Proyecto Patrimonio - 2008 | index | Autores |



Cuentos del Transantiago, la exoneración de la experiencia en el registro

Por María José Jara
Productora Literaria, MAGO Editores

 

Cuentos del transantiago, colección «Registros», MAGO Editores, 2008, reúne (y diré «expone», para comenzar esta reflexión) 12 autores y 21 experiencias vueltas ficción. Me provoca hablar de la relación entre memoria y literatura, en la medida en que la primera se desborda en esta última, en la generación de un monumento que reivindica el acto de testimoniar, pero también de trasformar la realidad en una infinitud de mundos posibles, aunque no por eso menos reales.

Cuando la memoria es colectiva, cuando existe la experiencia masiva de situaciones que moldean conciencias, la escritura deviene antología y el texto se transforma en un mosaico que resume la anexión y la colección. La Literatura se manifiesta como espacio museográfico.

Estoy reflexionando sobre un planteamiento de Jean-Louis Déotte, en su Catástrofe y Olvido(1), el cual establece la relación del museo con el lugar de las semejanzas. En el museo todos son iguales, se descontextualizan los referentes. La experiencia colectiva forma la memoria, para el futuro, de una nación. El museo es la institución que construye un imaginario ficticio, a partir de la colección, que trabaja sobre el olvido activo de las diferencias. Al ser el lugar del monumento, pretende ser el lugar de la memoria.

En el espacio museográfico de la Literatura pretendemos construir un registro que, en cierto modo, exonere la experiencia. Me refiero a crear un mundo posible que se vuelva más real. Dejamos de lado los criterios particulares, y las distinciones sociales e intelectuales, y nos volvemos héroes (o antihéroes) de una historia.

Cuentos del Transantiago resume una historia que ha sido muchas veces contada, pero más de una, callada. En ese aspecto radica su vigencia, en el espacio textual que es perfectamente reconocible e identificable. Bien podríamos haber escrito nosotros uno de estos cuentos y proyectarnos fuera de la masa pensante que nos empuja por esas puertas en las que nos cuesta respirar y que hacen de un trayecto a casa un viaje casi mítico por fatal. El museo se desacraliza y se convierte en la parodia en que nos vemos obligados a participar y que nos hace olvidar más de lo que queremos. El monumento es para nosotros mismos. Si la Literatura nos permite contarnos una historia, nos reivindica en ese acto de enunciar y denunciar.

  «Qué sabe de todo lo que camino para llegar a un paradero, de las esperas interminables, de los empujones para subir al Metro, atestado de gente mal genio, que si les das un topón sin querer, te tapan a garabatos. Y las minas, todas perseguidas, que en cuanto uno mueve un brazo creen que les van a dar un agarrón. ¡Qué les voy a andar dando agarrones yo a otras mujeres, si las ganas no me alcanzan ni pa la propia! » («Tenís que entender, pus negra», cuento de Graciela Barrera)

En este libro las diferentes miradas pasan por la experiencia salvada en cuanto proyección de cada imaginario particular y fragmentario. La ficción es también una propuesta válida, a partir de la mirada cotidiana.

«El vagón se sacudía con velocidad y la multitud viajaba apretada como si hubiesen terminado los espacios libres del planeta. Como si moverse fuera una osadía y no un derecho. En el Transantiago pasan de estas cosas. Uno puede oler el cuello de un desconocido o aun estar minutos con un pelo crespo y largo cubriéndonos el rostro. […] Es imposible evadirse del todo de los sentimientos ajenos. Las cabezas están tan  juntas que, casi, podemos escuchar lo que el otro silencia. » («Experiencia telepática», cuento de Flávia Álvares)

Me ocupo de los fragmentos porque son el fiel reflejo del mosaico antes expuesto. Fragmentos de experiencia traducida en ingenuidad, violencia o ironía (son los más) en un mismo escenario.

«Entonces ahí fue que también me puse a pensar en el tema del smog, la contaminación, que tiene que irse de a poco, las micros nuevas que están llegado para el Transantiago van a ayudar harto, pero parece que falta todavía […] Me acordé de mi jefe que no aguanta atrasos, apreté los dientes, después veo lo que hago con los deportes y me subí a la micro linda nomá. » («Aperrado», cuento de Julio Meneghello)

«Me voy a morir. Si ese maldito me intenta robar nadie va a hacer nada, todos van a mirar para el lado. Pedro, mi amor, cómo te echo de menos, tú sí eras un caballero y habrías ayudado a esa niña, que se puso exceso de colonia barata, y a mí, que me falta aire, que no puedo más. » («Siete menos veinte», cuento de Mónica De Pablo)

Entre los que esperamos, transamos o luchamos existe, al menos, la posibilidad de reirnos de nosotros mismos y de jugar con las posibilidades que nos entregan las letras. Sobretodo es una posiblidad que se abre ante la experiencia de lectura, que en este país es tan débil. Por lo mismo, cada cuento comparte el evidente, y no menos noble, propósito de ser leído (sea en el alimentador, el troncal o el metro) y homologar transeúntes y lectores (lo que no es menor). Y para mí, esa es la apuesta fundamental del libro.

Pero hay otro asunto del que hablar. La museografía literaria también se relaciona con el canon. Qué es lo que debe catalogarse como literatura y qué queda fuera de esa colección, cuyo parámetro no siempre es de dominio público, pero regula lo que en el dominio público prevalece. Y en esta discusión, también importa lo que por calidad llamamos Literatura y el contenido que ésta incluye. Menciono esto a propósito de la temática que mueve la escritura de estos cuentos en la medida en que pudiera verse desacralizado y amenazado, para algunos, el estatuto literario que se pretende validar. Y es que la Literatura misma no escapa de los juegos de poder que configuran identidad y memoria. No hay que olvidar que la Literatura, como todo sistema puesto al servicio de un canon, actúa por exclusión y se valida en términos de lucha, por lo que términos como hegemonía o contrahegemonía son pertinentes para establecer relaciones entre los diversos elementos de un sistema que está en continuo movimiento y que dinamiza esas mismas relaciones.

En el caso de Cuentos del Transantiago, estamos frente a un texto que podríamos llamar «dialógico» siguiendo a Bajtín, es decir, que incluye la palabra o discurso del otro, la apertura a la oralidad, incluso al coloquialismo, que no se cierra a poéticas conservadoras, sino que rescata lo subalterno.

Me interesa rescatar lo que un colectivo tiene que decir y, sobretodo, leer y re-escribir. Lo que puede conformarse como memorial literario de los viajes propios y las propias seducciones por la palabra. Es que hay mucho de maquillaje a la hora de contar cuentos. Pero es precisamente eso lo que nos une por la misma palabra, el gusto por lo estético. Después de todo, las discusiones sobre lo que es literario y lo que no se expanden al infinito, en la misma proporción que se pretende definir o hacer difuso (según sea el caso) el límite de la Literatura.

 

(1) Déotte, Jean Louis: Catástrofe y Olvido: las ruinas, Europa, el museo. Santiago, Editorial Cuarto Propio, 1998


 

 

 

Proyecto Patrimonio— Año 2008 
A Página Principal
| A Archivo de Autores |

www.letras.s5.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez S.
e-mail: osol301@yahoo.es
"Cuentos del Transantiago", la exoneración de la experiencia en el registro.
Por María José Jara.
Productora Literaria, MAGO Editores.