He recordado, Lu, que
todo es recuerdo. Salvo
el Amor
Es el final de “El hábito elemental”. Hay otro final
posible, pero es una paradoja. Esta en A la misteriosa de Robert
Desnos:
Al final esa hoja que cae y esa rueda
que gira
te dirá que nada perdura en la tierra
salvo el amor
Y de eso quisiera convencerme (...)
Maurizio Medo escribe un libro que muestra el itinerario de
ese convencimiento como si toda poesía, toda escritura finalmente,
no fuese sino el intento por llegar ese “salvo el amor”, a esa
excepción
deslumbrante que dibuja tras ella la precariedad de nuestros cuerpos
en su apuesta reiterada y en la angustia de su desmembramiento. Los
poemas de “El hábito elemental” muestran así el deseo
de no estar allí para ser efectivamente el cuerpo que se nombra,
no su representación, no su fonema, sino esa Lu que se nombra.
Los versos de Medo se rompen así abruptamente, se tarjan de
golpe para amarrase asfixiándose al que sigue porque la experiencia
humana (aquella que nos fue otorgada en esta tierra, en este mundo,
en estos Perú) no admite al parecer sino una sintaxis rota,
un encabalgamiento que surge cuando ya todo parece perdido. Como en
Trilce, la extraordinaria concretud de la poesía de Maurizio
Medo nos hace ver que las palabras son los paliativos más dramáticos
y tal vez esplendorosos de la carne, pero que son únicamente
paliativos. Las palabras jamás son el dolor, pero no nos privan
del dolor. “El hábito elemental” consiste entonces en tartamudear
las sílabas de una frase cifrada que no es decible porque quisiera
no ser una frase sino la experiencia misma que lleva a pronunciarla.
Pocas veces una poesía nos muestra esa lucha sin cuartel que
las palabras entablan con la concreción inpronunciable de la
vida. Eso es lo que un ser humano real mira, ve. Estos poemas parecieran
así no soportar la tensión entre la experiencia (eso
que está allí atascado, irreductible, como una piedra)
y las palabras que sólo podrán decirnos que lo invisible
es el amor, que lo único que debiera ser visible para todos,
en este instante, en todos los instantes del mundo, es refractario
a la palabra amor. Que decir amor es siempre decir un cuerpo invisible.
Cuando los tres, contritos, nos confesábamos
prescindiendo de palabras,
nos alucinaron deshablando al borde de la desesperación.
Nadie
notó cómo Lucía la Hermosa sonreía
invisible
en el amor.
No puedo sino ver entonces este libro sino como un poema que recoge
la tradición del poema de amor y que es al mismo tiempo la
prueba de algo que jamás puede cumplirse en las palabras que
lo nombran. Creo que en eso consiste también la gran poesía
peruana; la poesía de la ruptura de las palabras como si fueran
músculos que se desgarran porque ellas deben necesariamente
pagarles un tributo a la dureza de la tierra, a las piedras de esa
tierra, a esa terquedad y mudez omnipresente donde la letra, como
vio Vallejo, es un origen –quizás el único que cuenta-
pero únicamente porque es el origen de la pena.
“El hábito elemental” habla así desde una tartamudez
y una afonía que se muestra en cada uno de sus giros, en las
roturas de las líneas, en los encabalgamientos, en la sintaxis
quebrada que de tanto en tanto toma la forma de la prosa como si allí:
en esos cursiles marasmos del poema se preparara la última
frase, aquella que nos dirá que el amor es el único
presente en un universo en que todo es recuerdo, en que se recuerda
que todo es recuerdo mostrándonos de paso que la poesía
es también parte de lo invariablemente pasado, de lo que para
siempre no alcanzó a decirse, de lo que nunca podrá
decirse... salvo, salvo, salvo.
Salvo el amor.
Y uno quisiera que este extraordinario poema de uno de los más
notables poetas peruanos de este tiempo, fuese el mundo.