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Texto de presentación del libro Manicomio de Maurizio
Medo
Por Felipe
Ruiz.
Santiago de Chile, Octubre 2005
Sin duda, nos encontramos latinoamericanos, en una encrucijada terrible
como la pobre Ariadna: nos encontramos en un punto nodal de nuestro
proceso de autodescubrimiento y auto creación, un momento en
el que la poesía alcanza una altura inexplicable, donde cada
verso de cualquier poeta en cualquier lugar de nuestro continente
resuena con todo el vértigo del tiempo, donde cada palabra
posible
de ser escrita condensa de una sola vez la inminencia de lo terrible
y lo hermoso, lo alto y lo bajo, la paz y la guerra, Occidente y nuestras
culturas pre hispánicas. En este momento es que creo ver que
la publicación de Manicomio, de Maurizio Medo,
entronca con la posibilidad de un nuevo decir. No es, desde luego,
un nuevo decir – y esto me encargaré de recalcarlo a lo largo
de este texto -, pero entronca ya en los límites de lo decible
por un latinoamericano ad portas de una nueva era. No se trata aquí
de machacar sobre la manida cuestión de lo decible o lo indecible
en términos de lo excelso o lo terrible, sino de insistir en
que este libro es uno de los más importantes publicados en
Chile durante la última década y quizás uno de
los más trascendentales en Latinoamérica en su último
período. Y esto es así porque Manicomio viene
a ser el primero de la que supongo una red extensa, una larga concatenación
de publicaciones que hurgan en los límites de la cultura occidental,
que habitan sus residuos, los estertores de toda una civilización.
No es posible realizar este gesto sino es desde aquí, desde
este territorio. ¿Es posible imaginar un francés reproduciendo
versos de un poeta latinoamericano? ¿Cuál sería
la validez y hondura de ese gesto? Me parece que es posible sostener
que dicha apropiación alcanza la magnitud de arte sólo
en el contexto del extremo occidente donde habitamos: pues aquí
se vuelve problemática o confusa nuestra relación con
el tiempo histórico y la herencia, sólo aquí
es posible la reconstitución de lo olvidado, de lo remoto y
arcaizante de nuestra literatura.
Ahora bien, lo curioso, lo extraño de esta apuesta escritural
es que no es en modo alguno una apuesta novedosa. Tenemos ya el correlato
anglo de principios de siglos en Pound de los Cantares y Eliot
de la Tierra Baldía. Ellos realizaron, cosa curiosa,
también el conteo de su cultura, de su herencia con el simbolismo,
por ejemplo, a partir de la senda construcción de un poema
colectivo o donde la cita de lugar al intertexto y la lectura paródica
de la tradición. No hay que olvidarse nunca de esta curiosidad,
pues en Latinoamérica siempre nos estamos topando con este
truismo, esta sobredeterminación del gesto: el evento al cual
asistimos hoy en la cultura ya ha tenido lugar, y es nuestra relación
con ese tener lo que vuelve infinitamente complejo la cuestión
de abordar el presente. Lo que no ponemos en duda, sin embargo, es
que se trata de un presente. De que por fin, a buenas cuentas, asistimos
al presente de la cultura occidental y esta sucede en nuestros territorios,
esta tiene lugar aquí y en ningún otro lugar del mundo
occidental. Es por lo mismo que el vértigo, lo vertiginoso,
accede a nosotros como aventura cuando no como destino inexorable
de nuestra estirpe.
Cuando Pound y Eliot se hacen cargo de la herencia simbolista lo
hacen ad portas de un clima bélico que haría estallar
las supuestas sólidas bases de la cultura francófona
viejo europea para transformarlas definitivamente. El arte surge como
sondeo posible de esa transformación y a su vez como punto
de entronque con la nada, el vacío, y la biblioteca absolutamente
patética del antiguo régimen. Ese gesto es el que volvemos
a encontrar en Manicomio. Es tal la acumulación del
tiempo, es tal la aglomeración de citas, la nomenclatura de
autores que se cruzan en nuestra época en los anales de la
biblioteca, internet, librerías, y demás textos que
sobresaturan el signo, que la impresión pavorosa de una tierra
baldía es reemplaza ahora por la imagen del manicomio. Estamos
ya al otro extremo del giro borgeano y su apropiación de la
tradición inglesa como laberinto, pues este laberinto ahora
se ha transformado en una gran sala sin salida, o se ha terminado
por desesperar hasta la piedra de la locura a quienes lo habitan.
La acción adquiere aquí un límite casi inhumano,
y el gesto parece repetirse, referirse o retirarse como único
y como vago con relación a la acción posible del presente.
El manicomio en el que nos encontramos, así, ya no es un hogar
en el cual el sujeto se encuentre: son, en definitiva, los propios
sujetos sus cárceles, la propia psi de este sujeto el manicomio
al cual hay que remitirse. En la aglomeración epocal lo nuevo
se vuelve intransitivo y no tiene gloria. El vacío de apodera
de la emoción y el sentido, lo atrapa en un universo donde
cualquier signo puede valer, cualquier dato es validable:
Nuqah .... kay ....
kawsayniy .... ch`usahyanqa
.... chayqa
tukuypis .. ............. yuyawashallangan,
iskay .... q`ipirinay ....
kahtinga,
kay .... wixsaypin ....
k`ananachinay kanga ñut`ullaña,
kay .... umay ....
tukuy .... khunununuy ....
sapatiyahtahmi
muyurihta .... purikusqayta ....
yuyaringa,
sunquytahmi, .... tukuy ....
kuru .... yupah
huh .... huhmanta ....
kuruyapunqa,
chhaynan .... rixuringa ....
kay .... wixch`usqa ....
kurkuyqa
nunaypa .... tiyananqa; ....
puputiypi .... llahtaypa
.... usan
sipisqayqa .... chayllapitahmi ....
kanqa,
kay .... ulluy ....
wikapakunhpis .... chhaynallatahyá.
Ella piafa dulce como quena en boca de volcán.
El anverso de esta validación hasta el hartazgo es el sin
sentido de cualquier validación, pues todo adquiere la hondura
y el espesor infranqueable de lo etéreo, de lo efímero,
de lo vacío. Hay, pues, una doble patología del sujeto:
la de la esquizofrenia que encuentra en todo lugar la señal
de un origen, la posibilidad de un fundamento, y la de un lenguaje
neurótico que acelera la construcción hasta sus límites,
que encabalga el pastiche, la cita culta, la ironía, el gesto,
la poesía concreta, en una amalgama que haga posible siquiera
por disimulo un pequeño atisbo de sentido en un sin sentido
que redunda el gesto como ya póstumo o fracasado de antemano.
La pregunta, por lo mismo, ya no debe ser el qué del texto
sino el por qué de este texto. El texto mismo ha pasado a segundo
plano con relación a su desplazamiento, a su mera exhibición,
al decir plano y sin sentido de su pura circulación. No hay
siquiera aquí meta poesía o reflexión sobre la
poesía. No es el sin sentido propio del non sense, ni
el llamado a la pura estructura del neo barroco. Es todo eso y más:
es, en el límite de lo decible, la conclusión de que
la imposibilidad de encontrar si quiera un respiro,, si quiera un
fundamento en la aceleración caótica de nuestros tiempos.
La conclusión desoladora de Manicomio es que hemos alcanzado
un punto de ebullición cultural en donde ya no es posible un
nuevo nombrara que no traiga consigo la sombra de toda la cultura,
de todo lo dicho en Occidente, y que eso, en vez de resonar con intensidad
en nuestras poéticas, vuelva desolador, baldío, el gesto
escritural.
Lo terrible no es la nada: lo terrible es observar, como en Borges,
que no hay laberinto más terrible que el desierto.
dijo méndez
poetas poetas poetas. Esos perros
cagan piedras
espuma y humo exhalan
con retórica sus bocas
y nunca no dicen nada de nada
son inútiles
jamás tendrán una visa
en el nirvana
Ahora debemos, ser cautos para evaluar estas previsiones. Avizoran
lo terrible, claro está, avizoran la proximidad de una nueva
era, y una nueva era no nace desde el silencio pacífico de
los apretones de manos ni desde los discursos conciliadores, sino
desde la sangre que se derrama por el campo, desde la rosa que arde
y se incinera. El comprobar la esterilidad de este campo donde yace
la rosa es necesario como primer paso, claro está. Es necesario
llevar esto negro, esta negrura hasta el límite de su saturación,
es necesario, como dice Medo.
repetir el gesto con aire matemático.
repetir el sudor. la ansiedad esbirra.
repetir los hábitos diarios hasta calcar en un día
siete vidas.
olvidar con qué zapatos uno descamina para tentar al
fracaso por rutina.
Sólo en la medida que llevemos esta cuestión hasta
su extremo, sólo por esta invocación, este mantra terrible
del gesto matemático es posible que emerja algo así
como una llama posible, como una posible braza que incinere, que incendie.
Y en esto debemos ser cautos pues ya después de eso no es posible
llevar más allá nuestra experiencia de Occidente. No
se trata de un retorno a la vanguardia: cualquier política
escritural que se autodefinida como vanguardia no hace sino servicio
a la máquina negra que mueve la técnica hacia su funcionamiento
más infernal. Cualquier poeta que diga que Manicomio
es poesía de vanguardia o que está a la vanguardia le
hace un flaco favor, pues es justamente de lo que se trata aquí
de denunciar la esterilidad del gesto vanguardista, de anunciar que
siempre y en todo lugar aquello que se auto proclame en el horizonte
futuro como lo último posible, como lo novísimo, está
condenado a caer en la vacuidad del tiempo. Manicomio no es
un poemario vanguardista, en ese sentido, sino un poemario que trabaja
sobre el fracaso de la vanguardia: sobre su sospechosa intención
de situarse hacia el final de un final que nunca terminará,
sobre una eterna novedad de un horizonte histórico ya resuelto
por si mismo. Contra ello, o por ello, Manicomio, como The
Waste Land, anuncia el ocaso del horizonte de esta historia justamente
allí donde la vanguardia cree hallar su sentido. Y por esto
debemos ser cautos con este tema. Mucha de la actual poesía
que se lee bajo los parámetros de una vanguardia no es sino
su largo epílogo, o el resultado de un sentimiento de vacío
en todo su esplendor. Ese pensamiento, ese sentimiento que se pone
más allá de toda vanguardia, más allá
del futuro, vuelve a resituar la poesía en un eterno retorno
de lo mismo, o en punto de no retorno donde se aceleran todas las
dimensiones del tiempo hasta su hartazgo.
escucha gilda. el de a lado estrella
sus huesos en la piedra y
le rechina con mudo estruendo el esqueleto.
El de a lado.
piantao como benteveo en La Boca con
seis gardeles en la voz
exclama desde un megáfono invisible
un nombre de mujer
temiendo que lo truequen popr otro
impredecible. Algo, algo
así como el amor.
Por intermedio de esta aceleración es que todo tiempo aparece
de antemano como clausurado: lo que llama, lo terrible que llama desde
la inmanencia de la noche es la muerte, la presencia agobiante de
los muertos y del tiempo muerto que nos rodea, de nosotros mismos
que ya de antemano clausurados, de nuestra misma cultura que ya es
una sombra en el infinito. La invocación de los muertos que
hablan de pronto surge como lo único real para nosotros, en
el mismo momento que la Biblioteca de Occidente se revela en realidad
como un cementerio, acaso el más grande, donde los fantasmas
ya no moran la experiencia estética, sino posibles Imperios,
territorios, épocas, ciudades, dimensiones. ¿Creyeron
todos ellos que su tiempo sería inmortal?
¿Vivieron todos ellos la seguridad en la seguridad plena de
sus cuerpos, alguno de ellos, caso, se abrió a las tinieblas
de la muerte? Nada es lo bastante real ya para un fantasma que nos
ve desde esa enorme Biblioteca.
Puesto la poesía e proléptica, puesto que la poesía
escapa de toda previsión del sistema y siempre será
ese viento que sopla más allá de los limites del Imperio,
es ella y sólo ella la que puede acceder, si quiera asomarse,
a las puertas de lo posible como nueva estirpe. Esta poesía
tiene hoy un lugar: hoy y Latinoamérica. No hay, en efecto,
ningún lugar del mundo – me refiero con mundo a Occidente,
este resultado de las culturas helénicas y hebreas - donde
la poesía esté sucediendo que no sea este y no sea ahora.
Y esto porque desde aquí podemos contemplar con estupor las
tres autodestrucciones de la cultura occidental y señalar el
posible territorio de un nuevo comienzo. Esto porque estamos situados
al fin de Occidente, porque somos el fin de Occidente sin serlo, sin
llegar jamás a ser su constitución Imperial, es desde
aquí donde es posible señalar un origen, una fuente,
un fundamento de nuestro porvenir.
Doble tarea, entonces: llevar, como en Manicomio, al límite
la experiencia de la máquina de lo decible o hasta el punto
de su reversibilidad. Por otra parte comenzar, lentamente, a apropiarnos
de nuestra memoria para hacerla dinámica en el presente. Este
presente que es siempre la reactualización de la experiencia
y que es siempre lo que nos reenvía hacia el fundamento.