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Maurizio Medo
En poesía no existen los territorios



Por Jorge Moscoso.


Maurizio Medo, es un poeta anfibio, su corazón late entre el Mediterráneo y el Pacífico. Escribe a contrapluma de los discursos predominantes y se resiste a creer en lo que denomina ficciones críticas. Precediendo la publicación de su último libro con Calabaza del Diablo, Medo estará próximamente en Santiago. Aquí sus perspectivas, al pie de los volcanes del sur peruano.


- Ud. aparece en la poesía peruana con un libro de carácter surrealista en plena ebullición del Posconversacionalismo.
- Así es. Y de la manera más irresponsable, lo que no implica arrepentimiento. Muchas veces lo poético resulta de un equívoco de la razón...

- Lo curioso es que muy poco tiempo después Ud. publica un nuevo libro cuyo tono parece contradecir a Cábalas.
- No creo que en poesía pueda hablarse de contradicciones, sí de desplazamientos. Mencionaba la publicación de Cábalas como una irresponsabilidad. El siguiente, En la Edad de la Memoria tiene un tizne neobarroco, culturalista. Creía que en el aprendizaje para llegar a ser poeta, el cual nunca termina, debía de vivir mi propia historia literaria, y sigo convencido de esto. Si en Cábalas brillaba Breton, en En la Edad de la Memoria hay homenajes explícitos, abiertos a otros colosos de la civilización occidental como Apollinaire, De Chirico. Y otros como a La Rosa del poeta Martín Adán, desde esa formulación poética.

- Y luego se lanza Ud. a las antípoda. En Caos de Corazones encuentro como referentes a grupos musicales, todos dark o gothic.
- Es que la cultura existe en cuanto posea movimiento. Los homenajes a los que hacía referencia constituían, paralelamente, un viaje poético hacia el pasado. Pero ¿y lo que se vivía? Para mí la música y el cine han sido capitales en mis lenguajes. Fue ponerlo en evidencia. Yo crecí con The Cure, crecí con el gothic y toda la movida postpunk, me deslumbré tempranamente con Wim Wenders, con Greenaway. Pienso que en el Perú se había una brecha entre lo culto- ahí está la poesía de Eduardo Chirinos- con lo popular- ahí está la poesía de Róger Santiváñez. Aposté por un camino entre ambos. Pienso que si uno escribe sin una conciencia crítica está sencillamente retorizando y, a su vez, si esa conciencia no te conduce a un cuestionamiento del lenguaje poético el acto de escritura es un facilismo.

- ¿La poesía es crítica?
- Evidentemente. La poesía trae consigo una perspectiva crítica del entorno que trasciende el lenguaje. Ya no estamos para jitanjáforas o los metaforones de Chocano.

- ¿ Y hacia donde enfila la crítica con Limbo para Sofía?
- Sofía, la Sophia Perennis, ¿qué más crítico que poetizar su muerte, apreciar el occidente desde un yo representatorio, que es otro y enuncia y denuncia la profanación y acabamiento de los grandes temas, de la Utopía, de la agonía de lo poético?. Aquí es un reencuentro con todas las lecturas que me marcaron más, Eliade, Guenon, Burckhardt. La muerte de la Sophia Perennis conduce al yo representatorio primero a la imposibilidad de amar y, desde este desgarramiento al silencio y, finalmente, al extravío de aquello que entendemos como razón.

- Mencionaba Ud. a autores como Mircea Eliade y René Guenon, los que son un tanto insólitos, más aún en alguien de su generación, ¿cómo es que accede a ellos?
- He sido muy afortunado. Onorio Ferrero, mi abuelo, fue uno de los precursores del estudio del Oriente en el Perú. Crecí entre libros incunables escritos en sánscrito, entre ediciones del siglo XVII. Ferrero era amigo de Mircea Eliade, quien estaba por venir a mi país con el fin de estudiar el mundo chamánico. Lamentablemente la muerte le ganó por un paso y ese deseo no pudo concretarse.

- ¿Esto influye de algún modo en su decisión de vivir seis meses en una comunidad chamánica?
- Fue determinante. En el Perú el chamanismo es un fenómeno fundamental para entenderlo a cabalidad. Podríamos decir que hay tres ejes en donde uno encuentra este fenómeno; el fronterizo Ayabaca-Sechura-Huancabamba, al norte, que es donde estuve; el del Altomesayoq, que abarca el Cusco y uno tercero que está diseminado por la Amazonía.

- ¿Y por qué esa decisión?
- Por un aspecto absolutamente mundano. Fue un trabajo que hice para una institución. No soy antropólogo ni nada parecido pero, a través de mi abuelo conocí al Maestro González Tafur. Gracias a él es que tuve acceso a Salalá, una comunidad chamánica que está al pie de Las Huaringas, unas lagunas que, según dicen, posee poderes curativos. Estoy curado del susto en lo que concierne al esoterismo. Desde niño conocí toda una variedad de estafadores profesionales en este campo. Lo que me alucinó en esta experiencia fue el lenguaje, la capacidad metafórica del hablante. Recuerdo que cuando recién llegué se me preguntó: ¿de qué cielo te vienes? Al responder, por intuición, que venía de la capital acotaron: ah, es de los tiempos. Ese día me arranqué el reloj y no lo he vuelto a usar.

- En su poesía no se refleja esta vivencia.
- La palabra, decía Heráclito, es la sombra de un hecho. Aparentemente no se refleja, es cierto, pero ¿dónde crees que se gestó la idea de la muerte de la sophia sino ahí? El ver otra forma de vida, diametralmente opuesta a la nuestra, donde todo es natural, donde todo es manifestación simbólica. Me rompieron los esquemas. Lo menos relevante fue saber si aquellas lagunas eran milagrosas o no. Lo fundamental fue ver como, por ejemplo, se contemplaba un arco iris. El cielo te está coronando. ¿Sí? Qué bueno, nada de flashes ni de turistas japoneses sonriendo de acuerdo a la ocasión. Qué contraste con la manera en que se vive en las capitales de nuestro continente, en donde asistimos a la farandulización de la poesía, al vedettismo de los míticos aedos con sus páginas WEB, sus recitales de pasarela, con los Decretos Supremos que los nombran como organizadores y promotores de eventos, de ferias internacionales donde una delegación es la lastimosa muestra del apogeo del amiguismo, con el que se vende gato por liebre. Es otro mundo. Hemos perdido la sabiduría primordial, hemos matado el rito, los símbolos. Somos unos depredadores de nuestra propia especie con la falsa idea de progreso.

 

La Crítica

- Cuál es su visón de la poesía que se produce en el Perú de hoy.
- Habría que preguntarse inicialmente que connota aquello de hoy. Si hay algo bueno en el Perú es la poesía. Siempre fue nuestro otro Machu Picchu pero, lamentablemente, como bien sabes, la poesía es una gloriosa inutilidad. Jamás fomentará el turismo ni el mercadeo del producto. Creo que hay poetas peruanos notables, lamentablemente ser poeta en el Perú es como vender sombrillas en el Gobi o Atacama. Hay un lamentable divorcio entre creación y crítica. Aún cunde lo efebolátrico, la confusión de lo novedoso con lo bueno, la homologación entre Crítica y el decadente reseñismo de las rotativas de confitería, la tendencia a forjar ficciones críticas como poeta joven, poeta representativo, poeta femenina, poeta del 70, 80, 90, post2000. Evidentemente que hay una reacción contra esto. Hay libros de Crítica como el de José Antonio Mazzotti, el de Birger Angvik, ensayos como el de Luis Fernando Chueca, queda el legado de Westphalen y, otro más reciente, el de Antonio Cornejo Polar que dan pautas a los nuevos poetas sobre aquellos que les precedieron. ¿Cuándo es la de hoy?

- Hablemos de la última generación.
- El problema es que no se ha definido con certeza que es una generación. Me resisto a creer que esta nace por generación espontánea cada decenio. Yo hablaría de la poesía peruana en los últimos veinte años y veo en ella, como una de sus virtudes, la diversidad. Desde los ochenta hay una heterogeneidad discursiva que podemos vislumbrar en poetas como Chirinos, Santiváñez o Magdalena Chocano - me resisto a dividirlos de acuerdo al género como buscaron equívocamente las mujeres que ahora denuncian un Club de Tobi en la poesía peruana, ellas, en todo caso, fueron las Lulús- esta diversidad se ha radicalizado hasta llegar al fin de un discurso unitario y monolítico. Por supuesto, queda una suerte de distingo entre poeta y el otro, de la provincia. Como si la capital constituyera un plus y el resto tuviera que sumirse a una subalternidad. Me parece que la poesía peruana está en un período de transición hacia algo que no podría definirse aún. Lo predominante tal vez sea el discurso neobarroco que contrasta con la tendencia hacia un anacrónico malditismo que, simplemente denominaría como maldichismo. En definitiva, la poesía peruana anda en un estado de transición y de asimilación de esa diversidad gestada desde los ochenta.

- ¿No cree en la existencia de una poesía femenina?
- La mujer tiene un modo de escribir particular, definitivamente, pero ¿La adjetivación de acuerdo al género no sería válida sólo si consideramos a su opuesto, en este caso, poesía masculina? Jamás he oído de ella. En el Perú, en los años ochenta apareció un interesante contingente de creadoras. La crítica convencional, aturdida con la pluralidad discursiva, no encontró mejor manera de agrupar la poesía escrita por mujeres como si se tratara de un apéndice del discurso oficial. Las escritoras fueron quienes cayeron en esta emboscada y, casi como una secta, abundaron los recitales y encuentros ¿de qué?, de poesía femenina, algo muy similar a una junta de Lulús protestando ante el Club de Tobi. El problema es que no habían ni Tobi, ni club. Recuerdo aún una declaración de Rossella Di Paolo, en 1989. Nos tratan - decía - como si fuésemos un seleccionado de voleyball. Sólo falta que se nos imponga un entrenador y nos manden a las Olimpiadas. En lo personal coincido con la visión de Ana María Gazzolo, como nos lo recuerda Erica Ghersi, Gazzolo sostenía que debería hablarse solo de un "yo poético", más allá de la sexualidad del productor.

- ¿Cómo es su relación con la crítica?
- Con aquella que entiendo como crítica, la que en el Perú tiene un carácter extraterritorial pues, en su mayoría, los críticos radican en los Estados Unidos, es muy buena. Con la otra, la de reseñas prefabricadas, la que establece a los escritores rankeables o no, la que marquetea el hit del momento, se sobreentiende que no es de las mejores. Hay un espacio que me parece importante rescatar, la Internet. Hay varias páginas que han abierto nuevos espacios críticos en el Perú. Por citar algunas, está El Hablador, que se hace en Lima y Letras.s5, una página que se hace en Santiago de Chile y que dedica un espacio a la literatura peruana, cuando pareciera que no podemos ocuparnos ni de nosotros mismos. Creo que con la Internet los comentarios se hubieran pluralizado. Ya no existe el prototipo de poeta del momento.

- Pero Ud. también se desempeña en el terreno crítico.
- Esa observación nos la hacen a todos los poetas, y ya parece conciliada la respuesta que daré. No soy un crítico. Es cierto que con Raúl Zurita editamos una muestra de poesía peruana muy polémica, lo que me halaga. Pero la crítica, como tú la denominas es parte del ejercicio poético. No podemos restringir el proceso de eso que llamamos poesía a la escritura de versitos. La lectura, la visión que tenemos de aquello que se está escribiendo, la reflexión, en función de los textos leídos, que va más allá de la rúbrica, pues pueden ser tanto propia como ajena, son parte de lo que, al menos yo entiendo como aprendizaje. Si escribo reflexiones, prefiero denominarlas así, es para aprender, pese a ello, lo confieso, las últimas están fuera de la parcela localista. Si es que creyera en las fronteras te diría que estoy lejos de aquello que entendemos como lo peruano.

- ¿Desde el Perú existe un acercamiento a la poesía que se escribe en el ámbito latinoamericano?
- Básicamente se está iniciando algo con Chile. Hubo un encuentro entre jóvenes poetas de ambos países, la muestra que editamos con Zurita y el encuentro de ambos en Arequipa. Creo que esta relación Perú-Chile debiera de consolidarse. Tal vez sea una coincidencia de hechos aislados. Si se pregunta a un poeta de veintitantos años qué piensa de la poesía latinoamericana su silencio es algo que resulta estremecedor. Tengo la impresión de Latinoamérica como un grupo de aldeas que vive de espaldas, una a la otra por el carácter localista que impera en el continente. Yo responsabilizo de ello a la crítica. Creo que cada una tiene sus propias taras. Por ejemplo la chilena me parece antropófaga, mientras que la peruana es tan perricholista, apañadora y alcahuetera, nada que ver una con otra.

- ¿Por qué ese desdén hacia los estamentos críticos?
- Tal desdén no es hacia lo que definía como crítica, es a lo acrítico disfrazado de su opuesto: el reseñismo inmediatista de las rotativas. Evidentemente no van a pagar justos por pecadores. Existen honrosas excepciones en cada una de las aldeas. De lo que se trata es que lo bueno no se constituya en una excepción, ¿no te parece?

- Permítame una observación, Ud. critica a lo que denomina reseñismo inmediatista pese a desempeñarse algunos años como editor de un suplemento cultural.
- Eso es cierto, como es cierto también de que el suplemento que editábamos Antonio Cisneros y quien suscribe en primer lugar tenía catorce páginas y toda una estructura, en segundo lugar se contaba con un calendario, los libros esperaban a veces hasta dos semanas para salir en una reseña de veinte líneas, eran leídos. Y no solamente, muchas veces contábamos con colaboradores para las reseñas. Es de ahí que se origina mi molestia. Ahora, a excepción de la revista Hueso Húmero y algunos aportes de Ajos y Zafiros, ¿existe algún espacio cultural en la prensa peruana que pase de las 5 páginas?¿Existe una prensa cultural? Sí, evidente, pero ésta se circunscribe al ámbito de la plástica, donde hay un mercado, compra y venta y sólo Dios sabe qué otros intereses. Pese a ellos la crítica del arte tiene una renovación. En lo literario, amén de los aportes que te señalaba ¿qué otro nuevo asoma que no sea el trabajo de un Ortega, de un Oviedo? Ahí hay un estancamiento crítico, no encontramos una renovación.

 

Poesía

- Volviendo a su obra poética, por los discursos que Ud. plantea ¿se reconoce como integrante de alguna generación?
- Es complicado creer en las generaciones poéticas. Mi promoción creció en los momentos menos propicios. Por un lado, el país se nos venía encima con la guerra interna que dejó 60,000 víctimas, entre muertos y desaparecidos. Por otro, como una reacción ante un fenómeno de esta naturaleza es que, en la poesía, el Movimiento Poético Kloaka detona como un dinamitazo. Con este movimiento cayó el muro posconversacional. El escribir poesía era a la sombra de la cultura K o negándola. Valoro mucho la sensibilidad de este Movimiento, tengo una profunda amistad con su fundador, Róger Santiváñez así como sus aliados estratégicos, fundamentalmente con José Antonio Mazzotti pero, aunque muchos me adscriban a este movimiento, mi búsqueda personal iba por otro camino -tal vez por mi desconfianza hacia los colectivos-. Desde esta perspectiva mi promoción, insisto en el uso del término, creció en un estado de confusión generalizada. La mayoría de quienes empezaron a escribir conmigo abdicaron del oficio antes de cruzar la treintena de años para dedicarse a labores más respetadas. Creo que hasta principios de los ochenta, sea por el MK, sea por el activismo universitario que sacó a luz publicaciones como SIC, Trompa de Eustaquio, Calandria, cabía el término de generación, luego ya no. Hace años causó gracia que me calificara como degenerado, ahora compruebo que algo de razón tenía. El abigarramiento del lenguaje crítico me califica como entregeneracional, transgeneracional y otros apelativos surrealistas. Con esto quiero decir que no creo en una generación, salvo como la de Los poetas-a-puerta-cerrada o No-me-junto-con-nadie.

- Pero definitivamente Ud., tuvo una vida literaria, compartió con otros poetas.
- Lo que me hace aún más degenerado. El más entrañable compañero que pude tener en mis inicios fue Javier Sologuren. Nos veíamos a diario, veraneábamos juntos en una playa del sur de Lima, San Bartolo. Javier era tan poeta que no establecía una relación maestro- discípulo, era cómplice. Tenía tal capacidad de abstracción, diría que vivía en estado poético. Luego, hablaba de antes de Róger Santiváñez, con quien pasábamos tardes enteras entre los libros, aquellos viejos incunables.

- Pero, ¿nunca participó de un grupo o movimiento poético?
- Lo más próximo a la vivencia de una colectividad fue con Asaltoalcielo, por José Antonio Mazzotti. Por supuesto que mantengo un vínculo con algunos poetas que asistían a las veladas poéticas (Mendizábal, De Ramos, Frisancho, Quijano) Pero al pan, pan, y al vino, vino, existen también de los otros que representan ejemplarmente los motivos por los que dejé la capital.

- Es cierto, si el punto fundamental de difusión poética está en Lima ¿por qué se fue a la provincia?
- La provincia no es el resto de, en este caso el Perú. Estoy a mil kilómetros de ese pueblo con complejo de metrópoli. Me fui, en primer término por hartazgo y en realidad, nunca, pero nunca, creí quedarme, y mucho menos en Arequipa- siempre he preferido el norte peruano-. Pero el amor me ganó. Aquí me casé, aquí, y aquí es Arequipa, aunque podría llamarse Yucatán, Calama, o Bahía Blanca. Todo lo que buscaba está escondido en esta ciudad, me refiero a ese ser maravilloso que es para mí Ludy, mi esposa, por quien deje atrás todo y, si tuviera la opción de volver a elegir, mil veces volvería a dejarlo. Me siento bendito, afortunado, único y no declaro esto con tufillo egolátrico. Me refiero a quién soy a lado de Lu, quien posee la mágica facultad de hacerme ser (y hacer) lo mejor que puedo, que podría ser.

- ¿Es aquí desde aquí que junto a Raúl Zurita editan la Letra en que nació la pena?¿Qué tal la experiencia?
- Eso fue otro de los inesperados- bien lo decía Heráclito ¿no? : Esperar lo inesperado-. Jamás pensé que una muestrita de poesía generará todo este revuelo. Con Raúl Zurita compartíamos textos de esa abstracción que es la poesía peruana y así se fue dando, como la experiencia de dos lectores aplicados a. En el entretiempo Zurita había sacado a luz Cantares: nuevas voces de la poesía chilena. Ese libro, que en Chile generó urticantes polémicas, fue la semilla de amistad que tenemos. Posteriormente la bendita Letra, el encuentro El Sur también existe, en fin son anécdotas que considero personales, muy personales. Recuerdo un pasaje de El Juego de los Abalorios de Herman Hesse, en donde el autor sostiene que no hay mejor manera de que dos seres cultiven la amistad sino a través de la música. Podría rubricar esta frase si cambiamos música por poesía. Con Raúl Zurita descubrí lo, que en su momento, la falta de una generación, de compañeros de ruta me impidieron vivir: la fraternidad, la lealtad, la solidaridad y todos esos valores, que para muchos serán arcaicos. Si vuelvo a Hesse, Zurita es un Maese Luden y no dudo un instante en considerarlo como uno de los poetas más importantes del nuestro continente. Lo evidencia en la compilación Mi mejilla es un cielo estrellado, y esto se confirma con La Vida Nueva. El problema de Raúl es que vive, como un Maese Luden, en un país donde ya nadie parece dedicarse en cuerpo y alma a este Juego de los Abalorios.

- ¿El estar en provincia, que la entiendo como margen es lo que le permite aproximarse a la poesía latinoamericana?
- Aquí hay dos relativismos. Estar y poesía latinoamericana. Inicialmente, y eso me da paz interior, di lo mejor que podía a esta ciudad, talleres, poetas que venían desde Lima o el extranjero, todos amigos, conversaciones diarias con los críticos y los escritores de la región, pero luego, me fui dando cuenta de que en realidad, no estaba en Arequipa, sino con mi esposa y que esto, inútil en los estamentos productivos, que es la poesía y es mi vida, para quienes me rodeaban constituía una afición refinada. Esto me acercó más a Chile, cómo no, a México. La provincia es un no-lugar y en cuanto a esa otra catalogación, poesía latinoamericana, más que acercarme a ella, eso implicaría toda una vida, se dieron encuentros fundamentales para mí con algunos poetas chilenos, con otros mexicanos, con alguien tan lúcido y particular como Eduardo Milán. Me encontré con seres humanos los que me hicieron comprender del todo que, en poesía, las fronteras se constituyen como otra ficción.

- ¿Qué expectativas con el próximo viaje a Chile y la publicación de "Manicomio del Alma?"
- En lo que respecta a Manicomio del alma sólo puedo hablar de gratitud, de una enorme gratitud que siento hacia Gabriel Silva y Marcelo Montecinos. Manicomio abrirá, con Calabaza del Diablo una colección de poesía latinoamericana, idea que me parece fundamental y coincide con la aparición de la revista Pelícano, en Lima, con esa perspectiva integradora. Creo que hay que tener conciencia de nuestros lenguajes, de nuestras hablas pues, todas unidas, conforman un idioma latinoamericano para el que un español necesitaría de traductor. No siento que voy a un lugar ajeno. Tengo buenas amistades en Chile que le vuelven tan casa como Arequipa o Lima.

- ¿Dice esto a pesar de los conflictos entre ambos países?
- En ese sentido me debo únicamente a la poesía. No creo que poetas, llámense Germán Carrasco, Felipe Ruiz, el mismo Gabriel Silva, Héctor Hernández o Raúl Zurita, escriban desde un territorio. Las fronteras en la poesía, lo dijimos con Zurita en Arequipa son ficciones.

- ¿Está al tanto de lo que se viene escribiendo en Chile?
- Con el mismo interés que de lo que se escribe en Perú o en Sri Lanka. La poesía chilena vive un momento interesantísimo. Se percibe en Cantares, la polémica antología de Zurita. Pero fundamentalmente en los libros que he podido leer. Me llena de alegría compartir una lectura con Ruiz y Hernández, quienes podrían llamarse Memet o Sandoval.

 

 


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Maurizio Medo: En poesía no existen los territorios.
Por Jorge Moscoso.