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Acción que en un momento creí gracia, de Eduardo Milán
Editorial: Ígitur, 2005


Por Roberto Appratto
30 de Mayo 2005

Acción que en un momento creí gracia es el título del último libro de poemas de Eduardo Milán, el libro número trece si se despeja el campo de las antologías que también ha publicado en estos últimos años. Como otras veces, el libro se divide en partes como momentos diferentes de un mismo texto. Ésa es sólo una parte de la conciencia del texto, y en él del lenguaje, con que opera Milán desde sus comienzos como escritor, en Montevideo, hace más de treinta años: cada poema, como cada proyecto de libro, es un paso hacia adentro de esa conciencia, que maneja con la soltura suficiente como para que el impulso para escribir libere las palabras, las lleve hasta un punto desde el cual deriven y queden ahí , como si el espacio que delimita el texto fuera el espacio de una respiración para pensar su asunto: es la asunción de lo relativo, que es la forma que el texto asume como fragmento de sí mismo. Milán sabe cómo y cuándo hacer el corte, es decir, no seguir sino escribir otro poema en el cual se reproduce el movimiento con toda la libertad de decir que el texto, lo que tiene el poema de texto, permite. Poemas como en el tiempo en que leía por epifanía, vacío el alimento, el límite de las cosas, cuestión de tachar o no tachar o hay una palabra luminosa no sé dónde, por nombrar algunos especialmente perfectos de este libro, son la muestra de una actitud que sorprende en su continuidad y en su solidez. Emblema de una vanguardia de los setentas, producto de la conciencia, pero también de la experiencia, de un estado del lenguaje, tanto ficcional como teórico, de una necesidad de decir lo que pasaba por una estructura de pensamiento en apariencia derrotada por las dictaduras y la escuela de Chicago de los setenta-ochenta, la poesía de Milán es una manera de ver el mundo que sobrevive a todo eso, pero además propone algo más.

Acción que en un momento creí gracia es un título en que se actúa lo potencial, no sólo de la poesía sino también del pensamiento; qué es lo que tenemos para decir algo del mundo por debajo de ese vacío violento que nos rodea, en México, en Uruguay, en todos lados; qué es lo que tenemos para decir cuando ya se ha dicho todo en otra clave, con otro sentido. Tal vez por eso Milán escriba tanto: porque es consciente de todo desde su lugar de poeta, un lugar de poeta que la vulgaridad, el “estar al tanto”, la mezquindad, la mitificación, los amores fingidos; esas múltiples compensaciones de la ignorancia que la cultura literaria produce, han dejado en la oscuridad, pero que debe ejercerse. Acción que en un momento creí gracia es un título, también una frase, también un verso, que Milán escribe desde ahí. La responsabilidad de ser poeta y de pensar como poeta le permite abrir un espacio en el cual dejar los referentes en suspenso ( ¿cuál es esa acción? ¿qué significa “creí gracia”? ¿qué es, si no es gracia? ¿es que no creer gracia supone tomar en serio? ¿ dónde?) como una amplitud de significación singularizada de pronto, sin aclarar, de manera inequívoca. Todos los poemas ( podría agregar: todos los ensayos) parten de una incertidumbre definida, de la expansión instantánea de un concepto, algo que parece un concepto pero se arma, palabra por palabra, como una enunciación que el lector sólo tiene ocasión de ver en su proceso de cristalización como frase, como encadenamiento de frases. Es verbal, pero apunta, al mismo tiempo, a otros lados. Y de ahí nace la pregunta central: ¿qué son esos lados? O: ¿cuál es esa amplitud?

Y agrego, precisando: ¿cómo puede ser que un libro de poemas haga pensar en la poesía? ¿No en lo que dicen los poemas, no en los títulos de los poemas, ni siquiera en las palabras, ni en los procedimientos empleados, ni en el nombre del autor, sino en la poesía? No es, en todo caso, algo frecuente ni menor: me refiero a la entrada, en cada texto, a un mundo de posibilidades; ésas que la poesía puede poner de manifiesto sólo de vez en cuando, pero que aquí aparecen apenas se inicia la lectura del libro, o tal vez cuando ya se ha llegado al tercer o cuarto poema. Algo raro, relativo a la comprensión, al modo particular de comprensión que se va dando a medida que se lee poesía, a medida que se ve la relación entre lo que se dice y la forma en que se dice, sucede: algo así como una fuga, una corrida hacia fuera del texto que se está leyendo, y que pasa al siguiente como una nube, en principio, ajena a las particularidades del poema, pero sin la cual no podría entenderse cabalmente. Esa condición de punto de manifestación de lo poético, justo es decirlo, marea precisamente si uno está atento; su permanencia va en a contra del significado, en contra de la intención, en contra de la misma técnica, si uno (como lo haría en otros casos) busca en ellos la razón de ser del texto, de todos los textos. Como si se dijera “no es ahí; las virtudes-innegables-de cada poema son sólo el lugar en que se apoya, tocando apenas, otra cosa”. Marea porque produce una incertidumbre, una vacilación: ¿de qué estamos hablando? O: qué significa, en última instancia, esa remisión a “otra cosa” que completa, sin completarla jamás, esta lectura?

¿Ese arrastre de palabras de poema a poema, de libro a libro, que produce Milán?

En el aire quedan las posturas ante la poesía: la claridad, la conciencia del lenguaje, la profundidad, el compromiso, la profundidad, la alineación en tal o cual sitio de la tradición, o la actitud contraria, de transgresión a lo que se dice. Todo eso, tan borroso, tan débil como afirmación o reclamo estético, como índice de criterio, circula en el cerebro de los críticos como una dicción de su conciencia, como lo que la conciencia dice por lo que conoce, sin pensar en la experiencia de lectura, sobre todo ante la poesía, sobre todo en el Uruguay. Pero héte aquí que este libro dice otra cosa que la conciencia debería escuchar; es una voz fuerte, que suena desde muy adentro, que, más exactamente, utiliza a los textos para hablar. La voz dice : “esto es poesía”, en contra de otras cosas que se presentan como poesía, como si la poesía fuera un sello que no requiere, siquiera, escribir; es decir, hay ahí un “en contra” muy diferente de aquél que el mismo Milán reivindicaba para su escritura cuando vivía en Uruguay y peleaba contra el “establishment” literario. Ya entonces, sin embargo, planeaba en sus libros el talento, que podría haberse fijado de muchas otras maneras: escribir bien habría sido una, a partir de la cual podría haber sido integrado por ese mismo establishment (en cierto sentido lo es, pero desde la extrañeza de mirar primero la aceptación del exterior de su profesionalismo). Más adelante, varios años más adelante, ese talento se escondió y apareció por otro lado, más misterioso. Desde algunos textos de Nervadura, más plenamente en Errar: digamos: lo que se sabía de poesía no sólo aumentó, no sólo se confirmó, sino que cambió de circuito; como si desde entonces hubiera descubierto un valor para la reflexión en el lenguaje que la misma abundancia de su producción (poética y ensayística) prueba: un valor y también un lugar, como si cada uno fuera el intento, engañosamente logrado en sí mismo, de apelar a una generalidad de la creación que sólo así, por la práctica del bombardeo, puede hacerse evidente.
Quedar como poeta, decir y decirse permanentemente que eso es lo que se es, mientras otros hacen y son otras cosas, es una opción de Milán para lograr que la poesía no sea sólo escribir poemas. Es una reflexión, una vuelta al comienzo. Por otro lado está la institucionalidad, el lugar en el Parnaso, del signo que sea: con lo expresivo, con lo elitista, con el oficio, con el saber, con el “tipo de poeta”. Milán hace que la poesía vaya más allá, tal vez sin darse cuenta, pero sí como resultado natural de un cuestionamiento de la poesía desde adentro. En ese sentido, la experimentación, cuando es radical como en su caso, cuando es la negación misma de la complacencia, entra en los temas que el poeta quiere; querer es lo que hace que el poema se cuestione no el poema, sino la misma posibilidad de la poesía que el poema “levanta” sólo por hacerse, de la mejor manera, como poema. Tal vez ése sea el significado de la frase del poeta brasileño, ya fallecido, Paulo Leminski: “para ser poeta hay que ser más que poeta”. Tal vez eso sea lo que explique ese impulso épico que recorre su poesía, esa amplitud de mirada a partir de lo más estrictamente individual; sin ese gesto de mirar desde dónde y con quién se habla, hacia qué punto hay que dirigir la escritura en cada momento, la poesía se pierde en su propia inanidad: como si se dijera: si la individualidad no se trabaja como un material, como una voz entera, desde el inicio del poema, vuelve como postulado que se asienta en la tierra floja de la mala escritura. O en la tierra desconfiable de la buena escritura que vulgariza sus propuestas por no salir del poema. Hay una cuestión de ética, indudable, que está en juego aquí y justifica, da cuenta de eso que se ha dado en llamar juego con el lenguaje, o incluso (yendo más acá en las valoraciones de su poesía), eso que sitúa a su poesía en relación con la cultura, con el mundo, con la toma de posición ante lo humano; la condición de transgresor y la condición de comprometido están ambas en la de saber dónde está, dónde tiene que estar con lo que hace. Y no disimularlo: insistir en eso, hasta que, en algún momento, se escuche, se generalice, pase a otros poetas y por la misma vía impida que su trabajo se afiche y quede, como el de tantos otros, metido en la historia mínima de los libros publicados, que tanto le gusta a nuestros críticos, a nuestros “interesados en la poesía”. Aquí, como en todo Milán, hay otra cosa.

Porque, además, no es sólo cuestión de Milán sino de toda una condición del arte : la de proyectar la obra hacia fuera de sí misma. Lo que hay en Milán es una manera de ver el arte que el arte puede promover. Hay que respirar hondo, ir para atrás, para los costados, para tener en mente todo lo que uno sabe. Eso es lo que obliga a hacer Milán. Esto es absolutamente subjetivo. Una petición de principio. Ese movimiento ampliatorio, respiratorio, pero además directo. Si es subjetivo, sale de una objetividad: la de los textos de Milán, y la de aquellos con los cuales dialoga, diciéndolo o no. Digamos que la amplitud de ese rango de lecturas, sumado a la singularidad del modo de lectura, es lo que sitúa a Milán ante los ojos como un signo luminoso. ¿De qué? De la incertidumbre. El uso de esas lecturas en el medio del mundo que nada tiene que ver con eso, produce un hueco de pensamiento, delgado, que avanza. Eso es lo que pasa, no sólo con Milán, sino con todo el arte cuando se sale de la depresión que lo prepara y prepara para su consumo; cuando se mira alrededor con un aire extra, sin rencores, en un gesto épico de recepción directa del ser que está ahí, en una imagen, o mejor dicho en el hecho de decidir la imagen; ¿qué hay por detrás? Ésa es la incertidumbre. Nos salva de la dispersión? O nos propone otra, y en ese no saber está la gracia? En realidad, hay otro tipo de incertidumbre: el de cómo se produce el pasaje desde las decisiones concretas que se toman durante la escritura, las que conforman el texto, las que, cuando se ha escrito mucho, como Milán, tienen que ver con el pasado de lo que se escribió y de lo que se pensó durante esas escrituras, y con el presente de seguir sintiendo que vale la pena escribir poesía, en esa situación general desde la cual el referente de creación es la poesía misma, y a partir de ahí otras cosas que sólo llegan por la poesía.

 
 

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"Acción que en un momento creí gracia", de Eduardo Milán.
Por Roberto Appratto.
30 de Mayo 2005.