El primer texto de un narrador es siempre un
misterio; bueno o malo, esconde la posibilidad de un escritor o tan
sólo representa la manifestación de un fuego fatuo.
Que María Eugenia Brito sea o no una escritora
es algo que está por verse; por cursi que suene, valga el refrán
que dice "una golondrina no hace verano" y cabe tenerlo
en cuenta por respeto al oficio de escribir, a esa tarea ardua, compleja,
exigente que consume tiempo y energía de aquellos
que
sienten su práctica como un deber inevitable, como un imperativo
categórico. Por ahora, sólo sabemos que ha paseado su
inquietud por diversos talleres literarios; también, que ha
publicado su primer libro con la preocupación estética
de alguien que se formó como decoradora de interiores, bajo
la tímida modestia de su título: Con todo respeto.
María Eugenia Brito escribe desde la brevedad,
con una tensión certera y sugerente que habla desde el silencio
aparente que se cuela entre líneas y deja pensando, explorando
el sentido total de esos textos apretados, casi egoístas, donde
personajes y circunstancias se instalan en un gesto que describe la
parquedad inevitable de la vida: esa que no es más que consistir
en un espacio donde los hechos simplemente ocurren, silenciosos bajo
la mirada indiferente de dioses permisivos y en el que sólo
la palabra del hombre los enfrenta a la posibilidad de una interpretación.
Brito no hace concesiones, se somete a la precisión de esas
imágenes y las lanza sobre el papel tal como le caen entre
la manos: "Corrió sabiendo que no llegaría más
allá del muro que la esperaba indiferente al fondo del patio.
Una piedra en la cabeza y el embarazo de cinco meses la botaron al
suelo que
le rompió una rodilla. Se paró y volvió a correr.
Antes de caer perforada, el rostro del esposo reemplazó por
un segundo la bandera dibujada con tiza en los ladrillos. Allí,
donde la humedad del
tiempo armó un colchón de musgo para tapar las manchas
rojas y los orificios que delataban la lucha contra la revolución"
(«Sin salida»). Así, de principio a fin, nada más
que decir, pero bien dicho.
En Con todo respeto, 45 relatos se las arreglan para dar
un giro inesperado, para dejar al alcance
del lector la tarea de descifrar por dónde van los tiros de
esos cuentos de mínima extensión o viñetas de
largo alcance, en los que la esperanza de un huérfano, la coquetería
de una mujer madura, el
juego erótico de un ascensorista y una secretaria avezada,
la pubertad indomable de una niña de trenzas negras son algunos
de los temas que sirven para recorrer con énfasis impresionista
los calibres de la existencia: "Yo vi los labios de ella despegarse
cuando el joven la miró de reojo. También la vi salir
del salón y a él, seguirla; lo que no alcancé
a ver fue al marido vaciarles el revólver" («Testigo»),
aguda mirada sobre la siempre sospechosa fidelidad de los testimonios.
Y si la mayoría de la veces funciona esta táctica astringente,
Brito tiene sus tropiezos; por ejemplo, en la frase final de «Desnuda
para matar», uno no llega a saber si simplemente se equivocó
de verbo o extrema la mueca narrativa para articular un divertido
texto absurdo. Este tipo de guiños son arriesgados, cuando
no son del todo claros.
Atractivo debut narrativo que deja en el aire unas cuantas
dudas: ¿estamos frente a la aparición de una escritora?
(pasamos la pelota a Brito, quien deberá tomarse en serio y
escribir con profesión), ¿están condenados los
principiantes al espacio mínimo de la autoedición? (eterna
pregunta a los señores que dirigen las grandes casas editoras),
¿existe alguna fórmula realmente eficiente para apoyar
estas manifestaciones incipientes de talento? (aquí va mi modesto
grano de arena; a los lectores toca recordar el título del
libro cuando se dejen caer en alguna librería).