Proyecto Patrimonio - 2004 | index | Alejandro Lavquén | Autores |





La Libertad de Pérez
(relatos breves, 1996)



por
Alejandro Lavquén


CADA DOMINGO, ETERNAMENTE

Era una de esas tardes lánguidas de domingo, calles casi solitarias, recuerdos descolgándose de la memoria. En el aire, más bien una nostálgica tibieza.

Cada domingo, y desde hace algunos años, acostumbraba caminar sin dirección que me esperara, como un líquido triste deslizándose por callejones desconocidos.

Este hábito, este caminar, prolongaba mis momentos más lejanos, traía a mi balcón un canto que siempre, en carne y hueso, esperaba ver volver, por lo menos eso pensaba hasta aquel instante.

Pero aquella tarde, venía con un puñal inesperado bajo su gris vestimenta. Ella, apareció de pronto, paseaba con tres niños que jugaban a su alrededor. La reconocí como quién reconoce al detalle lo que le perteneció alguna vez.

Hoy, cada domingo, desde aquel encuentro, salgo de mi tumba a tomar el sol, las calles son más solitarias que antes y mis vecinos más silenciosos que yo.

 


TESTIGOS DE AYER Y DE HOY

El verano comenzaba a preparar su equipaje. Antonio Figueroa tomó algunos papeles, cerró la puerta de su cuarto de pensión y bajó por las escaleras, que se sabía de memoria.

Como todos los días, muy temprano, el ascensor "Espíritu Santo" del cerro Bellavista le parecía lento y triste en su descenso. En él viajaban, en su mayoría, obreros portuarios y algunos oficinistas y comerciantes callejeros, estos últimos eran los más. Antonio Figueroa era uno de ellos. Joven de alrededor de treinta años, de aspecto común y sin rubro comercial determinado. Bien podía ser hoy un vendedor de helados, como mañana un vendedor de cigarrillos sueltos o de maní. Abundan en las ciudades latinoamericanas este tipo de jóvenes. Nuestro país no es la excepción.

Junto a la puerta del ascensor, un hombre escuchaba las noticias de la mañana en un pequeño radio a pilas. Como de costumbre, el Ministro de Hacienda discurseaba sobre el gran éxito del crecimiento económico, las bondades de la democracia y las múltiples oportunidades a las que puede acceder la juventud. Los pasajeros, al escuchar esto, se miraron en silencio, como obligados por un acto reflejo, marcándose en sus rostros una sonrisa de incredulidad e ironía. Por más de alguna mente cruzó un garabato certero. Un señor vestido de gris, corbata con rayas azules y camisa blanca, refunfuñó algunas palabras entredientes: "Sea el gobierno que sea hay que trabajar", dijo. A simple vista, daba la impresión de ser un empleado fiscal. Los demás, luego de observarlo, continuaron sumergidos cada uno en su particular silencio.

El ascensor se detuvo, sus ocupantes, sorprendidos en sus cavilaciones aún somnolientas, comenzaron a descender con rapidez, como si los relojes, de pronto y sin aviso, hubieran acelerado sus zancadas.

Antonio Figueroa, tomó calle abajo hasta llegar a la Plaza Victoria, donde buscó un asiento de su agrado. Tras sentarse, encendió un cigarrillo, que fue consumiéndose al ritmo de sus pensamientos: ¿Qué haré, cómo pagar el arriendo, cómo comprar mercadería? ¿Trabajo? ¿Pero dónde le darían trabajo a un ex-preso político?. Seguramente, piensan que les podemos concientizar el dinero, y, los billetes, conmovidos, decidan, por cuenta propia, distribuirse entre la gente pobre. Tanto sacrificio para nada, sólo para sentar en el Congreso a un grupo de políticos profesionales que cada año se aumentan la dieta parlamentaria en beneficio del buen trabajo legislativo y democrático, como dicen algunos huevones.

Así, entre meditaciones encontradas, fue transcurriendo la mañana. El mediodía comenzaba a florecer y el calor hacía la desesperanza mucho más patética.

No lejos, en otro lugar del puerto, senadores y diputados se preparaban para celebrar un almuerzo de homenaje a un anciano general. En la capital, en tanto, eran encontradas nuevas osamentas pertenecientes a algunos Detenidos Desaparecidos, muy cerca de un terreno que perteneció al Ejército de Chile.

 


LA LIBERTAD DE PEREZ

El frío de julio se ensañaba con las ocho de la mañana, los chuzos y picotas resonaban sin cesar en las calles de La Pincoya, allá en las faldas de los cerros, en el norte de Santiago. En los barrios de la ciudad, todavía se escuchaba el rumor de la noche anterior, noche de protesta contra la tiranía militar.

La "Empresa Contratista" se llamaba POJH ( Programa para Jefes de Hogar ), y era controlada por las autoridades municipales. Cuadrillas, capataces, alistadores y supervisores. Todos para transportar hoyos y piedras de sur a norte, o de este a oeste, daba lo mismo. Había que bajar los índices de cesantía, dar un mendrugo a los maltratados pobladores. Esconder la noche en uno de los tantos bolsillos de la indiferencia.

Pérez, el más chispeante de los jornales, como todos los días, apareció tambaleándose entremedio de los montones de tierra. ¡Salud, salud! decía a todo lo que se topara en su camino, esbozando una sonrisa de alegría que el vino barato le extraía de su indigente pobreza. Todo un personaje entre tantos personajes olvidados por el resto de los personajes del país.

Cerca de la hora de colación, se presentó el impopular "Pingüino", un capataz-alistador, repudiado por moros y cristianos... ¡Gómez!, gritó. ¡presente!, respondió Gómez... ¡Rodríguez!... presente!, respondió Rodríguez. ¡Pérez!..., ¡Pérez!, volvió a repetir... ¡Qué pasa con este Satanás!, exclamó furioso... Está durmiendo la mona detrás de aquellos árboles, le explicó un compañero de cuadrilla.
Pérez dormía extendido detrás del árbol, como si aquella mañana no se hubiera levantado jamás. ¡Ya, despiértenlo, despiértenlo!, vociferaba el "Pingüino", aquí se viene a trabajar, la patria no necesita ociosos. Ante la insistencia del "jefe", los compañeros de Pérez se acercaron a él para tratar de levantarlo. El hombre no reaccionaba. Al volverlo, para tratar de reincorporarlo, un escalofrío se apoderó de todos... Su pecho irradiaba una luz indescriptible. Una paloma tricolor, como la bandera, elevó vuelo desde la luz. Pérez sonreía..., pero ya no volvió a despertar.

 


UNA CANTINA EN VALPARAISO

La vieja cantina era un bullicio desordenado de palabras, afuera la lluvia se escurría inclemente por las calles y el mar se disfrutaba en el viento.

En una de las mesas, un grupo de estudiantes y algunos artesanos conversaban ensimismados. En una banca aledaña, un señor de grueso chaquetón y gorra marinera, luego de beber un largo sorbo de vino, se puso de pie y alzó la voz: ¡Vaya, vaya, así que son filósofos los muchachos, y quieren arreglar el mundo, pues bien, yo soy Simbad el Marino y al aclarar parto hacia Oriente, quién viene conmigo...!. Usted si que está mal abuelito -dijo uno de los muchachos- parece que "se le dieron vuelta los enanos" dentro de su nevada cabeza. Ya cabro, replicó éste, si eres tan vivaracho, responde esta pregunta: ¿En qué lugar del mundo escondió Dios las llaves del reino?..., ja, los pillé a todos... En el ombligo del Diablo -dijo- y se marchó entre fuertes carcajadas, que como explosiones lanzaba por su garganta.

Sobre una tarima, un parroquiano entonaba una hermosa y triste canción, llena de añoranzas por ciertos momentos extraviados en el tiempo. Un joven y una muchacha se miraban con ternura mientras la dulce melodía inundaba el ambiente.

Avanzó la noche, acelerando lentamente sus pasos. Uno a uno los participantes de la inevitable tertulia porteña fueron abandonando el local. Ya cerca del amanecer, sólo quedaban un pintor que dibujaba figuras extrañas en una servilleta y el joven y la muchacha que conversaban animadamente, como si siempre se hubiesen conocido.

Junto a la puerta de la cantina, un poeta observaba la lluvia repiquetear en el mar. En la claridad del cielo, una gaviota dibujaba a la reina de las flores...

 


UN VERANO MUY LEJANO

Recuerdo un camino, extendido más allá de una especie de pequeño santuario envuelto en flores amarillas, frente a una casona de otro siglo. Un camino que continuaba por un cerro de bosques circunspectos. Un camino que atardecía en un espacioso terreno alomado de cielo azul. Era el verano que silbaba.

Recuerdo el mar, saludándonos al pie del acantilado. Una araña grande y misteriosa, hojas crepitando y eucaliptos acariciando las alturas.

La Roca de la Iglesia y un cerro inmenso, casi místico, escalando el viento para desde allí hurgar en la memoria del océano.

El río Maule con sus botes y bañistas. Con su isla pedregosa y zarzamoras y troncos y la alegría adolescente de muchas niñas chapoteando en sus plácidas aguas.

Recuerdo el regreso, junto a mis tres amigos: Juan Carlos, Toño y Agustín... Hoy extraviados en la madurez de los años.

Atrás quedó Constitución y sus playas de arena gris, su Plaza de pueblo veraniego y su Estación de Trenes, mágica y lejana, guardada en los cajones de una noche solitaria.

 

SOBRESALTO

diciembre 08 del año 1995

Desperté angustiado, muy cerca de la hora del alba, miré el reloj. Eran las cinco treinta y cinco de la madrugada. Un escalofrío me estremeció.

Su figura se había introducido en mis sueños, se paseaba por mis pesadillas derribando todas las puertas. Hablaba con alguien acerca de un viaje muy lejano, conversaban a un costado del lugar donde un día el azar nos conquistó.

Le quise hablar, pero su mirada era tan triste, que todas mis palabras se ahogaron en sus ojos.
Semidespierto, observé el calendario frente a mí, era el día ocho de diciembre. Retrocedí dos años, casi por instinto volví a aquella mañana muy temprano, cuando en un silencio más expresivo que todo el ruido del universo la vi por última vez..., fue un día ocho de diciembre...

 

PEQUEÑA HISTORIA DE DOS NIÑOS

Joaquín, era un niño como tantos niños callejeros del mundo. Sin árbol genealógico, sin partida ni llegada. Algunos días mendigaba en las micros, otras veces lo hacía a la salida de la Estación del Metro. En fin, cualquier lugar donde se concentrara mucha gente le era perfecto para su labor diaria.

Una noche de agosto, cuando las calles se encontraban petrificadas por el intenso frío invernal, se topó, muy cerca del Mercado, con un extraño bulto cubierto por una raída frazada. Grande fue su sorpresa al inspeccionar aquél hallazgo... Una niña casi de su misma edad, tiritaba como una golondrina equivocada de estación bajo la sucia cubierta.

¿Cómo te llamas?, preguntó él. Ella, con voz entrecortada, respondió: me llamo Catalina y tengo mucho frío y un dolor muy grande aquí, señalando su vientre hinchado. ¡Estás embarazada!, exclamó Joaquín, sorprendido. La niña estalló en llanto y quiso correr, pero él la detuvo, calmándola con sus palabras que todavía reflejaban algo de la inocencia de su corta edad. Le explicó que no la dejaría sola, diciéndole que podía acompañarlo a su refugio bajo los puentes del Mapocho.
Una vez instalados bajo uno de los puentes, junto a una pequeña fogata, Catalina le contó como había sido violada por su padrastro, escapando luego de su casa allá en la ciudad de Coquimbo, en el norte del país. Llevaba cinco meses deambulando por calles de distintas ciudades, ofreciendo sus servicios a cambio de transporte hasta llegar a la capital, pensaba que aquí la gente sería más civilizada. Después de todo, el Santiago que muestran algunos programas de televisión impresiona hasta al más exigente de los europeos.

Los nuevos amigos comenzaron una vida inseparable, no exenta de emotivos momentos de ternura. Se les podía ver por los pasajes que rodean la Vega Central, jugando con los perros marginales y sin amo que abundan en los alrededores de las ferias. Recibir juntos el insulto de algún comerciante que se negaba a compartir alguna fruta. Recibir el desprecio de una mujer hipócrita hacia la niña embarazada, como si ésta fuera la más corrupta de todas las mujeres del mundo.

Sin que los niños pudieran entenderlo, llegó el día inevitable. Catalina cayó abatida por dolores definitivos que se presentaron de improviso. Joaquín, desesperado, corrió en busca de ayuda. Llegó la policía, la ambulancia y un sinnúmero de curiosos, de esos que siempre se arremolinan alrededor de la tragedia para no perderse detalle de los sucesos.

La niña fue sacada muerta desde bajo el puente. Joaquín lloraba sin cesar mientras era llevado por los guardianes del orden público. Al pasar entre la gente, una señora que vendía dulces en la calle y que no paraba de parlotear e invocar al señor de los cielos, le gritó: ¡Qué cabros más cochinos, no digo yo, apenas se saben limpiar la nariz y haciendo vida marital!, dando muestras de orgullo por aquélla última palabra dicha ante tan distinguida concurrencia. ¡Cállate vieja hedionda -respondió con furia el chico- acuérdate que el tirúo que vende helados te capotea todos los sábados en el hotelucho de la esquina ! Un golpe, en el rostro del niño, dado por uno de los carabineros, defendió la honra e hipocresía de la "vieja peor es 'na", como la llamaban en el sector.

Al día siguiente, un conocido matutino hacía sorna del hecho en sus titulares: "Vieja guena pa' la... fue ofendida por pelusa que embarazó a hermosa niña encontrada muerta en el río Mapocho".


ISABEL ALIAS "LA ISIS"

Isabel llegó a Santiago con la esperanza de toda provinciana, encontrar en la gran capital el camino de la buenaventura.

Fue sobrina regalona, estudiante alegre y entusiasta deportista. Tuvo pololos y bailó en muchas fiestas.

Llegó un día la jornada dolorosa, venía con esposo, hijos y abandono. Un remilgo amargo de la existencia la dejó bamboleando en los tajamares de la nada.

Ciertas amigas imprevistas la instruyeron en los secretos de las callejuelas nocturnas, mugrientas y desarrapadas, donde algunos varones buscan el placer carnal y vinolento por compañía. La luz natural se replegó de su cielo y el fárrago maloliente del sexo contratado la envolvió en el vértigo de lo que no vuelve.

Un día lluvioso de otoño, o tal vez de invierno, la madrugada velaba su cuerpo exánime tendido en calle Hurtado Mendoza esquina San Martín. Por sus entrepiernas caía la sangre aún tibia de la criatura destruida por los puntapiés abyectos del amantecafiche, que escapaba entre la niebla fría de la impunidad, como tantos delincuentes amigos de nuestra ejemplar justicia.

Sobre su tumba, simplemente dice hoy: "Aquí yace la Isis", escrito con lápiz labial de color rojo. Escrito, seguramente, por alguna de sus antiguas compañeras de burdel, conmovida con la suerte de su vieja amiga.


EL MAESTRO Y LA CAJA IDIOTA

Doroteo, como era habitual en él, apenas sintió las campanadas que daban término a la jornada de clases, tomó su maletín. Y, como si escapara de un horrible suplicio, salió rápidamente del colegio.
Al llegar a su casa, almorzó y luego durmió la sagrada siesta diaria. No sin antes quejarse del cansancio a que era sometido por la vida y sus maldades.

Despertó al atardecer, suspiró y dijo: "¡mamááááá, está listo el tecito"!. Luego, fue a sentarse en su sillón preferido, acomodó la barriga y encendió el televisor. En ese momento exhibían un espacio cultural que lo llevó a cambiar prontamente de canal. Vio varias películas de esas donde los norteamericanos deshacen a balazos, coca-cola y hamburguesas a los pueblos del sur para después encaminarlos por la senda del éxito.

Al final de cada "film", comentaba: "Buena, ah, está bien hecha"; era la única frase que siempre repetía, puesto que él se consideraba un tipo muy entendido en cine. Su felicidad máxima la alcanzaba cuando transmitían la entrega de los Premios Oscar, algo así como la Copa Mundial del mundo.

Otros de sus programas favoritos eran los llamados "estelares". Cada vez que en ellos se le celebraba el cumpleaños a alguno de los participantes, él en su casa también hacía sonar sus manos y cantaba el cumpleaños feliz. Otras veces le brotaba alguna lágrima, como cuando cierta animadora apareció dramatizando una enfermedad que la aquejaba, cual si fuera la única chilena con problemas y con derecho a un consuelo masivo... Cosas de la televisión y sus personajes, quienes se han autodenominado el "jet-set criollo". Cosas de privilegio, acompañado de la estupidez de los televidentes, repetía siempre Don Juan, el zapatero del barrio. Yo prefiero leer a Pablo de Rokha, comentó muchas veces.

La hora de las noticias era la más fome para él, decía que últimamente sólo mostraban revoltosos protestando en las calles, que no pretendían más que molestar con peticiones exageradas al presidente, aunque se alegraba mucho de que no lo consiguieran, ya que aquél pasaba muy poco tiempo en el país.

Por la noche se retiraba a dormir, no sin reclamar en contra del cansancio que sufría y el poco tiempo que le quedaba para la diversión. Mañana, más y más trabajo, no cesaba de pensar. Pucha que estoy cansado, exclamaba con un dejo de angustia. Luego, preparaba su ropa para el día siguiente casi como se prepara un ritual, sin olvidar el guatero para pasar la noche.

En una de las paredes de su habitación relucían orgullosos dos títulos universitarios muy bellamente enmarcados. El primero, anunciaba: Profesor de Literatura. El segundo: Magister en Ciencias Sociales...

 

EL SERVICIO FUNEBRE

Parado en el umbral de la funeraria, Enrique parecía un espectro lloroso, sin atinar a decir palabra alguna. El encargado de atender al público, con una voz que reflejaba comprensión, lo sacó de sus meditaciones. Señor -le dijo- puede usted pasar y ver sin compromiso alguno.

Enrique, comenzó a pasearse entre los ataúdes que allí estaban como muestra, solicitando con tono compungido un vaso de agua, a lo cual respondió muy solícitamente el vendedor del último pasaje de los hombres sobre la tierra.


-Deseo lo mejor para mi madre, explicó, por favor, dígame usted cual es el servicio más adecuado.
-Con todo respeto, señor, le puedo ofrecer un magnífico funeral, claro que el precio no sé si le será conveniente.
-No se preocupe, contestó con voz firme, prepárelo ya. Yo mismo iré guiando la carroza hasta la casa de mi madre, es aquí cerca, en la población Juan Antonio Ríos.
-Muy bien señor, expresó el vendedor, tratando de ocultar la alegría que le causaba aquella venta.
Llamó a sus empleados para que prepararan el servicio fúnebre y luego se dirigió al deudo con una leve sonrisa, preguntándole con cierta timidez fingida: ¿Cómo cancelará?.
-Con un cheque..., hoy es sábado y no puedo ir al banco hasta el lunes, espero no haya ningún inconveniente.
-No, no, no se preocupe..., allí está la cifra, contestó, acercándole un papel donde se leía: trescientos mil pesos.

Enrique cogió su chequera y extendió el documento, anotando cuidadosamente la cantidad indicada. Salió a la puerta, deteniéndose por un momento. Luego, volvió a entrar, con una manera reflexiva en su actitud. Señor -se dirigió al encargado de la funeraria- sería posible que me cambiara un cheque por ciento cincuenta mil pesos, no tengo nada de efectivo y usted comprenderá los gastos adicionales que esto significa. Vendrán muchos parientes y amigos de provincia. Mi madre era del sur, de Temuco.

El hombre pidió lo esperara un momento mientras hacía las consultas del caso. Volvió a los diez minutos, accediendo sin ningún problema a la solicitud.

Enrique recibió el dinero, salió a la calle y detuvo un taxi; detrás de él se ubicó la carroza fúnebre, dirigiéndose hacia Av. Vivaceta para después seguir hasta la dirección señalada.

El taxi se detuvo frente a unos blocks de departamentos, Enrique pagó la tarifa y se encaminó al lugar donde se había estacionado la carroza. Por favor, dijo a los empleados de la funeraria, es en aquel block, en el segundo piso, departamento número once, yo me adelantaré mientras ustedes sacan el cajón.

Subió las escaleras, volviéndose hacia la calle desde el segundo piso para señalar con el dedo la puerta número once, al final del pasillo, por el cual avanzó con rapidez.

No sin dificultad, llegaron a la puerta con el ataúd, extrañándoles que ésta estuviera cerrada. Golpearon..., pero para sorpresa de ellos no existía ningún difunto, tampoco los moradores del departamento tenían la menor idea de quién era el tal señor Enrique López por el que preguntaban los afligidos trabajadores.

En una de las bocacalles, al otro lado de los blocks, Enrique subía al taxi, emprendiendo rumbo al Hipódromo Chile junto a su cómplice. Entre carcajadas triunfantes, sacaban cuentas de las muchas apuestas que realizarían al llegar a la pista de carreras, allí donde el azar apasiona a las multitudes..., y sepulta las ilusiones de esas mismas multitudes.


EN SU RECUERDO VOY LEYENDO

El poema más hermoso, lo leí en su sonrisa. No olvidan los momentos que retozan, cuando en ella hospedó mi corazón.

Era otoño, cristales rotos se confundían con los latidos de mi pecho. Mis sentimientos cabizbajos, oscilaban en un candil que discutía con la noche... Me escapaba de todo y de la nada.

Llegó como un viento milagroso a mi velamen. Venía con las manos extendidas de afecto. Fueron sus conceptos de niña los que después de tantos años me hicieron sonreír.

Caminamos juntos por septiembre, abrazándola en octubre. Eran días de sol y ventolina, más alguna lluvia extraviada en cierto lugar del calendario. Un claro celeste encima de los duraznos y ciruelos que traían la nieve de primavera a bailar por las calles y las plazas.

Todo era nítido, a lo lejos, como la amistad que construimos, se podía ver a la rosa de los vientos jugar con los volantines de ayer y de hoy...


EL DIARIO DE UN DESCONOCIDO

De paso por la librería de un buen amigo, encontrábame escarbando en unos libros viejos y polvorientos que yacían en un rincón, cuando éste se acercó y me dijo: Ven, te tengo un regalo..., es un cuaderno manuscrito, parece algo así como un diario de vida. Me llegó en aquel lote, quizá a ti te pueda servir, no creo que alguien se interese por comprarlo.

Tomé el cuaderno y agradecí el obsequio. Algo extraño, una atracción enigmática me pedía no perder más tiempo y leerlo enseguida. Me despedí de mi amigo y salí del local, encaminándome hacia el parque, allí me senté bajo un gran árbol y comencé la ansiada lectura.

En realidad, el texto era una mezcla de un diario de vida y anotaciones que mostraban una singular reflexión sobre algunas cosas. También en sus páginas se podían leer algunos poemas muy breves. No tenía continuidad en las fechas, éstas muchas veces estaban separadas por una o tres semanas, incluso meses. Al parecer, el autor de aquellos escritos, solamente anotaba lo que realmente le parecía de importancia y trascendencia en su vida.

Al terminar de leer, mi curiosidad no cesaba, ciertas frases suyas seguían dando vueltas en mi cabeza. Algunas de ellas las reproduzco aquí textualmente, incluida la fecha en que fueron escritas:

-febrero 22 de 1979 ( Página Nº 1 )
"Nací hace diecinueve años, nunca he sabido por qué y para qué."
-agosto 17 de 1979
"Hoy, fui a ver a Sara, estudiamos hasta las tres de la tarde. A las cuatro, hacíamos el amor en el dormitorio de sus padres. Sara perdió su virginidad, y yo perdí a Sara para siempre."
-enero 07 de 1981
"Me levanté muy temprano, tomé una micro y llegué hasta su paradero. Luego, cuando reinició su recorrido hasta el otro extremo de la ciudad, volví a subir. Así lo hice durante todo el día hasta que llegó la noche. Fui de paradero a paradero, pensando en lo terrible de la rutina."
-abril 21 de 1981
"El otoño aúlla despavorido, como si la lluvia
de este día trajera en cada gota un pedazo de mi tristeza."
-septiembre 17 al 22 de 1981
"A las cinco me despedí de Angélica. A las siete me reuní con algunos escritores y músicos. Nos entregamos a las Musas hasta la madrugada del veintiuno. Al despertar el veintidós, el mundo seguía tan borracho y estúpido como hasta el día dieciséis..."
-marzo 08 de 1984
"Nos comenzamos a preparar para las jornadas de protesta. Volamos un poste esta noche. La Cecilia me comenta que ya jamás volverá a temer a la muerte. Después, hacemos el amor."
-septiembre 11 de 1984
"Volvemos a recordar a Salvador Allende. Por la patria, junto a Manuel Rodríguez, sigue cabalgando."
-noviembre 07 de 1989
"Mis anhelos enamorados/ huyen/ hacia la lejanía/ para olvidar/ en la distancia,/ pues sé que la ola/ que mojó mi corazón/ no volverá/ de ultramar/ para mis labios/ volver a besar."

"Yo amo las noches/ ancladas en el mar/ y las constelaciones/ indescifrables/ sin ser el capitán/ de un bajel señero./ Yo amo a una mujer que siempre/ se aleja en un fantasmal velero,/ y yo quedo en tierra,/ soñando ser marinero."

"Cuando muera,/ quiero que sea en septiembre,/ entre rojo vino y empanadas./ Escuchando una cueca alegre/ y bien entonada./ En mi corazón un poema y en mi mano/ una espada/ con la sangre de los traidores/ ensangrentada."

-mayo 10 de 1990
"Tres son las maravillas del mundo sin las cuales no podría vivir: La Amistad. Una mujer ardiente, ardiendo en mis brazos. La poesía. Una copa de vino es el postre para cada una..."
-octubre 12 de 1990
"El suicidio es la prueba de honor de quién tiene muy claro cuando ya cumplió su función sobre la tierra. Cuándo llegue el minuto de la gran decisión, haced como Garcín, y no como el humillado Iván Ilich."

Bueno, se hace tarde, me esperan, tal vez otro día pueda continuar narrando los escritos de este desconocido, y al parecer, errático personaje...


EL HERMANO PANCHO

A todos les llamaba: "muchacho". El era llamado por todos: "hermano Pancho". Caminaba sin rumbo por las calles del barrio, éstas lo saludaban con la misma confianza con que la arena recibe a las olas. Salía a media mañana de su casa para pedir algún cigarro o arrimarse a quién pudiera convidarle un dulce o algo de azúcar. Siempre me preguntaba el por qué de esa ansiedad incontrolable por comer aquel alimento parecido al consuelo.

Se sentaba por horas en la plaza de la población, y en todas las plazas que encontraba. Allí se fumaba un pitillo de marihuana y pensaba en la palabra de Cristo. Algunos idiotas, de esos que el país está colmado, se acercaban para burlarse de él, pidiéndole que cantara alguna canción. El hermano Pancho era aficionado al canto, se le podía escuchar de madrugada, entonando sus canciones favoritas: "vagabundo" y "soledad". Cuando lo hacía, en sus ojos se reflejaba algo similar al amor plañidero. Caminando al abrigo de la noche, junto a un buen botellón de vino tinto, iba cantándolas hasta el amanecer. Todos sabían cuando frente a su puerta pasaba el hermano Pancho, su canto reemplazaba al antiguo Sereno.

Poco a poco sus más cercanos compañeros fueron dejando el mundo. Su hermano fue tragado por el licor incansable que él mismo también tragaba sin cesar. Otro buen amigo, el Tommy, el más fiel, quedó con su pensamiento para siempre clavado en el mismo lugar, tras las rejas de un macabro edificio llamado "hospital siquiátrico".

Poco a poco quedó solo, aunque tal vez siempre estuvo solo. Aunque todos lo saludaban, nadie quería tenerlo por amigo, salvo unos cuántos, que a veces le tendían la mano, conversando con él un cigarrillo. Todos decían: "pobre hermano Pancho", pero nadie lo admitía en sus fiestas ni en sus reuniones en las esquinas, sino era para arrojarle una palabrota que sacara carcajadas.

Un invierno terrible, lo tomó en sus alas de hielo, lo recogió un día viernes de una calle escarchada y solitaria al norte de la ciudad, donde las comunas de Conchalí e Independencia cruzan sus manos. El insensible frío se compadeció al verlo dormir acurrucado junto al tronco de un árbol deshojado. Mientras tanto, en el barrio, todos dormían en sus casas calefaccionadas, y en el bar de cierta calle se bebía vino caliente para calentar el cuerpo.

Nadie fue al Campo Santo, pero todos no dejaban de repetir: "pobre hermano Pancho".

Un día de abril, acudí hasta el cementerio, llevé una bolsita con azúcar y la vacié sobre su tumba. Pasaron unos minutos, y, de pronto, me di cuenta que en perfecta fila, unas hormigas iban cargando los blancos granos hasta el interior de la tumba. Comprendí que el invierno sería crudo y estos pequeños seres lo comprendían muy bien, yo diría mejor que los humanos.

Al marcharme, pasé cerca de unos puestos comerciales donde vendían flores. Al frente de ellos había una cantina desde donde se escuchaba una canción que tocaban en un radio. Su nombre era "vagabundo"...


EL RECITADOR Y LOS CANUTOS

Muy cerca de una plaza, en un barrio cercano al centro de la capital, vivía un viejo recitador de poemas. Habitaba una pequeña pieza, arrendada en un antiquísimo Cité. Algunos decían que estaba medio loco, otros lo consideraban solamente un artista excéntrico. Un día de primavera, salió a la calle y comenzó a amenazar a unos canutos que predicaban en la esquina de una concurrida avenida, donde abundaban los restaurantes, libreros, artesanos y todo tipo de artistas callejeros. Uno de los predicadores se le acercó, pidiéndole que se calmara. El viejo recitador le dijo: a un lado, ahora predico yo, y comenzó este recitado:

"Recorrí la ciudad desnuda, dentro de un túnel de recuerdos; cada paso, cada sonido, cada paisaje, eran un lamento de nostalgia, un abismo insondable. Cuántos años vi descansar sobre mecedoras descoloridas, en los umbrales de antiguas casas, en antiguas calles de adoquines..., era la historia del ocaso de la vida. Me detuve, ante conventillos, donde la miseria mostrábase cadenciosa; ya alegre, ya tierna, ya triste. Navegué por pozas de agua huérfana, espejo pestilente de la injusticia social. Caminé calles solitarias de algazara y visité tabernas de madera abigarradas en penumbras de humo. Escuché allí, hombres deleznables, lúbricos, desgreñados y morbosos, detrimentos de la sociedad burguesa. Me interné en plazas de verde pasado, menesterosas de niños jugando. Vi vestigios de bancas y árboles, que mostraban epígrafes pretéritos de algunos amores, hoy, tal vez olvidados..., quizá criminales. Recorrí la oscuridad de la noche cruzando puentes inevitables. Busqué reposo en un parque ingente bajó árboles también ingentes, refugio de los enamorados. Subí por escaleras misteriosas: Encantadas como casa de anticuario. Desafiantes como biblioteca polvorienta. Mágicas como el estudio de un pintor, anticipo de la pronta buhardilla. Allí, estaba ella, vestida de encaje celeste. Con su ensortijada cabellera rubia dispuesta a las caricias y su cuerpo perfecto en bandolera, centelleante como plata fina bajo el sol. La tristeza fue, entonces, olvido. Y los pesares, catarsis de placer. El amanecer marcó mis pasos tras la madrugada en el desván, colmena de deliciosa miel. Atrás..., quedó el cerro, que comenzaba a despertar; quedaron los residuos de algarabía de algunas fiestas rezagadas, bostezos de lujuria, vino y bohemia."

Al terminar su canto, observó a los canutos y les grito: ¡Canutos desabridos, aprendan a predicar y después salen a la calle, o acaso pretenden quitarme la clientela!. Luego, se marchó muy enojado y refunfuñando palabrotas de grueso calibre. Yo nunca más supe de él, pero cuentan sus vecinos, que al día siguiente de su altercado con los predicadores, cuando despertó por la mañana, había perdido la voz, encontrándose completamente mudo. Algunas personas dicen haberlo visto predicando junto a sus antiguos adversarios, en una ciudad en el sur del país, relatan los que saben, que los canutos rogaron al cielo para que recuperara la voz...


EL BORRACHO, EL CARTONERO Y LOS SOLDADOS

"¡Cartonero!... ¡Cartonero!, ¿Adónde vas?, ven... bebamos un trago de vino, detén un momento tu cansado caminar; conversemos sobre el destino. Tú no eres culpable, no te sientas avergonzado, es madrugada y duerme el hombre mezquino. Tu trabajo parece sucio pero es honrado.

¿Quién te expuso a vagar por las calles nocturnas en busca de papeles despreciados?... No, amigo, no son detalles. Quienes hoy se divierten en lujosos burdeles mientras el frío te hiere y tu familia espera no le falles con el pan. Aquéllos son los culpables, los de ignotos laureles.

Sentémonos, allí, en el parque del cerro, junto a ese pino. ¿Sabes?..., estoy ebrio..., salud..., está helado, ten bebe conmigo. Cuéntame tus penas y te diré lo que opino, después, te contaré porqué estoy ebrio y desconsolado. Nos reiremos juntos de lo que somos y, con mucho tino, pensaremos cómo recompensar a tanto chileno humillado.

Sí, ya sé que es una ardua tarea. Habría que recorrer muchos valles de injusticia, pero... ¡Oiga, sólo estamos recogiendo papeles, estoy cesante y...! ¡Silencio!..., ¡Te digo que te calles!. Has caso, cartonero, cálmate, espera..., no los interpeles. ¡No corras! ¡Soldado, soldado, no lo ametralles...!
¡Cartonero... Te han asesinado por tan sólo vivir de despreciados papeles!. Cartonero, te has marchado sin decirme a quién tu carretón entrego."

El público de la Peña comenzó a aplaudir estruendósamente. Eso sí, con un dejo de tristeza y legítimo rencor. El cantor agradeció los aplausos, dejó su guitarra y bajó del escenario, allí lo esperaba un niño pequeño. Después supe por un buen amigo, que aquel niño era el hijo del Cartonero, hoy adoptado por el cantor.


 

Proyecto Patrimonio— Año 2004
A Página Principal
| A Archivo Alejandro Lavquén | A Archivo de Autores |

www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez S.
e-mail: oso301@hotmail.com
Alejandro Lavquén: La Libertad de Pérez.
(relatos breves, 1996)