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Maurizio Medo: la escritura es la destrucción de toda voz

Fabián Darío Mosquera
Crítica 126, 18 abril 2008

—Pregunta de rigor: ¿recuerdas algún momento específico de tu vida en el que descubriste, más que la vocación, la predisposición emocional de ser poeta?
—En los últimos años me han preguntado (y me he preguntado) sobre ello. La conclusión a la que podido llegar es que, en realidad, mi familia era un poema (lo que hace de mi oficio algo ajeno). Tuve un nonno (un abuelo) partisano —marqués de cuna y, para colmo, republicano—, quien llegó al Perú huyendo de la persecución nazi y terminó traduciendo una versión sánscrita del Tao te king al español. Un padre, de origen croata, que si bien se doctoró en filosofía, dedicó toda su vida a buscar el “gran negocio” sin ninguna fortuna. Una madre que nunca nos supo explicar a qué país pertenecíamos dentro de una casa donde se hablaba en español, se gritaba en italiano y se insultaba en croata. A la luz de los años, hoy, lejos, al lado de mi mujer, cuando recuerdo todo esto tengo la impresión de haber vivido dentro de algún filme de Emir Kusturica.

—Ya desde algunos textos de En la edad de la memoria presiento que tu poesía sugiere, a través de alusiones tanto a elementos de la literatura clásica como de la cultura popular y la sociedad de consumo, una imagen de la civilización como un muro solemne, aunque siempre a punto de derruirse desde adentro. Veo por ejemplo, en tu obra, que la presencia de la ciudad, de los espacios urbanos, termina sintetizándose en la subjetividad del solitario que camina paladeando esos recodos con una capacidad casi dolorosa de reflexión que va rasgándole las sienes, o del extranjero que aguarda en un cuartucho de hotel. ¿De dónde crees que surge este manejo lírico de una melancolía que, al mismo tiempo, se condensa con el estremecimiento de un vértigo parido por la época en que te toca vivir?
—Comienzo a escribir, esto lo recordaba recientemente con Eduardo Fariña a propósito de una entrevista sobre Pulir huesos: veintitrés poetas latinoamericanos, en un momento en que la civilización (como ocurre hoy) estaba a punto de caer, en que la palabra “historia” se constituía en un sinónimo de vértigo: la reunificación de Alemania, la desaparición del imperio soviético, la consolidación de la UE, el gigantesco problema de las relaciones con el Islam, el terrorismo generalizado como frente de conflicto, el ataque químico a Halabja, la invasión de Kuwait, la Guerra del Golfo, la de Bosnia, los levantamientos indígenas en Bolivia y Ecuador, la barbarie terrorista en el Perú, el Caracazo, la “globalización contrahegemónica”... Poco tiempo después: la aparición de la Web, la masificación de la Internet, Afganistán, Al Qaeda, el 11 de septiembre, etc. Todo esto reunido podría resultar impensable (o, en el mejor de los casos, excesivo) si consideramos que ocurrió en un lapso de sólo veinte años (que es nada, según Gardel). Comencé a escribir bajo los escombros del Muro de Berlín, seguí bajo los del Word Trade Center y quizás ahora lo haga bajo los de la literatura tal como se concebía en el siglo XIX. La escritura fue (y es) para mí un acto de afirmación y de resistencia (como diría Milán).

Con respecto a lo que señalas sobre la melancolía, me parecería interesante recordar un refrán con el que se pretende explicar la naturaleza del hombre de los andes peruanos: “Tiene una quena en el alma”. Aunque dudo que pueda existir un sonido más melancólico que éste, mi caso es distinto. Por mi procedencia, hijo de inmigrantes europeos, el dulce sonido de esa quena seguro que está presente, pero es muy débil. Coexiste con otros: desde los acordes del Lijepa naša domovino (que en croata quiere decir “hermosa nuestra patria”) hasta los de una canzonetta napolitana o un himno partisano. En casa, mi nonna añoraba la Italia que existió hasta antes de la Segunda Guerra Mundial. Cuando volvió en 1970 descubrió que el lugar que ella añoraba ya era otro. ¡Imagínate! ¡Durante casi veinte años su corazón había pulsado en función de un lugar que ya no existía! Otro caso es el de mi padre, Blas. Él se sentía cien por ciento peruano. Vivió intensamente la Lima de su juventud. Nos platicaba sobre los amigos de aquella época, sobre sus tertulias en el patio de letras, en Plaza Francia. Pero al mismo tiempo, desde que éramos niños, en su decir, Yugoslavia aparecía como “la otra casa”. Algún día iríamos allá. Lo supimos en 1991: ya no hubo más “la otra casa”. No hubo más Yugoslavia. Los hijos de inmigrantes crecemos con una melancolía por lugares que, pese a quererlos, sabemos que no nos pertenecen y que nunca sabremos cómo fueron. Aquella imagen del solitario, que mencionas, procede de ahí, quizá como una metáfora de ese descentramiento, de ese desarraigo, de esa desraización, si me permites el término. No es fácil crecer entre culturas paralelas —ojo: no mestizas—. Creo que Westphalen se refiere a ello magistralmente: “Por mi situación de descendiente reciente de familia de tres emigrantes (de mis cuatro abuelos sólo mi abuela paterna había nacido en el Perú) me sentía como en cuarentena permanente, reo de no estar integrado y no compartir las tradiciones, mejor dicho, los prejuicios e intereses de las clases dominantes.” Experimento algo muy semejante. Finalmente mis raíces, más que estar en un país o en una ciudad, están dentro de casa, y ni siquiera: están en mi mujer, en lo que hemos construido, en lo que anhelamos. Fuera de ahí lo que cunde es la sensación de ser un ciudadano de cuarta, ni siquiera la de un tercermundista.

—Esta pregunta, intuyo, te resultará recurrente. Tengo que hacértela debido a la situación tan especial en la que te encuentras frente a lo que, durante los últimos años, ha estado germinando en la campiña de la lírica latinoamericana. La inquietud es ésta: ¿cómo haces para que en las encrucijadas de tu subjetividad lleguen a conciliarse el poeta y el crítico? ¿Te planteas siquiera éste problema?
—¿Dónde reposa la crítica actual sino en las reflexiones de Pound, de Eliot, de Blanchot? De saque, no creo que debamos plantearnos esto como un “problema”. La crítica es subjetiva (y también “parcial, apasionada y política”: Baudelaire). Específicamente, en nuestro continente, ¿quiénes han escrito los últimos (aunque escasos) estudios de poesía? ¡Los mismos poetas! La realidad nos ha demostrado que la dicotomía poesía-crítica queda apenas como un prejuicio en los sectores más reaccionarios: aquellos de los críticos en los que no distinguimos la sombra de los poetas sino más bien la de los eunucos. Hay un comentario de Fogel sobre una idea de Brodsky. Cuando en 1991 fue designado Poet laureat, debió dar un discurso ante el congreso de los Estados Unidos. En aquella ocasión dijo Brodsky: “Poetry is not a form of entertainment, and in sense not even a form of art, but our anthropological, genetic goal, our linguistic, evolutionnary beacon.” La labor del poeta es crítica pues, al menos yo lo entiendo así, la escritura, y esto es sine qua non, exige plantear una posición, deslindar terrenos. De lo contrario no hablaríamos de la poesía como ese faro lingüístico al que se refería Brodsky, sino más bien de artesanía.

—Decía que te encuentras en una situación especial frente a la creación lírica en la América Latina de hoy, ya que sabemos que a través de las herramientas de comunicación que la tecnología actual ofrece resulta tremendamente fácil vincularse y mantener una relación cercana con escribas de distintas latitudes. Esto, sumado a las arbitrarias disposiciones de un azar que a veces marca el ajetreo de la literatura, te ha puesto en contacto con proyectos editoriales y recientes propuestas líricas de México, Perú, Ecuador, Chile, Argentina o Guatemala. ¿Cuáles percibes como puntos de coincidencia entre lo que se está haciendo y proponiendo desde diferentes países latinoamericanos?
—En Latinoamérica, mejor dicho en los países que mencionas, se viene generando un discurso que incluye todos y cada uno de sus flujos. ¿En qué coinciden? En su orfandad: todas las escrituras, al menos las que me interesan (y no son pocas), se desarrollan sin ningún apoyo ni amparo institucional (sea gubernamental o privado). Son hijas de la crisis, irrumpen fuera de la relación que había con el canon. En ellas la búsqueda del centro ha sido desplazada por la experimentación lingüística. Hay una ruptura con el concepto metapoético de generación. Hay un orden que resulta agonal respecto del pasado literario. Ésta es una mirada parcial, aún estas escrituras están en proceso. Hay que tenerlo muy en claro. Son pocos los poetas, nacidos después de los setenta, que cuentan con una obra que los respalde. Ésta la brinda el tiempo. Y obra, tengámoslo en claro también, es propuesta, no suma de productos. De eso abunda. Debemos ser muy cautos, hay mucha confusión, mucha premura. Decir que me encuentro en una “situación especial” y también que estoy “en contacto con proyectos editoriales y recientes propuestas líricas de México, Perú, Ecuador, Chile, Argentina o Guatemala” no es del todo cierto —aparte de que me da un protagonismo que, en realidad, correspondería más bien a los habitantes de las ruinas en la vieja oficialidad—. De que existe, existe. Pero soy simplemente un lector de esas propuestas. Esto puede ser en sí un privilegio, cómo no, pero también tiene un costo: en más de una ocasión he debido anteponer a mi deseo de autor, y éste no es otro que ser publicado, la necesidad de que se conozcan las obras de los que vienen. Creo que los más jóvenes podrían hablarte mucho más sobre esto. En todo, caso le correspondería a ellos.

—¿De qué forma crees, por ejemplo, que las condiciones socioculturales (el contexto político y las herencias literarias y estéticas en general) determinan hoy la creación lírica del continente y, por otro lado, en qué momento deja de haber convergencia y se instaura esa “Babel lingüística” de la que habla Alan Mills?
—Sería muy ingenuo pretender esa Babel como una construcción de la poesía novísima. Títulos como Tropical town and other poems (1918), de Salomón de la Selva; Trilce (1922), de César Vallejo; hasta las Calcomanías(1925), de Oliverio Girando, ya nos muestran que ella estaba. Aparte, “poesía latinoamericana” es un término que se utiliza para denominar una serie de disonancias (respecto a un lenguaje) y disidencias (respecto a un cuerpo canónico). A lo que asistimos hoy es a un conjunto de fusiones (lo que me parece más propio que decir hibridaciones, pues un híbrido es algo estéril). Los diversos encuentros entre jóvenes autores, y otros no tan jóvenes, vienen constituyendo nuevas "pandillas” que están más allá de un habla local, de una conciencia “nacional” (que a la luz de los tiempos me parece algo “provincialista”).

—En alguna parte de El hábito elemental dices lo siguiente: “Pero la memoria —como el poema— es una bella mentira a la que amamos por su muy escaso valor.” Más allá de aquello de la memoria como fabulación, quiero referirme a eso de que parecemos vivir en una época en que la sensación del poco valor de la poesía, por lo menos en el marco de una sociedad cada vez más positivista y técnica, se presenta como dato inexpugnable. En alguna declaración que leí por allí te adhieres a esa reflexión de Maquieira en la que plantea que lo poético tiene que recuperar aquello que le fue arrebatado por la física, la astronomía o la cibernética. La pregunta es: cómo. Si bien la poesía no constituye un interés de masas, ¿podrá ser uno de multitudes subversivas que se van sumando?
—En primer lugar, no recuerdo alguna época en que el poder, salvo el de los mecenas, haya encontrado algo de utilidad en la poesía. Ella, como para los griegos la teoría, es ocio, pues carece de oblatividad (¡se jodió el negocio!). La poesía es eso que surge donde ya no rigen las leyes de la economía y del mercado. Por eso, hoy más que nunca, la publicación de un libro de poesía es en sí un triunfo y también una feliz infracción de esas leyes. Lo que reclamaba Maquieira en aquella ocasión podría suponer implícitamente un cuestionamiento de la “antipoesía”, asumida como una puesta en duda de los relatos totalizadores (me parece que Eduardo Milán se refiere a ello). Pero esta puesta en duda también implica una infiltración en los diversos ámbitos de la realidad. Esto venía a guisa a raíz de un proyecto suyo sobre el que charlábamos. Trata fundamentalmente de ya no poner en duda sino más bien de afirmar la poesía como el único relato totalizador desde la antropología, desde la historia o desde la astronomía. De esto tenemos algunos ejemplos: ya lo hizo Zurita respecto a la psiquiatría, Hinostroza respecto a la astrología, Verástegui respecto a las matemáticas, etc. Pero, un momentito, no creo que absolutamente nada en materia de poesía pueda estar vinculado a ninguna clase de multitudes, ni mucho menos a lo masivo. Es más bien su negación.

—Me refería, específicamente, al concepto de multitud que utilizan Hardt y Negri, en el que hacen referencia a colectividades que se congregan en torno a un interés, pero sin la intención de conformar un grupo que termine por homologar los mecanismos constrictivos y homogenizadores de todo grupo, digamos, concebido bajo modelos de una política tradicional. Esto le podría calzar al fenómeno poético, ya que en él se propicia una paradoja: es suscitación de un espacio de convergencia y, al mismo tiempo, respeto a toda forma de singularidad.
—Las ideas de Hardt y Negri, que podrían asociarse con las de Paolo Virno en cuanto a la irrupción de la multitud como nuevo sujeto de emancipación, se dirigen a destacar la importancia de las “minorías sociológicas” como productoras de nuevas relaciones sociales. Pero, como señala Bensaïd, ellos no consideran las contradicciones en el seno de la multitud. Particularmente pienso que ese “espacio de convergencia”, en lo poético, podría aplicarse sólo a través de las nociones de intertextualidad. Aquí ya estaríamos hablando de una multitud, sí, pero de una multitud disgregada e intemporal, muy aparte de nociones sociológicas como “clase”, “género” o “identidad”. En lo poético, y en todo lo que esté dentro de eso que denominamos literario, debemos de distinguir otra vez a Sarrasine de Balzac, y recordar lo que decía Barthes: la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. Es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe. Es desde ahí, desde la pérdida (identataria), que podría pensarse en una comunidad. Pero esta comunidad es imaginada. Existe solamente en cuanto dialoga a través de lecturas, relecturas, intervenciones y apropiaciones. No creo en una repercusión social de la poesía, y menos que los modelos de la política tradicional puedan aplicarse a lo poético.

—¿Qué entiendes por “lo poético” más allá de lo que se hace con la palabra, quiero decir, en el ejercicio de una cotidianeidad con todas las implicaciones culturales de, digamos para ejemplificar y delimitar, las sociedades latinoamericanas?
—Lo poético es la base para comprender y, a veces, soportar eso realista mágico, eso neobarroso, eso sincrético y eso otro paradójico presentes en nuestra realidad, si es que pretendemos que al decir “Latinoamérica” estamos hablando de una realidad. Pero esta pretendida realidad, plural e informe, es una suma. En ella coexisten el Popol Vuh, Garcilaso y Ercilla con Hebe Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo; lo andino con lo platense; los orishas con el Señor de los Milagros. Para alguien de “afuera”, lo hispano está hoy “afuera”, aparecemos tan fascinantes como caóticos. “Latinoamérica” o como se llame “esto”, es salvaje, única, sanguinaria, es el fortín más poético que puede haber. Lo poético es aquello que produce asombro, es eso que desordena los sentidos; lo antipoético es otra cosa. Lo no-poético es despertarse para trabajar (trabajar, si no resulta kafkiano, puede ser poético) o responder al celular. Lo poético es, y será siempre, aquello infinitamente vivo.

—En el mismo sentido: trabajando en un texto encontré hace poco algunas reflexiones de Sarduy en relación con los inventos líricos latinoamericanos de la jitanjáfora y la masmédula. El genio antillano decía que precisamente lo latinoamericano de estas expresiones es “el sesgo paródico, burlón que toma frente al modelo —en este caso la lengua española ortodoxa, académica—, y una necesidad casi ontológica de faltar al respeto”. Me gustaría saber cómo crees que se remite tu escritura a estas caracterizaciones de un habla lírica latinoamericana, y en qué momento sientes también que las trasciende. Pregunto esto último a partir de algo que le dijiste a Alan Mills en referencia a tu libro Manicomio, planteándolo como una posible síntesis de la cultura occidental, pero vista más bien desde los márgenes al exhumar nombres como los de Pound, Ginsberg, Vallejo, Tzara o Lewis Carroll, que comparas con los de Viel Temperley, Artaud, Paul Scheerbart, Kurt Schwitters o Juan Luis Martínez, para establecer el concepto de “poéticas de la disidencia”. Es éste concepto el que también quisiera que amplíes, vinculándolo con la génesis y los diversos procesos de construcción de tu poesía.
—Para empezar, conviene recordar que el humor fue la ética de Sarduy, y también lo único que le permitió librarse de ser un escritor fetiche. Ahora bien, esa necesidad ontológica de irrespeto en Sarduy es algo legítimo, pues si empieza a reírse de alguien es de sí mismo (tienes el autorretrato donde aparece vestido con traje de rumbera como un ejemplo de ello). Dudo que esa capacidad para parodiarse, para hacer de sí una viñeta o una caricatura (recuerda que Sarduy inclusive solía cambiar su nombre de bautismo hasta por el de Tongolele), sea algo típicamente latinoamericano. ¿Qué mayor prueba de ello que Borges? Él también tuvo esa misma capacidad, que algunos podrían considerarla como británica. Creo que al latinoamericano le falta reírse más de sí mismo, y sobre todo en poesía, donde hay un prejuicio frente al humor. De que lo hay lo hay, y esto va desde Vallejo hasta Cisneros, por citar a dos poetas de mi país. La burla, si es que no se parte con uno mismo, es un remedo (y eso no tiene nada que ver con mi apellido). Luego de lo comentado sobre esa suerte de “desraización” personal, ignoro si mi escritura refleja o no un habla lírica latinoamericana. ¿Existe? ¿Cómo?

¿Octavio Paz no hablaba ya implícitamente de una disidencia poética de Latinoamérica respecto del castellano”? Y en ese mismo sentido, ¿Milán no cuestionó ya la herencia de la “tradición de la lengua” y rompió con la idea de la poesía latinoamericana como una suerte de “prolongación” (distinta, especial, con tono propio, pero prolongación al fin) de aquella tradición? Negarlo sería un acto de sumisión (y también anacrónico) o de conveniencia editorial (pareciera que de eso hay mucho). Bien, para vincular esto con la construcción de mi poesía, podría decir que a lo largo de mi obra (y obra es también aquello que está entre libro y libro) nunca hubo consonancia con lo modal (llámalo coloquialismo, llámalo objetivismo, llámalo barroco). Lo que ella refleja es la historia de un lenguaje, uno continuamente reedificado y arrasado hasta constituirse en otro arbitrariamente personal. Pero este no es una inventio, no surge por combustión espontánea o por demodé (como lo interpretan algunos papanatas), es el resultado de un profundo diálogo con la tradición, tal como ocurre en las obras de algunos compañeros de ruta. Dialogar con la tradición no implica un culto de la misma. Se trata de impugnarla o, por qué no, de desmitificarla. Todo buen hijo pensó alguna vez en el parricidio. Creo que toda obra debería empezar por una puesta en duda de la tradición a la que se circunscribe y, luego, por su intervención o apropiación. No hay que dejarla impune. Y esto implica conocimiento. En mi escritura la tradición dejó transmitir poesía a través de “poemas”. En mi escritura (y especialmente en Manicomio), la tradición dejó su dictadura autoral. En mi escritura el apellido Medo se convirtió en un objeto ajeno a la yoidad. En mi escritura toda la tradición habla, pero desde “otra” voz. No la de Medo, ése es un objeto que deviene junto a otros constructos imaginarios. Habla desde el momento donde se encarna precisamente como escritura. En ese instante, donde se encarnó la escritura, que dejó de ser mía, pude ser el medio a través del cual habla ese loco que murió creyéndose Napoleón. En Manicomio, lo nota Paul Guillén, uno encuentra “la presencia de versos tomados de otros poetas como Antonin Artaud, René Char, Héctor Viel Temperley, James Matthew Barrie, Martín Adán, Kurt Schwitters, Lautréamont, Nietzsche, Dante, Antonio Gamoneda, Robert Frost, Lewis Carroll, Juan Luis Martínez”. ¿Gesto iconoclasta? De ninguna manera. Es más bien la reafirmación de la idea eliotiana de que: “ningún poeta, ningún artista de cualquier arte, adquiere sentido completo por sí solo. Su significación, su apreciación, es la apreciación de su relación con los poetas y los artistas muertos. No se le puede valorar individualmente, se le debe comparar y contrastar con los muertos”. ¿Esta forma de “disidencia” (de la conducta que muestra la poesía oficial) me convierte en rara avis o en el último mohicano? Para nada. Tienes aquí a otros: Zurita, Santiváñez, Milán disienten; Kozer, Mazzotti, o Domingo de Ramos, también. No se trata de autores “raros” (como los habría denominado Darío). Son escrituras que se gestan desde la clausura de lo aurático. Sus libros, más que constituir “productos no tradicionales” dentro de un mercado, encarnan propuestas (felizmente utópicas) que surgen desde una conciencia de la crisis del lenguaje, evidenciada en la falta de conciencia desde la que otros escriben.

—Alguna vez te dije que si tu situación frente a la actual poesía latinoamericana era especial, tu lugar dentro de un, llamémoslo, desarrollo histórico o diacrónico de la poesía peruana contemporánea lo era aún más, debido a tu relación con la incipiente e interesante poesía joven, la interacción que estableciste con algunos de tus contemporáneos y lo bien que llegaste a conocer a algunos maestros. Tal vez no lo recuerdas, pero tu respuesta fue: “es un lugar subterráneo”. ¿Te consideras un autor de culto?, ¿crees que todavía tienen vigencia estas categorizaciones?
—E insisto en ello: es un lugar subterráneo. Mi relación con la poesía, más que con la joven o la adulta-contemporánea, se da con aquella que es capaz de provocar el asombro. Esa intensidad que hay en el canje con los poetas de tu generación, que conoces bien, existe también con otros, contemporáneos o mayores que yo. Te nombraría algunos, pero todos coinciden en algo: ocupan lugares subterráneos. No me interesan los autores oficiales, aquellos de antología. La expresión “de antología” ha variado tanto su significación que cabría preguntarse si esto, hoy, constituye un mérito o un demérito. Hay excepciones como Medusario o Pulir huesos, una muy distinta de la otra, pero que convergen en lo que se pone en juego. ¿Un autor de culto? No lo creo. Desde el momento en que me leíste en Ecuador dejé de ser alguien “secreto” (una lástima) y, por lo tanto, pretendidamente de culto. Pero, ¿quién puede ser hoy un “autor de culto”: Salomón de la Selva, Felisberto Hernández, Claudio Daniel, Coral Bracho? No lo sé. Creo que todos, vuelvo a lo mismo, ocupan, ocupamos, lugares subterráneos.


 

 

 

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Maurizio Medo: la escritura es la destrucción de toda voz.
Por Fabián Darío Mosquera.
Crítica 126, 18 abril 2008.