EL
CLASIFICADOR
Editorial Pehuén, 1992
Juan Mihovilovich
El Clasificador
Para muchos puede parecer cualquier cosa, algo del montón.
Para mí no. Mi trabajo siempre me llenó de orgullo.
Es cierto que llevo años en esto de clasificar correspondencia,
pero es una labor digna y me gusta. Me gusta sentir la textura de
una carta, sus rasgos pulcros, sus colores. Seguramente he bajado
varios miles de veces hasta el subterráneo de este viejo edificio
de correos. Infinidad de veces aferrado a la carcomida baranda de
esta crujiente escalera bajo mis zapatos. Y
ello
para instalarme en un metro cuadrado oscuro y que deprime a algún
visitante ocasional. Rara vez alguien se sumerge en mi brumoso espacio.
Esto tiene sus ventajas: siento que este sitio es sólo mío,
que de alguna manera me pertenece. El ambiente grisáceo del
entorno es ya una cuestión de tradición. Al principio,
cuando recién me contrataron, pensé en pedir al jefe
de sección que pusieran algo brillante. No sé, algún
tubo fluorescente, una lámpara de rayos ultravioletas... algo
más acorde con la blancura de los sobres. Pero, luego me percaté
que lo gris venía con el edificio. Y más aún:
resultaba inimaginable un subterráneo que desentonara con el
resto. Así que de a poco me fui identificando con el escaso
mobiliario. Me confeccioné un par de ternos plomizos, en ocasiones
usaba oscuros mamelucos y con el transcurso del tiempo mis sienes
se fueron tornando cenicientas. Aquí, en esta densa humedad
que puede palparse con los dedos, voy llenando de direcciones y apellidos
un libro renegrido que pesa varios kilos. Debo anotar cada sobre que
me arrojan por una ventanilla. He perdido la cuenta de las cartas
recibidas. Al inicio las contaba. Me entretenía desafiando
a la memoria, repasando nombres que por meses y años se iban
repitiendo. Después, todo sería rigurosamente igual,
cada día, al anochecer, de madrugada. Ni siquiera había
pausas invernales. Claro que mi estilo de trabajo otorga ciertos beneficios.
Es verdad: mis compañeros de arriba me estiman.
Siempre he estado dispuesto para un reemplazo, siempre solícito
para la emergencia. Si alguien se enferma piensan en Delfín;
si un embarazo, Delfín cubre el pre y el post natal. Yo ni
siquiera acepto el sobresueldo. Es mi deber les digo. Cualquiera lo
haría. Aunque sé que es una frase de autoengaño.
No exagero si afirmo que he pasado por todos los puestos de correos:
recepcionista de giros, empleado de franqueo, funcionario de certificados...
Pero, a riesgo de parecer raro, clasificar correspondencia llena más
mis expectativas. Guardando las debidas proporciones me siento como
si pudiera manejar una parte del destino de los hombres. Jugando con
la imaginación me planteo hipótesis, como qué
pasaría si un día no clasifico una carta decisiva, alguna
que avise la muerte de un hijo prematuro o la que anuncie la definitiva
llegada de Cristo. Algo se trastocaría, un sutil pliegue del
destino se anticiparía y el curso de las cosas no sería
igual. La idea es tentadora, pero nunca me he atrevido. A mis sesenta
y cinco años lo mínimo constituye un riesgo innecesario.
Hace unos días la gerencia me llamó. Puede acogerse
a retiro me dijeron magnánimos. Les contesté que todavía
no, que aún tenía fuerzas suficientes. Piénselo
bien, Delfín. Es un beneficio y a sus años... No lo
entienden. Para mí es como respirar, aunque se trate del sótano
del correo. Al final accedieron, no sé si por lástima
o cansancio. Lo cierto es que me retiré haciendo más
venias que las necesarias.
Tiempo después constato ya no ser el mismo. Las manos me tiemblan
sin motivos, la vista me juega malas pasadas y hasta me cuesta recordar
los nombres de las calles. En este desajuste varias veces me han encontrado
dormitando sobre un sinnúmero de cartas sin clasificar. Como
en todo orden de cosas, al comienzo me ayudaron. Se turnaron un par
de veces por dos o tres semanas, pero después me abandonaron
a mi suerte. No me quejo. Siempre he asumido mi responsabilidad. Claro
que de este modo las cosas no marchan. Sin querer he retenido las
entregas. En ocasiones me han sorprendido entonando canciones de corte
epistolar. Boleros, baladas y hasta rancheras cuyo motivo central
es una carta, una carta que no llegó, que llegando dijo lo
que no debía, que rememorando llora una ausencia o invoca la
propia soledad. No es que me lo proponga. El caso es que he ido sustituyendo
el trabajo efectivo por una especie de ensoñación involuntaria.
Quizás la molestia decisiva para los de arriba fue descubrir
que me escribía a mí mismo. Y seguramente no por el
contenido de lo que me decía, sino por una razón más
bien egoísta: porque obviaba el pago del franqueo o de las
estampillas. Como si fuera poco pasaba muchas horas ensimismado con
las piernas de los transeúntes. Por el tragaluz del lado sur
los zapatos taconean todo el día. Así las cosas el desenlace
era previsible.
Está despedido dijeron sin ninguna nostalgia. En estos casos
la única respuesta posible es tragar saliva con dificultad
y sentir cómo se va apretando la garganta. Tal vez mirar como
un descuido la foto enmarcada sobre el escritorio o un diploma colgado
en la pared. Por eso es natural que ahora me retire cabizbajo y el
trayecto del sótano a la calle se me haga interminable. Pareciera
que transito un cementerio de sobres lacrados presionado por casillas
gigantescas. A pesar de ello repaso oficinas que conozco de memoria
y percibo aún el gentío silencioso. Lo que no entiendo
es la actitud del personal. Evita mirarme. Me ignora como si yo no
existiera, como si la tierra me hubiera tragado de repente. No me
parece justo. Y no se trata que les enrostre mis reemplazos. Uno espera
una sonrisa, un apretón de manos, un gesto solidario. Pero,
ya no fue. Y no es que quiera parecer obsceno si en medio de esta
plaza llena de jazmines orino el viejo tronco del acacio. Nada de
eso. Simplemente me atrajo un nombre tallado en su corteza. Un nombre
escrito cuando yo era apenas un muchacho y lo único gris estaba
en el fondo de mis ojos.
Pasos en el
techo
Todas las noches se sienten pasos extraños en el piso de arriba.
Al principio no le di mayor importancia. Había llegado recién,
el departamento me pareció confortable y, salvo una pequeña
filtración de agua a la altura del baño, el resto no
ofrecía ningún inconveniente. Cuando el encargado me
hizo entrega oficial del inmueble me dijo en tono de broma que arriba
penaban. No sabemos porqué los arrendatarios lo entregan de
inmediato . Me aseguró que nadie lo había ocupado por
más de dos semanas. Tampoco le tomé demasiado asunto.
Me preocupaba trasladarme lo antes posible. Durante meses esperé
la oportunidad y ahora estaba aquí, instalado al fin, y unos
cuantos pasos en el techo no invalidaban mí buen ánimo.
La verdad es que nunca fui muy supersticioso. A menudo había
escuchado historias de ánimas y aparecidos por boca de mi padre,
pero siendo niño la imaginación se desborda y después
me resultó medio nebuloso recobrar el sentido de los relatos.
Así y todo, las primeras dos semanas fueron normales. Me acostumbré
a mirar por la ventana a la hora del crepúsculo. Cada día
la misma furtiva pareja se amaba en el mismo rincón del edificio
de enfrente. Un viejo gato gris procuraba trepar por las enredaderas
y el anciano del tercer piso dormitaba quieto en el balcón.
Entrando a la cuarta semana un hecho se me antojó inusual.
Alrededor de las diez de la noche sentí pasos vacilantes en
el techo de mi cuarto. Inicialmente lo atribuí a mi fantasía.
Me entretuve con algún nerviosismo en un texto de poesía.
Pero, al poco rato los pasos se renovaron. Los trancos largos y vacilantes
se hacían cortos y rápidos. En el silencio de la noche
el ruido de las pisadas tenía algo de sonido atemorizante.
Como un eco persistente los pasos golpeaban mi cerebro y ya no pude
concentrarme en la lectura. Para aquietar mi manifiesta intranquilidad
pensé al instante que debieron arrendar el piso superior. Eso
era. Lo habían arrendado como el resto del edificio. Lo demás
caía por su propio peso. Sumido en mi proceso de autoconvencimiento,
me dormí. En los días siguientes los pasos se reiteraron
y en igual sentido reafirmaba mi convicción hasta conciliar
el sueño entrada la noche. Con lo que no contaba fue con el
casual encuentro que tuve hace unos días con el encargado de
los arriendos. Cuando le pregunté por los nuevos ocupantes
del departamento me miró intrigado. No hemos podido arrendarlo
me manifestó como midiendo mi reacción. Para no parecerle
sospechoso le dije que me pareció escuchar pasos la noche del
sábado. Sonrió. Le dije que penaban ¿No lo recuerda?
Y se alejó prolongando aún más la sonrisa. Ese
mismo día regresé más tarde que lo acostumbrado.
Sin embargo, alcancé a ver lo de cada día: la pareja,
el gato gris y el anciano dormitando en el balcón. A eso de
las once y treinta intenté dormir. Sabía que apenas
decidiera hacerlo el ruido del techo se haría sostenido. Al
comienzo nada ocurría para mi asombro. Pero, cuando creí
habituarme a la normalidad, sucedió. Primero fue un ruido sigiloso,
como algo tenue saltando a intermitencias. Luego me pareció
que alguien gateaba rasguñando el cielo raso intentando transmitir
un mensaje. No se trataba de una caminata como las veces anteriores.
No eran trancos largos ni pasos cortos y directos. Una mezcla rara
de un cuerpo pesado que se arrastra, se levanta, camina y vuelve a
arrastrarse. Me erguí en la cama con cierta lentitud y constaté
que ya era de madrugada al mirar por la ventana. Mis acompañantes
habituales no se divisaban. Sentí esa especie de vahído
violento que precede a la soledad. El mundo se había detenido
en la ventana. El farol del antejardín comunitario daba una
luz tenue y cansada. Descorrí levemente las cortinas para ampliar
el ángulo de la visión. Apenas emergieron los árboles
de la avenida mecidos por la brisa nocturna. Arriba el sonido inmaterial
del peso arrastrándose se prolongaba con una cadencia sobrenatural.
No sé bien cómo describirlo. Lo cierto es que ese ruido
persistente procuraba deslizarse hasta mi pieza. Me pareció
una locura, un contrasentido imaginar siquiera que un sonido trivial
tuviera visos de existencia, de algo que palpita, que deambula con
particular autonomía. Lo real es que ese deslizamiento invisible
bajó por la filtración de la puerta del baño
y se internó en mi cuarto. Lo último que recuerdo fue
una especie de sopor asfixiante penetrándolo todo. Después
las cosas se han vuelto rutinarias. Todas las noches camino por el
piso que ahora habito. Abajo retiraron mis cosas, los muebles y mi
ropa. Hoy llegó un nuevo arrendatario que sonrió displicente
cuando el administrador le hizo el viejo comentario. Vi cómo
miraba la pareja furtiva, el gato gris y al anciano dormitando en
el balcón. Luego se durmió creyendo oír pasos
en el techo de su habitación.
Virginia
en la ventana
Me dio pena verla. Eso es todo. No es que quiera dramatizar la situación.
Simplemente la recordaba de otro modo y claro, verla ahí no
ha sido muy reconfortante. Solía acordarme de ella de vez en
cuando. Al principio nadie imaginó que un día pudiera
estar cerca de mí. En esa época arrendábamos
un departamento. Eramos cuatro tratando de sacar un título
de cualquier manera. Vivíamos en el tercer piso de un pequeño
edificio, una de esas típicas construcciones que sirven de
sustento a algún rentista al que nunca se conoce. Por lo mismo
el departamento no era de los mejores, pero en tiempos de estudiantes
nos conformábamos con poco. Cerca de la universidad, con locomoción
al alcance de la mano y con relativo estatus ante nuestros compañeros
por el hecho de vivir a un par de cuadras de la arteria principal,
y no en una pensión, que era lo habitual. Desde el tercer piso
se podía controlar en algo el espacio circundante. No había
otros edificios. El nuestro era el único que se destacaba por
sobre el resto de las edificaciones. Abajo había un garaje
mecánico donde entraban y salían automóviles
esporádicamente. Ese garaje ocupaba parte importante del patio,
en el que se compartían los colgadores de ropa con los vecinos,
con la incomodidad de los vehículos estacionados y con la dueña
de la panadería que estaba en el primer piso. Al costado izquierdo
comenzaba la calle prohibida y justo en el vértice opuesto
se veían los primeros bares y prostíbulos disimulados.
Hacia el lado norte y frente al primer piso había una casa
colindante con el patio y separada por una pandereta. Era un chalet
de clase media con entrada para autos y un espacio abierto al lado
de dos ventanas que daban a la muralla. Desde lo alto se podía
observar el movimiento interior, y se transformó en una especie
de ritual colectivo ver qué ocurría cada noche después
de las diez. Allí nos apostábamos para mirar a Virginia,
la misma Virginia que estoy viendo ahí, al otro lado del mesón.
Nos excitaba verla pasar desde su pieza al baño y viceversa.
Era incitante contemplar cómo en sus idas y venidas retornaba
cada vez con menos ropa. Al comienzo completamente vestida, después
regresando sin la blusa y por último sacándose el sostén
y quedando con esas dos voluminosas redondeces desafiando a la ventana.
En esa ventana no había cortinas, apenas un visillo transparente
que permitía divisarla con cierta nitidez mientras sus prendas
íntimas iban desapareciendo luego de cada movimiento. Virginia
era la empleada de esa casa y durante el día rara vez la divisábamos,
salvo cuando casualmente nos topábamos en la panadería
o en la feria que se establecía a una cuadra del edificio los
martes y los viernes. Durante semanas hicimos de su ventana y la nuestra
un rito unilateral. Nosotros saciando a medias una líbido intranquila
y motivando alguna oculta desazón nocturna. Ella, ignorante
de su desnudez y sus efectos, actuando cada noche como actriz involuntaria.
Se quedaba sentada en la cama largo rato como si le costara decidirse
a presionar el interruptor de la luz. Yo se lo dije después,
cuando lo creí pertinente. Primero se sonrojó, en seguida
se alteró diciendo que éramos unos degenerados sin ninguna
vergüenza. Le encontré razón a medias, pero no
quise rebatir. Por otro lado el resto de mis compañeros no
sabía que yo había accedido a Virginia y por tanto no
entendía porqué dejaba de mirar por la ventana. Yo argumentaba
que un tiempo estaba bien, pero una mala costumbre como esa no podía
perpetuarse. Que una cosa era la lógica curiosidad de unos
días y otra distinta la morbosidad permanente. Al cabo de un
tiempo se cansaron, además no lograban entender el cambio de
visillos por gruesas cortinas en la ventana de Virginia. Ello causó
inicialmente exclamaciones de decepción y luego de aburrida
aceptación. Pronto nadie se asomaba por la noche, así
que la habitación de Virginia gozaba de su propia luz y nosotros
de la nuestra. Lo concreto es que con ella me tropecé en la
feria. No había otro sitio posible. En la panadería
era demasiado obvio, porque la dueña nos conocía. Hubiera
visto con pésimos ojos que un universitario cortejara a una
empleada doméstica. Deduciría de inmediato, con o sin
razón, que algo había detrás. Así que
provoqué el encuentro de modo que pareciera casual. Yo había
estado contemplando a Virginia en las mañanas, cuando ella
sacaba la basura a la calle. Lo hacía a eso de las nueve. Para
poder mirarla pretextaba que ingresaba a clases después y me
quedaba solo en el departamento, con la ventana abierta y las cortinas
descorridas. Al comienzo perdí varias horas sin objeto. Virginia
no se percataba, efectuando su rutina con absoluta prescindencia de
mi observación. Pero, debió ser la obstinación
de mi presencia y la fuerza puesta en la mirada lo que hizo que un
día se detuviera a la entrada del portón y alzara la
vista. Se cruzó con la mía unos pocos segundos y eso
fue todo. Sin embargo, para mí había sido suficiente.
Ya sabía de mi existencia y lo comprobé los días
que siguieron, en que estacionado y esperando ella me miró
repetidamente. No fue sólo la mirada inicial al cerrar el portón
e ingresar a la casa. Luego salió al patio, colgó unas
prendas en los cordeles haciendo coincidir sus movimientos para cruzarse
con mis ojos. En eso estuvimos un par de semanas. Después ya
nos sonreímos y como la complicidad era evidente y silenciosa,
por las noches dejaba un resquicio en las cortinas mientras se desvestía.
Yo, en tanto, con las luces encendidas y un libro en las manos fingía
leer algunas páginas. A esas alturas poco se acordaban mis
compañeros de las sesiones de desnudo, así que podíamos
comunicarnos con Virginia sin interferencias. En la feria di muchas
vueltas a su alrededor. Ella lo sabía y cada cierto lapso se
detenía preguntando cualquier cosa, como si me invitara a abordarla.
Sentía que las piernas me temblaban absurdamente y un nerviosismo
inédito me impedía acercarme de una buena vez. Tuve
que causar esa especie de encuentro fortuito, de encontronazo casual,
resultando tan evidente que Virginia se echó a reír
en mi propia cara. No tuve más remedio que superar mi bochorno
y reírme con ella. Lo demás siguió su curso normal.
Hablamos cuestiones generales, de su familia y la mía, de su
trabajo y mis estudios y quedamos en vernos más adelante. Ocurrió
lo previsible. Un fin de semana en que todos mis compañeros
viajaron Virginia estaba conmigo en mi dormitorio. Desde el comienzo
se negó diciendo que no tenía sentido, que yo sólo
buscaba un placer pasajero y que no existía nada en común.
Le dije que era verdad lo del placer, pero que fuera o no pasajero
dependía de las circunstancias, aunque no supe decir de cuáles.
No pasó nada esa vez ni en otras que quedamos solos. Terminé
pensando que con Virginia se iba consolidando una amistad forzada
en principio, pero agradable y necesaria después. Mis compañeros
acabaron por enterarse de nuestra relación y si bien imaginaban
que todo había pasado entre nosotros no hicieron mayores comentarios.
Al contrario. Hubo una aceptación implícita y nadie
hizo mención alguna de nuestras nocturnas observaciones. Virginia
llegaba al departamento buscándome a diario. Lo hacía
al ir de compras o si la enviaban por algún trámite
al centro. A veces coincidíamos y pasábamos juntos mucho
rato conversando de cualquier cosa. Ella tenía una especial
perspicacia para entenderme y eso me halagaba, pero también
me sorprendía. Es verdad que internamente la deseaba, pero
ese deseo se iba atenuando. Virginia era atractiva y sensual. Y no
lo era sólo por ese busto erguido y desafiante que habíamos
divisado largo tiempo por la ventana. No. Tenía cierta languidez
corporal que parecía alargar sus movimientos cadenciosamente
como si a uno lo invitara a acariciarla. Cuando yo estaba asumiendo
esa amistad como algo natural pasó que hicimos el amor. Fue
un sábado por la noche. Me había quedado preparando
unas materias y los demás se habían ido. A eso de las
diez Virginia entraba por la puerta y me abrazó largamente
besándome en la boca. El resto sucedió con apasionada
ternura al descubrir que ella estaba asustada. Le pregunté
por qué y me contestó que nunca lo había hecho
y que tenía miedo. Después las citas se repitieron por
varios meses hasta que un buen día Virginia me dijo que no
me vería más. Anunció que se casaba, que había
encontrado a un muchacho de una metalúrgica que le parecía
bueno, y terminó diciéndome que lo nuestro había
sido hermoso. Eso fue todo. De cualquier manera se anticipaba a algo
que tarde o temprano pasaría. Dejé de verla y ella se
marchó del chalet sin avisarme. No volví a saber de
ella hasta cuatro años después. Terminaba el año
y no encontramos nada mejor que celebrar la llegada de vacaciones
recorriendo el barrio pecaminoso. Desde la entrada de un burdel miserable
alguien me llamó. Era Virginia apoyada en la puerta. Lucía
un ajustado vestido barato que dejaba tres cuartas partes de sus piernas
al descubierto y un escote que sus pechos rebasaban. Estaba algo bebida
y me invitó a entrar. La seguí como un autómata
con una rara mezcla de asombro, curiosidad y compasión. En
un salón lúgubre y bajo unas luces mortecinas el rostro
Virginia denotaba un increíble adelanto del tiempo Se veía
vieja y cansada y calculé que no tendría más
de veinticinco años. Es verdad que se había casado,
pero su matrimonio resultó un desastre. El la golpeaba obligándola
a trabajar de noche. Yo la escuchaba en silencio, repasando con insistencia
la primera vez que hicimos el amor, su mirada tierna y dulce descubriendo
el comienzo del placer. Me dijo que me quedara, pero que no pensara
mal. Le contesté que no, que debía marcharme. No sé
bien si era por la hora o porque un dolor oculto me impulsaba a huir
lo antes posible. Insistió que regresara otro día, que
esperaba un hijo para los próximos meses y que le gustaría
recordar el pasado de otro modo. Tal vez regrese, contesté
y me alejé casi corriendo. Por eso es que no quiero dramatizar
el pasado. Virginia es la misma que está ahí, detrás
de ese mesón del tribunal. La vuelvo a ver después de
tantos años. Parece una anciana decadente con ese vestido ridículamente
ceñido y esas mejillas con exagerados coloretes. Un actuario
le hace preguntas que ella responde con indiferencia. Escucho que
se trata de un robo o algo similar y que no es la primera vez que
la detienen. Estoy por irme cuando ella vuelve la cabeza como un presentimiento.
Por un fugaz instante me mira profundamente y luego regresa los ojos
al actuario para seguir hablándole con desgano. Me retiro pensando
que no me ha reconocido, que su mirada pasó de largo y yo me
figuré una profundidad angustiosa que sólo existió
en mi imaginación. Siento que trago saliva, que me cuesta respirar.
Y a medida que avanzo hacia la puerta, como en una nebulosa veo a
Virginia caminando por el cuarto y a nosotros bebiendo en las sombras
su inquietante desnudez.
Hospicio
Lo normal es que evitemos visitar los asilos. Más aún
si se trata de sitios para ancianos menesterosos. Quizás, porque
tememos encontrarnos con una realidad que a todos nos espera. Tal
vez, porque el tiempo acumulado en la decrepitud dimensiona de golpe
nuestra insignificancia. En fin, lo cierto es que estábamos
allí, sorpresivamente, en una de esas típicas visitas
asistenciales que buscan aquietar un poco las conciencias. No sabíamos
bien qué hacer ni adónde ir, pero no faltó el
anfitrión amable que con gestos solemnes comenzó a mostrarnos
el recinto. De partida y sin relación aparente alguien del
grupo afirmó que el tiempo no tenía tanta importancia
si uno sabía utilizarlo. Lo dijo y se quedó mirando
un punto impreciso del espacio con expresión ausente. Otro
de los nuestros se tomó las manos con infantil persistencia
presintiendo que su opinión sería necesaria. No nos
percatamos, pero súbitamente la noche se acercaba. Error de
cálculo o simple intencionalidad para no ver los rostros claramente.
Algunas estrellas empezaban a asomarse sin premura por un tragaluz
y sentimos una especie de tibieza sofocante que parecía vibrar
en el aire como una campanada. Un pesado aroma de viejo que simulábamos
ignorar impregnaba con insistencia nuestras narices. Las inhalaciones
se volvían autónomas mientras usábamos las sonrisas
con medida benevolencia. Recorriendo los pasillos constatamos que
el silencio se condensaba de modo progresivo. Todo asumía una
quietud de cementerio como si ciertas almas arrastraran sus pasos
con sigilo. Fue al llegar a un recodo que nos encontramos con algo
que nos antojó inusual. Tampoco teníamos claro si aquello
estaba allí desde siempre o se puso de manera subrepticia.
Lo concreto es que al fondo de una de las galerías se alzaba
un raro entarimado predispuesto con alguna finalidad especial. A su
alrededor una multitud de ancianos cabizbajos se amontonaba en unas
bancas de madera. Alguien subió al escenario ocasional acaparando
nuestra atención. Era un hombre extraño, de mirada vidriosa
que denotaba una sutil inteligencia y cierto desplante mundano contrastante
con su pordiosera apariencia. Sobre el entarimado había un
piano antiguo, con un atril y unas hojas. Al instante pulsó
las teclas y una melodía increíblemente hermosa llegó
hasta esos corazones adormecidos. Sin que nadie se lo propusiera los
labios iniciaron modulaciones coincidentes. Dios ha venido disfrazado
musitó a nuestro lado una viejecilla de ojos violetas. Vimos
que alargaba su mano huesuda para aferrar el brazo de otro anciano
de moribunda ensoñación. Desde ese estrado ocasional
el hombre gesticulaba como evadido del mundo cada vez que pulsaba
las teclas. Casi podíamos tocar las súbitas visiones
proyectadas por los ancianos. No parece real murmuraba una mujer negando
con la cabeza inclinada sobre su pecho hundido. Tiene las manos brillantes
como si fueran relámpagos afirmó uno de sabio aspecto
aferrándose con fuerza las rodillas. Veíamos que el
hombre se trasladaba hacia esas mentes dubitativas como si buscara
atrapar los últimos sueños colectivos. A veces se detenía.
Caminaba de un extremo a otro del escenario y terminaba arrojando
una flor amarilla a la multitud. Los más cercanos extendían
sus manos carcomidas para poder tocarlo, pero él se retiraba
veloz con pasos de prestidigitador circunstancial. Volvía a
sentarse y cantaba. Nuestro anfitrión nos explicaba que todo
era una parodia. Cada mes de abril los ancianos festejaban la llegada
del otoño. La ceremonia la asociaban a la caída de las
hojas amarillas. Ese era el tiempo en retirada. Una forma de mitigar
sus efectos era cantando. Otro era la danza que procuraba atrapar
los últimos vestigios del movimiento. Nos vimos asistiendo
a nuestro propio drama. Lo único que nos diferenciaba de aquellos
rostros seniles era una cuestión de perspectiva. Nosotros asistíamos
como invitados imprevistos a una comedia humana ambivalente. El hombre
del escenario y los ancianos de las bancas eran la misma cosa. Como
si adivinara nuestros pensamientos el anfitrión nos susurró
quedamente que el actor era miembro del hospicio. Lo cierto es que
estábamos siendo atrapados por un recoveco del tiempo que se
anticipaba. La función se había predispuesto para nosotros,
independientemente que se hiciera cada otoño. Después
de todo el otoño pasaba por fuera. Ahora estaba en nuestros
cuerpos. Por vez primera percibíamos que el ciclo natural nunca
se desgasta. Eramos nosotros los llamados a morirnos. Sentimos que
la anciana de ojos violetas nos contemplaba con ternura. Le sonreímos
por inercia, como una manera de despedida colectiva que anticipaba
el regreso. Al salir teníamos miedo de volver la vista. Sólo
atinamos a mirarnos con cierto aire de perplejidad. Sin saber aún
qué lugar era el verdadero y pensando qué hacer con
el tiempo que restaba.
Ficus
A los ficus hay que cuidarlos. Se les debe poner en rincones protegidos,
lejos de las corrientes de aire. Si usted se fija bien son plantas
de hojas numerosas, sus colores varían según las tonalidades
del día y por eso hay que tenerlas cerca de la luz. Pero, nunca
tan cerca, porque tienden a irritarse. Los ficus son como seres humanos:
suelen cambiar en los momentos más impensados. Aquí,
por ejemplo, donde usted ve tantas clases de plantas y de flores,
sólo el ficus tiene un sitio especial. Creo que lo sabe y hasta
parece que hiciera evidente su condición privilegiada. Maceteros
singulares, cuidado sobreprotector, limpieza cotidiana. En fin, nada
escapa a su sensible agudeza. Si por casualidad lo dejamos mucho tiempo
olvidado nos hará patente su desconsuelo. Se deshojará
sin motivo y arrugará su imagen como si estuviera agonizando.
No, no se ría. Es verdad. No hace mucho uno de los ficus predilectos
del jardín murió por su propia voluntad. A usted le
parecerá de antología, pero lo habíamos dejado
al final del invernadero como una manera de experimentar sobre sus
reacciones. Nunca pensamos, claro está, en su actitud contestataria,
casi ostentosa y soberbia. Languideció tan rápido que
antes que pudiéramos percatarnos yacía en el suelo como
una cosa moribunda. Si daba la impresión que boqueaba. ¿Ha
visto usted un pez fuera del agua? ¿Le parece exagerada la
comparación? Si lo hubiera visto me encontraría razón.
El ficus pinteado, como lo llamábamos, se estiraba en un extraño
proceso invertido. Se encogía como un feto desnudo que ha llegado
al mundo antes de tiempo. Definitivamente el ficus es una planta delicada.
A veces la equiparo a la delicadeza femenina, y al exagerado cuidado
que debe tenerse con una mujer. Me refiero al trato, naturalmente.
¿Ha notado cómo responde una dama si es tratada como
tal? ¿Si? No, no me mire así, como si no entendiera.
Creo que lo comprende demasiado bien. Ya le diré porqué
asocio tanto el ficus con el sexo femenino. Recapitulo. El ficus pinteado
terminó muriéndose, eso quedó claro. El problema
era reemplazarlo. Pensamos en un gomero, pero lo encontramos muy ampuloso,
con esas enromes hojas cubriendo la entrada del sol nos causaba más
problema que deleite. Lo descartamos por eso, y además, porque
siempre he creído que las plantas deben ser de hojas pequeñas,
diminutas, que puedan sentirse cerca y distantes a la vez. El Picus
pinteado era irremplazable. Lo constaté bastante después.
El invernadero se veía más bien triste, como si le faltara
una pieza. La comparación puede parecerle irreal, pero ¿Ha
resuelto usted un rompecabezas? Imagino que sí. Pues bien,
imagine ahora que ene este invernadero sus partes son pedazos de algo
mayor, de algo que se va encajando día a día, año
tras año. Primero una raíz por aquí, un tallo
cuidadosamente regado por allá y al cabo de una década
se conforma un panorama diferente al resto del mundo. A cualquiera
este sitio se le antojará distinto y eso ya constituye bastante.
Entrar a este recinto, sentir el calor de la humedad y los rayos de
sol multiplicados y repartidos por el espacio interior, resulta un
placer insuperable. Si a eso usted le suma el verdor de plantas exóticas,
las inigualables formas de reino vegetal, tendrá que concluir
conmigo que el paraíso no está demasiado lejos. Está
bien. Es bueno que sonría si cree que exageré un poco.
De todas formas este jardín, discreto y cerrado, atrae y cautiva,
¿no lo cree? Puedo ver en sus ojos un gesto afirmativo, de
otro modo no estaría tanto rato aspirando el aroma de las flores
y palpando los filodendros. Ahora bien, cuando le digo que el ficus
no podía reemplazarse no me refiero a la inexistencia de otras
plantas. Sería absurdo. De hecho usted ve la cantidad de ellas
que se alzan por las paredes, que obstaculizan las entradas y dificultan
el poso. Sustituir un ficus significa reemplazarlo en el corazón
y eso es lo difícil. Uno se enamora de ellos, pero particularmente
se enamora del ficus que riega y cuida desde que es apenas una raíz
pugnando por encarnarse en el macetero. Al ficus pinteado lo trajimos
del sur, precisamente como dos o tres hilachas colgantes envueltas
en un papel satinado. Nos dijimos: si dura el trayecto sobrevivirá.
Se vino así, tal cual, sin agua y metido en una maleta, medio
olvidado entre unos libros. Pero, al trasladarlo al macetero, un poco
por ver qué pasaba, la sorpresa fue grande. A la semana se
asomó una hoja brillante con una especie de desafiante timidez.
Podrá parecerle raro, pero si usted conociera a un ficus desde
que se asoma a la vida me entendería mejor. Es como un niño
que necesita cariño. Si usted deja solo a un niño recién
salido del vientre, no durará mucho tiempo. Es cierto que luchará,
agudizará un tanto su sentido de supervivencia, pero inevitablemente,
morirá. El ficus es así y sobre nuestro ficus pinteado.
Con su diminuta hoja erguida como anunciando la creación nos
sobrecogió. De allí a hacerlo el predilecto había
un paso. No fue automático, sino un cariño progresivo.
Después vinieron otras hojas hasta que su espesura era fácilmente
perceptible desde cualquier ángulo del invernadero. ¿Qué
por qué experimentamos con él? ¿Qué por
qué lo dejamos al final del invernadero para medir sus reacciones
si era un riesgo? La verdad que no es fácil contestarle. ¿Se
ha dado cuenta que a las cosas que uno ama también en parte
se las odia? Especialmente ocurre con las cosas hermosas, o al menos,
las que uno interiormente descubre bellas. Por ahí va un poco
la analogía del ficus y la mujer. Pero, no se preocupe, de
eso no hablaré todavía. Además, a usted le interesa
conocer primero el carácter y sentido de las plantas. Sí,
ya sé que no vino aquí por un ficus y que cuando se
le sugerí se le antojó vulgar. ¿Qué ha
cambiado en algo de opinión? No me cabe duda y a medida que
le describa otras bondades del ficus pinteado su curiosidad por el
género aumentará. No sé bien por qué lo
dejamos aislado al final del invernadero. Creo que al comienzo fue
como una descarga emocional. El ficus ocupaba demasiado nuestra atención.
Apenas asomaba el día lo primero que hacíamos era acariciarlo
con un paño de seda, limpiarle las gotas del rocío y
sacarle las pequeñas motitas de polvo del día anterior.
Nos turnábamos para colocarlo en el mejor sitio del invernadero.
Allí daba la idea de brotar de modo permanente. Creo que sin
darnos cuenta nos olvidamos del resto de las plantas. ¿Qué
cómo nos percatamos? No de modo muy simple. Si usted se fija
bien todo el invernadero es una pequeña selva en miniatura,
pero no siempre fue así. Al contrario. Concentrados como estábamos
en el ficus pinteado relegamos a un segundo plano flores tan hermosas
como los lirios o las camelias. Eso resultó casi como un preanuncio
de la fatalidad. No, no me mire de ese modo. No estoy diciéndole
nada extraordinario, o si lo es, para nosotros hace mucho entró
en el ámbito de lo común y lo corriente. La fatalidad
fue de orden general. Una mañana de octubre, es decir, en plena
primavera, no pudimos ingresar al invernadero. ¿Por qué?
No es tan difícil decirlo, lo complicado es transmitirlo fielmente.
Había un hedor terrible que llegaba a botarnos. Abrimos esa
puerta que está ahí, a su izquierda, y nos pareció
que si en algo se podía asemejar la muerte a un olor nauseabundo
esa comparación la teníamos ante nuestras narices. No
fue posible entrar y cuando miramos por aquel rectángulo de
luz, que ahora está a su derecha, vimos un panorama desolador.
Casi todas las plantas y las flores se estaban deshaciendo. Incluso
se podía ver cierto grado de descomposición como una
especie de gangrena exterior. Le reitero: no me mire con ese aire
de incredulidad. Lo que digo es cierto y tan cierto es que el remedio
surgió como una cosa del azar. Como es ficus pinteado estaba
más cerca de la puerta fue la primera planta que sacamos. ¿Qué
pensábamos hacer? Nada especial. Simplemente se nos ocurrió
que había que sacarlas todas. Apenas el ficus estuvo fuera
del jardín éste se recuperó como por encanto.
Puede parecer increíble, una milagrosa cura natural. No lo
sé. Tampoco lo supimos ese entonces. Pero, la prueba tangible
de la reconversión del invernadero la dio después el
propio ficus. ¿Cómo? Le explico. Cuando se produjo la
regeneración automática del resto de las plantas vimos
al Picus medio triste. No me diga que no cree en la tristeza de las
plantas. Existe. Si existe la descomposición cómo no
va a existir la tristeza. El estaba al aire libre, había sol
y una brisa caliente, pero de inmediato el ficus se encogió.
Debo decirle que a esas alturas su volumen era considerable. De todas
maneras se redujo bastante, aunque al cabo de un rato el proceso se
detuvo. Creo que allí surgió la decisión de aislarlo.
Imagínese. Durante dos años había sido el centro
del invernadero, nuestra gran preocupación, el objeto más
preciado de nuestros afectos. Y claro, no podíamos arriesgar
todo a una sola planta. Me parece que tomar la decisión no
fue tan difícil como asumirla. Dejar al ficus pinteado solo,
al fondo del invernadero, sumido en la humedad, sin luz ni agua permanente,
era un desafío. Y aunque le parezca más increíble
todavía la actitud del ficus no fue humilde ni condescendiente.
Más bien diría que altiva, contestataria, casi ostentosa
y soberbia, como antes le decía. El resto ya lo sabe. ¿Qué
tiene que ver con la comparación aludida? ¿Le parece
poco? En todo este rato le ha llamado la atención que hable
en plural: lo trajimos, lo limpiamos, lo quisimos. Es verdad. Cómo
no extrañarle si usted me ve solo en este invernadero. Pero,
tenga paciencia: la comparación ya viene. Obviamente no siempre
fue así. El asunto es que nos queríamos mucho con Eulalia.
¿Qué quién era Eulalia? Mi mujer, quién
más. Era una parte importante, si no la vital, de este jardín.
Por ella nació mi afición a las plantas y las flores.
Me enseñó a comprenderlas, a aprender su lenguaje, a
utilizar determinados tonos de la voz. ¿Qué no cree
en el lenguaje de las plantas? No sea escéptico. También
existe. Es más: sin la palabra suave y solidaria las plantas
no toman conciencia de sí. ¿Recuerda que le dije que
el ficus parecía humano? Bueno, a la generalidad de las plantas
les sucede. El problema es que en el caso del ficus pinteado su sensibilidad
era enfermiza, una especie de hipocondríaca necesidad de afecto.
Si no se le otorgaban cuidados excesivos su reacción era inmediata.
Pero, estoy volviendo al ficus, aunque usted entenderá después
porqué siempre regreso a él. Eulalia era entonces el
alma de este espacio verde. Yo casi respiraba por sus poros. ¿Ha
sentido usted que el cariño es una especie de pulsación
vital y acelerada? ¿No? Lo siento por usted, porque sin duda
no ha amado. Eso sentía por Eulalia. La idolatraba a tal grado
que terminaba por anular mi personalidad. De todas formas anularse
por otra persona no es tan malo. Al menos se vive por el otro. ¿Se
ha fijado que muchos ni siquiera viven por sí mismos? Cómo
van a vivir luego para otro. Eulalia era, se lo reitero, mi equilibrio
en el mundo. Sí, estoy recapitulando a la insinuada analogía.
Yo la trataba con sublime veneración, le dije que la amaba.
Pero, amar no basta. El amor no es una cuestión platónica
que muchos idealizan sin jamás haber querido. El amor está
hecho de pequeñas sutilezas, de gestos que parecen ingrávidos,
etéreos, pero que si no están presentes, lo deforman
y opacan. Hay que querer con delicadeza. ¿Me va entendiendo
ahora? Sobre todo si se trata de querer a una mujer. El punto se establece
en cómo no hacer de los pequeños gestos una trivialidad.
O en el peor de los casos, en cómo hacer que el gesto perdure.
Si, sé que ya va entendiendo. La idea de traer al ficus desde
el sur, envuelto en papel satinado, fue de Eulalia. Insistió
tanto que lo creí una broma y sonreí. Un par de colgantes
hilachas vegetales olvidadas casi entre unos libros. ¡Imagínese!
Cómo un pedazo de raíz moribunda puede cambiar la perspectiva
de la vida. Para nosotros el invernadero era un complemento más
de nuestra actividad. Con el ficus pinteado pugnando por sobrevivir,
con su diminuta hoja desafiante y altiva creciendo con firmeza, con
su multitud de hojas dispersas atrapando la luz, con su atracción
invisible para que estuviéramos pendientes de él, comprenderá
usted que era otra cosa. Sí, otra cosa. Porque el invernadero
se nos dimensionó distinto. El ficus como motivo central entre
tantas otras plantas. Una especie de árbol de pascua en mitad
del bosque. ¿Entiende la comparación? Así y todo
el resto de las plantas se alzaba como un muro protector, una forma
de resguardo circular. Sí, ya sé. De nuevo me voy alejando
de Eulalia. Y fue precisamente eso. Me fui distanciando de su figura
y de su influjo. No es que hubiera dejado de quererla. Nada de eso.
Pero, ¿recuerda lo que le anticipé sobre la delicadeza?
A una dama se la trata con cuidado, con solícita preocupación.
Se es preciso uno se anula y vive por ella. Lo increíble fue
que empecé a olvidar mis viejas atenciones. Ya no más
miradas de embeleso ni una flor matinal para alegrarle el rostro.
Hasta el desayuno en cama lo dejé de lado. Temprano me iba
al invernadero y le susurraba al ficus, secaba sus hojas con esmero,
removía cariñosamente su tierra endurecida. En fin,
por ahí va comprendiendo. Mientras el ficus crecía en
tamaño y belleza Eulalia se encogía. Yo no lo noté.
O si lo noté no le di la importancia que tenía. Los
papeles se fueron invirtiendo y ella se transformó en mi sombra.
Lo dramático de todo esto es que nadie dijo nada. Era un cambio
de roles natural, sin palabras. ¿Cómo un designio? Puede
ser. Aún así seguíamos en lo nuestro de tácita
manera. Todavía acudíamos juntos al jardín, pero
si he de ser honesto Eulalia surgía como una especie de estampilla
no engomada: caería en cualquier momento. Creo que el último
acto común fue el día del hedor generalizado. Me parece
estar aspirando ese olor penetrante y descompuesto. Sacamos al ficus
pinteado entre ambos. A esas alturas el macetero era impresionante
y apenas contenía las raíces. Cuando estuvo fuera, y
por favor no haga ningún gesto, el ficus lloró. Le dije
que se había entristecido, pero lo acertado es decir que lloraba.
Sentía sus gemidos en mi interior como un desgarro. ¿Qué
tal vez no era el ficus quien lloraba? ¿Y quién sino?
El resto de las plantas se había recuperado y el olor se disipaba.
Sí, un milagro de la naturaleza, un acertijo divino, lo que
usted quiera. Por eso el ficus se entristeció, imagino que
por eso. ¿Se ha percatado cómo cambia de pronto nuestro
interior? De la tristeza a la alegría y viceversa en sólo
un paso. Antes que pudiéramos entenderlo, el ficus de nuevo
erguido y altanero, seguro de sí y de su influjo. Con el dolor
de mi corazón lo dejamos dentro. Y aunque sea difícil
creerlo lo situamos al fondo, perdido en un rincón del invernadero.
Y digo difícil porque mi idea inicial no era ingresarlo. La
idea fue de Eulalia, de ella, que casi no habría la boca y
sin embargo, tuvo el ánimo suficiente para decidir en el momento
preciso. En otras circunstancias me hubiera opuesto, pero debo decirle
con sinceridad que pocas veces en mi vida he estado tan confundido.
Compréndame: con cambios tan bruscos e imprevistos uno resuelve
sin reflexionar. Retomo la idea. Lo dejamos dentro para medir sus
futuras reacciones y como quedó relegado a un puesto secundario
e irrelevante las demás plantas recuperaron su orgullo. ¿Qué
pasó después? Cálmese, siempre las cosas desembocan
en algo. Aunque parezca repetido ¿ha sabido de un río
que no llegue al mar? Yo creí que colocar al Picus transitoriamente
encarcelado era cuestión de pocos días, que sería
una especie de escarmiento. Lo terrible es que ni siquiera fue eso.
¿Recuerda lo que le señalé al comienzo? Al poco
tiempo languideció y murió, no sin antes boquear como
pez fuera del agua. ¿Me creerá si le digo que lo despedí
con un ceremonial? Para mí el ficus pinteado había sido
una suerte de talismán. Desde su progresiva evolución
hasta su ocaso circulamos por el invernadero como mimetizados. Lo
menos que podía hacer era regresar el ficus a la tierra como
a cualquier humano. Polvo somos ¿no es así? Lo metí
en una caja de madera al lado del invernadero, como una cruz como
señuelo, allí, tras sus espaldas. No fue muy triste.
Lo admito. Lo peor fue el ceremonial de Eulalia. Sí, y no me
mire de ese modo como si los ojos se le fueran a salir. ¿Por
qué Eulalia? ¿Tiene mala memoria o no me expliqué
bien? Ella se estaba muriendo, pero nadie lo sabía. Mejor dicho,
yo no lo sabía, aunque era cuestión de observarla detenidamente
y concluir que sus fibras parecían de papel. Cuando el ficus
languideció todavía me ayudó a buscar su reemplazo.
Desechamos un gomero, descartamos un rododendro y al final este otro
ficus que le estoy ofreciendo. ¿Qué de dónde?
Aunque también le parezca increíble comenzó a
crecer solo. Allá, al fondo del invernadero, justo en el sitio
que murió el ficus pinteado. Sí, es este mismo que usted
está viendo dentro de ese macetero. ¿Qué pasó
con Eulalia? No lo sé bien. Hasta hoy no he podido descifrarlo
con exactitud. Es cierto que olvidé demasiado mi natural obsecuencia
y mis delicadezas. Pero nunca pensé que fuera un olvido eterno.
Es decir, no era un olvido en toda la extensión de la palabra.
Un buen día Eulalia yacía como una amarilla hoja otoñal,
arrugada y seca al lado del nuevo ficus. ¿Qué cuándo
fue? Qué importa cuándo, lo que importa es que sucedió.
Sí, es verdad que me repuse. Después de todo la vida
continúa y este invernadero me ayuda a soportar mi soledad
y su ausencia. Además, he llegado a entender que siempre habrá
algún ficus diferente dispuesto a concitar mi atención.
Por eso no me angustia que se lo lleve. Usted llegó preguntando
por una planta exótica, por algo original. Sí, ya me
lo dijo: alguna hermosa y extraña planta para su mujer. A ella
también las plantas le fascinan. Imagino que el ficus será
de su agrado. Después de todo no cualquiera posee un ficus
de este invernadero. Eso sí a los Picus hay que cuidarlos.
Se les debe poner en rincones protegidos, lejos de las corrientes
de aire. No lo olvide.
Tortura
Sueña que lo alzan cual guiñapo humano chorreando sangre
de narices. Siente la boca llena de coágulos espesos y dientes
aflojados. Sueña que lo cuelgan de los pies y le golpean el
cuello y la cabeza. Debajo las hormigas huyen de las gotas de sangre
que remueven el polvo. Sueña que le abren los párpados
resecos de lágrimas y queman su visión invertida.
Al despertar transpira helado y manotea en la oscuridad.
Se palpa el cuerpo como si algo le faltara.
¿Qué te pasa? pregunta la esposa sacudiéndole
los hombros.
No es nada. Soñé que me estaban golpeando-. Contesta
tembloroso mientras su mujer se mira con horror las manos ensangrentadas.
Tiempo de luciérnagas
A Luis G. Izquierdo,
en memoria-
Puede ser muy pronto. Lo acepto. Asumo el riesgo de tu imagen ahora,
cuando estás palpitando demasiado fuerte en mi memoria. Quién
iba a suponerlo. Recién ayer me llamaron por teléfono
para decirme que habías muerto. Así, de repente, sin
elucubraciones ni adornos. Yo no puedo describir con exactitud mis
emociones, pero creo que dije cualquier cosa. Lo normal, que cómo
había sido y si tu esposa y tu hijo estaban bien. Cosas así
o por el estilo. Claro, uno debiera estar preparado para morirse.
Es una costumbre demasiado antigua, pero siempre ocurre que nos sacude
y nos deja indefensos. Lo que sí recuerdo con exactitud es
que después miré por la ventana, por esa ventana que
no tiene mucho que decirme, salvo mirar esos viejos edificios de oficinas
que continuamente están descascarando algún sueño.
De cualquier forma no vi el paisaje acostumbrado. Es extraño,
pero ahora que lo aprecio mejor, al frente no habían edificios.
Si quisiera describirte el entorno me sería imposible. Lo único
que se alzó como por arte de magia fue una veloz secuencia
cinematográfica por donde pasaban horas y años atropellándose.
En ese cine ocasional, de meras circunstancias, tu muerte no existía.
Puede parecer más extraño aún, pero la primera
asociación que haría más tarde es que las visiones
tenían dimensión. Realmente eran como en el cine, con
sonidos, movimientos y una particular forma de relieves. No, no vayas
a pensar que tu muerte me desfasó el cerebro. Tú bien
sabes de qué modo la fantasía absorbía nuestras
conversaciones, pero siempre tenían base cierta. Por lo demás,
la experiencia indica que los recuerdos se plasman casi autónomos,
independientes de la voluntad, y si emergían allí, ocupando
el espacio de los edificios, no dependían de mí. Yo
seguí la secuencia como si los actores miraran de reojo hacia
la ventana. Los actores éramos tú y yo, en principio.
Después, las escenas se multiplicaban y en ellas los actores,
los cuadros y las sensaciones. Cuando uno ve una película ella
transmite la emoción si el arte existe. Aquí era diferente.
La emoción, la escena y yo, mirando desde la ventana, eran
la cinematografía. Quiero que me entiendas: era un todo, pero
lo increíble estaba en que su unidad respetaba las autonomías.
Por eso te veía tan nítido como si pudiera tocarte.
Ahí existías, caminábamos juntos por un camino
rural, cerca de la cordillera. Era en Noviembre, mes de aproximaciones,
al calor, a los cielos más limpios, a los nacimientos. Noviembre
siempre me pareció la antesala de algo y no es casualidad que
sea el undécimo mes. Cuestión de coincidencias aparentes,
pero demasiado reales a veces como para soslayarlas. El cielo, entonces,
era limpio, de una transparencia que acercaba las estrellas. El ruido
de los grillos se podía tocar con los dedos, y esa especie
de sonsonete continuo de los insectos hacía innecesario conversar.
Lo único que decías es que avanzáramos a alguna
parte. Yo te seguía con la mirada hacia arriba. Una luna redonda
como bola de cristal provocaba el brillo de los álamos que
ronroneaban con suavidad mecidos por la brisa. La semana anterior
me habías hablado de tu descubrimiento, de una forma de vida
que te trastocaba todo. Bien sabes cómo me reía. En
tono de broma, es cierto, pero risa al fin. Tu proceso de converso
se me antojaba un insulto para la inteligencia. Creo que te lo dije
reiteradamente, quizás como sutil mecanismo de defensa. Si
algo teníamos en común era nuestra autosuficiencia y
cierto particular menosprecio por el sentido común. Claro está
que intuí una forma de avance que me resultaba misteriosa,
intrincada, similar a un secreto. Mientras la noche seguía
su curso frente a mi ventana creo que te dije que regresáramos,
que esa caminata tardía me cansaba. Es verdad que una paz inicial
nos hermanaba, pero todas las cosas, si no tienen pronto resultado,
cansan. Sabía que algo deseabas mostrarme y quise rechazarlo.
Resultó tarde. De pronto me vi metida entre unos pinos frondosos
oliendo el aroma del bosque. Me pediste que nos internáramos
más bajo la espesa arboleda. Hubo un momento de oscuridad total
y sentí miedo, un miedo infantil de perdernos en el bosque
como en los cuentos de niños. Pero, al instante un resplandor
diminuto zigzagueaba por los troncos. Avanzaba al unísono,
disgregado y creciente. Y antes que tuviera tiempo para pensar miles
de lucecitas brillantes nos estaban envolviendo. Se paraban en los
hombros, en el pelo, en las orejas y sí extendíamos
las manos las llenaban de luminosidad. Yo nunca había visto
una luciérnaga. Ver cientos de ellas danzar en el espacio me
produjo una emoción incontenible. Las veía palpitar
de vida, dilatarse y retraerse como si quisieran decirme algo. No
sé cuánto tiempo estuvimos allí, en silencio,
convertidos fugazmente en dos estatuas fosforecentes que se mezclaban
con la naturaleza nocturna. Desde aquí veo que fue un chispazo
en el tiempo, una ínfima parte de la secuencia, y sin embargo,
tuvo la virtud de anonadarme para siempre. Como anonadado estoy ahora
sintiendo que todo esto es absurdo. Nada nuevo me dirías. Un
simple retroceso, pero no soporto lo injusto. Y debo reconocer con
hidalguía que tu muerte me resulta sin sentido. Si al menos
hubiera sido de algo natural, de vejez, de cansancio o hasta como
suicida en un momento depresivo, lo entendería mejor. Pero
así, chocando contra un simple poste de alumbrado, se me antoja
pueril. Y, aunque te parezca de antología, otra forma alternativa
de iluminismo personal, yo supe que te morías. Claro que lo
supe recién, porque anoche viví tu muerte con tal precisión
que me llega a doler cuando lo asocio. A la hora que te arrojaban
la piedra contra el parabrisas y perdías el control de la existencia,
yo me abría hacia la berma. Venía por la carretera y
dos focos de luz me enceguecieron. Apenas tuve tiempo de esquivar
el golpe. Puede parecer un hecho casual, una simple analogía
que quiero subliminar, pero bien sabes que no es así. Como
no fue el azar que el año pasado te detuvieras en el camino
y llevaras a la misma familia que, meses antes, yo había recogido
en el mismo lugar, a horas similares y con el mismo destino. Como
si fuera poco nuestros automóviles eran idénticos. Ellos
te narraron como fábula el encuentro anterior, cómo
los trasladé, de qué conversamos y del billete escondido
en el libro que les regalé. Cuando nos encontramos lo primero
que hiciste fue abrazarme. Yo no entendía. Nos preguntábamos
si el azar existía, si las cosas cada ciertos períodos
tendían a repetirse y toda la vida no fuera otra cosa que sucesos
análogos en tiempos distintos. Sabíamos que en el fondo
no era así. Queríamos creerlo, creer que la casualidad
era un truco del destino para conformarnos, pero la realidad siempre
nos jugó malas pasadas. Como esa luminosidad inusual y pequeñita
que me despertó de madrugada a fines de Enero. Yo estaba en
el sur, tres días encerrado en medio de araucarias. Allá
me llevaste como incitándome a vivir. Desde aquí veo
a esa luciérnaga solitaria al lado de mis zapatos. Te costó
creerme cuando regresé y te dije que se había disipado
lentamente por unos pasillos. Que sólo yo la vi durante la
noche. Lo sobrenatural se volvía cotidiano y nos escrutamos
con medido escepticismo, sabiendo que un anhelo oculto viajaba con
nosotros hacía algún sitio. A este sitio, tal vez. A
esta ventana que porfiadamente sigue reproduciendo escenas de la vida
real como si soñara. Por eso me pareció muy pronto al
comienzo. Está demasiado encima tu viaje al infinito. El teléfono
sigue sonando para decirme que has muerto, pero yo estoy contigo en
este recuento cinematográfico que avanza autónomo por
la ventana. Desde el edificio de enfrente miramos hacia arriba. Levanto
el teléfono y contesto. Cualquier cosa, que cómo o algo
similar. En eso estoy cuando percibo que el día ha transcurrido
y la noche se ha adueñado del espacio. Que otra luciérnaga
extraviada se golpea con suavidad en los cristales y una estela de
luz se va diluyendo entre las sombras. Intento desviar la atención,
pero no puedo. Aunque procure ser un truco del destino la casualidad
se obstina. Está de nuevo aquí, hasta después
de tu muerte.
Tenía mi mundo
A Vania y
Andrés, cuando medían la vida con ojos de niños...-
He gateado como todos los niños. A los ocho meses gateaba.
A los dos años seguí gateando, pero hice algo extraño.
Bueno, no tan extraño en realidad: me alzaba en cuatro manos
manteniendo los brazos y las piernas rígidas. De esta forma
las cosas que me rodeaban tenían otra perspectiva. En apariencia
lo que explico es complicado. Yo vivía en esa posición.
Para mí cada figura poseía su propio significado, aunque
también en ese entonces los objetos y los seres los veía
diferentes. Mi padre era un par de piernas bajo un par de pantalones.
Al escuchar su voz las piernas se movían, luego la voz provenía
de sus piernas. Su cabeza eran dos piernas y como yo no divisaba más
allá de las rodillas suponía que un cuerpo comenzaba
en los zapatos y terminaba en las rodillas. Así y todo entendía
las cosas con facilidad. No era complejo tener mi mundo. Los muebles
estaban al revés, pero al revés era lo cierto. Una puerta
se abría desde abajo. No conocía las ventanas ni imaginaba
que se espiaba a la gente tras una cortina. Vivir así no era
costumbre ni tampoco un hábito: simplemente el mundo era de
ese modo y hasta hoy no logro responderme con exactitud por qué
un día cambié de posición. Yo era feliz. Mejor
dicho, nunca cuestioné la felicidad ni me compliqué
respecto del entorno. Teniendo un ángulo de visión limitado
todo era sencillo. A nadie vi un rostro enojado y al escuchar palabras
agresivas no sabía que llevaban una finalidad. Por lo demás
mi idea de rostro estaba asociada a un par de piernas y éstas
mantenían siempre idéntica posición. De ahí
que en nada variaba mi forma de escuchar. Hoy sé la relación
que existe entre un rostro alterado y las palabras. Puedo asegurar
que nada tiene de agradable.
Yo sabía que la gente me consideraba un niño raro.
Lo descubrí cuando una vecina le comentaba a mi madre mi supuesta
anormalidad. Le insistía que debía mantenerme en pie,
porque tres años en el piso eran excesivos. Mi madre contestaba
confundida sin saber qué hacer. Insistía en levantarme
y de inmediato yo retomaba mi posición habitual.
Lo cierto es que las buenas intenciones de mi madre no prosperaban.
Incluso recuerdo que inicialmente no fui motivo de exagerada preocupación.
Además, la generalidad de las guaguas se arrastran antes de
caminar. Si me erguían sentía extraños mareos.
Todo daba vueltas de manera vertiginosa. Hasta mi propio cuerpo se
me antojaba una pelota girando interminable. Al final me quedaba quieto
sobre el suelo y sólo allí podía reconocerme.
En esas circunstancias mis padres tomaron medidas extremas. Decidieron
amarrarme un par de veces a la cuna para que me acostumbrara. Fue
peor. Ya tenía cinco años y para no vomitar cerraba
con fuerza los ojos. Nada ni nadie me hacía abrirlos hasta
que el cansancio me vencía y terminaba durmiendo.
Pero, era obvio que aquella situación no sería eterna.
Erguirme contra mi voluntad sirvió a quienes deseaban convertirme
en ser normal. En esos lapsos que pasaban como torbellinos se asomaron
los verdaderos rostros de mis padres, o al menos los aceptados por
la mayoría. Al comienzo me asustaron y rápidamente apretaba
los párpados tratando de olvidarlos. Claro está que
esa experiencia era el preanuncio del cambio absoluto. Para un niño
que ignora bocas y pupilas verlas súbitamente era peor que
una pesadilla.
Un día desperté mirando el techo de la casa. Hasta
ese entonces dormía boca abajo y debo reconocer que así
aprendí a ver algunas cosas enteras. El gato por ejemplo, o
los pajaritos que se posaban a mi lado cuando me sacaban al patio
a tomar el sol. Conocía mejor que nadie a los insectos y me
entretenía por horas observando sus trabajos. En fin, había
tanto a mi alrededor que todo parecía mío.
Pero, un día tenía que despertar boca arriba admirado
del techo de mi pieza. También vi pajaritos: eran de papel
y colgaban de unos hilos.
Fue en ese momento que entró un hombre trayendo en la parte
superior una cabeza. Me miró complacido. Me nombró sonriendo
y supe en ese instante que recién nacía.
Un raro movimiento interior
Empezó a nombrarlo despacito, suavemente, casi como un murmullo.
Había despertado como todos los días: de espaldas en
su cama, la mirada posándose en los vericuetos del techo y
en las intrincadas figuras del papel decomural en las paredes. El
proceso habitual era abrir los párpados y escuchar simultáneamente
el trino de los gorriones. Eso era normal. El parque frente a su casa
estaba repleto de pájaros, los árboles llenos de nidos
y podían divisarse los rasantes vuelos sobre las hojas. Se
trataba, entonces, de un día como todos. Sin embargo, un raro
movimiento interior a la altura del pecho lo había sobresaltado.
Fue una sensación indescriptible, tenue y persistente que parecía
tocarle el corazón. Como si fuera algo pasajero trató
de restarle importancia. Encendió el radio como cada mañana,
abrió las ventanas, aspiró la brisa helada, pero estaba
escrito que esa percepción inusual no lo dejaría en
paz. Percibió que esa extraña sensación tenía
la virtud de iluminarlo por dentro, dimensionándole la materia
como algo inconsistente. Presintió que si seguía el
impulso inicial podía traspasar las barreras de lo tangible,
que podría salir a la calle sin hacerlo, pasar entremedio de
los árboles como si volara y visualizar a su alrededor bandadas
de gorriones con rumbo desconocido. Si esa interna pulsación
venía cerraba los ojos y se transportaba, sobre todo a esa
hora en que la ciudad estaba quieta, cuando nadie atravesaba las calles
todavía y las luces del alumbrado público apenas se
van extinguiendo con la claridad del amanecer. Presumía que
ese mimetismo espacial le otorgaría esa libertad indefinible
que va siempre más allá de las palabras. En ese estado
procuró trasladarse fuera de su habitación cuando vio
por la ventana que dos palomas revoloteaban cerca de la torre de la
iglesia. Supo que el peso de lo material luchaba todavía por
reducirlo a su cuerpo, a su circunstancia inmediata, al tiempo que
todo lo maneja. Sin embargo, con sutil insistencia algo se movía
bordeándole el corazón y un leve ensanchamiento de la
respiración lo aguijoneaba. Se levantó como si de momento
desechara esa presión que tendía a tornarse permanente
y que no entendía. Bajo la ducha se frotó el pecho con
firmeza comprobando que el calor era interno. Esa presión viva
e independiente de su voluntad se asociaba al calor concentrado en
un punto impreciso de su corazón. Luego se asomó a la
calle. Al despertar estaba seguro que el cielo se hallaba nublado,
incluso lo reafirmó recordando las dos palomas blancas recortadas
nítidamente bajo las nubes oscuras. No obstante, la mañana
se presentaba límpida, transparente, con demasiada luminosidad
para los meses de invierno. Como todos los días esperó
el bus en la esquina. A esa hora la gente ya empezaba a circular y
los vehículos pasaban raudos hacia el centro. Miró el
reloj del campanario y pensó que era posible irse a pie. El
día lo invitaba, además tuvo una súbita necesidad
de observar cada cosa como si la viera por primera vez. Inicialmente
no se percató que lo miraban con curiosidad, aunque cuando
sus ojos se cruzaban con los de un transeúnte notaba un dejo
de extrañeza en sus pupilas. Pero, el día era hermoso,
los pájaros llenaban el espacio como si se concentraran todos
los trinos del mundo a su paso. Qué podía importar que
alguien lo escrutara con un sesgo de ironía. Contó las
casas, los árboles, los rosales brillando en la alameda. Mentalmente
repasó la arquitectura en el trayecto. Nunca se había
percatado de sus formas coloniales, de las mansiones de comienzos
de siglo, de la iglesia construida con ladrillos. Al llegar al puente
constató que había caminado más de quince cuadras
sin notarlo. Se volvió para reconstituir el trayecto. La presión
y el calor seguían vivos. Un asombro fugaz lo recorrió
entero. Vio que detrás la ciudad era gris, que tenía
la cadencia habitual de los inviernos y que nadie miraba el cielo,
los árboles ni los pájaros. Además, todo el mundo
vestía como suele hacerlo en la estación. El recién
se percataba de su desnudez. Una pesadumbre incontrolable tan fugaz
como su asombro lo envolvió breves segundos. Giró sobre
sí mismo y se dispuso a cruzar el puente. Hacia adelante la
claridad seguía su ritmo particular. La belleza del día
se ababa como algo enigmático que sólo cumplía
la misión de atraerlo. La ciudad lo llamaba y él pasaba
el puente como si volara. Recordó que cierta música
lo transportaba, en cambio aquí la música no existía.
Era toda la vida una sinfonía y él se sentía
feliz avanzando. Al llegar a la plaza se arrodilló para ver
de cerca las flores y aspirar el aroma del pasto. Tocó la áspera
textura de una palmera y por primera vez notó que una figura
empezaba a formarse en su cabeza. La presión subía hasta
sus sienes y se estacionaba como si intentara hablarle. La figura
era algo difuso intentando diseñar una forma, delineando sus
contornos para que la comprendiera. Sin saber cómo empezó
a nombrar esa figura, suavemente, como un murmullo. Cristo, dijo despacito.
Cristo, repitió temblando. Ahora avanzaba lentamente, sin apuro.
Se sentó en un banco de la plaza y miró el par de cisnes
que nadaban en el estanque. Les sonrió sin mover un músculo
de la cara. Los cisnes se detuvieron devolviéndole la sonrisa.
Se sintió incómodo, nervioso, como si estuviera develando
un secreto inconfesable. Cada vez que miraba hacia atrás, que
repasaba el trayecto recorrido, se estremecía con la fealdad
del mundo rutinario. Las casas oscuras, las gentes grises y opacas
caminando hacia ningún sitio. Avanzaban en círculos
y en la infinitud del espacio se le antojaba que giraban eternos como
el perro que jamás se morderá la cola. Una especie de
tristeza inmanejable lo inundó entero. Lloró. Lloró
de dolor al ver a la misma limosnera de cada día. La misma
boca desdentada con su simulacro de mueca agradecida. Idénticos
embaucadores se estacionaban frente a algunos edificios esperando
a los incautos. Y por todos lados se voceaban las reiteradas noticias
semanales. A un costado de la iglesia un anciano dormitaba su acostumbrada
borrachera. Desde una clandestina calle lateral le llegó el
inconfundible aroma de un prostíbulo barato. Sintió
que la figura crecía en su cabeza. Por sus labios incontrolables
la palabra se asomaba como si tuviera consistencia. Cristo, decía.
Cristo, exclamaba. Su exclamación, poco a poco, se fue transformando
en una especie de alarido. Su grito desesperado asustaba. El creciente
gentío se arremolinaba a cierta distancia rodeándolo
en círculos concéntricos. Una mezcla de compasión,
lástima y temor cruzaba los rostros de los transeúntes.
El gritaba sin medida, mientras sus pupilas irradiaban una luminosidad
indescriptible. Alguien asociaba ese brillo impropio a la locura.
No pasó mucho rato para que se lo llevaran. Un carro policial
se detuvo a un costado de la plaza. Bajaron raudos y lo amenazaron.
No era necesario. El bajó el tono de la voz, agachó
la cabeza y caminó con ellos. Lo dejaron en el sanatorio. Allí
está ahora desde hace meses. A nadie asusta y nadie lo escucha
mucho tiempo. A veces recuerda un raro movimiento interior a la altura
del pecho. Pero, es incapaz de dilucidar de qué se trata. Ya
no siente esa presión y el calor simultáneos que lo
iluminaban internamente. De vez en cuando se ve flotando entre los
árboles como si fuera un gorrión que va y viene hacia
su nido. La mayor parte del día, sin embargo, lo ocupa en nombrarlo
despacito, suavemente, casi como un murmullo.
El puente
Todos los días realizaba idéntico trayecto. Por lo
mismo, cada día veía la estructura de ese puente de
madera, antiguo y endeble alzándose varios metros sobre la
carretera. Desde el ángulo de la ventanilla del bus no era
posible percibir hacia dónde conducía. Uno podía
imaginar que al otro lado había cualquier cosa. Y podía
hacerlo porque detrás de los primeros escalones que conducían
a la parte alta del puente se alzaba, a su vez, un muro de concreto.
Es decir, uno visualizaba el comienzo, los siete u ocho escalones
iniciales, su primer vértice superior y después nada.
Durante un tiempo que no puedo precisar controlé siempre mi
curiosidad. La pasada del bus frente al puente formaba parte de mi
rutina diaria. En ocasiones me entretenía suponiendo qué
había al final de su estructura, qué cosas podrían
percibirse desde arriba. A veces me aferraba a un par de ideas persistentes:
al otro lado existían ruinas indígenas del período
de la conquista o un cementerio carcomido por los años evidenciando
las últimas ruinas de sus mausoleos. Sólo en una ocasión
estuve a punto de descifrar su misterio. Un día otoñal
bajé del bus dispuesto a subir los escalones. Para mi desgracia
el sector se hallaba acordonado. Alguien ilustre cruzaba el puente
en ese momento. Desde esa vez seguí con mi costumbre de desatar
libremente la fantasía. No puedo precisar cuánto tiempo
ha transcurrido desde entonces. Lo que sí me consta es que
se trata de un lapso definitivamente largo. Diría que casi
toda una vida. Por eso, presintiendo que si no lo hacía ahora
no lo haría nunca, me he decidido. Hoy he bajado con lentitud
del bus y he procurado subir los viejos escalones de madera. Anoche,
es preciso decirlo, soñé con este instante. Soñé
que llovía delicadamente como ahora llueve. Me veía
subir con paso cansado los pocos escalones que quedaban de lo que
por años fuera un puente de madera y que ahora, al igual que
en el sueño, vanamente intentaba recordar.
Nos amamos en septiembre
A Jorge Montealegre,
por una historia parecida... -
Me cuesta imaginar que lo ocurrido con Fernanda pudiera haber tenido
otro final. Y me cuesta porque a esas alturas de la vida todo era
confuso. Los hechos se sucedían de manera tan azarosa que analizarlos
de un modo significaba contraponerlos de inmediato a una realidad
que sacudía diferente. Yo tenía dieciocho años
y podría pensarse que la existencia se abría pletórica,
que transitar hacia el futuro era asumir los sueños, los que
me acosaban en los pasillos de la universidad mientras leía
un texto de metafísica en vez de estudiar ecuaciones o sumas
algebraicas. Hasta la semana anterior al reencuentro con Fernanda
todavía era posible suponer que mi condición de poeta
tendría cabida en el mundo circundante. Porque más allá
del azar situándome en la historia y a tener ese ineludible
compromiso con una causa difusa que entendía a medias, la poesía,
seguía siendo mi bastión, la cuota de valor que podía
derrotar al tiempo y permanecer en los demás por sobre ese
ruido incesante de balazos y persecuciones. Hasta la semana anterior
yo me encontraba en casa de Martín. Desde hacía un año
me había cobijado por ese innato sentido de la fraternidad,
el mismo que lo acercaba más a la gente que a la filosofía,
que lo realzaba como pensador callejero aunque dictara una cátedra
universitaria. Es cierto que dormía en el sillón del
living, pero me sentía a gusto. Nadie me molestaba y yo procuraba
no incomodar con mi presencia. A menudo alargábamos las veladas
hablando de Dios, de la esperanza, del justo destino de los hombres
y que siempre habría algo más que llenarse el vientre
y desaguar cada día la vejiga. Martín era una especie
de hermano mayor, como el padre que no tuve y que remotamente se asomaba
en la memoria cuando me sentía solo y desorientado deambulaba
por las calles buscando el sitio amigo donde pasar la noche. Por eso
mi predilección por Martín y su familia no era una cuestión
circunstancial. Era mucho más que pasar los días en
su hogar, comer juntos, sentarnos en el patio al atardecer y tomarnos
una cerveza. No recuerdo después momentos tan plenos como los
vividos en esa casa rodeada de palmeras y jardines repletos de flores
que rara vez pude precisar. Allí estaba un poco el tiempo que
se iba y el que venía. Entrecruzados en un borde de la historia
tratábamos de descifrar al país, dentro de un espacio
que cambiaba vertiginosamente. Por ahí pasaban a diario las
relaciones humanas, la música, la poesía. En más
de una ocasión me he preguntado en estos años si esa
existencia era normal, si cabía dentro de los parámetros
de la vida común y corriente. Es posible, pero en la balanza
queda un gusto amargo que aún no he logrado dilucidar. Lo real
es que en la casa de Martín había encontrado ganas de
vivir y eso iba más allá que el simple alojamiento.
Era la casa de los sueños, y no porque todo fuera evanescente
y un mero soplido existencial pudiera borrarla del espacio. Nada de
eso. Era la casa de los sueños comunes y si mi pequeño
sueño personal era aceptado en ese sueño familiar no
tenía más remedio que sentirme feliz y agradecido. Un
año cumplía en Septiembre en esa casa y como irónica
paradoja se trataba de un Septiembre diferente. Uno no asocia demasiado
las fechas, salvo si un hecho sacude. Entonces se busca en la pared
un calendario, aunque más tarde se olvide el día, pero
no el suceso. Un año cumplía aquella mañana en
que la historia se reducía a unas pocas horas. De pronto el
mundo estaba loco y las radios desconcertaban. Ruido ensordecedor
de helicópteros y disparos provenientes de lugares que sólo
podían suponerse. Al mediodía ya nadie andaba por las
calles. Me asomé a la puerta para divisar apenas un escuálido
perro husmeando las paredes de la esquina. A lo lejos una sirena surcaba
el aire como un aviso. Inesperadamente me quedaba sólo en esa
enorme casa sin poder salir, encerrado conmigo mismo, descorriendo
a ratos las cortinas para apresurar la llegada de alguien, de Martín,
de Marcela o de cualquiera. Pero, no ocurrió. Ni ese día
ni lo días que siguieron. Solía consolarme pensando
que vendrían cuando menos lo imaginara y que las cosas seguirían
su curso. Pero, al quinto día supe que nadie de la familia
regresaría. Traté de no hacer demasiadas conjeturas
y asumí la idea de no verlos por un lapso prolongado. Después
me atreví a salir al encuentro de la realidad, aunque el encierro
fuera parte de una realidad que no me había recogido. Anduve
por calles que casi no recuerdo observando las paredes todavía
pintadas con consignas, los pocos automóviles circulando apresurados
y respiré ese aroma de miedo que podía palparse en el
aire como algo denso cubriendo la ciudad. A la vuelta de una esquina
la encontré a boca de jarro. Allí estaba tensa y erguida,
simulando contemplar una vitrina. Fernanda lucía igual de bella
llenando el espacio con su presencia dulce y atrayente. De nuevo me
cautivaba su hermosura natural y esa mirada suave que siempre parecía
estar acariciando. Era increíble tenerla ahí, al alcance
de la mano. Bastaba estirar los dedos y podía tocarla, aspirar
otra vez la tersura de su piel que por semanas me había perseguido,
desde la primera vez que la vi ensimismada escrutando el cielo apoyada
en un monolito del parque universitario. Allí nació
mi ingenua insinuación varonil y su respuesta tímida
y esquiva. En esa ocasión nos hablamos por esas casualidades
que resultan inevitables, intuyendo que tendríamos que conocernos
mejor, saber de nuestros pensamientos, de los anhelos personales y
las mutuas procedencias familiares. Nos vimos diariamente un par de
semanas en una especie de juego cautivante, de idas y venidas hasta
su pensión, de detenciones tácitamente programadas en
rincones oscuros para tomarnos las manos y abrazarnos, para besarnos
a veces y a veces para deseamos. Después la perdí en
el tráfago del gentío que nos llevaba por veredas opuestas.
Ella asumía su próxima condición profesional,
dispuesta a recibirse de parvularia y acunar infantes en alguna guardería.
Yo, siempre creyendo en antiguos ideales que a fuerza de repeticiones
pretendía rejuvenecer. Por algo nos extraviamos. Por eso o
porque no estaba aún maduro el tiempo del encuentro decisivo.
Lo real es que ahora estábamos observándonos como era
previsible y una complicidad manifiesta nos enlazó de inmediato.
A nuestro alrededor el mundo se caía a pedazos, y por algo
nos reencontrábamos. El nuevo abrazo era la continuación
natural de ese otro abrazo inconcluso. Nos nombramos quedamente, nos
susurramos cosas que ninguno percibía con claridad, pero que
estaban diciéndonos que en medio de un caos irreconocible lo
auténticamente conocido se hallaba en nosotros. Con Fernanda
habíamos demorado un encuentro que ningún calendario
podía posponer eternamente. Conversamos de lo que ocurría
y me preguntó por Martín y su familia. Ella entendía
toda esa confusión como parte de otra confusión mayor
que nunca me nombró. Sin saber cómo cerca del toque
de queda estábamos frente a la casa de Martín. Sin mirarnos
ingresamos todavía tomados de la mano. Adentro recorrió
las habitaciones, tomó algunos retratos de Marcela y de los
niños contemplándolos largo rato como si intentara memorizarlos.
Ojeó las estanterías repletas de libros y curioseó
unas notas y apuntes de Martín apiladas en su escritorio. Cuando
me preguntó si era obvio que debía quedarse nos reímos
con fingido nerviosismo. Comimos algo, encendimos la radio para escuchar
la monótona reiteración de lo que nos desconcertaba.
Después temblamos juntos al oír los persistentes ruidos
de vehículos pesados 0en las calles, enfocando a veces las
ventanas y provocando fugaces resplandores en las paredes y espejos
de la antesala. Apagamos las luces y nos deslizamos sigilosamente
bajo los sillones, tocándonos casi, rozándonos a menudo
en una extraña atracción que presagiaba lo inevitable.
Allá afuera la ciudad tenía sus dueños. Nosotros
nos necesitábamos para no morimos de angustia ante nuestra
propia soledad. Nos quedamos acurrucados como si el tiempo se hubiera
estacionado, sintiendo la respiración agitada de Fernanda muy
cerca de mi boca. Cuando tomé su rostro con mis manos y vi
sus mejillas cubiertas de lágrimas supe que podía amarla.
No importaba lo que trajera el futuro ni el pasado perdido. El presente
era lo único verdaderamente nuestro, lo que nos revitalizaría
hasta salir del enclaustramiento y recobrar un día los deseos
de vivir. Es cierto que lloraba, pero había en ello algo de
sublime. Lo entendí al besamos y porque aferrando nuestros
cuerpos descubríamos que la felicidad es más plena al
filo de la misma muerte. La muerte que pasaba por fuera y que en cualquier
momento podía entrar por una puerta y dejarnos en otra dimensión.
Sentía que pasaban veloces los días anteriores, los
recados de Fernanda en la casilla de la escuela, mis respuestas nerviosas
a través del hilo telefónico. Pasaban raudas las reuniones
de biblioteca y el estudio de doctrinas que costaba asimilar. Lejanas
pasaban las advertencias sobre un tiempo de catástrofes, donde
nada tendría más sentido que huir, huir a algún
lugar del planeta en que nadie supiera de nosotros para recobrar un
paraíso que ninguno conoció. Sé que Fernanda
tenía tanto miedo como yo. Ambos desprovistos de una experiencia
que jugábamos a disimular, pero sabiendo que ninguno tuvo nunca
otro cuerpo tan cerca y tan profundamente. La sentía cobijándose
en mis labios desafiando a la muerte, intuyendo que Martín,
Marcela y los niñitos nos miraban desde un sitio ajeno al dolor
y al desencanto. En ese instante de fugaz felicidad sentí que
la angustia pasaba como un cometa, se estacionaba arriba nuestro y
partía con desgano. Con Fernanda nos amamos como no he vuelto
a amar más tarde y sé que el sentimiento es compartido.
Nada fue más cierto que tenernos allí, rodeados de dolor
y de miserias, perseguidos sin saberlo por una historia que dudábamos
nos hubiera pertenecido alguna vez. Por eso quizás nos amamos
por primera vez como si naciéramos de nuevo, mirándonos
en el infinito espejo de lo trascendente. El universo entero entraba
por la ventana, se quedaba quietecito al lado de la cama y parecía
sonreírnos. Eramos dos contra todo y en algún secreto
lugar de las entrañas de Fernanda soñé que ese
momento se prolongaba. Después me susurró una promesa
para perpetuar la ruptura de ese espacio virginal. Yo la sentía
cohesionada a mi fuerza interior, sujeta todavía a mi beso
y pronunciando lo que sólo los amantes pronuncian luego del
amor. Volvió al otro día y al siguiente. Me acostumbraba
a esperar su llegada por las tardes regando las flores y asomándome
de vez en cuando hasta la calle. Allá aparecía siempre
precedida por el mismo perro blanco que husmeaba cada día las
paredes. La veía nerviosa apurando el paso mientras yo repasaba
las frases que escribía para decírselas en voz baja
mezclándolas con el resto de país que se nos escapaba.
Tal vez, porque ese resto se hacía más exiguo, a fines
de Septiembre Fernanda no llegó. Su ausencia coincidía
con la muerte de Neruda que una radio informaba escuetamente. Pensé
en Marcela y en Martín, en mis padres fallecidos hace tanto,
cuando yo era aún el germen de asceta ciudadano y quería
cambiar las injusticias con mis primeros versos. Pensé en ellos
tratando de rescatar sus rostros ambiguos y en cambio surgía
Fernanda junto a la vitrina. Después me acomodé a esperar
que vinieran a buscarme. Ellos llegarían cuando notaran que
nadie vivía en la casa de Martín, cuando constataran
que no se encendían las luces por la noche, porque Fernanda
y yo hacíamos el amor entre las sombras. Ya no tenía
sentido salir de ese sitio. Afuera tampoco tendría sitio alguno.
Por eso me quedé callado y acurrucado en una esquina de la
casa. Por un iluso momento había imaginado un final distinto,
un final con Fernanda esperando en otro rincón de la ciudad
donde la semilla de nuestra virginidad diera sus frutos. Creo que
a pesar de todo eso me mantuvo vivo. Suponer que esos días
se prolongarían más allá de ese mes y de ese
año. Por eso esperé casi sin miedo que me llevaran.
Después que se cansaran de pasar por la calle iluminando los
espejos
de la antesala, cuando se aburrieran de golpear las murallas y comprobaran
que la casa estaba vacía, que esa era la casa de Martín
donde no había nadie. Que sólo yo iba a dormir durante
el año y que por eso me llevarían lejos. Bien lejos.
Donde Fernanda no pudiera imaginar que seguiría vivo. Donde
nadie supiera nunca de esa casa en que ella y yo nos amamos en Septiembre.
La petición
Una mujer en la antesala de un tribunal no tiene nada de particular.
Pero, esta mujer irradia algo especial. Los ojos le brillan de extraña
era cuando entrega un arrugado manuscrito en el mesón.
Es la cuarta vez que lo presento le dice débilmente al oficial
del juzgado. El la observa enarcando las cejas mientras alisa el papel,
donde apenas se distingue un timbraje borroso en un extremo. Luego
se toca la punta de la nariz con el índice izquierdo y se aleja.
Ella lo ve conversar con un compañero de trabajo. Se percata
de la complicidad de sus sonrisas. Sabe que la escrutan con aire burlón
y descuidado. La mujer aguarda ansiosa. Se restrega sin pausas sus
fláccidas manos y de vez en cuando, juguetea nerviosa con el
desgastado medallón de bronce colgándole del pecho.
El personal del tribunal se arremolina en un rincón. Comentan
en baja. La miden de reojo como si pretendieran ignorarla. Después
la olvidan y regresan a sus labores. Ella continúa esperando
como si el tiempo se extendiera en la infinitud de sus pupilas.
La mujer presiente que en algún momento cerrarán el
tribunal. El oficial regresa con el arrugado manuscrito entre sus
manos. La contempla con lástima como si recién reparara
en ella.
Lo siento señora. Su petición no es posible ahora.
El juez no puede fallar de buenas a primeras algo tan importante.
Ella lo mira con sus ojos de perro asustado mientras el oficial la
toma de un brazo encaminándola hacia la puerta.
Usted sabe agrega de pronto, con un gesto de ternura que pedir un
lugar en el paraíso requiere de un largo proceso.
Lo sé responde la mujer inclinando la cabeza. Después
guarda el manuscrito en su cartera y antes de salir levanta los ojos
como implorando.
¿Mañana, tal vez ... ?
-Tal vez… -sentencia el oficial y cierra lentamente la puerta del
tribunal.
Es que tienes los ojos
cerrados
Es que tienes los ojos negros Pablito, los tienes como si te hubieran
pintado la cara de blanco y los ojos se te hubieran achicado. Los
tienes como esas pelotitas de carey, de esas que venden los gitanos
bajo la carpa morada, de esa carpa donde una mañana tú,
yo y los demás, nos acercamos despacito y miramos por un agujero.
Era pequeño el agujero ¿Te acuerdas Pablito? Por ahí
los vimos. Estaban medio colorados y nosotros nos mirábamos
asustados. Creo que no podíamos irnos y parece que ellos jugaban
a quererse, porque se subían encima de ellos mismos. Pero,
si te acuerdas bien Pablito, la rubiecita, la de las trenzas largas,
la que tenía unas tetas chiquitas, la que se limpiaba los mocos
con la punta de su vestido blanco, esa rubiecita lloraba cuando el
gordo de bigotes se le subía a caballito. Todavía te
estoy viendo medio asustado tirándome las mangas para que nos
fuéramos. Pero no. No nos movimos esa tarde y después
volvimos dos veces, en la noche y al otro día hasta que nos
acostumbramos. Y cada vez que los gitanos levantaban la carpa los
veranos nosotros nos arrastrábamos debajo de los matorrales,
por entremedio de las piedras, como si fuéramos soldaditos
de plomo. ¿Te acuerdas Pablito de ese cuento, ése donde
le faltaba una mano al soldadito? ¿O era un pie? Bueno, no
importa. Lo que importaba era que tenías los ojos bien abiertos,
muy abiertos, como si tuvieras que mirar todo lo que pasaba, porque
había poco tiempo. Me llegaba a doler cómo abrías
los ojos. No como ahora que los tienes casi cerrados, casi como si
te los hubieras pegado con pegamento. Tienes pegamento en los ojos
Pablito. Déjame verte. ¿Qué te hicieron? ¿Quién
te puso pegamento en las pestañas? Parece que hubieras llorado.
¿Lloraste Pablito? Como si hubieras llorado, igual que el día
que te empujaron contra la reja y te golpeaste la nariz. No habías
visto sangre. Sí, me di cuenta, porque te miraste la camisa
de colegio toda empapada de rojo y de nuevo te asustaste. ¿Sabes
que eres muy asustadizo? Siempre estás pendiente de algo que
te acobarde, de una sombra muy oscura, de un hombre raro que crees
te espera a la vuelta de la esquina con un saco grande y unos ojos
medio locos. Siempre terminabas llorando ¿Por qué Pablito?
Tú sabeas que luego, un poco más tarde, más rato,
serás enorme y alto como mi papá. ¿Te gusta mi
papá, verdad? Sé que sí, siempre lo estás
mirando, cuando fuma, cuando clava un clavo o pinta las paredes de
mi casa. Sé que te hubiera gustado un papá como el mío.
No sé qué le pasó al tuyo. Nadie lo conoció,
me parece que nadie. Algunos decían que tú no tenías
papá, pero tenías, tienes que haber tenido, sino ¿Cómo
habrías nacido? Es tonto lo que dicen ¿No te parece?
Muy tonto. Yo creo que de envidiosos, de malos que son, por eso hablan.
No tienen en qué ocupar el tiempo y cuando lo ocupan lo hacen
para perderlo. Pero, que eso no te preocupe Pablito, tú tienes
un amigo, después de todo. Yo soy tu amigo, aunque alguna vez
me haya reído de tus piernas chuecas, de tu cojera tan cómica.
Pero, eso es normal Pablito. Aunque te cueste creerlo, hasta tu cojera
resulta simpática en ti. Debe ser porque eres tú y siendo
uno, uno es como es. ¿Me entiendes? Sé que me entiendes.
Además, es tan poco lo que no comprendemos que no podemos enredarnos
mucho. Lo que sí no logro entender son tus ojos, siempre tan
tristes, hasta cuando te reías tus ojos estaban medio idos,
más bien como si estuvieran tristes. ¿Verdad que era
así, que es así? No digas nada. Cada uno sabe qué
le pasa dentro y nadie puede explicarlo. Como cuando te perdiste en
la playa y te buscamos por todos lados. ¡Pablito, Pablito! te
llamábamos. ¡Responde! te gritábamos a coro, y
tú estabas encaramado en los tijerales de una casa sin terminar.
Me acuerdo bien. Estabas con la cabeza metida en un agujero parecido
al de la carpa de los gitanos, pero no mirabas hacia adentro. Mirabas
las aguas del río y sonreías, te reías en silencio
y nos hiciste callar como si pudiéramos despertarte. Pero,
tú estabas despierto y sonreías. Nos miraste sin vernos,
bueno a mí me pareció que no veías a nadie y
que mirabas más allá de nosotros. No, no pienses que
me burlo. Siempre te encontramos medio raro, medio difícil.
Alguien decía que eras como un pájaro que vuela bajo
tierra. Como un pájaro que va taladrando el piso, en silencio,
muy silencioso, queriendo llegar a algún sitio, pero no llega
nunca. ¿Te parece que tú eres así Pablito? A
mí, no sé. Es que es tan difícil ser uno mismo.
Mi padre, ése que tú siempre espías entre las
tablas del cerco, a veces me retaba porque yo te imitaba y caminaba
como tú, y sonreía como tú. Pero, yo lo hacía
sin maldad ¿No lo crees? Tal vez no era así, tal vez
trataba de burlarme de ti y de todo lo que tú eras. No lo sé
bien. ¿Y qué importa ahora? Tampoco lo sé bien.
Hay tantas cosas que no me dijiste y que no dijiste a nadie. En fin,
tú sabías lo que hacías ¿O no lo sabías?
Bueno, eres dueño de tu vida, pero no entiendo, te repito,
por qué tus ojos están tan chiquitos y negros, negros
como un arco iris de un solo color, de un color medio gris, como el
cielo gris de este invierno. ¿Sabías que es invierno?
Quizás empezaste a olvidarlo. ¿Uno empezará a
olvidar de repente? ¿Qué crees? No, no digas nada. Me
lo imagino. Ni siquiera me respondas por tus ojos. Ayer estaban claros,
claros y abiertos. ¿No te acuerdas de ayer? Antes que se te
pusieran cerrados, antes que te cayeras de la chancadora de ripio
como un saco de cemento, antes, los tenías abiertos. ¿Qué
hacías allá arriba? Es alto, te gritamos, es alto y
puedes caerte. Pero, no respondiste. Alguien dijo que habías
escrito sobre tu padre, que habías puesto su nombre en la pared.
Y que dibujaste un par de piernas derechas, derechitas como tablas
y que nadie supo cómo venías cayendo tan rápido,
rápido como un pajarito en picada. No sé Pablito, pero
algo pasó por tu cabeza. ¿Verdad? No me digas nada.
A lo mejor entiendo. Lo que no comprendo es cómo tus ojitos
se te achican tanto y se pusieron tan, pero tan negros. Tan chiquitos
tus ojos y tan grandes que estaban ayer, tan grandes y tanto que veían.
Podían pasar a través de nosotros y no vernos, y vernos
más allá de nosotros mismos. Y ahora están cerrados,
pequeñitos y cerrados, como si nunca los hubieras abierto.
Algo vuela sobre el lago
Casi al llegar sentí esa especie de aleteo suave y veloz tocando
mis mejillas. Como el entorno atraía de golpe las miradas pensé
que era la brisa y no le di mayor importancia. Yo había estado
en el lago la semana anterior, por eso lo recordaba con tanta precisión.
Es verdad que era un lago artificial, pero a esas alturas resultaba
tan válido como uno natural. Uno asume que un lago es tal donde
quiera que se encuentre. Ve sólo el agua contenida entre los
cerros y le parece que siempre ha sido igual. Claro, si uno comienza
a caminar por los alrededores nota algún camino inconcluso,
una huella de animales trunca como si el borde del agua los hubiera
cortado de un hachazo. Lo que hay debajo sólo es posible suponerlo.
Tal vez en otro tiempo hubo caseríos y circulaba gente por
el fondo. Ahora el lago lo ha cubierto todo, o casi todo. De vez en
cuando unas ramas de árbol surgen extraviadas en la superficie
como mudo testimonio de una muerte húmeda. Algunos islotes
desparramados emergen como icebergs de tierra y desperdicios. Y sobre
ellos vacíos tarros de conservas, botellas quebradas y restos
de diarios incrustados a medias en el suelo. Como cualquier otro lago
del mismo modo refleja los rayos de la luna. En él rebotan
como haces luminosos los insectos mirados a contraluz. Para una noche
normal el origen del lago debiera ser algo secundario, una cuestión
accesoria. De todas maneras el paisaje absorbe, atrae y cautiva. Se
puede estar horas contemplando la intangible cadencia de las aguas
y ese ruidito cómplice de astillas y musgos en la orilla. A
ese lago artificial llegamos por casualidad, aunque si uno hurga en
su interior sabe que alguna implícita razón nos llevó
hasta sus bordes. Era de madrugada, la tibieza de la noche tenía
algo de sofocante, de vaho caliente que dificultaba la respiración.
Laura me dijo que un sitio ubicado en un declive atrajo de inmediato
su atención. Nos acercamos en silencio. Se trataba de un claro
caprichoso rodeado de arbustos, de árboles sombríos
y unas flores que, en la claridad nocturna, se visualizaban vistosamente
albas. Detrás del claro otro de esos caminos con un final supuesto
bajaba hasta el lago. Lo seguimos despacio. A lo lejos voces de campamento
nos llegaban como diálogos entrecortados. Débiles fogatas
brillaban a una distancia incalculable, aunque parecían al
alcance de la mano. Los espacios no sugerían dimensión.
Todo era aproximado. Si uno estiraba los dedos para tocar la forma
de un sauce se encontraba con la nada, y su sombra seguía incólume
más allá de la intención. Si proyectaba la mirada
hacia el cielo las estrellas estaban allí, tan cerca de los
cerros que la vastedad del universo sugería una estrecha realidad
encajonada. Había un orden predispuesto, aunque no sé
por qué tenía la vaga sensación que todo aquello
era incompleto. Los islotes, las ramas de los árboles, los
caminos inconclusos, daban la idea de algo tronchado, como si un espejo
reflejara oblicuamente la mitad del rostro y se supiera que el resto
está detrás. De pronto, por una tácita decisión
estábamos desnudos en el agua. Por largo rato nadamos despreocupados.
El braceo apenas se escuchaba y el canto letánico de un ave
desconocida llegaba cada ciertos intervalos. A veces nos tocábamos,
nos palpábamos bajo el agua, sentíamos los muslos, las
rodillas, como si jugáramos a descubrirnos en la quietud de
ese paisaje de artificio. Aferrados a unas raíces de la orilla
nos besábamos largamente mecidos por un vaivén que era
común. Como algo repentino sentí de nuevo ese ruido