NUEVAS ESCRITURAS DE MAURIZIO MEDO
Luis
Fernando Chueca
Descentramiento, dispersión. Uno de los signos de la escritura
de Maurizio Medo en esta trilogía (El hábito
elemental, Manicomio, La trovata) es precisamente la ausencia
de UNA voz, UNA lengua, UN territorio. Pongo en mayúsculas
UN o UNA porque esto es lo que ha desaparecido o más bien se
muestra el proceso de su desaparición: hay voces, territorios
y lenguas, pero no insertadas en un discurso homogenizador y centrípeto,
en que todo apunta al diseño de un sujeto claramente perfilado,
sino más bien discurso de ánimo multiplicador, proliferante,
polifónico.
En el primero de estos libros, El hábito elemental,
asistimos a lo que puede verse como el soporte sobre el que se erige
este conjunto: la búsqueda que acomete el sujeto (aquí
sí hay uno), quien
indaga
en sus señas de identidad a través de la memoria -otro
elemento fundamental-, lo lleva a identificar en sí mismo (es
decir, en su escritura, que se vuelve inevitablemente híbrida
en esta travesía) las huellas de los ancestros italianos, del
padre croata, también de los pares generacionales y los parientes
de escritura, o de las propias ciudades o experiencias habitadas.
De todos ellos y de todo eso el sujeto toma febrilmente registros,
tonos de voz, imágenes, palabras. Están también
las huellas dejadas por Ludovina o Lu, representante del amor y de,
como los señala el título del último poema, "los
nuevos hábitos"; su presencia en el libro le permite al
sujeto poético cierta serenidad final, porque ante la amenaza
de dispersión que representa el recorrido previo, ante la evidencia
de su imposible unidad, ante la voz quebrada y mixeada (de
italiano, spanglish, registro callejero, jerga médica
y neologismos), ante la identidad inasible y caótica de este
sujeto descentrado y posmoderno, ante el jaloneo permanente de múltiples
tiempos entrecruzados que dejan -todos- sus cicatrices, ante todo
ello, la confesión del amor otorga un posible sentido: el hábito
elemental.
Tengo la impresión de que es sobre esa base de sentido -lograda
amor mediante- que es posible tolerar la evidencia de la desarticulación.
El yo de estas páginas es incomprensible a no ser como universo
(o poliverso, si se me permite el neologismo) de fragmentos, hilos,
restos y retazos que lo constituyen anudándose sin llegar a
elaborar una trama continua y pareja; pero Lu (o "la lu(z) de
los poemas [que] es a la vez la musa carnal e ideal del poeta y representación
de la mítica Lu apollinairiana", como anota Mazzotti),
le permite soportar esa furia de sonidos sin resentir el desgarrón
definitivo.
Por eso el hablante de El hábito elemental puede decir:
"Soy mi diáspora, mi yo plural y límpido".
Límpido: limpio, puro, sin mácula. Por eso también,
imagino, se tiene la fuerza para emprender el siguiente paso de esta
aventura poética, Manicomio. La escala es de descenso
(a los infiernos) o más precisamente, quizá, de inmersión.
Si la evidencia de que el hombre es el producto de sus fracturas y
sus multiplicidades o multiplicaciones estaba en el primero de los
tres libros, en Manicomio esto llega al paroxismo. Aquí
ya no hay un sujeto que sujete al texto, sino un cúmulo
de flujos de energía verbal, babélicamente amenazados
por la disolución y la discontinuidad. Se trata de diversos
personajes (Gilda, Alicia, Carrol, el falso Ginsberg, Dante, el mandril,
Ionás, Virgilio, Narciso, Méndez, Eliade, Medo, entre
otros) que van y vuelven, hablan y callan, gritan y son golpeados,
violados, castigados, o gritan, golpean, violan y castigan en este
hospitalario (de hospital, pero valga el violento contraste
con el otro significado) recinto. No hay un yo, sino múltiples
fragmentos de identidad; no hay una lengua, sino trizados fragmentos
de varias de ellas; no hay un territorio que podamos presuponer, porque
incluso el castellano -lengua predominante por razones más
o menos obvias- se desplaza entre el porteño, el mapocho, el
limeño, asomos del andino, el mexicano... Y no hay, por supuesto,
una estructura temporal indiscutible, sino huellas para armar una
trama que tal vez sea imposible.
Una pregunta se dispara enseguida: ¿se trata realmente del
espacio de un manicomio donde la sociedad ha aislado, bajo la vigilancia
del llamado "mandril", quizá tan loco que todos los
demás, a aquellos anormales (como diría Foucault) que
desestabilizan la autoimagen de los individuos funcionales a un sistema
de vida aburguesado?, ¿O es tal vez un escenario más
perverso, profundización in extremis de la hipótesis
de El hábito elemental: un hombre cuya voz encierra
todas estas posibilidades encontradas (es decir, el manicomio es la
mente de un personaje que, aunque en absoluto aparece predominante,
podríamos suponer bajo las eventuales menciones de "medo"
o las iniciales M.M. en el último poema? El espejo, mención
tan recurrente en el libro, que deja sugerida su rotura y la consecuente
emanación de un sinfín de imágenes distintas,
quizá reforzaría esta posibilidad. Pero es cierto que
el espejo es también base de la propia autoauscultación
de cada uno de los personajes de esa dislocada turba: el espejo permite
la existencia de sus voces quebradas, hiperpobladas o vaciadas.
Sea una u otra posibilidad, este libro incrustado de un sinnúmero
de referencias intertextuales (Adán, Hernández, Kafka,
Carroll, Dante, Rimbaud, Oquendo de Amat, Brenda Lee, Leopoldo María
Panero, Tolkien, Puccini, Vallejo y una lista interminable) se desenvuelve
en un ritmo vertiginoso y una intensidad casi escalofriante que sin
duda sugieren otra trama textual: ¿Cómo hacerle frente
al oficio de la escritura en tiempos como estos?, ¿Cómo
la dispersión del hombre, su naturaleza escindida, puede ser
representada o aludida?, ¿Es posible todavía la belleza
en la palabra, o quizá la única posibilidad es esta
hirviente mezcolanza? De hecho no preguntas nuevas, pero igualmente
imprescindibles. A propósito de esto, un poema, "El síndrome
de Rimbaud", comienza diciendo "quise sentar a la belleza
en mis rodillas" y luego ofrece la respuesta burlona de esta:
"y con ese gramaje tan liviano / es que pretendes, de pronto,
así, domesticarme?". Al final leemos: "ahora quiero
escribir pero… / me sale espuma / me sale espuma / por todos los orificios
/ deste cuerpo". Esa es, pues, otra lectura del Manicomio:
la lucha desesperada por la palabra en un tiempo es que no es posible
negar que todo texto es juego de intertextos y toda voz encierra otras
mil voces. El Manicomio de Medo es su versión o su respuesta
a este tiempo en que se repite que no es posible nada nuevo. Pero
sí lo es el riesgo que permita decir, como el poema final del
libro "todo seguía igual, / pero algo había cambiado".
La trovata, última estancia de esta trilogía,
profundiza la indagación acerca de la posibilidad de la poesía
presente en los dos libros anteriores. "La Trovata -como recuerda
Courtousie- es la "trovada" en sentido juglaresco, la "cantada",
la "poesía", la "versificada" pero es,
también, la "encontrada", la "hallada",
la "solución" o "resolución" para
una tensión problemática, la "salida"."
Este personaje, esa difusa mujer entrevista o imaginada en los predios
de la mencionada "Urbanización Latinoamérica"
que tanto se persigue en este libro, puede representar una respuesta
a las preguntas que planteábamos (o al menos una actitud):
la única posibilidad, parece sostener Maurizio, de decir algo,
en esta trama de descentramiento posmo, está en capturar la
imagen de esa virgen del potrero, en vislumbrar su inmunda y esquiva
aparición, en proferir ese verso atragantado que invoca su
presencia, como dice el poema final del libro, "hasta que te
asomes pura / purita, como un escupitajo".