"ARTES
MENORES", EL SEGUNDO LIBRO
DE PEDRO GANDOLFO
Por
Lorenzo Peirano
En enero de 1999 escribí el prólogo del primer libro
de Pedro Gandolfo, A Baja Voz. En él se desplegaba una
tremenda compresión del acontencer diario, de la vida misma.
Una postura claramente cristiana, aquella de no sentarse adelante,
de quedarse atrás (puede ser que nos llamen);
una
postura evidente ya en los títulos de sus libros: "A
Baja Voz" y "Artes Menores"; sí,
"Artes Menores", algo que busca, algo que encuentra
y que muestra Gandolfo en su segundo libro. Muchas son las presencias
en su prosa; presencias asimiladas, algo normal en todo género
literario. ¿Aunque es esta segunda entrega un libro
de ensayos nada más? Por supuesto que no.Y tampoco lo fue "A
Baja Voz".
Gratamente híbrido, este segundo volumen nos envuelve
como lo hace, verbi gratia, "La Sombra Inquieta (Páginas
de un Diario)", de Alone. Algo que podría llamar "una
sinceridad culta" o una "culta sinceridad". Porque
Gandolfo se muestra tal y como es. Y ésto implica, según
entiendo, entre otros factores, una necesidad de elevarse, de dejar
el cuerpo; cuerpo físico ironizado por él muchas veces.
Cuerpo destinado a la tremenda despedida. Pero también la muerte
como inicio: "Que he sido el mismo desde que tengo memoria, desde
aquel primer recuerdo de la muerte de mi abuelo, nunca lo he dudado",
escribe. Sin embargo, el elevarse también implica un "oler",
un "tocar", un "sentir" y un "ver";
"un ver a través del arte": el Retrato de un Campesino
de Cézanne le "devuelve tantas cosas". Porque su
padre muerto podría estar allí, "sentado bajo los
naranjos después de la jornada". El arte como redención
ante unos ojos que han precisado mirar desde la altura.
Pedro Gandolfo proviene de un solo mundo, a pesar de su condición
de abogado y de su desempeño en la áreas de la docencia;
además, claro está, de sus sólidos conocimientos
de filosofía y de su cargo de editor; Gandolfo proviene del
mundo del asombro, estado esencial en el artista. Un asombro que no
ha disminuido y que lo insta a sondear la vida, el arte y la literatura,
entremezclando, ordenando, gozando y sufriendo como le corresponde
a todo creador. "La belleza muestra, pues, su rostro terrible".
Nuestro autor sabe "que la espera del poeta no es vacía:
es espera de algo, cuya llegada se ignora, pero en lo cual se cree."
"Su espera -agrega-tiene, pues, un cierto parentesco con la esperanza".
Lo citado se aplica no sólo a la poesía, debido a que
entre las distintas artes hay actividades paralelas, como creía,
según recuerdo, T. E. Lawrence. Y Gandolfo hace la pregunta,
su pregunta: "¿Fue un extravío dedicarme
a las letras y los libros?" Antes de la universidad se había
"sentido" dibujante y pintor. "El dibujo es una vía
para ver, compren- der, mirar, admirar, recordar", anota. Pero
él entiende bien que nada ha perdido. "Ruskin es, además,
un magnífico "pintor con las palabras". Gandolfo
ha dejado el alma (con ésto queremos decir, aquella
alma que no todos parecieran poseer) en las páginas de su segundo
libro.
Citando a su querido Marcel Schwob: "Volcaba todas las formas
en el crisol de las formas".
Coinco, junio de 2006.
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