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Sorpresas de debutante

La escritura mínima


Por Javier Edwards Renard
Revista de Libros de El Mercurio, Viernes 4 de Junio de 2004.


El primer texto de un narrador es siempre un misterio; bueno o malo, esconde la posibilidad de un escritor o tan sólo representa la manifestación de un fuego fatuo.

Que María Eugenia Brito sea o no una escritora es algo que está por verse; por cursi que suene, valga el refrán que dice "una golondrina no hace verano" y cabe tenerlo en cuenta por respeto al oficio de escribir, a esa tarea ardua, compleja, exigente que consume tiempo y energía de aquellos que sienten su práctica como un deber inevitable, como un imperativo categórico. Por ahora, sólo sabemos que ha paseado su inquietud por diversos talleres literarios; también, que ha publicado su primer libro con la preocupación estética de alguien que se formó como decoradora de interiores, bajo la tímida modestia de su título: Con todo respeto.

María Eugenia Brito escribe desde la brevedad, con una tensión certera y sugerente que habla desde el silencio aparente que se cuela entre líneas y deja pensando, explorando el sentido total de esos textos apretados, casi egoístas, donde personajes y circunstancias se instalan en un gesto que describe la parquedad inevitable de la vida: esa que no es más que consistir en un espacio donde los hechos simplemente ocurren, silenciosos bajo la mirada indiferente de dioses permisivos y en el que sólo la palabra del hombre los enfrenta a la posibilidad de una interpretación. Brito no hace concesiones, se somete a la precisión de esas imágenes y las lanza sobre el papel tal como le caen entre la manos: "Corrió sabiendo que no llegaría más allá del muro que la esperaba indiferente al fondo del patio. Una piedra en la cabeza y el embarazo de cinco meses la botaron al suelo que le rompió una rodilla. Se paró y volvió a correr. Antes de caer perforada, el rostro del esposo reemplazó por un segundo la bandera dibujada con tiza en los ladrillos. Allí, donde la humedad del tiempo armó un colchón de musgo para tapar las manchas rojas y los orificios que delataban la lucha contra la revolución" («Sin salida»). Así, de principio a fin, nada más que decir, pero bien dicho.

En Con todo respeto, 45 relatos se las arreglan para dar un giro inesperado, para dejar al alcance del lector la tarea de descifrar por dónde van los tiros de esos cuentos de mínima extensión o viñetas de largo alcance, en los que la esperanza de un huérfano, la coquetería de una mujer madura, el juego erótico de un ascensorista y una secretaria avezada, la pubertad indomable de una niña de trenzas negras son algunos de los temas que sirven para recorrer con énfasis impresionista los calibres de la existencia: "Yo vi los labios de ella despegarse cuando el joven la miró de reojo. También la vi salir del salón y a él, seguirla; lo que no alcancé a ver fue al marido vaciarles el revólver" («Testigo»), aguda mirada sobre la siempre sospechosa fidelidad de los testimonios. Y si la mayoría de la veces funciona esta táctica astringente, Brito tiene sus tropiezos; por ejemplo, en la frase final de «Desnuda para matar», uno no llega a saber si simplemente se equivocó de verbo o extrema la mueca narrativa para articular un divertido texto absurdo. Este tipo de guiños son arriesgados, cuando no son del todo claros.

Atractivo debut narrativo que deja en el aire unas cuantas dudas: ¿estamos frente a la aparición de una escritora? (pasamos la pelota a Brito, quien deberá tomarse en serio y escribir con profesión), ¿están condenados los principiantes al espacio mínimo de la autoedición? (eterna pregunta a los señores que dirigen las grandes casas editoras), ¿existe alguna fórmula realmente eficiente para apoyar estas manifestaciones incipientes de talento? (aquí va mi modesto grano de arena; a los lectores toca recordar el título del libro cuando se dejen caer en alguna librería).

 

 


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María Eugenia Brito: La escritura mínima.
Por Javier Edwards Renard.
Fuente: Revista de Libros de El Mercurio,
viernes 4 de junio de 2004.