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Un lector descrito

En referencia a la crónica “Un lector borrado” de Alejandro Zambra
Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 15 de Abril de 2007

Por Marcelo Munch
www.marcelomunch.blogspot.com

Después de las risas, conseguir una goma y borrar al intruso. La historia termina con la escena de un lector que borra, en el libro usado, las pegadizas huellas de otro lector. Es, creo, un final feliz…

Un final feliz, debiera, lo que debiera, después de las risas, la goma, la historia que termina con un lector borrando a otro en su libro usado. Pero el lector borrando sabe que quedan huellas pegadizas, intentará borrar insistentemente pero con cuidado para no estropear cada hoja, intentará eliminar toda idea de línea o concepto anterior, borra y limpia con su mano los restos de goma y grafito, limpia con su mano y acerca la hoja a sus ojos, verifica la predecible huella consecuente, hay un bajo relieve, es innegable, como una cicatriz invisible que no grita pero susurra, aparece delineada su sentencia casi como en penumbras, más tenue que eso, como un puñado de fragmentos que fuera lanzado a la mar y se arma en artificio en una escala musical que no está escrita, fuera lanzado a la mar en una mar en femenino que acoge, fuera lanzado el puñado como esquirlas sobre cada orilla de hoja que no dice nada y lo permite todo, “voluntad de oscurecerlo todo…” se tersa en uno de sus lomos, “voluntad de…”, relees aunque no está pero ya sabes que aquello ya estuvo allí, como caracolas en línea avisando su canon sobre el fondo de esa mar quemante y del todo viva, caracolas que miran y te recuerdan que aunque pises y sobrescribas algo posterior igualmente será un después, y relees en cada orilla de hoja ese artificio con impaciente caligrafía con letra tosca mezclando imprentas y cursivas, es demasiado tarde para pretender no recordarlo, ya estuvo allí como si fueran llagas que renacen y encrucijadas inherentes que de alguna manera u otra hacen e hicieron magro favor de opinión alguna como si viniera de voluntades vírgenes de caminos y deseos, ya hay un trayecto recorrido, ya hay una línea temporal bien o mal habida, lo hay, existe el tiempo pasado que fue mejor o peor según lo que según, existe todo y existió lo que ha existido, borra el lector al lector antiguo, borra y piensa en que “no estoy de acuerdo contigo amigo porque tan solo expresas tu odio a los estudiantes de filosofía o lo más probable al amigo Wacquez que ganó el premio de novela que creías merecer”, borra y borra al antiguo lector en la última escena, y cada hoja aterida por aquel antiguo lector amargo es testigo de su queja de “debería haber borrado, sin más, esas anotaciones en grafito”, pero no lo hizo el nuevo lector, por el contrario algo le dijo que releyera Toda la luz del mediodía acompañado por ese lector anónimo antiguo para tropezarse de tanto en vez con esas opiniones injustas, que lo mismo quedan en la memoria, como lo prueba, de hecho, esta eterna crónica en que bailamos todos y donde nada termina.

Es extraño leer así, después de las risas, intentando borrar con una goma lo que fuera anterior y que a veces denominamos como intruso. La historia terminará tal vez con la escena de un lector que borra, en el libro usado, las pegadizas huellas de otro lector. Se dirá, creo, un final feliz para un escrito. O tal vez el asunto sí era del zumbido que no deja leer a Wacquez, y las líneas marcadas de un antiguo bajo relieve anuncian algo distinto, y sean el inicio de otra lectura, o la inserción de un nuevo lector, digo yo.

 

 

 

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Un lector descrito.
En referencia a la crónica “Un lector borrado” de Alejandro Zambra.
Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 15 de Abril de 2007.
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