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El poema como desborde de la voz


Por
Jorge Solís Arenazas

En uno de sus más telúricos y memorables atisbos, Eugenio Montale apunta que si la luz miente es dable confiar en la oscuridad (Puoi credere nel buio quando la luce mente.) Urdida entre la confusión y la imposibilidad, esta apuesta (este credere) se acusa como necesaria, al tiempo que se pregunta qué sentido puede revestir la creencia o la confianza en una zona donde las certezas han caído. En la fuerza de su desolación, en su aliento inasequible, esta interrogante permite otear el territorio del que nace la escritura de Maurizio Medo (Lima, 1965). Valdría decir, de hecho, que la experiencia en la cual se funda su libro Manicomio es el encuentro -a la vez individual e histórico- con ese instante en que la luz miente.

Merced a esta intuición originaria, el libro de Maurizio Medo emprende un recorrido por los palmos de la oscuridad: de la vacuidad de la repetición al delirio y sus atmósferas psicotrópicas; de los cuerpos hollados, violados y humillados a la ritualidad aniquilada de la máscara y los personajes poéticos; del sesgo que toda estructura verbal experimenta y sufre respecto del mundo, a la hostilidad y la pobreza de éste último; de la constante presencia de los enemigos -celos, destierro, reclusión, aislamiento, castigo, infamia- a la anestesia general, el desencanto y la imposibilidad de que el decir pueda mutar en una luz exenta de sus perfiles espinosos. Mas estos rasgos que ahora enuncio, al amparo de la dispersión, no agotan el mentado recorrido. En Manicomio, Maurizio Medo se distancia de una trampa habitual en cierta poesía lírica actual, a saber: pretender que la "voz poética" es antitética de la oscuridad y de las mentiras de la luz (para seguir haciendo eco de la vislumbre de Montale). De suyo se colige que, lejos de exentar de su perfil oscuro al hablante de los poemas, Medo se asoma de modo recurrente a los momentos donde aquel manifiesta su oscuridad. En virtud de este proceso, el hablante es inestable; ensaya su relatividad y se abre a sus alteraciones.

Las afirmaciones anteriores equivalen a decir que, en la poesía de Mauricio Medo, el juego de las voces textuales (hablantes poéticos o instancias enunciativas) reclama ser leído como uno de sus puntos nerviosos, uno de sus problemas fundacionales. Que esto sea posible se debe a que el cuestionamiento de la identidad -deseo y sospecha a un solo tiempo- representa una de las obsesiones cardinales de Manicomio. A nivel formal, esto se traduce en una revisión constante del hablante de los poemas. Si la apariencia inicial arroja un hablante bien delimitado, la imagen pronto se transforma; paulatinamente, éste se eclosiona hasta desembocar en el mestizaje y la fragmentariedad. Esto resulta tanto más decisivo por el hecho de que Medo asume que no es eludiendo una escritura en primera persona como el yo del poema se pone a sí mismo en crisis. Todo lo contrario: el hablante en primera persona aparece a lo largo del libro, pero lo que importa es que al desplegar su veta expresiva y escucharse a sí mismo, se va desbordando.

Uno de los riesgos inmediatos que asume Manicomio, es que cada expresión de sus diversos hablantes se halla siempre al borde, en un área fronteriza y ondulante, sin un sentido preciso. Y, ante esta situación, la voz textual sólo puede sostenerse en la medida en que refleja una tensión por la cual el yo poético se significa; esto es: la tensión entre el nivel de experiencia que se desea asir, por un lado, y un mundo de referentes que se disparan, se salen de control y rebosan a la voz que los esgrime, por otro. De tal suerte que el yo sucumbe aunque el hablante en primera persona se sostenga en su inestabilidad, apostando por su improcedencia. Perdido el rostro, no lucha por recuperarlo o esbozar uno nuevo; admite lo indefinido a la par que se multiplica y dispersa mediante una sobreescritura de diversos personajes: ginsberg, carroll, méndez, kant, ionás, dante, el clon, el anciano, virgilio, m.m., clotiapina, rohypnol, levopromenazina, peridol, benzodiazepaína(1) 0.25 , etc. Mas el referido desborde del yo no es reductible a este denso tejido de referentes que acusan toda identidad qua ilusión. También cristaliza en la parquedad expresiva ("Soy nada") que sirve de contrapunto frente a la desmesura de otros fragmentos, así como a los instantes dubitativos ("Ya no sé si soy ella o una sombra atascada a medio espejo") y la visión de la otredad como un arrebato e incluso una ruptura (Porque yo soy el Otro cada vez, y me mato…).

De forma complementaria, Manicomio se define por un haz de interpelaciones. A la fractura de la identidad se alía la búsqueda de un interlocutor para el que la vaguedad, la multiplicidad y la estancia en una zona de mutación no son desconocidas. Las apariciones de la madre, raquel, gilda, nínive, francesca, alicia, la sra. brivio, la belleza, la muerte y demás polaridades de lo femenino dan muestra fehaciente de ello. No obstante, el peldaño final de esta travesía se debe menos al lazo de la comunicación que a un modo de convocar a la memoria. Si el sentido final de cierta poesía es la apertura del significado del poema mediante la aparición del "otro", en este libro el sentido más fuerte reside en la relación orgánica entre la memoria y la significación. De ahí se colige la función real de todas sus referencias canónicas (nínive, virgilio, dante, narciso, pascal, etc). Que Medo acuda a la intertextualidad no es reductible a una simple apelación al canon; tampoco se trata de un desmontaje irónico.

Una vez más, el sentido de la intertextualidad en Manicomio debe leerse a la luz de su mirada problemática frente a la identidad del poema y del yo textual. Las "voces" y las referencias que aparecen en los poemas tienen una primera misión: la de "alternar", si se me permite decirlo de este modo, con el sustrato de experiencias que los textos abordan. Con ello se establece una primera tensión, pero lo que realmente cabe destacar es que esto es posible puesto que no hay una relación consistente entre dicho sustrato y la voz del poema; ésta ha quedado, si no quebrada o anulada, por lo menos rezagada, y que en su lugar pueda aparecer todo un coro, igualmente discontinuo, debe tomarse como la prueba de que esa dilución de la identidad, de la cual se habló más atrás, no es asumida como una experiencia del todo negativa. Acaso resulta desgarradora, pero también participa de una libertad que el poder de escribir trataría de poner en juego(2).

A veces esta tensión a la que se alude cobra la forma del sujeto que no sólo se pierde ante el mundo sino que también convierte al mundo en una borradura, por lo que le queda nada más la vida al otro lado del espejo (y aquí habría que leer con cuidado los intertextos de Carroll y su apego a un dante para quien la visión ya no es factible) Pero Medo procede con cautela, toda vez que este mundo al que apunta no es confundido con una nueva oportunidad para que el lenguaje movilice sus capas auráticas, como si tuviera todo el poder en sus manos; más que un pacto de taumaturgia lo que yace en esta atmósfera de delirio es una devastación que revela una irrealidad última de la vida, en consecuencia con el descentramiento de la identidad textual. Al desgaste del decir y a la ilegibilidad de lo dicho les sucede una apertura del mundo hacia lo terrible.

Una última palabra. Esta apertura a lo terrible cristaliza en un lenguaje atento a su propia capacidad de violencia. Se trata menos de una intención por violentar al lenguaje que en la inclinación por escucharlo no únicamente en su amplitud, sino también en medio de sus balbuceos, de sus equívocos chirriantes. En este punto, Maurizio Medo parece querer indagar si a esta violencia o, mejor dicho, si a las fuerzas que aquí se agitan les es dable emprender una resistencia y ver de frente al poder, a los poderes. La respuesta es confusa todo el tiempo, siempre y cuando por "confusa" se entienda "expectante". Lo que es más seguro es que en este proceso también se puede escuchar no sólo una diversidad de voces, sino también distintos niveles del habla. No obstante, Manicomio no es totalmente poroso ante esto. Es decir, Mauricio Medo no parece estar tan interesado en que el poema sea el registro de las multiplicidades vocales. Más decisiva aún es la transfiguración que esta multiplicidad sufre en esta escritura. En este tenor es válido decir que Manicomio se demora en una literatura de invención. No se trata, es evidente, de la inventio únicamente en tanto que figura retórica, aunque ésta es importante en todo el libro. O si se prefiere decirlo de otro modo: no se trata de que este comportamiento verbal provenga de una simple elección estética. Lo cardinal es que el lenguaje de invención puede emprender su recorrido puesto que roza, también, los terrenos de la pérdida del habla.

Acaso esto explique, en un grado mínimo, que en Manicomio puedan alternar distintas fuentes idiomáticas. Lo que se muestra, en el fondo, es que la alteridad de un idioma no es otro idioma, sino un silencio más vivo frente al que nunca podrá aproximarse. Una alteridad que la poesía nunca podrá trasladar, ya que se trata de una zona donde ya no hay lenguaje, sino delirio, cuerpos rotos, expedientes farmacéuticos, amor, alucinaciones y pesadillas… El Manicomio. Un silencio con apetito formal. O acudiendo una vez más a Montale: la zona donde se homologan, en un éxtasis tan desgarrador como dulce, la fe en la oscuridad y las mentiras de la luz…

 

 

NOTAS

(1) Las menciones sobre distintas sustancias de uso clínico, a lo largo de Manicomio, no son tanto una huella discursiva de una operación de poder cuanto pequeños núcleos de un código que resulta imposible en la medida en que su tarea es dar cuenta de algo que está quebrado, y frente a lo cual sólo se puede desarrollar una lectura totalmente impotente.

(2) No considero exagerado recordar, en este punto, algunas palabras que Maurice Banchot planteó en torno a Kafka. Me refiero, fundamentalmente, a su reflexión según la cual Kafka pudo penetrar en la literatura -sería más exacto decir: "en la exigencia de la obra"- cuando pudo sustituir al "yo". "[El arte] describe la situación de quien se perdió a sí mismo, de quien ya no puede decir "yo", de quien en el mismo movimiento perdió el mundo, a la verdad del mundo (…)".

 
 

 

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