuca de los pantanos!
¡No es culpa suya nuestra mala suerte!
Y vuelve el buen hombre al tema que le ocupaba. El bicho se hincha.
Ya es, bajo su caparazón, una cereza de sangre. El hombre piensa:
.......... -¡Eh! ¡Mañana
será otro día! La prueba es que la Luna ronca con dulzura.
Y estos campos y las maldades ... La culpa ha sido mía al ocuparme
de ellas, de esas maldades inexistentes, por haber olvidado la Luna
con sus campos. ¿Matarla? Si todo está mal, entiéndaseme,
¡todo!, ¿suprimir una vinchuca de los pantanos? ¡Vaya
un remedio! ¡Y todo no puede estar mal. Como que estuviese,
yo hombre lo sabría y habría dado el golpazo!
Y el buen hombre trata de volver al tema que le ocupaba. El bicho
ya no puede más. Sus seis patitas son impotentes para sostener
una casi ciruela amoratada que le cuelga. Se desprende. Rebota sobre
el hombro de su víctima. Cae. Y da contra el suelo un sonido
opaco y seco. El buen hombre se vuelve, la mira y piensa:
.......... -Una vinchuca de los pantanos...
Si fuera verdad tanto mal, ya el mundo entero habría estallado.
¡Y no! Prueba, que nada estalla a mi lado. Todo sigue en paz.
La Luna. Reventarte de un pisotón sería confirmar mi
temor al mal que pudieras hacerme. ¡Quédate allí!
No seré yo el que vaya a corregir con tan pequeña cosa
cuanto existe. ¡Eh! ¡Mañana a lo mejor es otro
día!
Y el buen hombre sigue su camino, olvidado, totalmente olvidado del
tema que le ocupaba, conservando apenas una noción nebulosa
de que hubo un momento en que un tema le ocupó. La vinchuca
de los pantanos se revuelca pesada y tiene pesadillas completamente
estúpidas. Mas apenas cae la primera gota de claridad en la
atmósfera, puede agitar nuevamente sus alas córneas,
elevarse un poco y volar a sus ciénagas muy lentamente, con
un ruido de viejo obeso que dormita y eructa. El hombre sigue toda
su vida, hasta su último minuto, dudando entre la maldad y
la bondad, pero convencido a medias, así a la ligera, que fuese
la cosa como fuere, no es a él, en todo caso, a quien corresponde
dirimir la cuestión. Al verlo, las viejas lo muestran con la
uña del índice y murmuran:
.......... -¡Cuidado con ése!
De seguro que una vinchuca de los pantanos le ha picado.
Pero volvamos a mi asunto y pásese sobre este paréntesis.
El insecto vuelve a enterrarse enteramente salvo la trompa que le
sirve para respirar. Su respiración se ejecuta en dos tiempos
diferentes: una aspiración extremadamente lenta, y una exhalación
muy rápida en comparación a la primera. En esta primera
emplea todos los días y todas las noches que van de uno a otro
cuarto menguante, menos veinticuatro horas. Estas veinticuatro horas,
que son las últimas del lapso indicado, son las empleadas para
expeler el aire quedamente aspirado durante todo lo anterior. Ahora
bien, mientras el bicho aspira, no huele. Es entonces cuando los entomólogos
tienen que recurrir a sus ojos y a sus cuchillas. Mas cuando el bicho
expele, es decir, durante las veinticuatro horas que preceden al cuarto
menguante, huele, huele ampliamente, lleva su olor a la altura suficiente
como para ponerlo lado a lado con todos los que he mencionado hasta
ahora. Deduzco de esto, por lo tanto, que aquella mañana del
21 de febrero de 1919 precedía un cuarto menguante de la Luna.
Aquella mañana las vinchucas de los pantanos olían.
Su olor es sordo, lento, aplastante. Se asemeja mucho al martirio
que los indios fueguinos aplicaban a sus enemigos por allá
en el siglo XIV: les colocaban alrededor del cráneo un círculo
de hierro que luego con un tornillo iban apretando con toda lentitud.
Es un olor de desesperanza y angustia. Es un olor totalmente hueco.
Da en un comienzo una sensación de asco, pero luego uno piensa
que no vale la pena tener ninguna especie de asco. ¿Para qué?
Y hay sobre todo una imposibilidad de cimentar ese asco, de retenerlo,
pues apenas despunta se diluye en el hueco del olor. Y así
diluido y cuando uno por las narices ha quedado sujeto a la vaguedad
y vacuidad más completas, percibe allá muy lejos, en
un sitio plano como una plataforma, un dejo constante de sangre añeja.
Es en vano querer precisar si está él en nuestras narices,
en la vinchuca de los pantanos o en la atmósfera misma. La
razón impone creer que tal olor nace del bicho y llega a nuestras
narices, mas el sentimiento total de nuestra alma nos desmiente, asegurándonos
que no sólo se halla en la atmósfera toda, sino que
toda atmósfera no es ni puede ser más que ese saber
desleído e inconsciente que hace maldecir con la más
perfecta serenidad. En todo caso yo, cuando las emanaciones del insecto
me llenaron, pensé que no hay aún ni nunca ha habido
ni habrá jamás razón alguna que justifique que
Colón haya surcado los mares para descubrir continentes demasiado
vastos.
Mas el Tinterillo galopaba y con su galope terminaba el sendero de
los arrrayanes. Bajar una tranquera, respirar el sol. Frente a mí
el alfalfar grande y violeta. ¡Galopar!
D) Olor a alfalfa
Creo que todo el mundo conoce el olor a alfalfa, al menos en este
país de Chile. Olor sano y optimista. Olor suave, ponderado.
Olor que deja a nuestra mente la libertad para pensar y juzgar como
se quiera esta vida y las demás pero que dulcemente la inclina
a considerar que todas ellas guardan al final una justificación
de bondad.
Para mí el olor a alfalfa tiene un significado más.
Me induce a coger su flor, llevarla a la boca y mascarla. Me induce,
una vez mascada, a tocar su jugo con el extremo de la lengua y, una
vez tocado, a entregarme a la reconstrucción de los más
gratos momentos de mi vida. Aquella mañana lo hice así(12).
Arranqué un puñado de sus flores y, manteniéndolo
bien apretado en la mano, dejé al caballo cruzar el potrero
deleitándome desde luego con el intenso placer de remembranza
que pronto iría a tener.
Llenos los dedos de flores llegué a la falda de los cerros
del Melocotón. Dos macizos como lomos de ballena caían
a uno y otro lado. Al frente alzábanse hasta el azul violeta
sus cumbres suaves. Detuve al Tinterillo y sentí.
Ni un olor. Nada más que aire, aire y aire. Con algo de cerros...
tal vez. Pero sobre todo, aire. Ni una singularidad en la temperatura,
ni una sola(13). Que me mantuviese
inmóvil, que me agitase o corriese ¡nada! Tibia mañana
estival plantada en nuestros inmensos campos.
Paz.
Masqué la flor de la alfalfa. Destiló su jugo. La lengua
como una culebra aguda con su lengua picó. Y pude evocar mi
felicidad pasada.
¡A ella!
Dos años antes de aquella mañana, en la vecina ciudad
de San Agustín de Tango, dejó de existir un grande y
viejo amigo mío, el chino Fa. Era un hombre alegre y tranquilo
que tenía una tienda de cachivaches cerca del río Santa
Bárbara. Cuando mis quehaceres o mis deberes de familia me
hacían ir a dicha ciudad, me imponía la obligación
de pasar todos los días a verle siquiera un instante y, de
este modo, charlábamos amigablemente varios minutos. Este buen
chino, a más de pequeño comerciante, era poseedor de
un misterioso secreto que, según lo que contaba, le había
sido revelado pocos años antes de la gran guerra por una tribu
nómade durante uno de sus muchos viajes por el desierto de
Gobi. El chino Fa había, pues, aprendido, en su vida errante,
a fabricar el candiyugo.
Aquí en Chile lo siguió fabricando para su uso personal
y para uno que otro amigo entre los que tuve, más que el honor,
la dicha de contar. Cada bastoncito de candiyugo nos lo vendía
por la suma de ciento cuarenta pesos, suma que, si a primera vista
parece exagerada, se encuentra irrisoria dados los goces que proporcionaba.
El bastoncito de candiyugo es -diré mejor era- cilíndrico,
de dos centímetros y medio de largo por siete milímetros
de diámetro(14). Su color,
de almendra ahumada. Jamás el buen amigo quiso referirme cómo
se fabricaba ni las proporciones en que deberían entrar los
diferentes elementos que lo componían. Sólo una vez
se atrevió a comunicarme cuáles eran tales elementos,
más cómo manipularlos, cómo proporcionarlos,
no lo confesó jamás. Así es que su secreto se
fue con él a la tumba y así es también cómo
aquella mañana hacía ya dos años que esa dicha
no existía para mí ni había esperanzas de que
volviera a existir.
Cuando tuvo ese momento de expansión, me apresuré a
anotar los componentes pensando que acaso otro día se le ocurriría
completar los detalles de la receta. Tal vez el buen chino pensaba
hacerlo. Pero una tarde vino la muerte y se acabó la historia.
En fin...
El candiyugo se componía de trece(15)
elementos que eran: canela de Arabia, raíz de Angélica,
nuez moscada, cálamo aromático, tuétano de huesos,
lúpulo montañoso, cardomomo mayor, escamas de bremas,
hígado de alcaraván, antenas de grillo real, ojos de
lampreas, labios de jabalí, y taka diastasa. Es todo lo que
sé.
La manera de administrarlo era muy sencilla: un sitio solitario y
una posición cómoda. Se cogía entonces el bastoncillo
con los incisivos de modo que su mayor longitud quedase hacia el interior
de la boca. Hecho esto, con el extremo de la lengua se le palpaba
con un movimiento giratorio muy lento. Y la dicha suprema empezaba,
y la dicha suprema duraba tanto como duraba en deshacerse el candiyugo,
o sea cuatro minutos.
No sabría definir exactamente en qué consistía
esta felicidad sin igual. Tal vez en lo siguiente: todos los sentidos
se dormían a excepción del gusto que venía a
radicarse en toda la superficie de la lengua que entraba en contacto
con el candiyugo(16). Ahora
bien, junto con el sueño total de los sentidos, se elevaba
la sensibilidad de la lengua a un grado inimaginable para todos los
hombres -por imaginativos que sean- que no hayan probado tal substancia.
Y esta sensibilidad adquiría pronto una singularidad curiosísima:
no era sólo sensibilidad gustativa sino, hasta cierto punto,
sensibilidad diferenciada de todos los sentidos. Era algo como ver
por la lengua, oír por la lengua, oler y palpar por ella y
además, y por cierto, gustar. Así se formaba en el cerebro
una imagen del mundo, de la realidad toda, totalmente diferente a
la que dan los sentidos en su normalidad. Producíase sobre
esa realidad una visión, una audición, un olfato, un
tacto, un sabor de tal modo distintos, que la comprensión de
ella cambiaba hasta el punto de saber uno cómo se engaña
en su vida diaria al juzgar por los sentidos, y hasta el punto de
decirse algo como lo siguiente: "¡Ah, ya! ¡Ahora
sí! Ahora comprendo, ahora sé de qué provienen
los errores de los hombres y su imposibilidad de llegar a un concepto
estable que los ponga conforme con la realidad. ¡Ahora sí!"
Y la lengua sigue mostrando a manera de ojos, oídos, narices,
dedos y lengua misma, una como contraparte de lo mostrado por tales
órganos; sigue, mientras de deshacen y corren por la boca todos
los componentes del candiyugo, a excepción de uno solo, a excepción
del cardomomo mayor. Mas en los últimos cinco segundos del
cuarto minuto la lengua ha punzado este componente. El cardomomo mayor
se diluye y junto con diluirse se funden las cinco nuevas percepciones
en una, en nada más que una, cesa su diferenciación,
créase un sentido, mejor dicho, el sentido único que
es ver, oír, oler, palpar y gustar simultáneamente por
un solo órgano, y entonces se sabe, no únicamente la
realidad, no únicamente su relación con nosotros y con
nuestra comprensión, sino también, y sobre todo, la
causa primera que la originó.
Pero el cardomomo mayor se ha terminado a su vez. La lengua se detiene
y vuelve a ser lengua, una lengua que, juntándose con el paladar,
gusta aún unos instantes más una remembranza de candiyugo,
de su conjunto, y espárcese boca adentro, por todo el cuerpo,
un algo imponderable que guarda un sutil parentesco con los jugos
de la flor de la alfalfa.
Pasa esto a su vez. Se abren los ojos, suenan los oídos, huele
la nariz, palpan los dedos. La realidad se divide en cinco, y uno
vuelve a no entender nada y a formularse un rabioso, un desesperado,
un aniquilante "¿para qué?".
Mas queda en el fondo el recuerdo de haber sabido lo que es y para
qué es. Entonces se mira con mayor tranquilidad a las gentes
y sus afanes, a los astros y sus órbitas, a Dios y sus ocurrencias.
Y se bendice la buena idea que una vez tuvo el chino Fa de internarse
por el desierto de Gobi y la mejor aún que tuvieron varios
personajes de aquella tribu nómade al revelarle al pobre y
generoso amigo los secretos de la fabricación del candiyugo(17).
Pero todo eso es pasado, remoto pasado.
Aquella mañana, como tantas otras veces en el curso de los
dos años que siguieron a la muerte del buen chino, me limité
a lo único que podía hacer: palpar el jugo de mis flores.
Con esto revivía el momento final del bastoncito. Al revivir,
resonaba en mí un eco lejano del diluimiento de las doce substancias
y del cardomomo mayor. Un eco lejano, así, muy lejano... Mas
de todos modos era una franca dicha poder acercarse aunque, repito,
lejanamente a momentos tan magníficos.
Así fue cómo aquella mañana, en las faldas de
los cerros del Melocotón, pude evocar mi felicidad perdida.
Un momento después me ponía a explorar con la vista
los anchos cerros. Por ellos culebreaban y se perdían en sus
gargantas tres quebradas. La que más me tentaba para explorarla
era la que había frente a mí por hallarse, desde un
comienzo, cubierta por grandes árboles. Pero no sé qué
raciocinio tonto, sin base alguna, me hizo llegar a la conclusión
instantánea que si esta quebrada tenía grandes árboles
a su entrada, debería tenerlos pequeñitos y raquíticos
al final, y de allí deduje que la que presentara los más
endebles en un comienzo, debería adornarse al fondo con los
más gigantescos y frondosos. Cosa absurda que en nada lógico
puede asentarse, lo convengo; pero lo pensé y lo creí.
Por lo tanto, sin titubear ni un segundo, me dirigí a la quebrada
que aparecía a mi izquierda y por ella me interné.
Largo rato avancé al paso dificultoso de mi cabalgadura que
tenía que evitar constantemente las piedras y matorrales, y
buscar, improvisar, mejor dicho, un sendero cualquiera. De más
creo advertir que las deducciones que me hicieron ir más bien
por esa quebrada que por otra, resultaron totalmente erradas. Los
árboles allí no iban creciendo; los había grandes
de cuando en cuando, más la mayoría de ellos eran medianos,
como todos los árboles comunes. Total, que después de
una hora de marcha, me sentí hasta cierto punto defraudado.
Me detuve entonces, me desmonté y, dejando al Tinterillo pastar
tranquilamente, me eché por tierra a fumar(18).
Luego me interné a pie un poco más. Matorrales, algunos
arbustos, un hilo de agua por entre los guijarros y nada más.
Reinaba una paz de cielo. A recalcarla venía de tiempo en
tiempo un buitre cordillerano(19)
que pasaba allá arriba, muy alto, con sus alas extendidas e
inmóviles. Luego, tras un picacho se perdía y volvía
la soledad asentada sobre el silencio sordo de los cerros. Entonces,
por breves instantes, este silencio se quebraba: oculta entre los
matorrales una pájara pinta cantaba. ¡Qué hermoso
es el canto de la pájara pinta(20)!
Es un fuego de artificio, es esa llama culebra que se estira en el
cielo oscuro, que detiene su extremo, que retumba como un cañón
y que luego se desparrama en mil lengüetas de fuego y en mil
chispas, silbando como silban las amapolas y los crisantemos(21).
Así canta la pájara pinta. Y así, mientras canta,
vuelve a pasar en el vértigo de la altura, tranquilo, lento,
en silencio negro, otro buitre cordillerano. ¡Qué mañana
de verdad esplendorosa!
Seguí avanzando.
Con gran gusto, en la media luz tibia de la quebrada, vi de pronto
un grupo de árboles tupidos cuyas copas alumbraba el sol, seguramente
por algún cajón de la montaña. Llegué
a ellos. Con mayor gusto aún pude constatar que me ocultaban
nueva sorpresa pues apenas me hallé bajo sus hojas divisé
a unos ciento cincuenta metros una enorme roca(22).
Siempre me han gustado locamente las rocas, sobre todo éstas
que se levantan solas en los cerros secos entre mil malas hierbas
y arbustos retorcidos. A largos pasos me dirigí hacia ella
con la intención de contornearla y sorprenderle entre sus grietas
algún asiento cómodo que me sirviera luego como sitio
habitual para mis próximas lecturas. ¡Es tan dulce leer
así! En toda la naturaleza las rocas son las únicas
que pueden rivalizar con las industrias de los hombres en materia
de comodidad, para un asiento, se entiende. Y luego, entre línea
y línea, mirar los inmensos buitres cordilleranos, oír
el canto de cristal aislado de alguna oculta pájara pinta.
Empecé, pues, a contornear mi roca girando sobre mi izquierda,
es decir, en el sentido contrario al de las agujas de un reloj. No
sé para qué doy este detalle; vino solo a mi pluma(23).
Mas apenas había andado un cuarto de círculo alrededor
de ella, pude darme cuenta que la roca, como el grupo de árboles
un momento antes, estaba allí para ocultarme y revelarme después
una nueva sorpresa. Mas así como la primera fue de encanto,
ésta fue de curiosidad, de punzante curiosidad. Pues he aquí
lo que se presentó ante mi vista:
A algo más de cien metros, frente a mí y en dirección
tal que formaría con la de toda la quebrada un ángulo
recto, se abría a ras de suelo, en el flanco de la montaña,
un socavón perfectamente circular, de unos dos a tres metros
de diámetro. A la distancia que me hallaba lo veía negro,
negro, lo que contribuyó a espolear mi curiosidad, así
es que sin más corrí hacia el umbral de aquella inesperada
cueva(24). Llegué a él,
me detuve, me senté sobre una piedra que allí había
y miré hacia el interior.
Esta cueva, galería o socavón -llámesele como
se quiera- tenía las siguientes particularidades: su diámetro
a la entrada era exactamente de 2 metros 70 centímetros, por
lo que puede verse que mi primer cálculo, a pesar de los cien
metros, fue bastante acertado. Internábase recto pero disminuyendo
progresivamente de diámetro, de modo que venía a formar
como un embudo horizontal. El largo de este embudo era de 11 metros,
al final de los cuales el diámetro era de 50 centímetros.
En este punto abríase una especie de nicho cuyo tamaño,
naturalmente de 50 centímetros de alto a bajo y de lado a lado,
era de 39 de profundidad. Esto, cuanto a las dimensiones. Ahora, cuanto
a la naturaleza de este socavón-embudo, diré que era
todo de tierra -no se percibía ni una piedrecilla-, pero de
una tierra a mi parecer extremadamente gredosa y que se hallaba sin
duda bastante húmeda. Su color, un rojo ladrillo ligeramente
gris. Su calidad, más bien lisa que rugosa.
Pues bien, sentado sobre la piedra del umbral miré hacia el
interior, hacia el fondo, hacia ese nicho de que acabo de hablar y
fijé mis ojos, mi observación, mi atención toda,
sobre el objeto que había dentro de él. Todo lo demás
-dimensiones, forma, color, etc.- lo registré instantánea
y automáticamente sin que para ello haya mediado ni un décimo
de segundo. Puedo, por lo tanto, decir, sin faltar a la verdad, que
junto con llegar al umbral, después de mi apresurada carrera
y junto con sentarme sobre la piedra, no miré otra cosa más
que el objeto en cuestión dentro del nicho.
Este objeto era un gato(25).
Un simple y vulgar gato blanco con algunas manchas amarillentas. Se
hallaba sentado de perfil pero con la cabeza vuelta hacia la entrada
del embudo, es decir, hacia mí. Sobre su cabeza, entre ambas
orejas, tenía una pulga, una diminuta pulga en nada diferente
a las miles de pulgas que todos hemos visto y hemos tenido que sufrir.
Eso era todo. Poca cosa, por cierto. Pero como tantas veces las cosas
simples son complicadas, fijemos nuevamente, para bien inculcar el
cuadro, los tres puntos principales dentro del embudo: yo, el gato,
la pulga.
Ahora bien, como el diámetro del círculo de entrada
al embudo era de 2 metros 70 y el círculo final, al fondo,
de 50 centímetros, el punto inferior de este último
-donde estaba el gato- hallábase a 1 metro 10 sobre el mismo
punto del primero, es decir, sobre el punto donde yo me hallaba. El
gato, por otro lado, desde su asiento -o sea el punto a 1 metro 10
de altura- hasta sus ojos -que he de decirlo pronto por temor a olvidarlo
después, eran ojos de un verde brillante(26)
- medía 28 centímetros que, sumados a la primera altura,
dan un total de 1 metro 38 de elevación respecto al umbral
de entrada, o sea a la base de mi asiento. Esto, cuanto se refiere
al fondo de la cueva, digamos a "los dominios del gato",
para elevar nuestro estilo. Cuando se refiere a la entrada, a "mis
dominios", diré que la piedra que me servía de
asiento medía 72 centímetros, y que yo, sentado cómodamente,
algo echado hacia adelante, mido, desde el asiento hasta los ojos,
66 centímetros. 72 + 66 = 1.38 (27).
Sea, que nuestros ojos se hallaban exactamente a igual altura, lo
que viene a ser que, para mirarnos mutuamente, teníamos que
lanzar un rayo visual paralelo al nivel de las aguas, y un rayo así
a mí se me antoja, se me ha antojado y siempre se me antojará
que, si no es más corto ni más recto que otro cualquiera,
y aunque sea más curvo que la recta ideal, etc., etc., para
mi antojo es y sigue siendo un rayo así -ya lo digo- si no
más corto ni más recto ni más ideal, sigue siendo
más fijo, más punzante, más fuerte, mil veces
más fuerte, por eso mismo que sigue paralelo a la tierra, paralelo
a ella a pesar y más allá de sus montículos y
depresiones, paralelo a esta tierra que es en donde estamos, sí,
en donde estamos y penamos, dígase lo que se diga y piénsese
lo que se piense.
Respecto a nuestros otros sentidos, nada tengo que decir. Ni el oído,
ni el tacto, ni el olfato, ni el gusto jugaron papel alguno, al menos
papel de alguna importancia, en nuestras vidas desde entonces para
adelante(28). Si continuaban
intactos y viviendo, sus actividades se redujeron a la más
mínima expresión, hasta aquella que, un punto menos,
y vendría su plena suspensión. Cuando el resto de nuestros
organismos -en todo caso del mío y supongo también del
gato y la pulga- pasó a llevar una vida totalmente vegetativa.
De modo que nuestras existencias, es decir, lo esencial, lo significativo,
mejor dicho la razón de ser de ellas, tenía como vehículo
de expresión por un lado y de absorción por otro, el
sentido de la vista y en éste, el rayo aquel de ojo a ojo.
Mas no es todo. Pues al fin y al cabo un rayo, uno solo, como lo
digo, "uno", es una unidad y hasta ahora, que yo sepa, en
la unidad uno, no ha sido posible realizar expresión
alguna de vida manifestada, ni recibir eco de ella, ni generar propulsión,
ni guardar equilibrio de la misma. La unidad, dicen, está fuera
de nuestro mundo, es, aunque principio de todo -dicen también-,
inconcebible para nosotros, luego, en mi caso particular frente al
gato, completamente inútil.
¡Ah! ¡Pero aquí viene el papel de la pulga! Y ya,
haciendo entrar a dicha pulga en nuestro sistema, iremos formando
una figura organizada que, por el hecho de ser figura, y no más
una unidad una -que como tal tendría que ser infigurada-,
puede ya pasar a ser o pasar a tener una relación, una conexión,
una afinidad, una polarización, si se quiere, con todo el resto
de lo creado, con la otra y total figura.
Se recordará que dije que la pulga se encontraba en el vértice
de la cabeza del gato, es decir, algo más arriba de los ojos
del mismo, lo que es decir del punto final de mi rayo visual. Luego,
uniendo este punto con la pulga por medio de un nuevo rayo -imaginario,
por cierto-, sé que era con esto lo que iban a rebatir la posible
existencia de mi figura. Pero mi rayo de vista, ¿es acaso más
real? ¿Se le puede tocar, apreciar de algún modo, siquiera
ver? Sin embargo existe, tiene que existir ya que yo veo al gato y
él a mí también y, al vernos nosotros dos -puntos
distantes-, al conectarnos, algo, claro está, tiene que haber
entre ambos dichos puntos, pues de lo contrario, de lo contrario...
piénselo alguien un instante y se comprenderá que el
gato y yo dejaríamos de ser el uno para el otro. Y bien lejos
estamos ¡ya lo creo! de no ser el uno para el otro. Lo somos
a tal extremo que me estoy temiendo que casi no seamos sino esto,
sino este rayo en cuestión y nada más.
Así pues, uniendo ese punto terminal de la expresión
de mi vida, ese punto allí en... Justamente en donde físicamente
se halla, no puedo ni hay para qué saberlo. En la frente del
gato, entre sus dos ojos, en los dos al mismo tiempo... No lo sé
y, repito, no hay para qué saberlo, pues mi figura apuntalada,
naturalmente, en puntos perceptibles para la física (nosotros
tres), se halla y se construye al lado, al espejo, sí, al
espejo de cuando la física registra. Ese punto, aunque
inubicable por ser dos mis ojos y dos los suyos, está, y eso
basta.
Está como está cada vez que nos miramos con otro ser
en los ojos y nos vemos y sentimos. ¿Dónde miramos y
dónde nos miran? ¿Dónde cae y dónde recibimos
la visión? En un punto, no puede ser más que uno, aunque
cuatro ojos están en juego. Pues bien, en ese punto fijo un
puntal de mi figura y de allí lanzo hacia arriba la nueva línea
en cuestión cuya existencia no hay caso de rebatir, pues de
lo contrario, ya lo he dicho, con su no existencia volveríamos
a lo anterior, es decir, a que los ojos del gato y la pulga no serían
los unos para la otra y viceversa. Y son. ¡Vaya que son! Si
allí están, allí los veo: el gato, el buen gato
blanco y amarillo, y encima la pulga molesta que pica y pica y se
duerme un rato.
Por lo tanto ya estamos unidos, conectados los tres, yo, el gato,
la pulga, y formamos un ángulo. Estas son las líneas
por donde pasan nuestras vidas.
¿Pasan? ¡Aún no! Porque, de pasar por ellas se
irían, se irían para siempre, se desvanecerían
en el infinito, pues la figura no ha sido cerrada todavía y,
al no haberlo sido, deja en cada uno de sus extremos dos puertas,
dos bocas abiertas hacia la infinitamente nada. Y la vida hay que
cerrarla, encerrarla, limitarla, dibujarla. De lo contrario, el mundo
todo, el cosmos, convergería precipitándose hacia el
imán de estas dos líneas, y una mitad se pulverizaría
de la pulga para allá y la otra de mi punto para acá.
Y nada subsistiría en nada.
Tracé, pues, la tercera línea. Partió de la pulga
y vino hacia mí. Cerrándose las dos bocas peligrosas;
definióse la figura de un largo, fino, agudísimo triángulo;
detúvose admirada, estupefacta, por un centésimo de
segundo la naturaleza entera -y estoy cierto, los hombres también-
y luego, ya bien clavados los tres puntos en mí, en él
y en ella, y ya pudiendo sobre todo decir en él, en ella y
en mí, como también en ella, en mí y en él;
ya entonces pudo la vida no sólo llegar, no sólo pasar,
sino que circular, circular así: yo, él, ella; él,
ella, yo; ella, yo, él... circular, circular siempre, circular
definitivamente, al lado, al espejo de la otra, en pequeño,
sí, muy pequeño, mas en condensación apretada,
comprimida y retenida, circular allí por el largo y agudísimo
triángulo(29) ya por
fin establecido y fijo dentro del embudo que pasó a ser su
estuche protector.
Mediodía, mediodía en punto(30).
Estaba terminada nuestra obra, establecida y fijada. Y los tres nos
establecimos y fijamos.
Una gratísima sensación de reposo me inundó;
más que de reposo de estabilidad. No sé si todos los
seres hayan sentido tan sensación. En todo caso puedo asegurar,
en lo que a mí respecta, que hasta ese instante la noción
de estabilidad, sin saberlo yo mismo, me había sido una noción
abstracta, puramente intelectual, que jamás había penetrado
mi organismo fibra por fibra como sucedió entonces. De noción,
repito, pasó a ser sensación física, y esta sensación
no sólo ocupaba mi cuerpo sino que se prolongaba por las vibraciones
del triángulo y abarcaba, envolvía a mis dos compañeros
silenciosos.
No había duda, ni la menor duda, que al juntarnos así
los tres, habíamos formado una figura, una imagen estable,
mejor dicho -y para ver si logro expresar con justeza la sensación
sentida-, habíamos realizado un equilibrio, un perfecto equilibrio
entre fuerzas aisladas, fuerzas sueltas, tres fuerzas diferentes que,
hasta ese momento, habían estado trotando desorientadas y a
locas por el mundo, tres fuerzas incoherentes en el caos de la vida
que, por su misma incoherencia, por su mismo desequilibrio, al hallarse
errantes, contribuían de más en más a intensificar
ese caos. Tres fuerzas desesperadas en su rodar inútil, agriadas
en su no empleo, rabiosas en su correr obligado, temerosas de reflejar
su infortunio a las demás fuerzas ya existentes, ya -mal que
mal- agarradas en un equilibrio que podría al fin romperse
sobre todo si, libres y caprichosas, ellas, el viento o el hastío
las empujasen en contra de él, golpeándolo.
Tres fuerzas así, así, largas, larguísimas;
en el espacio tan largas que, ya habiéndolo surcado todo, habían
perdido sus formas iniciales de serpientes largas que se estiran y
ya, sin formas, tenían la forma de ser y nada más; y
en el tiempo tan remotas, tanto, que no podían tener como origen
más que tres míseros, infinitamente míseros,
gestos descuidados del Todopoderoso, Omnipresente y Omnisapiente cuando
vínole a Su voluntad crear un mundo -creía El- de exactos
equilibrios.
Tres fuerzas así, así -¡humanos, compañeros
míos que vivíais ignorantes del peligro que a cada instante
podía caeros y aniquilaros!-, tres fuerzas así, humanos,
que de un momento a otro, por un desvío cualquiera, por una
combinación instantánea, imperceptible para nosotros
en su punto de choque infinitamente pequeño, inevitable para
nosotros en nuestra enorme impotencia, podían arrastrar al
desequilibrio lo ya débilmente equilibrado desde el día
de la creación y, al desequilibrarlo así, volverlo todo
a la primera nada.
Pero hasta aquella mañana las tres, por aquí, por allí,
por acá, no habían logrado más que resbalar sin
penetrar por el cosmos; resbalar la una hasta incorporarse en su resbalar
frenético al dulce gato que roncaba una noche junto a un brasero;
la otra, a la pulga que saltó de los maderos carcomidos a la
cabeza del gato; la tercera a mí ¡sí, señores!
a mí que vivía en tan grata paz, fumando, soñando,
hojeando viejos libros; a mí que era todo buena y reposada
vida; a mí que esa mañana fatal se me ocurrió,
sin saber por qué, hacer ensillar el Tinterillo y salir al
galope por alamedas, caminos y senderos rumbo a los cerros del Melocotón.
Se me dirá que cuanto he escrito proviene de una enorme exageración
mía, pues aun admitiendo que, por un momento y por un sinnúmero
de circunstancias sumadas, tres fuerzas dispersas hubiesen logrado
llegar y manifestarse allí en el embudo a través de
nosotros tres, prácticamente en esta vida tal cual ella se
organiza y rige, no habría medios, no habría posibilidad
alguna de llegar, de producir hecho alguno, desde la insignificancia
de sus expresiones en aquel instante: un gato, una pulga y yo. Se
me dirá que, aún admitiendo la formación allí
dentro de un perfecto equilibrio; aún admitiendo que ese allí
dentro pasase a ser un reflejo, un contrapeso colocado, como lo he
dicho, al espejo del otro y grande equilibrio, del equilibrio en que
vivimos y en que ruedan los astros; aún admitiendo más,
es decir, que mudos y quietos nosotros tres allí, fuésemos
-por el granel de circunstancias y misteriosas combinaciones sucediéndose
desde la creación atropelladamente por los siglos- fuésemos
como un microcosmos frente -no, al lado, prefiero decir-, al lado
del vasto macrocosmos; y aún admitiendo por fin -lo que ningún
hombre algo versado siquiera en las ciencias podría dejar de
admitir- que, dado un equilibrio, su ruptura puede, tiene que producir
trastornos, tiene que liberar fuerzas cuya potencia, y por ende sus
consecuencias, puede ser incalculable y, muy por cierto, nefasta;
aún admitiéndolo todo se me argüirá siempre
que, en el caso mío, aceptado todo, repito, en el ínfimo
caso mío podría todo hacerse y deshacerse cientos de
veces sin que ni una hoja de un arbusto vecino, sin que ni un grano
de la arcilla del embudo, sufriese ni un pequeñito movimiento.
La descarga de fuerzas al romper el equilibrio sería tan minúscula
-por inmensa que fuesen las tres primeras fuerzas originadoras de
este equilibrio-, tan sumamente minúscula como minúsculo
es en el mundo todo gato, ese gato, el mío, que representa
entre nosotros tres el justo promedio: es más que la pulga
y, después de todo, menos que yo. Pues -se me seguirá
arguyendo (la verdad es otra)-, por formidable, por gigantesco e inconmensurable
que fuese todo aquello que allí en el embudo confina, tendría,
por la ley de las cosas, que expresarse, ya una vez el equilibrio
roto y las fuerzas desatadas, por intermedio de nosotros tres que
sumados como poder de acción y divididos por tres, damos la
potencia activa de tres gatos en medio del universo. Por lo tanto
¿qué temer! ¿Para qué mantener tal estatismo
allí en una quebrada perdida en esos cerros solitarios?
Pues bien, argumentar en tal forma es lisa y llanamente argumentar
haciendo lujo de una inconcebible superficialidad. Escuchadme bien.
Tres gatos. Se ven tres gatos y se piensa en la fuerza física
de los tres en su calidad de tales. Tres elefantes, tres mastodontes,
insignificantes también. Ahora, tres gatos... ¡Ni qué
decirlo! Pero se olvida una cosa, una cosa esencial: que aquí,
aquí en mi caso, no hay que considerarlos en su calidad de
tales sino en su calidad de fuerzas constitutivas y sobre todo en
su calidad de elementos, eso es, ¡elementos! De ahí que
haya hablado de tres gatos, pues tal representa el promedio de las
fuerzas del embudo aunque de verdad haya uno solo y los otros dos
estén representados por la pulga y por mí. De ahí
que haya trazado la figura, el finísimo triángulo, para
pasar a ser, de aislados que éramos, un todo, y cada cual un
elemento de ese todo. Que hayamos pasado a ser, de libres y vivientes
como seres, de errantes e inocupados como fuerzas, tres elementos
estables de una nueva forma que como tal había inexistido hasta
aquel momento de las 12 del día del 21 de febrero de 1919.
Desde aquel momento había algo más en el Universo, una
formación más, un reflejo, un espejo(31).
Pero aquí, entiéndase bien, la palabra "espejo"
puede inducir a error. La empleo porque allí en el embudo se
reflejaba otro, el Todo. Pero no sólo se reflejaba; también
se reproducía. Digamos claramente: se repetía. Era un
nuevo total, idénticamente equilibrado como el gran total.
Chiquito, ínfimo, raquítico, miserable... ¡todo
lo que se quiera! Pero era un total. Era nuevamente, era dos veces
lo que hasta entonces no había sido más que una. Era
el total caído sobre el total y viviendo desde entonces, no
de la vida del otro, sino con vida igual al otro. Porque no se olvide
que, lanzada la primera línea -de mí al gato-, nada
ocurrió allí ni en ninguna otra parte porque la línea
única fue la unidad inexpresada e inexpresable. Mas cuando
se lanzó la segunda -del gato a la pulga- ya hubo dos, y la
vida se manifestó. Pero no se olvide tampoco que, al no existir
más que estas dos, quedó en cada extremo -de la pulga
para allá, de mí para acá- una como boca, como
arteria cortada que derramaba. Por lo tanto, durante ese momento,
es decir, antes que se lanzara la tercera, la vida, por mucho que
se manifestara, lo que hizo fue circular. O sea que, al circular,
era aún la vida del total, vitalizada, sí, pero parte
de él. Todavía no había habido la individualización,
la separación, el espejo reproductor, el nuevo total junto
al total, el nuevo cosmos junto al cosmos.
La tercera línea se trazó. Recuérdese: vino de
la pulga a mí. Nos desprendimos aparte, fuera, espejo, pero
solos, con nuestro mundo, nuestro principio, nuestra espera de nuestro
fin.
¡Las doce! El Universo, entero, repito, se detuvo por un mínimo
instante(32). Luego siguió
rodando. Y nosotros, a la par, rodamos también.
Allá, las órbitas y las miserias.
Aquí, ¡silencio! Yo, él, ella... Ella, yo, él...
El, ella, yo...
Acaso hasta el tiempo infinito.
¡Las doce!
Tuve una noción nítida de esa súbita e instantánea
detención. Luego, como lo dije, vino aquella gratísima
sensación de reposo. Pero entre ambas -lo diré ahora-,
entre esa noción y esta sensación, fueron otros, muy
otros, los sentimientos que me llenaron. Entre ambas tuve primero
un sentimiento de estupor, acaso es mejor decir de solemnidad y de
adiós. Luego me pinchó un arrepentimiento repentino.
Luego, un sentimiento de pavor tan intenso como rápida fue
su duración. Sólo entonces, cuando la detención
del mundo hubo cesado y volvió a marchar, y cuando a su vez
el embudo con mis dos compañeros marchó, sólo
entonces fui inundado por aquella sensación de reposo de que
he hablado.
Vamos, pues, ordenadamente.
Un sentimiento de estupor; algo solemne, el adiós. Porque súbitamente
mi significado como hombre terminaba; mi signo cambiaba, mi signo
hombre se iba, mi signo era otro al pasar a ser elemento. Pasaba a
ser apuntado, fijado con el signo elemento. El hombre, en el sentido
de esta palabra, en el sentido del ser que cumple su vida aquí,
el hombre en mí cesaba y a todos los hombres hoy poblando el
mundo, a todos cuanto solo poblaron, acaso a todos los que se incuban
para poblarlo después, a todos los vi alejarse, los vi haciéndole
un quite en el espacio, para ellos seguir a suelazos con la tierra,
para yo sorprenderme amalgamado, aspirado por otra conformación
y otro destino(33) .
Cuando antes paseaba por las calles en medio de la muchedumbre, pensaba
de pronto en algo como una gigantesca grúa cuyo eje se hallase
a distancia inimaginable, cuyo brazo se inclinase hasta mí.
Luego me veía cogido por una de sus poleas y elevado vertiginosamente
por los aires. Me venía la certeza de que mi propio movimiento
dejaría muy pronto de sentirlo para ser transferido al planeta
de que me arrancaban. Vería, pues, a la Tierra desprenderse
y caer a mis pies, dibujar a su alrededor un inmenso círculo,
luego redondearse y, como una gran esfera primero, como una bolita
después, disminuirse hasta un punto que ahora inmóvil
se clavaría en un sitio del espacio mandándome en una
chispa parpadeante los sanos, los cálidos soles de que en ella
gozaba al pasear por sus calles distraído. Y entonces, inevitablemente,
al pensar así, junto con la solemnidad de sentimiento al haberlo
desprendido de mis suelos y mi atmósfera, se me filtraba una
angustia desesperada, un arrepentimiento agudo, una falta imperdonable:
todos los asuntos, todas las cosas que dejaba pendiente. ¡Todo
lo que no terminé, todo lo que quedó abierto, sin cicatrizar,
como una herida chorreando sangre! Cada asunto, cada asuntillo, por
ínfimo que fuese, que hubiese quedado sin redondearle su objetivo
propio, sabía -mientras iba por las calles a codazos- que me
aparecería -al estar ya arriba suspendido por la grúa-
como un punto de descomposición, como una úlcera -tan
pequeñita como se quiera- que a más de alguno molestaría,
mortificaría, tal vez torciéndole su destino, y ese
alguno o esos algunos me reprocharían el haber partido sin
antes no haber finiquitado, cauterizado esos focos de miasmas dejados
por mí. Y no sabrían cuándo estaría yo
sufriendo allá arriba, solo, perdido, frente a la Tierra luminosa
en un cielo de abajo. Entonces -siempre por las calles a pasos largos-
veía de cuántos huecos ociosos, de cuántas postergaciones
abúlicas, postergaciones pálidas, formaba yo mismo mi
vida, en vez de repletar tales huecos precipitadamente, en vez de
coger las postergaciones, de coger las fechas futuras en que caían
y traerlas, precipitadamente también, al momento actual y ¡tapar,
cicatrizar, cauterizar, redondear! por si acaso, por si la grúa
venía -¡vaya uno a saberlo!-, por si venía y me
llevaba, y para poder entonces estar en paz para siempre al haber
venido y haberme llevado.
Sí; pero todo esto no pasaba de ser una pequeña fantasía
con qué llenar los silencios de mis pies entre dos tacazos
sobre el asfalto al manchar. No pasaba de tal cosa. Y como consecuencia
llegaba únicamente -y sólo a veces- a hacerme apresurar
la marcha hacia un deber improvisado o hacerme girar sobre los talones,
volver a casa y, durante un par de horas, precipitarme en un trabajo
cualquiera repitiéndome entre dientes que aquello, de no hacerlo,
podría un buen día convertirse en úlcera, dañar
a muchos y, a distancia, pincharme a mí.
De allí no pasaba la cosa en aquellos tiempos.
Pero ese día, el 21 de febrero de 1919, a las doce en punto,
la cosa fue muy otra(34). Ese
día las pequeñas fantasías tantas veces hechas
por las calles se convertían en realidad. No había,
por cierto, grúa alguna, no me alejaba de esta Tierra, mas
el hecho era el mismo: por tres fuerzas puntudas como víboras,
me amarraba y me englutía en la nueva figura, me separaba de
mis semejantes y sentía descomponerse, oliendo mal, allá
lejos, tantos de mis asuntos dejados inconclusos, quedados para siempre
como yo hasta entonces había sido: algo suelto, volante, inocupado;
y no como hubieran debido quedar: algo de un total, elemento inmovible,
fijo, de un organismo completo y paralelo. Y sentí acto continuo
cómo hasta lo más cercano -el potrero de alfalfa, las
faldas mismas de estos cerros- se me alejaban. ¡Qué decir
de los arrayanes, del camino público y de los algarrobos! ¡Y
qué de las casas del fundo, del país entero, del mundo
entero! Era de verdad un adiós.
Mas no había para mi interior en todo ello nada que pudiera
emparentarse con la sorpresa. Si tal hubiese habido, la sensación
de solemnidad de que hablo, no habría podido producirse. Sin
embargo, en aquel instante, era lo único existente.
Por cierto que la continua repetición, esa casi obsesión
de la grúa, me había familiarizado un tanto con la idea
de aislamiento, de una muerte en vida. Mas esto, repito, había
sido simple fantasía, algo frívolo, que no basta por
sí solo para eliminar cualquier sorpresa al pasar tan radicalmente
de un estado a otro. Había más, había habido
más y lo había habido durante largo tiempo.
Desde luego, al hallarme allí clavado ante mis dos compañeros
supe que siempre en mi pasado, en mi pasado liviano de campos y ciudades,
siempre este hecho de pasar de pronto a ser elemento me había
rondado muy cerca. Y aquello de la grúa no era más que
materializar -si puedo explicarme así- con una imagen esta
vaga obsesión de cambio.
Pero ahora me venían a la memoria muchos actos de mi vida para
los cuales, en esa vida misma, no hallaba explicación que me
satisficiera. Eran actos que repetía sistemáticamente,
que tenía que repetir, mas que, al interrogar, se me deshacían
volviendo a sumirse en la vaguedad de algo que iría a producirse
o acaso que ya se había producido, en todo caso que se escapaba.
Entonces seguía mis horas habituales sin tratar de ir más
hondo. Pero a la noche siguiente o subsiguiente volvía a lo
mismo, inexorablemente a lo mismo. Quedaba mirando, los ojos fijos,
pero sin que se abriera ninguna idea nítida en mi cerebro.
Así era casi cada noche.
Casi cada noche, escapándome de la cama, bajaba al pequeño
hall de mi casa a beber un café y luego a fumar arrellanado
en un sillón, los ojos fijos -ya lo he dicho- es decir, más
o menos como ahora en el embudo, con tan sólo la diferencia
de que entonces quedaba yo fuera y miraba los elementos ya formados,
ya amarrados, ya paralelos allí enfrente; y ahora sólo
miraba, sólo podía mirar parte de esta nueva amarra,
pues la otra parte de ella la formaba yo, sencillamente yo.
En el mundo del hall, frente al sillón, había colocado
un cuadro de Gabriela Emar, hecho de dos maderos, dos trozos de metal
y 3/4 de círculo de zuncho. El todo sobre fondo de madera,
y cada elemento coloreado diferentemente con tierras a la cola: el
primer madero, el de mayor relieve, es decir, el más cercano
a mí y que, recuerdo, tenía cierta forma triangular,
era de un claro gris azulado; seguía uno de los metales, alargado
y quebrado en ángulo recto, de tono de oro viejo, ligeramente
brillante; más atrás, como sombra de éste, el
otro metal, opaco, oscuro, con reflejos sordos de violeta y tinta;
atrás, al último, el otro madero, recto, gris azulado
como el primero, pero ensombrecido y algo chorreado por transparencia
de vagos tonos rojizos; y abajo, mordiéndolos a todos, el 3/4
de círculo, de hierro negro. El fondo, tabla de ocre tostado.
Por los cuatro lados, un marco amarillento, fino y liso.
No sé si esto dé idea de dicho cuadro. En fin, supongo
que ha de estar aún en casa. Quienquiera, que vaya y lo mire.
Pasaba muchos minutos, tal vez algunos cuartos de hora, fijando esas
formas y dejando que, como humos, me envolviera, pero sin penetrarme,
algo semejante a un sentimiento de equilibrio. Un natural impulso
me inducía a querer transmutarlo en idea, concreta si fuese
posible, una idea manual que poder llevar conmigo por todas parte
y que poder lanzar por todos lados. Pero al menor esfuerzo, las pequeñas
raíces de tal idea se desvanecían, se esfumaban y,,
sin formular nada, sentía y sabía que así tal
cual estaban, tal cual ya eran, esos elementos allí reunidos
aseguraban una ordenación mayor que repetían en el sosiego
y en el silencio de un pequeño cuadro suspendido en el muro
vacío de mi hall(35).
Sosiego y silencio... Ahora recuerdo que ambas palabras las murmuraba
a menudo durante esos momentos. No eran vanas palabras venidas a los
labios por repicar bien en los oídos. No. Silencio, sosiego...
Suenan bien, por cierto, sobre todo en las noches de café y
tabaco. Pero repito: no. Eran palabras espontáneas, últimas
puntas de un proceso interno que rondaba cerca de mi conciencia. Era
un sentir más agudo de lo que es de verdad el silencio, de
lo que es el sosiego. Y veía entonces -siempre mirando- que
el sosiego dentro de aquel marco era como un movimiento, pues había
allí, ante todo y por encima de todo, una relación,
y una relación sólo puede existir si por lo menos dos
están en juego, y al estar en juego -la frase misma lo dice-
tienen que moverse, pues la quietud absoluta los haría fundirse
y desaparecer. En último caso -pensaba-, si todo ello no fuese
más que imaginación y especulación mías,
si ningún movimiento existiese allí, mis ojos para verlo
giraban, palpaban, titilaban en la punta de sus rayos por maderos
y metales. Y una diferencia, al resbalar por sobre otras cosas, otros
objetos, se me implantaba aquí: en los otros, en el común
y mayoría de los otros, ese resbalar se extendía, se
vaciaba hacia más allá de ellos, abarcaba, junto con
ellos, cuanto les rodeara, habitación, casa, calles, mundo
todo, de modo que no lograban aislarse sino que seguían como
detalles, como puntos del total. Mientras que aquí quedaba
todo encerrado, condensado dentro del pequeño espacio limitado
por el marco y, al ir con los ojos tan sólo una línea
más allá, era salir definitiva e inexorablemente de
ello para pasar a la otra parte.
Otro tanto era para el silencio. Atentos los oídos y ruidos
y murmullos del exterior, emanaba el cuadro, por contraste, el silencio,
mejor dicho, la imposibilidad de que por entre sus elementos se produjera
la más insignificante vibración. Entonces sabía
imaginativamente que, si me fuese dado penetrar escuchando dentro
del marco, conocería la total carencia de ruido. Pero, ¿cómo
la conocería? Para ser un conocimiento verdadero no podría
ser más que con los oídos ya que de oídos se
trataba. Sentía entonces que, al conocer así, el total
silencio no era más que otra manera de ruido, era tal vez sentir
los propios tímpanos enmudecidos. Pero no. De los propios tímpanos
pasaba a escuchar nuevamente el cuadro. Ese silencio radicaba en él
y no en mí. Aguzando, pues, los oídos al máximo,
mas en una concentración enérgica de modo que todo lo
que no fuese el cuadro callase, trataba de saber cómo en él
oiría el silencio y oía de verdad, abismado, no sólo
uno, no sólo el, sino varios, sino los silencios de cada elemento,
madera o hierro, sus silencios que pasaban a ser la manera peculiar
de cada cual de haber enmudecido desde que, arrancándolos de
basuras, desechos e inutilidades, los habían entrelazado, los
habían pactado, al espejo del mundo de que se habían
desprendido(36).
Sí; todas éstas eran cosas que yo sentía, lo
sé, lo recuerdo nítidamente como si apenas pocas horas
hubiesen transcurrido desde mi última contemplación
hasta hoy que escribo. Pero algo más rondaba, algo más
se insinuaba. Era algo como que en alguna parte o en algún
momento existiese un cierto parentesco o afinidad entre ese cuadro
y yo, o entre él y mis ambiciones, mi finalidad... o tal vez
mi fin. Era algo ante lo cual parte de mí mismo me aconsejaba
dilucidar, atacar de frente, como si con ello un punto importante
me quedaría adquirido. Pero otra parte de mi mismo, llena de
pereza, parte resbaladiza, prefería balancearse y amodorrarse
en las dulces sensaciones del sosiego y el silencio y no exponerse
a mortificación alguna al pretender perforar más hondo.
Pequeña, minúscula lucha de casi todas las noches. Para
acallarla venía siempre una transacción y venía
en la forma de un propósito, de un proyecto para el día
siguiente: ¡un poco de literatura lo soluciona todo!(37)
Sí; mañana -me decía- escribiré ese cuadro.
Por ejemplo: la historia de cada uno de sus elementos: la semilla
que dio el árbol, que dio la madera; su corte, su empleo en
éste o aquel objeto; la muerte del objeto; su rodar por polvos
y fangos; su existencia en otra forma que la de hoy; etc. Y otro tanto
para los metales. ¡Lindas historias! Junto a ellas, planeando
cual inmenso pájaro negro(38)
-sí; así me lo imaginaba ni más ni menos: pájaro
inmenso y negro por añadidura- planeando y atisbando por los
rincones de desperdicios y hierros viejos, planeando la concepción
del pintor para cogerlos, torcerlos, mutilarlos, cortarlos y hendirlos
allí, plasmados en un color. ¡Lindas historias!
A veces sentía pena por esos elementos aprisionados, deseos
de devolverles la libertad, que sigan ellos también su destino.
Era como un sentimiento espantoso de nuestra crueldad. ¡Atarlos,
detenerlos así! ¡Por gozar de una sensación estética!
Y allí seguían "¡haciendo una figura!".
El mundo fuera...
Pero no era eso, no, nada era eso. Prueba es que el cuadro está
allí y que la historia no se escribió jamás.
Y ahora me digo, no sé bien por qué, pero me digo: "No
se escribió, a Dios gracias".
Esos proyectos de historias eran para postergar, para despistar, mejor
dicho, la insinuación -que se abría paso- que en aquello
de los elementos algo de mi destino tomaba parte. Ahora, apenas sentado
en la piedra del embudo, veía que por encima de historietas,
que más allá de silencios y sosiegos, lo que había
era un presentimiento de lo que alrededor mí se estaba formando
para luego empujarme y decidir mi vida una mañana. Mas como
en esas noches nada podía saber ni siquiera sospechar de la
existencia de un gato y una pulga ni aún de mí mismo
con relación a ellos, al presentimiento lo dejaba pasar. Y
vuelta a lo mismo: "Una historia de esos maderos y hierros sería
una linda historia". Así, en las noches de mi casa.
Hoy, mediodía estival, con él y ella al frente, conmigo
mismo frente a ella y él, acallado todo sentimiento de sorpresa
por tanta vaga experiencia anterior, empezando a acallarse ya esa
impresión de solemnidad por una rápida aclimatación
y una resignación sin defensa; ahora pasaba por mí un
arrepentimiento agudo al recordar mi indolencia, mi inconsciencia
ante tanto llamado para estudiar lo que iba a ser mi destino, un arrepentimiento
desolado por no haberme entonces fijado más.
Pero esto también pasó, pasó con velocidad inaudita.
Había empezado junto con venir las doce del día. Aun
las doce se estaban dando y ya otro sentimiento ocupaba, inundaba
mi ser entero: pavor que me heló las venas.
Ya he dicho -y repito ahora hasta la majadería- que desde
aquel momento había un todo más, un todo viviente, organizado
allí en los cerros del Melocotón, caído al costado
del otro y equilibrado instantáneamente sin que ni una hoja,
para ello, hubiese temblado en ningún matorral. Allí
al costado estábamos quedábamos y es por este hecho,
por esto de "al costado" que había algo más
en el Universo. Hasta entonces, nosotros y las fuerzas que éramos,
habíamos, como todo lo restante, rodado y rodado, con más
o menos golpes y sinsabores, con más o menos protestas o indiferencias,
pero rodado, rodado dentro, amalgamados y siendo lo otro. ¡Terminando
todo eso! Ahora, no. Desde ahora, no. Recordaré la fecha nuevamente:
febrero 21 de 1919, a las 12 en punto del día. Porque aún
es la misma hora. Aún seguirá siendo la misma hasta
que toda la sucesión de sentimientos míos se haya cumplido.
Entonces serán las 12 más lo que inmediatamente viene
después de ser cada hora.
¡Las doce! ¡Pavor!
Pavor de que, caído uno más en el Universo, el Universo
perdiese su equilibrio y estallase.
Sé lo que me van a alegar, sé que tratarán de
volver siempre a lo mismo: que tres gatos, por mucho que equilibre
o desequilibre, tres gatos..., etc. Y sé también que
por mucho que raciocine, demuestre y pruebe, por mucho y plenamente
que convenza a todos mis semejantes, siempre en ellos el sentimiento
gato -que, al ser parangonado nada menos que con el Cosmos, reducirá
a todo gato a la más escuálida expresión-, por
el hecho de ser sentimiento, prevalecerá y triunfará
en todo hombre ponderado, serio y juicioso.
Así, pues, renuncio a que los hombres ponderados sepan o vagamente
sospechen lo que es, por un lado, desprenderse, arrancarse de la vida;
por otro, lo que es no estar dentro sino frente a algo; por un tercer
lado, saber -no sólo con el entendimiento sino con cada célula
de la piel, de la sangre, de los huesos- que únicamente existe
el equilibrio; y por un cuarto, y por fin, a que sepan que, por este
hecho de no existir más que equilibrio, nada pueda ser inmenso
ni nada minúsculo, que desaparecen tamaños y condiciones,
para sólo ser el equilibrio mismo, sin posibilidad de un "más
uno" ni de un "menos uno". Renuncio a todo ello aunque
pienso qué lógica elemental debiera convencer de tales
verdades. Pero sé, hombres juiciosos, que el sentimiento es
más fuerte que todo en vosotros. Sé que, una vez al
borde del convencimiento, echaréis máquina atrás
y os diréis:
-Un gato..., dos gatos..., tres gatos... ¡Absurdo! ¡Imposible!
¡Nada ocurrirá en ninguna parte! ¡No hay tal equilibrio,
no!
Mas, como último recurso, no puedo impedirme ir a una pequeña
comparación: una balanza, por ejemplo, una balanza y nada más.
Está en equilibrio y es de tal sensibilidad que ya para ella
no tiene significado hablar de sensibilidad. Está en equilibrio,
sigue, vive, es un equilibrio. De pronto cae a uno de sus platillos
un grano, un milésimo de grano, un millonésimo, menos
de grano que lo que para esta otra balanza significan tres gatos -¡no
se olvide!- entrelazados y constituidos. Un platillo caerá.
¡Roto el equilibrio!
Pongo este ejemplo porque apenas caí sentado allí, mientras
aún eran las doce, vino a cruzarme como una flecha. Hasta tuve
un momento de espera frente al desequilibrio del mundo. Esperé
que el mundo estallara. Esperé que todos los mundos se precipitaran
unos sobre otros, los grandes chupando a los pequeños, para
ser, a su vez -aunque engrosados con este tragar-, pequeños
para otros mayores, para luego... ¡Oh! En fin, ya en tales momentos
mis compañeros, y yo nada seríamos sino nuevamente elementos
sueltos, sólo que ahora no de un rodar en equilibrio sino de
una realización de desequilibrio.
Esperé lleno de pavor. Pero junto con esperar, dentro de mi
espera noté como un ligero vaivén universal. Fue -o
al menos así lo sentí yo- como una onda circular desprendida
de nuestro centro, del Sol, que golpeó a los primeros planetas
alejándolos de él justamente los milímetros necesarios
para subsistir en el nuevo equilibrio. Golpeó a nuestra Tierra
en aquel momento en detención. Sentí como si levemente
mi asiento vacilara hacia abajo, y, allí al fondo, vaciló
el gato con su pulga en la frente. Y todo se restableció. Entonces
sentí la onda alejarse y mover los siguientes mundos: Marte,
los plantes telescópicos, Júpiter, tal vez Saturno.
Es decir: indudablemente Saturno también. De otro modo... Bueno,
¡ni qué hablarlo! Quiero decir, que ya de Saturno no
supe nada; sólo supuse. Menos aún de Urano y Neptuno(39).
Mi receptibilidad no registraba más. O acaso era ya turbada
con la nueva actividad que volvía a aparecer por todos lados
junto a mí, por todos lados, desde mi propia sangre volviendo
a circular, hasta el infinito volviendo a rodar. Así es que
de Júpiter para allá, me contenté, sin percibir
nada, con saber, con estar cierto -y con estarlo lleno de un fervor,
como jamás ningún ser ha sentido al unirse a un Dios
cualquiera-, con estar cierto que todo, todo había vacilado
vacilaba en aquel momento, se equilibraba de nuevo, de nuevo se amarraba
y de nuevo seguía, ajustado ligeramente de otro modo.
Justo en ese instante dejaron de ser las doce para ser, como he dicho,
lo que es inmediatamente después de ser cada hora. Entonces,
muy lejos, oí a una pájara pinta cantar. Al romperse
bien alto en el cielo su canto, los oídos se me llenaron de
crisantemos y amapolas(40).
Y aquí, sólo aquí, fue cuando esa gratísima
sensación de estabilidad me inundó todo íntegro.
He estado a punto de omitir la comparación de mis sentimientos,
al desparramarme más allá de Júpiter, con los