Mientras en la década del ochenta se venía propagando
una tendencia hacia una poesía ligada a temas sociales, algunos
autores optaron por un camino dirigido hacia la reflexión interior
y poetológica. El lenguaje y sus variantes líricas,
en estas obras, no tienen como referente una realidad exterior; más
bien, se trata de una exploración acerca del uso de la palabra.
Si bien es cierto no existe poesía que no contenga un arte
poética o que no implique un proceso de individuación,
no todas las obras asumen el discurso acerca del arte poética
como eje temático. Esta separación no es nueva, ni tiene
como representante privilegiado a este grupo de poetas que tiene como
marco "generacional" una preocupación socio-marginal.
Sin embargo, y a pesar de no constituir un tópico nuevo, siempre
llama la atención la mirada insular en un contexto globalizante.
Desde sus inicios, la obra de Maurizio Medo se ha encontrado enmarcada
en una propuesta reflexiva acerca de la expresión poética.
En Cábalas (1988), por ejemplo, arriesga un discurso
cuya génesis se puede hallar en los trabajos surrealistas y
en la exploración de las capacidades sugerentes del lenguaje.
(La referencia a André Breton y a Octavio Paz es una evidencia
de esta intención.)
En Un limbo para Sofía , la mayoría de los poemas
evoca como posible receptor a un personaje femenino: "Sofía".
La elección de este nombre revela, además, la intención
de sugerir la noción de sabiduría. Por otro lado, una
voz poética -la voz de un héroe trágico contemporáneo-
construye sus enunciados a modo de un diálogo; pero, en el
circuito, "Sofía" solo participa como aparente motivadora
del discurso: nunca se tiene una clara figuración de este personaje.
En este sentido, podemos hablar de una frustración, aunque
este sentimiento recién se hará evidente con la muerte
del personaje femenino. Entre estos dos actantes (voz poética-amada),
aparece el discurso (el mensaje) como espacio de creación:
la amada es creada a partir del discurso del amante.
Los poemas de Un limbo para Sofía dibujan un camino.
Se trata de una travesía cuyo héroe, la voz poética,
pertenece a la estirpe de los seres marginales. Su marginalidad es
sublimada en su condición de poeta. Existe una conciencia extrema
acerca de la actividad de la escritura poética. En este contexto,
veremos una paulatina configuración del poeta como personaje
exiliado tanto del cielo como del infierno.
Para empezar, podemos enmarcar los poemas a partir de las referencias
explícitas e implícitas. En el primer poema, "Cuál
es la risa", la fuente explícita es Westphalen. Pero la
propuesta va más allá de un homenaje. Se trata de una
advertencia al lector acerca del marco poético en el que se
insertarán los poemas: como en la obra de Westphalen, aquí
la búsqueda se llevará a cabo a través de la
palabra misma.
El siguiente poema, que le da título al libro, presenta una
forma versal que nos recuerda los versos de Las ínsulas
extrañas y Abolición de la muerte, de Westphalen.
"Un limbo para Sofía" presenta un discurso
que se construye mediante descentramientos constantes:
El amor
Pero yo vuelvo a mi poema
Si abdico negaría cuanto hay de impronunciable
Y amor es una bella palabra
La devoción en mi poema surge también
De esta bella palabra
La corrupción es su única virtud, mentí
Y anegaste mi conciencia hasta arrastrarla
En otra margen del silencio
("Un limbo para Sofía")
Los versos están colocados de modo que el lector pueda agrupar
y reagrupar las posibles conexiones sintácticas. De esta manera,
un primer significado cede siempre a uno nuevo: los significados huyen.
Los versos se encuentran continuamente buscando un sentido; pero este,
también continuamente, varía.
Si respecto del sentido podemos hablar de desplazamiento, también
lo podemos hacer acerca del libro como propuesta de un universo, de
un mundo cerrado. Todos los poemas de la sección "Un limbo
para Sofía" presentan una inversión de diversos
pares significativos. Estos pares u oposiciones binarias operan como
pilares de toda realidad. Las oposiciones se presentan como coordenadas
necesarias para la configuración de nuestro mundo moral, artístico,
histórico o psicológico. Maurizio Medo juega con este
ordenamiento y lo invierte, de manera que el lector se enfrenta a
una propuesta de deconstrucción de sus propias coordenadas.
En Un limbo para Sofía se reconstruye el orden de dichas
oposiciones. En este sentido, la referencia explícita a Westphalen
en el poema liminar no resulta casual. El autor de Las ínsulas
extrañas apostaba por una reformulación de la mirada:
sus versos incidían en la búsqueda de un margen nuevo
para nuestra mirada convencional, la otra margen. En el libro
de Maurizio Medo, apreciamos una vuelta de tuerca respecto de la realidad
que se constituirá como base de las relaciones expuestas en
él.
La palabra o su revés todopelado
("Un limbo para Sofía")
La asombrosa permanencia de dos cuerpos
Opuesta a la oscura
Trascendencia de su sombra
("La asombrosa permanencia...")
Herido por tu belleza como antaño
Aunque ahora lo niegue con tu doble
El inválido artificio de este poema
("Decir que moro aquí...")
En estos versos se maneja la idea de los opuestos enfrentados, pero
se subrayan las figuras del revés, de la sombra, del doble.
Estos desplazamientos se enlazan con los propuestos en los siguientes
versos:
Y al encendernos como dos minúsculos
cerillos
raspados contra el suelo
Nos hace suponer que las cenizas
Fueron llamas de un fuego cavernario
("La asombrosa permanencia...")
(...) mi lenguaje
Es lo que hace del poema una mentira hermosa
("Decir que moro aquí...")
Si crees que su cumbre
está en las bóvedas celestes
Mira abajo, muñequita,
y verás cómo no llega
A la altura de tu ombligo
("Mi poema es aquel cielo...")
Asimismo, existe una sublimación del silencio. La historia
del libro es la historia del despojamiento de la palabra en el héroe,
del paso de la voz y/o de la escritura al silencio. Cada momento en
que la voz aparece, cada acto de comunicación significa la
muerte del personaje enunciador. El sujeto se vuelve inerte. Así,
se produce una suerte de mutismo -cuyo momento culminante se aprecia
en los últimos versos del libro- que da pie al proceso de contemplación.
Callamos y observamos. En este contexto se produce una obsesiva enunciación
hacia una segunda persona, la amada. El personaje femenino funciona
como una entidad a través de la cual se logra la revelación,
la epifanía. Además, este personaje termina siendo solo
un conjunto de palabras, un discurso; su condición pertenece
a la escritura. Por este motivo, en el supuesto diálogo, el
mensaje, en sí mismo, asume un papel protagónico. La
niña irradia, a un mismo tiempo, pureza y erotismo, y su sensualidad
es presentada como una condición de beatitud.
Por otro lado, la idea de limbo, presente a lo largo del poemario,
supone un estado de suspensión. El sujeto se encuentra entre
dos márgenes: "Nacer es sólo un nombre escrito
por la muerte/ y entre los dos extremos la sombra y el deseo/ entretejen
un cuerpo que no nos pertenece" ("Meditatio"). La poesía
es el limbo. Es el discurso entre la voz poética y Sofía.
Un limbo para Sofía sugiere la creación de Sofía,
a través del discurso poético:
Tu menudo cuerpecito es la vasta constelación
Que se gesta por el roce febril
De mi indómita escritura
("Tu menudo cuerpecito...")
Así, nos enfrentamos a la creación de Sofía
a través de la palabra, asumida como puente ("Ah, Sofía/
Entre tu cuerpo y el poema/ La palabra"). Coincide este hecho
con la alusión, tanto en la primera como en la segunda parte,
a elementos vinculados con la escritura. Carrol y Dante recrearon
a sus amadas a través de la escritura o de la palabra. La palabra
se convierte en el punto desde el cual se construye el puente entre
Alicia y Carrol, entre Beatriz y Dante. Este es el aspecto subrayado
en este libro: la palabra poética es un puente, cuya destrucción
será vista como un símbolo de la muerte. La consecuencia
natural de esta destrucción será la locura, el fin de
la lógica discursiva.
Como hemos visto, en la mayor parte del libro, el autor evita el
centro; más bien, propone un desplazamiento hacia los bordes.
El descentramiento se convierte en el eje temático del libro.
Es sintomático, entonces, que la voz se plasme en un escrito
en la pared de "Corazón de tiza" (en los nombres
en la pared: "Habías pintado en la pared un informe corazón/
donde mi nombre montaba el tuyo,/ nervioso y confundido.") o
en la pantalla de la computadora ("Cantiga.com"), no en
la voz poética ni en la amada. La identificación, tradicionalmente
indisoluble, emisor-palabra -sujeto-discurso- se disuelve. La palabra
tomará otros espacios y los reconstruirá. Del mismo
modo, la voz de la niña, cuando declama la Odisea, supone un
mensaje con un interlocutor claro: el amante. Sin embargo, se opta
por caminos sinuosos; incluso, hay vacíos, debido al olvido
de la niña:
Qué hermosa eres cuando declamas
La Odisea
Altiva como una sílfide quimérica.
Qué hermosa eres cuando olvidas La Odisea,
Y bajas tu mirada, avergonzada,
(...)
("Corazón de tiza")
El puente se desplaza continuamente. En ningún momento se
observa una comunicación directa o real entre la voz poética
y el personaje femenino, es decir, una comunicación libre de
puntos de fuga o de vacíos en alguno de los componentes del
circuito. Existe un interés de parte del autor por mostrar
la mutilación del héroe, una privación que se
concreta en la imagen despojada del personaje, en el silencio que
va sitiando a la voz poética.
En este camino, el poeta le da voz a elementos que, en la realidad,
carecen de ella (la pared, la pantalla de la computadora). El empleo
de la prosopopeya otorga al lenguaje una capacidad particular: la
vida se asienta en estos objetos, en principio, inertes. Como consecuencia
de este proceso, el lenguaje se aparta del emisor. No propone al discurso
poético como una simple representación; más bien,
le confiere una realidad autónoma. El lenguaje asume valores
sublimes. La escritura se vuelve testimonio, en este caso, de un amor.
El lector es testigo de la historia de un discurso. Es este el que
opera como ente generador y perpetuador. (De ahí, la similitud
de los siguientes títulos: "Alice: la confesión
de Carrol" y "Beatrice: lamento de Dante". Los personajes
femeninos son identificados como una confesión y un
lamento. En estos espacios, las primeras son recreadas, revividas
para la perpetuidad.)
La historia nos propone giros extraños. Hasta este momento
se había resaltado el mensaje o la palabra como espacio sobre
el cual se apoyaban los acercamientos entre los amantes. La palabra,
de algún modo, se vincula con la intelectualización
de los sentimientos, con un logos cuya ausencia generaría
la locura. Este sistema lógico, convencionalmente, es percibido
como el centro. Sus variantes conforman la periferia, los márgenes
evitados. Por el contrario, en Un limbo para Sofía,
el lenguaje se encuentra vinculado con el descentramiento y el constante
desplazamiento entre los márgenes.
Sin embargo, al final del libro, la voz poética, casi por
osmosis, se dirige hacia un centro:
Mi ojo es una esfera
La esfera es una plaza
La plaza es una mandala.
("Mutación")
La plaza como centro representa el espacio al que se llega luego
de la pérdida de la razón, de la llegada de la locura.
El poeta deconstruye la oposición convencional de centro y
lado. Se invierten los valores, de modo que el camino hacia la locura,
a partir de la muerte de Sofía, supone el camino hacia un centro.
La trama general del libro resulta una travesía hacia un centro
a través del olvido de la razón. Pero esta travesía
se lleva a cabo a partir del lenguaje, de la escritura. Finalmente,
el encuentro es con uno mismo, con nuestra propia esfera. Este elemento,
presente en el último poema, "Sacsac Place", sugiere
una clausura, la ubicación precisa del minotauro en el centro
de su propio laberinto. Pero es un laberinto de palabras. En este
sentido, también se alude a la figura del poeta. Un limbo
para Sofía propone el descentramiento de la razón.
El último personaje muestra una desfiguración propia
de quien se ha visto despojado del lenguaje. De este modo, la muerte
de Sofía implica la vuelta al cuerpo, al ombligo de la voz
poética.
La escritura se presenta como un puente que nos permite, en principio,
la creación del amor o la recreación del amor frustrado.
No obstante, esta recreación termina siendo una privación;
el héroe trágico se ve, finalmente, despojado de la
vida y de la razón. En Un limbo para Sofía, el
lenguaje -quizás paradójicamente- es generador del despojamiento
paulatino de los elementos que convierten al héroe en un sujeto.
Además, la condición de poeta del héroe lo convierte
en sujeto privilegiado respecto de su dependencia del lenguaje. En
este sentido, el camino se dirige, ineludiblemente, hacia el silencio,
"con el corazón tan vulnerable/ como el de un monumento
abandonado" ("Sacsac Palce"). El libro de Maurizio
Medo nos muestra la atracción de una lucidez que revela la
forma y el sentido de una realidad, cuyo paisaje solo puede ser entrevisto,
en su más terrible desnudez, a través de la locura y
del amor.