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A propósito de Devoción de Karina Falcón

Por Victor Manuel Soberanes

 

¿Dónde está el cuerpo para conocerlo?

Si aquél hombre… ó aquella mujer se acerca demasiado a ti, no tengas la certeza de sus buenas intenciones, lo único innegable es su mal arreglo, su falta de cortesía y su paso retraído. Los códigos de su cuerpo dicen todo; y el tono artificialmente amable de su voz hace de la falta de relaciones humanas inteligentes un preciado talento sugestivo o una desgracia para su limitada existencia.


La concepción de lo psíquico e inmaterial: el alma… el nombrado espíritu… ¿Qué son estas fidedignas palabras sin su recipiente que, literalmente los alimenta?

Un cuerpo es, sin duda, la vena y la arteria de nuestro pensamiento. Nuestro interés por el otro, (ó por el otro como alimento) reduce todas nuestras metas a la búsqueda de saciar el aquello que nos hermana con las bestias: el instinto. Si aceptamos que instinto e intuición en la carne, sin que estos tengan una bóveda intelectual, tienen su fuente psíquica en ella, entonces celebramos la incomprensión del deseo. Sus cualidades (las de la carne) engendran, nutren y absorben todos estos nuevos pensamientos, que creen en lo que ven, que hasta lo respiran y que hasta palpan calor en un cuerpo que puede estar helado de muerte o de indiferencia.

El que ve, siente y delira.

El que nunca ha visto solamente le es el delirio.

Sentimos, nos sabemos incompletos… quizá verdaderamente a la mitad. Y el otro es búsqueda de “alimento que sacie para siempre”.

En literatura, la palabra cuerpo es de índole trágica. El cuerpo no entiende la moralidad, el cuerpo solo huele, mira, come,… tienta. En -inmensa- mayoría somos sus iletrados; innobles a sus olores, difíciles a sus invitaciones, anónimos a su sabor; lo maquillamos, lo vestimos, le damos cortes, lo dejamos en un armario y al final lo que nos envuelve es sólo su brillantina.

Y casi no nos hablamos de él.

Devoción. Poesía de la carne, es una libro-detalle que conjunta versos, elegías al cuerpo que es despojo, al vientre que es generador de fantasías, definición exacta del vientre, a los “dos riñones con medio cansancio”, al aquel cadáver y a toda la gama de su colorido. Y sucede que dentro de esta poesía de Karina Falcón, se perturba la palabra, y cae uno en cuenta que la sangre también escucha; que es objeto el cuerpo, objeto que se aprieta, se dobla, se corroe.

¿Y su alma? Los hebreos antiguos tenían un término para esta concepción: nefes. Un vocablo que no tenía nada de abstracto, significaba nuca, garganta y quizá más: boca. Pretendemos el desvarío. Suponemos que el nombre de las cosas lo concluye todo. Pero la historia sabe más de términos humanos que el conocimiento de un poeta. nefes es alma. Y nefes es garganta.

Cuando se decía: Las aguas me rodearon hasta el alma, es decir: hasta la garganta; se comprendía bastante claro que el hombre estaba a punto del ahogo; y es aquí donde la ciencia inconstante de la belleza se vuelve poesía. El sentido de respirar, de tener un halito de vida, una boca para el respiro (para vivir) se convierte en el de “tener un alma”. En “Jeckhyde”, el quinto poema de “Devoción”, el que lee dice: “Nunca había sentido tu aliento así/ tan agitado y tan constante…/ parece que me llama a tu infinitud.” El aliento, se sabe, es el vaso comunicante entre el instinto hambriento y la carne del cuerpo ofrecido.

Es el momento de la debilidad.

¿Y su estética? Es decir la estética de la carne, del cuerpo abyecto, tiene una doble substancia: la técnica y la ética. (¿Todos los presentes pueden tener dificultad con definir esto?)

Comparto la concepción de que sin técnica no hay arte. Pero ¿y lo ético del asunto? ¿Quién nombra la armonía de la carne? ¿La nombra los valores morales de Occidente? ¿Las manías de los posesos poetas? La delicada declaración de “Miré en tu cuerpo, destazado,/ el muslo donde descansaba mi cuchilla su cansancio./ Tu intestino blando, oculto y en pedazos” (versos del primer poema de este libro) es una declaración de un asesino amoroso, y su interlocutor no se asombra por que se ha cometido un asesinato, el asombro es por mirar la cabeza , el tórax, los ojos vivos que releen cada una de las varias partes de la carne muerta.

El canon (siempre existe un canon) en lo escrito en este libro es una atmósfera multívoca de relaciones, donde lo que se celebra es el bello cuerpo que “es carnoso” y es también “un traje de huesos”. Me parecen onerosos los agravios del cuerpo, y eso los vuelve agraciados de belleza.

Y si soy limitado en el tema de consagrar lo bello, lo es porque la belleza no es un valor formal, es una constante de emociones que se han desencadenado. Uno es un devoto de la belleza pero a la belleza no le importan sus devotos, ella no es racional. El poema, lo sabemos, es una contemplación. El poema sucede cuando regocijamos nuestra humanidad en su contemplación, en este caso la contemplación de los cuerpos. Sí, lo más cierto es que la ética se diluye en la vergüenza cuando alentamos a nuestros sentidos al vislumbre de el otro. Otro que quizá solo existe para nosotros porque nosotros le otorgamos esa existencia.

El valuarte de la poesía declarada es que en ella se dice el objeto delicioso, se dice su apariencia. Uno ha sido anclado y orbita en el objeto,… disforme o deforme, altivo o mediocre, eso no detiene nuestro embeleso, estamos siendo disgregados de nuestra fuerza vital y no sabemos ya de moralidades o inquisiciones.

En el caso de la obra que hoy se presenta, la aparencia-substancia son las ceremonias de la carne. Donde la estampa humana es sustentada por sus singulares iconos: parpados lánguidos, “manos de alquimista” o pómulos de zanjas.

34 lealtades que son venas, que son veneros, que son escritos. Pero sobre todo, motivos son para reunirse al rededor de la palabra.

 

 

 

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