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ZURDA Y MUDA
Ril Editores. Santiago de Chile, 2003. 147 páginas.

Isabel M. Bustos



Quién quieres ser, no qué

Los niños no crecen durmiendo,
crecen justo antes de dormirse
mientras imaginan la muerte de sus padres
y condenan por primera vez al cielo.
Crecen mientras intentan por largo tiempo
apagar el televisor con la mente
sin que nadie sepa ni sospeche sus poderes.

Los niños crecen en cada cumpleaños
al que no son invitados,
crecen más capoteras que malteos.
Crecen porque creen
que la pena y las preguntas
se responden cuando grandes.

 

Quien lee

Seas bienvenido a estas palabras
que son un lugar de encuentro
entre tus ojos,
............... tu mente,
............... mi mente,
............... mis ojos,
............... y mi mano izquierda.

 

 

Censo virtual

Ese día de 1991,
cuando el censo respondió
que éramos trece millones y pico
los chilenos,
yo me los imaginé a todos juntos,
uno al lado del otro,
mirados desde arriba.

Faltabas tú, solamente,
pues aunque aún no te conocía,
no fui capaz de imaginarte.

 

 

Cueros

El uniforme
es lo más parecido
al desnudo colectivo.

 

De mal gusto

En bolsas plásticas
-transparentes-
llegaban los niños
ensangrentados
a la orilla
de la nieve.

 

Acidez temporal

El naranjo,
nervioso,
se comió todas las naranjas
de las manos.

Y nuevamente
se hizo invierno.

 


La última Sensación

Tengo muerte de ti.
Tijerales de cenizas,
ambiciones,
intenciones,
juramentos,
que se castran por orden alfabético,
que se caen de la cama
a la memoria.

 


Divina Obediencia

Amarás,
adiós
por sobre todas las cosas.

 

XI.

No estacionarás.

 

Regreso

Vengo de tus poros
quebrados por el frío,
de tu miedo a los rincones,
del primer vestido de un travesti,
del polen del último entierro.

Voy a buscar las ventanas
de tu casa
bajo tierra.

 

Desea no desear

Cada placer
que conoces,
es un nuevo
tipo
de hambre.

 


V o F

Si Judas
estaba planeado en la historia,
no lo pueden castigar.

Pero, si insisten en condenarlo,
admiten que Judas
no estaba planeado;
por lo tanto,
Dios murió antes de tiempo.

 

Antiguos prejuicios

Cuando las de buena intuición
veían a Jesús con Judas
se decían –entre dientes-
el entonces ya clásico
“Dime con quién andas
y te diré quién eres”.

Y cuando veían
a Judas con Jesús,
decían lo mismo,
pero al revés.

 

 

 

 

POESÍA DEL DESAMPARO

Por Mónica Drouilly Hurtado

w w w . s o b r e l i b r o s . c l

Una colección de poemas cortitos, un tanto irónicos y muy narrativos conforman Zurda y muda, el libro debut de Isabel Margarita Bustos. En total, son sesenta y dos textos de muy variados registros, tonos y calidad poética, los que se podrían agrupar sobre tres ejes principales: micro narraciones, cuestionamiento de los dogmas de la fe y el dolor causado por un otro.

El resentimiento, el desamparo y la desilusión parecen ser la motivación de la hablante lírica, la que buscaría provocar al lector (y de paso a la sociedad) mediante sus palabras, como por ejemplo en Con sumo respeto y duda en donde se señala: “Señor Dios,/a ver si es tan fácil,/ si tú no tuvieras prueba alguna/de mi existencia./¿Aún creerías en mí?”. Desde mi perspectiva, debido en parte al formato y en parte al lenguaje, esta provocación no logra hacerse efectiva y se queda a medio camino, con un pie en el sentido común, que es el punto de partida de la mayoría de estos textos, y el otro pie en el aire, sin asidero, sin lograr llegar a un destino que puede que no exista.

Pareciera que se siguen los pasos del manual de la posmodernidad: textos fragmentarios, interpretación al lector, reflexión sobre la escritura, ambigüedad con respecto a los límites de los géneros literarios, marginalidad (recordemos que es zurda y, además, muda), constante cita a otros textos y su reescritura. Pero seguir las instrucciones no es suficiente: en poesía es necesario que la palabra cobre espesor, que se polisemiotice, que se torne muy oscura para revelar toda su luz y eso no se encuentra en estos textos que están más cerca del slogan y de la publicidad que de la poesía. Así lo deja ver La gran paradoja con sus dos breves versos: “Locercaqueeres./Lo lejos que estás”, un excelente modo de promocionar el chateo y los mensajes de texto de los celulares. Las palabras se quedan en un nivel superficial, el de la risita fácil, el de las frases hechas, ese nivel en donde muchas veces se agradece el silencio.

Pese a lo anterior, todo texto es producto de su época y, aunque no lo busque de modo explícito y deliberado, dialoga con su entorno constituyéndose como una posible entrada para intentar desentrañar las preocupaciones del contexto que lo genera. En este sentido, la extrema visualidad y la economía de recursos que presenta la obra de Bustos, unido al uso y abuso de lugares comunes de fácil reconocimiento y, por ende, de fácil compromiso emocional por parte del lector, delatan un ritmo acelerado, urgente, un flujo desbordante que requiere de productos de fácil digestión. En el mundo de los refrigeradores desechables y el fastfood existe un espacio privilegiado para estas letras que se pueden abordar en el metro, en la micro y, para quienes conducen, incluso en las luces rojas o en los atochamientos. Aquí, siete palabras para las horas peak: “Sé sufrir de memoria/y de esperanza”.

El último poema de este libro señala: “Ángel de la guarda,/dulce compañía,/no me desampares,/ni aunque yo me desampare/de noche y de día./Amén”. Vemos que hay conciencia del desamparo en estas letras, ojalá que el ángel escuche para evitar que a futuro se sigan confundiendo estas pataletas de creyente desilusionado, estos abortos de microcuentos y estos chistes intelectualoides con la otra poesía.


 

 


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Isabel Margarita Bustos.
Ril Editores. Santiago de Chile, 2003. 147 págs.