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Los días de Santiago

Por Maurizio Medo

A los jóvenes poetas chilenos

1.

Se me aparece como en un flash mi propio decir: La poesía peruana se viene escribiendo desde las márgenes. Hay un nuevo sujeto poético en la escena...

Mientras recuerdo leo que en Madrid se da un debate sobre la literatura peruana y los autores polarizan su carácter heterogéneo, vislumbrado por Cornejo Polar. Un titular de un semanario de mi país se refiere al derecho del pataleo femenino pero, un momento, estoy en Santiago y he tenido otra impresión que se me repite y se me repite. Aquel decir sobre la margen e, implícitamente sobre el descentramiento poético ha dejado de ser patrimonio exclusivista de la aldea peruana.

Leo a Germán Carrasco, Felipe Ruiz, a Héctor Hernández, a Paula Ilabaca y, de pronto, entreveo la margen, casi un espigón, como el espacio donde reverberan las voces de todos aquellos que estamos ahí, chilenos, argentinos o charrúas, buscando a tinta la primera metáfora escrita en lengua latinoamericana en medio del ruido de esta Babel.

¿Y dónde quedaron los grandes discursos?. Pregunto.

2.

Si vía la urbanización del espacio, desde donde se dio pie al acriollamiento del discurso anglosajón, se constituyó la última capital retórica de la poesía escrita en la aldea peruana, aquí, en la vecina, ¿los discursos de Juan Luis Martínez, de Enrique Lihn, de Diego Maquieira y de Raúl Zurita no son las últimas palabras de cuando los poetas contaban con un espacio para icarar los verbos, en contra de la voluntad terrestre y desalada de la dictadura?

¿No son las piedras, sobre las piedras, con las que los novísimos aedas construyeron, entre los escombros del posmodernismo, para sí casas, trascendiendo la mera resemantización?

Evidentemente. Flotan aún en el aire las ironías de Maquieira, la música operática de Zurita, el dialogismo de Lihn. Pero:

De un momento a otro a varios nos dio por escribir
acerca del problema de escribir,
la culpa de escribir, la escritura misma
o el placer de las huellas digitales al barajar un libro.

Como sostiene el autoexiliado Carrasco en el poema Panorama, publicado en la antología de Raúl Zurita, Cantares. Sus palabras se articulan en esta estrechísima cabina, en Providencia, como Clavados en una nueva realidad. Pero, ¿el develamiento de la realidad es la certidumbre de lo real?¿El convencimiento de lo que constituye el deber ser sin resquicio de dudas?

Cedo la voz a Felipe Ruiz:

qué haremos ahora?
dejar que la tinta (se) seque, y detenerse a leer (se) para usar el paréntesis de Kay
(Fosa Común)

O mejor:

mío el corazón en la rosa cenicienta
mío escarmiento de raza perdida en santa satán inquisición
mío el descaro del hambre en las bocas lechosas
rosal ceniza cerezo cesa

(Cobhijo)

Si Germán Carrasco, unos años mayor que Felipe Ruiz, tanto en Panorama como en su poética en general, pulsa registros en donde entrecruza la mirada ante las metrópolis combinando el asombro con una crítica del mismo que establece desde el arribo (como inmigrante y migrante, esta dualidad en su silencio resulta fundamental), Ruiz establece el discurso del descentramiento. La incertidumbre de un proyeccionismo vertiginoso se conjuga con una revisita, suerte de travel poético, a la plural tradición de la poesía chilena- quizá la más experimental de nuestras aldeas- a fin de unir tiempos desigualmente divididos. La unión de estos tiempos gesta una expresividad que pulsa los acordes más emblemáticos de la poesía latinoamericana pero desplazándolos a una suerte de reelaboración en donde las grandes metáforas encuentran una nueva voz, una nueva pulsión.

El descentramiento de Ruiz, por instantes, es la antípoda de la prolífica poética de Héctor Hernández:

la poca altura de mi ruina me permite no ser víctima del vértigo
es hora de abrazarme a las impudicias húmedas de mis hermanas
carnívoras
y jurar con ellas un primer pacto que nos haga camaradas
del delirio y de sus acertijos vacíos
odiamos a quienes lo merecen todo
a los otros yo los haré célebres
conmemorando el oficio del follaje

(Fragmento de El nacimiento de la casa de la guerra en la época nacional)

Los referentes en la poética de Héctor Hernández son múltiples, la antología, aún inédita Puta Madre, así lo evidencia. El tratamiento erótico, de voluptuosidad inusual, con instantes de deriva, baja el voltaje de los sismógrafos en textos como los que constituye la serie Correspondencia privada con mi madre cuando ambos éramos pirómanos. Poeta telúrico, terrestre, cuya estética del desbordamiento expresivo encuentra su antítesis en Paula Ilabaca (más allá del pandemonium teórico del Género).

Ilabaca en La niña Lucía está dotada de una gracia inusual:

mis toallas tan limpias lucía se estira y dice
descubre secretos mis
toallas tan blancas
abotona mi vestido mi ba
ver oh abotónalo no
te muestro la cuenta la consigna de ayer
va cae cae
el algodón limpio quizás
mis toallas descubre él
dice mi corazón mi pobre corazón
su corazón de carey y leche
no no no no no no no no él dice
camina cojo por tu rabia él me dice
(de La niña Lucía, IV)

Antitésica a Hernández decíamos, y es que lo descarnado en el primero, es contención, síntesis, ironía dotada de crítica cuyo melopoiesmo urdido a través de la ruptura de la sintaxis (y la distribución versal) hacen de la poética de Ilabaca imágenes dotadas del falso naive de Chagall.

Paula Ilabaca es una poeta heterodoxa en nuestros predios. No proclama su feminidad subordinándola a los cotos masculinos ni reivindica a sus congéneres con conciencia gremial. Sus imágenes danzan al ritmo de breves minués pero de potencia punk. Ella baila sola mientras canta, casi entre susurros para sí, conjurándonos con su belleza.

4.

Estas impresiones no pretenden constituir un juicio de valor sobre lo que constituye la poesía chilena de hoy. Son simplemente la impresión sensorial ante poemas que se estrellaron sensorialmente en mi percepción. Lo valioso es la pluralidad que se percibe en las mismas. Cómo se viene gestando un discurso cada vez menos Nueva España, cada vez más desde un no-lugar (Milán dixit) pero que, a su vez, legitima la brecha entre lo hispánico y lo latinoamericano como vías paralelas de la lengua castellana.

Escribes como chileno- me dice un poeta, cuyo nombre preferimos reservar. No, no es así, escribimos todos al borde, en el espigón del espigón y nuestras hablas están unidas por el rumor de ese océano que bautizaron Pacífico.

Corrijo mi declaratoria inicial: La poesía chilena se viene escribiendo desde las márgenes. Hay un nuevo sujeto poético en la escena...



 

 


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Los días de Santiago: Por Maurizio Medo.
2 de Junio 2005