conversaciones
sobre poesía hispanoamericana
EDUARDO MILÁN: Lo que se
recicla es la confusión
Por Maurizio Medo

- Creo que el poeta latinoamericano, hasta 1970, podía
reclamar para sí una identidad generacional. Si bien en los
últimos años hay factores socio históricos- Afganistán,
Irak, el derrumbe de las Torres Gemelas- me parece que hoy en día
el poeta, al que podríamos denominar como Post-2000, se encuentran
en la antípoda de un espíritu colectivo. La heterogeneidad
de poéticas, posturas creativas y discursos ideológicos
(una dispersión monumental) impiden, a pesar de que se haya
incluso publicado un libro con tal nombre, el uso del nominalismo
generacional. Esto se evidencia en las antologías, que por
cierto son relatividades subjetivas, pero que no dejan de ser un termómetro
de lo que se viene escribiendo. Decía que esto se evidencia
“hoy”. Sin embargo basta una somera revisión bibliográfica
para darse cuenta de que tú, como poeta, más allá
de la propuesta discursiva y / o estética no tienes nada en
común, por ejemplo, con un Enrique Verástegui, con un
Raúl Zurita. ¿Hasta qué punto es válida
la existencia de una generación literaria, o esta, paulatinamente
se ha convertido en una caricaturización del concepto de orteguiano
de generación?
-Es, en efecto, arbitrario el término generación poética
o generación literaria aplicados al momento presente de la
poesía latinoamericana. Rara vez están unidos escritores
o poetas en lo que realmente importaría que es su visión
de la poesía o de la literatura. Si te fijas bien, ni en los
llamados movimientos (dadaísta, surrealista, expresionista,
etc) hay una homogeneidad de visión. Las visiones siempre son
múltiples. Si uno busca unidad identificatoria en la visión
poética de los poetas de la generación del 27 español
erra el camino. Son importantes esas nociones en un sentido clasificatorio,
para recopilar los documentos y decir “este va acá con este
otro”. Generalmente, incluso en el momento de “archivar”, resulta
que los criterios creativos o estéticos revelan su disfuncionalidad.
Cada cual en su estética que es como decir cada cual con su
destino, rotas las vinculaciones suprapersonales, parece ser la triste
– o feliz- realidad. No hay una noción de comunidad poética
(sobre el tema Maurice Blanchot y Jean Luc Nancy han escrito bien).
Pero hay una cierta tendencia a unirse frente, por ejemplo, a la movida
imperialista norteamericana. Tal vez los intereses mundiales, la respuesta
a cierta propuesta de mundo global, aunque no sea muy clara, importe
hoy más que una mirada clasificatoria a cierto tipo de arte.
No olvidemos que estamos en pleno momento de negatividad dialéctica
aplicada al orden mundial. Si usásemos el mismo tipo de medida
en poesía no resultaría porque la oferta es completamente
plural. Hoy hay de todo en el jardín de las delicias poéticas.
Esta última alusión al Cantar de los Cantares y al Bosco
es excesiva para la poesía que se hace hoy. Pero se trata de
apostar.
- Hasta la época de la “ciudad letrada” de los 60 creo
que en Latinoamérica se manifestaba cierta tendencia efebolátrica,
es decir el paradigma del poeta joven constituía una institución,
en muchos casos artificial. Lo que observo es que a medida que transcurre
el tiempo este Síndrome Rimbaud, que muy bien podría
encarnar un Antonio Cisneros, como en su momento lo hizo Jorge Eduardo
Eielson se ha ido extraviando. Otro aspecto que me resulta interesante
es la pérdida de ese afán adanista, refundacional, parricida.
Tal vez los últimos bastiones de este espíritu lo constituya
en los 70 el grupo CADA en Chile. Y en los 80 los Chavos poshippies
en México o el Movimiento Poético Kloaka en el Perú.
Pero ¿y luego?. Esta ambición – creo que el aspirar
a una repolitización poética amparada en un sustento
ideológico constituye una sana ambición- fue evaporándose.
¿Cómo debemos de interpretar este fenómeno?
- Lo que llamas el “síndrome Rimbaud” fue posible, entre otras
cosas, porque la crisis de la modernidad estaba ahí, en plena
efervescencia industrial y lo que significaba ese conflicto para la
poesía.. La nostalgia de una palabra primera, esa especie de
“todo el poder a los jóvenes” fue una movida digna y alteradora
de un orden poético, de una o de varias concepciones de la
poesía, y también de un orden político y social.
Sabemos más, en general, como receptores semicultos, de la
función alteradora de Rimbaud como personaje –es un personaje
demoledor para cualquier que no sea totalmente hipócrita- que
el significado de la palabra de Rimbaud. ¿Era su palabra una
palabra joven? A mí que me importa que Antonio Cisneros o Eilelson
hayan publicado muy jóvenes. ¿Cambiaron la poesía
latinoamericana? No voy a negar el valor de Cisneros o de Eielson.
Existen, tienen una obra. Pero ninguno es Rimbaud ni tampoco lo fue.
¿Quién los puso en ese lugar? ¿Estamos todos
locos? ¿Cuáles son los criterios? Cuidado ahí,
nada de linchamientos pero tampoco de hinchamientos. Por otra parte
(o por la misma): los jóvenes, ese “efebismo” al que aludes
no sé si positiva o negativamente –pero reconozco esa existencia
“potente” como fuerza social que ya no está- son menos hipócritas
en general –o eran- que los adultos. Tal vez ahora el orden del mundo
y la ideología del sistema que se transmite a los jóvenes
sea tan cínico que capta su flaqueza –es decir, su realidad
generalizada- desde temprano. ¿Qué alternativas tiene
un joven ante la certeza de un mundo cínico al que no puede
–o tal vez no quiere- cambiar? ¿ Somos conscientes de lo que
es una mente –joven- en manos de la liquidación practicada
por la cultura mediática? Luego, ante un mundo repulsivo, y
siguiendo esa lógica media, aparentemente incambiable en el
sentido de más humano, abierto, tolerante en realidad y no
bajo el chantaje de la “siempre tolerancia” que nos vuelve impotentes
de responder a cualquier avasallamiento por la posible acusación
de “negatividad” –todo eso junto, y la frase es larga- ¿es
posible mantener una palabra joven?¿Cuál es el escucha
de esa palabra joven? A fines del siglo pasado, coincidiendo con el
milenio que también terminaba, hubo una creencia en el regreso
de una cierta sabiduría, que pasaba entreverada con un cierto
renacimiento del mito. Luego vimos que se trataba de una nueva manifestación
del negocio de la cultura.. Mucho me temo que ya no podemos hacer
ese tipo de divisiones del tipo joven/viejo. El único sentido
que tiene la juventud en este mundo es que es sangre nueva para el
consumo, ya no podemos decir “sangre nueva para ser explotada”. El
concepto de trabajo cambió, la resistencia del trabajador es
improbable, en América Latina tener trabajo es equivalente
a salvarse la vida, se lucha más para mantener la dignidad
que para mejorar la calidad de vida ya no hay memoria de los mártires
de Chicago. Los levantamientos en Bolivia o Ecuador son básicos,
o sea, para defender el patrimonio nacional. Tal vez desde esa cosa
básica se reorganice algo más profundo. Por el momento
las conquistas -ojo: digo las conquistas- están perdidas
si siguen siendo pisoteadas. El modelo neoliberal es una bomba de
tiempo en nuestras sociedades. Rimbaud, aparte de efebo y dueño
de una palabra revitalizante, veía todo eso. El problema es
más amplio: lo que ve la juventud y lo que no ve la –novela
“Juventud” podría decir Nicanor Parra- juventud. Joven es aquel
que da el tono de surfista: el modelo de la juventud es todavía
un beachboy. No hemos salido de ese bronceado californiano. Lo que
tienen los jóvenes en la cabeza –siempre que no sea negativo-
no molesta a nadie. La frase de un padre a otro en la escuela de los
hijos de clase media es: “Que tengas una semana muy productiva”. Hay
una diferencia entre los poetas que nacimos alrededor de los cincuenta
y los poetas que nacieron 15 o 20 años después, para
no hablar de los más recientes. No es que viéramos más:
la memoria tenía sentido, nuestros padres estaban construyendo
algo, hubo un legado que se transmitió. ¿Qué
se transmite hoy? La memoria no se recicla como transmisión
de valores de sentido. Se recicla a lo bruto, a lo total. Lo que se
recicla es la confusión. Cuestionar la palabra joven, el perfil
joven significa preguntar por qué es la vida de los jóvenes
hoy, cual su esperanza y su futuro, si es que lo hay. Creo que estamos
construyendo todo de nuevo. Es la conciencia que hay que tener como
padre, la de la necesidad de una transmisión paralela a le
educación, que es insuficiente, ideológica o no existe
como posible. La pregunta -¿para qué, quién,
dónde, cuando? vale hacérsela uno mismo en cualquier
tiempo. La responsabilidad es de cada uno. Pero la respuesta la sabremos
después.
- Diera la impresión de que en estos últimos años,
junto a la babelización poética, hubiera el resurgimiento
de lo que Perlongher denominaba como neobarroso es decir, la tendencia
a un lenguaje caracterizado por la acumulación y el exceso,
sucio, terroso, húmedo que atenta contra los límites
mismos de la comprensión, tal como si el sonido se constituyera
en el sentido del poema. Lo culterano, desde mi perspectiva sería
un primer/ segundo rasgo característico (si asumimos como el
inicial el desbordamiento discursivo) Otra característica podríamos
ubicarla en la poetización desde los escombros de lo que fuera
nuestra capital retórica, es decir, la versificación
desde las ruinas del imperio hiper urbanizado, eminentemente posconversacional.
Y una última, que no puedo dejar pasar, la tendencia a nuevas
maneras de mostrarnos el libro. Una, vía el denominado libro-objeto-
apuesta del sello argentino VOX (Argentina) o del Álbum del
Universo Bacterial (Perú) Otra, vía la edición
de libros mediante el uso del papel reciclado, de bajo costo, pero
con un tratamiento bastante original. ¿Cuál es tu lectura
de esta última poesía latinoamericana?
-Lo neobarroco, lo culterano, la poetización desde los escombros
o desde las ruinas de nuestra propia retórica son tres fenómenos
palpables, aliados a ese último, menos palpable y menos frecuente
quizás por el costo y por la diferencia en el modo de su consumo,
que señalas como cambio en el formato o en la presentación
del objeto-libro, en la poesía latinoamericana reciente. En
cuanto a la persistencia neobarroca, por decirlo así, eso se
explica por la propia flexibilidad, no del término neobarroco
o neobarroso como quería Perlongher, sino de su aplicación,
es decir, de la flexibilidad neobarroca para autoreconocerse y a partir
de ahí actuar como fenómeno incluyente de los poetas
que considera el mismo movimiento como practicantes pares o “compañeros
de ruta”. La antología de Echavarren, Kozer y Sefamí,
Medusario, editada por el Fondo de Cultura Económica en 1996,
es lo mejor que hay sobre el tema. Y curioso: no es una antología
de la poesía neobarroca (o neobarroca): hay un saber hacer
de sus actores ahí que es deslumbrante, un designar sin designar
pero designando, un no-ser-siendo, una especie de paradoja que atrapa,
aparte de la calidad mayoritaria del material antologado. Hay que
ver eso desde un punto más amplio, de lo contrario captaremos
sólo las derivas neobarroquitas, es decir las poéticas
recientes que reproducen ciertas estrategias neobarrocas (o neobarrocas)
fáciles de advertir: desbordamiento del discurso, mucho metalenguaje,
juegos de palabras, crítica cultural, alternancia entre revelaciones
y ocultamientos del sentido, etc. Hay que ver más ampliamente
el neobarroco como integrante del barroco como estrategia de vida,
como diría Bolívar Echeverría. El neobarroco
(o neobarroso) poético es un efecto de descentramiento de una
retórica mayor, un efecto metonímico. Es un “salirse”
de una concepción poética desestructurante de lo que
podía concebirse como “visión estética de las
vanguardias” que, aunque múltiple, plural, contradictoria incluso
en sus efectos, se revelaba como global, total, omniabarcadora en
la medida de su jugada final: la disolución del arte en la
práctica social. No es que el neobarroco (o neobarroso) sea
un saldo de aquella visión, lo que quedó. Porque eso
es una manera de legitimar históricamente, a posteriori como
se hace siempre, algo que no necesariamente tenía que ocurrir.
Lo que sí creo que era posible era una forma de descentramiento,
unas desestructuraciones de esa hegemonía que es la vanguardia.
Hegemonía contradictoria la de la vanguardia: alcanza para
todo. Sus efectos se perciben aun cuando es negada, debido, tal vez,
a una cierta simbiosis que la crítica agencia del proceder
de las vanguardias: la vanguardia es una negación. Al ser negada
tiende a afirmarse , a “cumplirse” como discurso. Quiero decir que
el neobarroco estaba ahí en la medida en que cualquier poética
de descentramiento estaba ahí. La centralización expansiva
de las vanguardias trajo el germen de su descentramiento ya que aquella
expansión no fue recogida en la transformación social.
Abortada como aquella, las vanguardias entraron al museo. La práctica
artística que recupera estrategias escriturales de la vanguardia
es un fenómeno natural en la medida en que la estética
de las vanguardias absorbieron el repertorio íntegro de la
experimentación estético-verbal y no verbal. Es imposible
escapar de un fenómeno así salvo que se practique una
crítica verdaderamente seria. Eso no existe en la poesía
latinoamericana actual. El neobarroco (o neobarroco) recupera el compromiso
verbal de las vanguardias, la crítica cultural. Pero no la
actitud de compromiso humano. Sólo Perlongher, que yo sepa,
hizo eso. Lo demás es práctica poética separada
de la vida. Y quizás esta objeción al neobarroco( o
neobarroso) no sea válida en la medida en que, salvo excepcionalmente,
no hay práctica poética que yo conozca que esté
estrechamente vinculada a una práctica vital en el presente.
No se me ocurre ni siquiera cómo podría ser eso. Había
una cierta coherencia entre la escritura y la vida en los primeros
textos del Subcomandante Marcos: su rebelión política
era también una rebelión textual. Mezcla de Derrida
y Joyce, el inca Garcilaso y el Chilam Balam, el Popol Vuh y también,
por qué no, Eduardo Galeano, Vallejo y los que vayan saliendo.
Se trata de una concepción de desobediencia lingüística,
de la conciencia real de que el lenguaje es un instrumento de poder.
Es una ética del lenguaje que se levanta desde la base indígena
sometida. Con ese sustrato, con ese sustento enmudecido por otra lengua,
de modo que la lengua sometida se convierte no en otra (esa
dignificación queda para después, para el momento del
rescate, hoy, no quinientos o cuatrocientos o trescientos años
atrás), sino en un dialecto intermitente de nexo familiar o
de pequeña comunidad, no intercambiable con la lengua dominante,
equivalente a una especie de silencio que a veces se manifiesta en
habla. ¿Cómo no arremeter contra el lenguaje y decir
de otra manera? Hay que leer esos textos. Ninguna guerrilla, por más
especial que haya sido esa, escribió tan bien. Se trataba obviamente
de devolverle poder a la palabra. Pero una cosa es querer y otra poder.
Ellos pudieron. El culteranismo manifiesta más un estado de
la poesía ante el mundo, una semiclausura ante lo que es el
horro del mundo. NO necesariamente refiere a un estado del habla poética,
un resurgimiento de Orfeo o algo así. No significa un movimiento
subterráneo, una protección del sentido ante la barbarie
verificable en cada esquina. ¿Qué hay en el habla poética
que no haya sido arrasado? Los que olvidan eso son los inocentes nostálgicos
del pasado que intentan saltar para atrás por encima de lo
estético-histórico. De modo que no existió lo
que existió, ni la poesía en su lenguaje fue arrasada,
no existe un gasto de la palabra poética, todo está
en algún lugar intacto. Sí, ¿en cual? Es una
cosa profundamente antidialéctica ese retorno, una cosa neo-aurática,
de llorones de tía. En cuanto a la “poética de los escombros”
ojalá fuera algo estéticamente tomado en serio y no
algo meramente coyuntural en el sentido de que”la cosa es así
ahora” o “está así y por lo tanto yo escribo así:
el mundo es un escombro y así va”. Pero de nuevo hay que saber
para quién las cosas son así y qué se juega en
que así aparezcan para nosotros .En todo esto es necesario
reflexionar una y otra vez sobre el estado del arte poético
y sobre el estado del lenguaje poético y sobre el estado de
la palabra poética. Además de la obligada reflexión
sobre el estado del mundo y sobre el estado de nosotros mismos. Supongo
que era eso que decía Huidobro cuando afirmaba que “para ser
poeta hay que ser más que poeta”. Y “ser más que poeta”
es ser, como quiere Augusto de Campos, “poetamenos”. En cuanto a la
manera de presentar al libro es también herencia de la vanguardia:
ahí se abrió la entera posibilidad de la presentación
de la cosa poética –lo digo a propósito: la poesía
sufrió una sobrecosificación con las alternativas en
los soportes. Pero es irreversible. Y qué bueno. Algo tiene
que ser irreversible en este asunto, un freno al vale todo que vivimos.
- En el posfacio que
escribes en El decir y el Vértigo, Panorama de la poesía
hispanoamericana reciente, de Cerón, Herbert y Plascencia.
Me refiero a En torno a una posible situación de la penúltima
poesía latinoamericana. Ahí señalas que: Lo que
se señalaba como crisis poética continúa siendo
crisis poética. Con una diferencia, que tiene que ver con la
variedad de poéticas que representa la muestra, que a su vez
responde a la asimilación de la problemática general
de acuerdo a la recepción de cada tradición geográfico-poética
y de cada poeta en particular: los diferentes parcelamientos no desaparecen
la evidencia, ese estado de crisis está asumido, con o sin
conciencia explícita, con o sin revelación en la escritura.
(...) Pese a mis discrepancias con la muestra en cuestión,
tengo algunas inquietudes ante lo que sostienes. En primer lugar coincido
en que, circa 1985-1988, la producción bibliográfica
da cuenta de una crisis basada en la obsesión por resemantizar
lo coloquial, cuando lo coloquial de discurso expresivo y “jugado”,
allá por los años 70, no constituía más
que un facilismo comunicacional, muchas veces apoético. Esta
misma crisis podía observarse en como los autores se aferraban
a su parcela cuando históricamente nuestro continente vive
una era posnacionalista. Lo que yo me pregunto es que si hoy vivimos
aún los embates de esa crisis o, contrariamente la salida de
la misma. La falacia resemantizadora inmediatista como que viene siendo
desplazada por una renovación, sin bridas, es cierto, caótica,
pero renovación al fin y al cabo. Asimismo, si comparo lo que
se vive con aquel período que te señalaba, me parece
que el poeta de una parcela tiene más contacto con el de otras
generándose, también desordenadamente, una suerte de
intercambio bibliográfico, vivencial. Eduardo, ¿estamos
en una crisis poética o buscando la salida de esa crisis?.
Hoy, ¿ los poetas latinoamericanos continuamos siendo esa suerte
de Crussoes abandonados a la suerte, cada cual en su islote, o hay
gestos, guiños y morisquetas de que empezamos a aproximarnos
unos a otros?¿ No crees que empieza a gestarse una precaria
conciencia de ese ser latinoamericano y la búsqueda por manifestar
a “ese ser” sea una de las causas del babelismo que ambos vislumbramos?
-Hay una conciencia mayor que, como decía arriba, tal vez esté
incluyendo o logre incluir a la reflexión y a la práctica
artísticas. Cuando uno marcha contra Estados Unidos y su afán
imperial queda claro. Eso es político, incluyente. Una conciencia
poética incluyente tendría que pasar por encima de las
diferencias de concepción, hacerse cargo de ellas sin que eso
fuera ningún impedimento para el reconocimiento global de la
poesía, una frase sentimental que suena a fracaso por anticipado
o a reblandecimiento conceptual. Para que eso ocurra tiene que haber
un planteo de destino común, un proyecto. La tolerancia no
es un proyecto: es un modo de estar –la tolerancia con sus límites,
por supuesto, aunque hay un riesgo en el posicionamiento que hago
desde el momento en que se despliega la tolerancia sin condiciones;
aun así creo que no podemos confundir tolerancia con negligencia
u omisión-, la tolerancia es la condición de posibilidad
de otra cosa. Tengo mis dudas que un proyecto de legitimación
del estado del mundo, por ejemplo, pudiera convocarnos como destino.
Tendría que ser otra cosa. No sé si vemos otra cosa,
otra posibilidad real de otra cosa. Por lo pronto está todavía
el deseo –más o menos liberado- de otra cosa. No sé
hasta cuando es posible sostenerse en la no concreción. Estoy
de acuerdo con los intentos en ese sentido. Me preocupa el alcance,
la duración de ese deseo ante una realidad cada vez más
apremiante. De modo que, si estamos en una crisis de la poesía
latinoamericana hace mucho tiempo que estamos en una crisis, que es
lo que sostengo en el artículo que citas publicado como uno
de los posfacios de El decir y el vértigo, una antología
valiente en el sentido en que asume que alguien- yo, en ese caso-
critique el material ahí presente. Hay cosas que me parecen
obvias: aunque estemos en crisis como lenguaje poético latinoamericano,
no implica eso que no pueda haber un sentimiento o una conciencia
común que nos convoque. Me gustaría que esa conciencia
fuera, en primer lugar, la conciencia de que estamos en crisis. Eso
ni siquiera se reconoce. La mentalidad triunfalista, el cansancio
de esta noria histórica, económica, política
y social –curioso: no se reconoce que la cultura, en el sentido de
producción de bienes culturales, está también
en crisis- el lastre negativo que arrastra la palabra cambio y su
agenciamiento por parte de un conservadurismo solapado en la sola
nomenclatura de la palabra cambio –así, cambio sería
volver a lo más reaccionario y rancio de nuestras sociedades,
por ejemplo, ante el fracaso de las promesas de cambio reales; interesante
en este sentido es ver cómo cierta izquierda, la brasileña,
por ejemplo, y puede ser que un sector autodenominado izquierda en
México también –pero no quiero anticiparme- ha quemado
la palabra cambio y regó aceite para que vuelvan a arder las
piras de la inquisición apostólico-romana – no hay mejor
aliado que un enemigo corrupto-, ojalá me equivoque. Respeto
mucho a la poesía más reciente que ve con claridad que
el lenguaje poético saltó en pedazos, aunque no sepa
muy bien lo que hacer. Hay retóricas que aparentan una cierta
sustentabilidad al menos en lo próximo. El neobarroco (o neobarroso),
por ejemplo. Ahí hay conciencia de lo que digo. Pero la conciencia
de la precariedad de esa aparente sustentabilidad es lo que importa.
Prefiero eso a la vuelta a posiciones situadas histórico-estéticamente
antes del big bang.
- Así como paulatinamente desaparece el paradigma del poeta
joven tengo la impresión de que asistimos a la extinción
de otra ficción crítica, la del poeta representativo.
En medio de todo este desborde de discursos, cuando incluso se relativiza
la existencia generacional, de acuerdo a cómo comprendíamos
la generación en los 60, 70 u 80, ¿Crees tú que
aún existe ese poeta representativo? Aquel que es antologado,
por ejemplo, ¿a quién representa?. ¿No estamos
en un tiempo que parece darle la razón a Borges en el sentido
de que cada poeta se constituye en su propia representación?
-No creo que haya representatividad de nada en poesía. Representar
a otro es político o religioso, no artístico. Hay tipos
que dicen que representan al modo de habla de tal comunidad, o el
espíritu de tal grupo humano. Pero en poesía no es así.
Uno está representando al fenómeno poético. “Y
a continuación, representando al neobarroco (o neobarroso),
fulano, y representando a las poéticas del retorno, mengano”:
¿es eso posible en este tiempo? Es posible y es probable, pero
es falso.
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