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Mario Santiago, RealInfrarrealista

Texto y selección de materiales: Raúl Silva

 

Hace diez años murió en la ciudad de México el poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro, el 10 de enero de 1998, el mismo año que su amigo chileno Roberto Bolaño publicó en España Los detectives salvajes (editorial Anagrama).  De esa novela, Mario sólo conoció el título y el anuncio que le hizo Roberto en una carta: “estoy escribiendo una novela donde tú te llamas Ulises Lima”.

Para la mitología literaria, Mario Santiago Papasquiaro perdurará como Ulises Lima. Para la vida de carne, hueso, médula y corazón, el poeta desapareció dejando un fantasma que en los sitios más insospechados nos provoca con su poesía. Esas apariciones corresponden a su ser, Mario Santiago nunca tuvo otro método que no fuera la escritura ipso facto, que respondía a la urgencia de vivir en cualquier pedazo de papel: un boleto de metro, una pared, una servilleta, las páginas de una antología de poesía francesa o cualquier libro propio o prestado que circulara en su morral.

Mario Santiago Papasquiaro siempre fue un personaje mitológico. El Ulises Lima de Los detectives salvajes sólo muestra algunos relámpagos de esa naturaleza que, con toda su oscuridad y toda su luz, dejó como única prueba fehaciente de su existencia varios puñados de poesía, como la que publicará en algún momento de este año el Fondo de Cultura Económica en España, la antología Jeta de santo.

Los aniversarios luctuosos son, más allá del duelo, un instante para exaltar el nervio más cariñoso de quienes ayudan iluminar los caminos sinuosos. Eso pretende esta colección de voces:

 

 

MARIO SANTIAGO

Roberto Bolaño

- Ahora, de esa primera estadía tan joven en México ¿hay algún personaje de la literatura mexicana con quien tú te relaciones y que te influya de manera importante?
-
De manera importante, importante, Mario Santiago. Para mi es el mejor poeta que he conocido en mi vida, de una capacidad impresionante. Luego Efraín Huerta, con quien tuve una buena amistad y me ayudó muchísimo. Básicamente esos dos: Mario Santiago y Efraín Huerta.

- Roberto, tu partes de nuevo a México y te incorporas a un actividad más literaria.  Viene el tiempo del grupo infrarrealista. Yo sé una definición de estos personajes, medio intratables, medio salvajes. ¿Santiago estaba contigo en esa experiencia?
-
“Santiago y yo fundamos el Infrarrealismo.

- ¿Qué los definía, cuál era la actitud rupturista que en ese momento ustedes asumían?
-
Yo creo que éramos bastante irresponsables y nuestra línea teórica muy incoherente. Básicamente, lo que molestaba mucho al status de la literatura mexicana era que no estábamos con ninguna mafia, con ningún grupo de poder. En la literatura mexicana de aquella época, y supongo que en esta también, siempre ha habido parcelas y clanes, señores de la guerra con sus samuráis y nosotros no estábamos con ninguno. No estábamos con la izquierda, una izquierda stalinista, dogmática, dirigista, una izquierda espantosa, vaya. Ni con la derecha exquisita, que de exquisita prácticamente no tenía nada, una exquisitez llena de polvo. Ni con los vanguardistas, que lo único que les interesaba era ganar dinero y además hacían una vanguardia periclitada hacia mucho tiempo atrás. Nosotros lo que hacíamos era molestar. Recuerdo que alguien, en su único minuto de gran inspiración, llegó a publicar un texto donde decía “Que Bolaño se vaya a Santiago y que Santiago también”, porque no nos aguantaban en México, de verdad, era un odio total, no nos querían para nada. Eso fue el grupo de infrarrealistas. Lo que pasa es que yo cuando me voy de México ya no vuelvo. En cambio Mario se fue de México, estuvo viviendo en Europa y Medio Oriente pero volvió, y a él se lo hicieron pagar caro, pero muy caro. Ahora, después de su muerte, han salido como zetas todo el mundo diciendo que era un gran poeta y que Mario Santiago tiene una obra maravillosa, pero han esperado que muriera”.

 

(Fragmentos de una entrevista del periodista chileno Fernando Villagran con Roberto Bolaño, realizada para Off the record, un programa de Arcoíris, televisión chilena por Internet: http://es.arcoiris.tv/)

 

 

Ulises Lima

Roberto Bolaño

Ulises Lima era mi amigo Mario Santiago. Fue mi mejor amigo, mi mejor amigo, de lejos. Poeta mexicano, un ser extrañísimo. En realidad Mario Santiago parecía haber bajado de un ovni hace un par de días. Era un lector empedernido que tenía cosas tan extrañas, como meterse en la ducha y seguir leyendo. Se metía en la ducha y con la mano mantenía el libro así, con la mano tendida. Lo peor es que eran mis libros. Yo siempre veía mis libros mojados y no sabía qué había ocurrido. Yo me decía “es que ha llovido en México”. México es muy grande y puede llover en una zona de la ciudad y en otra no, es raro pero se puede dar ese caso, realmente un fenómeno curioso de la naturaleza. Hasta que una vez lo sorprendí leyendo en la ducha y yo lo que tenia que haber hecho era ponerme de rodillas a rezar por el milagro que había presenciado, pero no lo hice, mas bien lo reté. Mario era un personaje fantástico. No tenía ninguna disciplina. Recuerdo que para ganar dinero trabajamos en diversas revistas mexicanas y era yo el que escribía sus crónicas, él hacia el borrador, yo lo reescribía y luego tenia que escribir la mía.

- O sea era poeta, poeta.
- Él era un poeta, poeta, un personaje fantástico, muy valiente.

- ¿Recuerdas algún verso suyo?
- “Si he de vivir que sea sin timón y en el delirio”, que es un apuesta total.

- ¿Todavía es posible habitar poéticamente así? Porque eso me recuerda el habitar poético que planteaban los románticos.
- Se puede, pero no es recomendable. Yo no quisiera que mi hijo, si mi hijo decide ser escritor, no quisiera que mi hijo optara por vivir sin timón y en el delirio, porque nadie quiere ver a un ser querido sufriendo. Pero por otro lado es inevitable. Hay escritores que tienden hacia eso. A veces en demérito de su propia escritura, porque la lucidez y de nuevo el sentido común son necesarios, son muy necesarios.

(Del programa “La belleza de pensar” de la televisión chilena (UCV Televisión), conducido por Cristian Warnken. Transmitido durante la Feria del Libro de Chile, 1999).

 

 

Una naranja para Mario
Para Mario San Tianguis, carnal y maestro

Ricardo Castillo *

Su persona sabe que con frecuencia pienso en ti, Mario, pero hoy en un impulso absurdo por traerlo hasta acá, muerdo por usted, a nombre de sus dientes y paladar, otra naranja loca. Veo con alegría lo que para mí es una señal, una semilla de la fruta y la pulpa que la rodea está teñida de rojo. Su insignia. Quiero creer que la saborea, Mario, siento, como usted siempre lo hizo, que los vivos y los muertos pueden reconfortarse mutuamente. Vuelvo a morder y el placer no tiene ya sino su nombre. Y entonces usted se interroga tal vez dentro de mí, Mario, ¿ha hecho pedazos la casa y el cielo, sólo para ver el campo extenderse hasta el revés de las cosas, sólo para escuchar una ebriedad de cristales al fondo de la gruta?

¿ha hecho pedazos la casa y el cielo?

Y entonces lo escucho reír otra vez.

* Ricardo Castillo (1954). Poeta mexicano de la misma generación que los infrarrealistas, de los pocos que logró viajar en la embarcación infra. Autor de varios libros legendarios en la poesía mexicana: El pobrecito señor X, La oruga y Nicolás el camaleón.

 

 

Poema inédito de Mario Santiago

 

TESTAMENTO DE ADOLESCENCIA                                                  
.. .. .. . .. .. .. .. .. .. . .. .. .. . .. . .. .. . .. . . .. . . ... .. .. . 6/IV/78
No tengo sino este arcoíris que regalarte
No tengo sino este espermatozoide de armadillo
Esta furia de alacrán
que me sale de los poros
Esta planta carnívora
que ha instalado su tienda gitana
en el horno transparente de mis poros
Este mechón de luna mordiendo las tejas calientes de mi pelo negro
Estalactitas de caminos de éter
Estalactitas de experiencia alada
Mi cuerpo es 1 sapo drogado en los burdeles
No uso bitácora ni sombra
Este cuajo de sangre que ves
Es mi patria-píldora
Mi botón de despegue
Mi gruñido
Mi swing
Mi bendición

He andado entre otras flores
            & en tu pelo sonrío
Poeta & vagabundo
Iconoclasta del avión
Esculca mi mochila
            & hallarás tu sino
No tengo más que darte
     :Hoy hay sol:

 

EL IMPROBABLE RAPSODA PAPASQUIARO

Roberto Bolaño

Blanes. Abril. 95
Querido Mario, he sabido que publicas un libro, Beso Eterno*, ah pillín, qué título más bonito, y también he sabido y el gulp todavía flota por mi habitación, que te apellidas Papasquiaro, ¿PAPASQUIARO?, coño, suena a Pátzcuaro o a griego, o a espía rumano en el Vaticano, pero suena bien, a menos que no sea otra de tus bromas, pero sí, me gusta el Papasquiaro. Parece sacado de un poema de Seferis. También parece un personaje de Mariano Azuela: el improbable rapsoda Papasquiaro, capitán en la División del Norte o mendigo invisible en Torreón, Chihuahua, Durango… En fin, ya me dirás algo.


(Fragmento de una carta de Roberto Bolaño a Mario Santiago. Publicada, con otras tres cartas, en la audio video revista Nomedites 6, de México – www.nomedites.com).

*Beso eterno es una plaquette que publicó Al Este del Paraíso, una pequeña editorial que fundaron en México Mario Santiago y Marco Lara Klahr, en 1995.

 

 

Ardió en su propia luz

Juan Villoro

 

Yo conocí a Mario Santiago a principios de los años setentas en el piso 10 de la torre de rectoría de la UNAM, en donde había dos talleres de literatura. Uno era de cuento y lo impartía el maestro ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, el otro era de poesía y lo impartía Juan Bañuelos. En aquel entonces Mario Santiago se llamaba José Alfredo Zendejas y era uno de los más brillantes alumnos del taller de poesía, pero también se interesaba mucho en el cuento. Solía aparecer en nuestro taller y sus opiniones eran fulminantes, provistas de una crítica totalmente dinamitera, un humor negro y corrosivo, pero al mismo tiempo un sentido muy estimulante de la literatura. Recuerdo sus primeros poemas, que estaban dotados de gran sentido del humor y de ironía. Él se acordaba mucho de una frase que yo le había dicho, de que por primera vez un poema me había hecho reír, porque en mi ignorancia adolescente yo tenía una idea de que la literatura era algo muy pomposo y sobre todo la poesía, algo muy excelso. En las cosas que escribía, Mario Santiago combinaba recursos de la cultura popular, albures, frases callejeras con las zonas más rigurosas de la poesía. Fue un escritor que padeció la vida literaria mexicana.

Mario Santiago era un iluminado, y como tantos iluminados ardió en su propia luz. Era un hombre de una intensidad tan grande que se sometió a exploraciones personales tan fuertes y dejó muchas cosas en el camino, dejó su propia piel en sus búsquedas personales.

Mario siempre fue muchísimo más temerario que yo. Fue una de esas personas que sueltan amarras y no te atreves a seguirlo. En ese sentido soy mucho más convencional y la mayoría de las veces me quedaba en el muelle. Mario fue un viajero en todos los sentidos. Se fue a Israel sin dinero. Tuvo una vida de azares nocturnos y murió así, en una calle de la ciudad de México como un ser anónimo, como una sombra en esta ciudad.

Creo que estamos ante un poeta de dimensiones incalculables, en el más literal de los sentidos. Yo leí textos luminosos de él. También leí textos pésimos. Creo que Mario renunció deliberadamente a una noción de autocrítica, porque era parte de su rebeldía. Como toda gente que se sintió marginada, en un momento dado continuó en una especie de fuga hacia delante, diciendo “si me marginan porque escribo cosas que les parecen intolerables, pues las voy a escribir más intolerables todavía”, había en él siempre un sentido de la provocación. Recuerdo haber estado discutiendo sus textos en una taquería, que a mi me parecía muy incomodo. Mario siempre estaba cargado de papeles, y en ocasiones era muy generoso, te los dejaba y los olvidaba, pero en otras ocasiones quería que los leyeras delante de él y le dieras tu opinión. Si lo elogiabas se enojaba muchísimo y te empezaba a insultar. Si aparentemente te ponías fácilmente de su parte, le parecía que eras un tipo blandengue, que no tenia ningún sentido de la crítica, que no sabia que la poesía era combate, lucha, polémica, intensidad, algo convulso, te insultaba por elogiar sus poemas. Pero si te distanciabas de los poemas, también arremetía contra ti.

(De una entrevista con Raúl Silva)

 

 

Rebeldes con causa,
los poetas del Movimiento Infrarrealista

Ramón Méndez Estrada

A la memoria de Mario Santiago, Roberto Bolaño
y Cuauhtémoc Méndez, adelantados del camino sin vuelta

Con tres errantes ya en la región de los viajeros sin retorno (Mario Santiago Papasquiaro, 1953-1998; Roberto Bolaño, 1953-2003, y Cuauhtémoc Méndez, 1956-2004), el Movimiento Infrarrealista cursa el tercer año del Siglo XXI con la energía rebelde que le dio origen, publicaciones en éste y el otro continente, obra inédita sobrada para docenas de volúmenes, fama en más de cinco países extranjeros y, por supuesto, el halo de silencio y ninguneo que la cultura oficial en México ha impuesto en torno a la leyenda de los soles negros que somos estos poetas insurrectos.

En lo que hace a la fama editorial, el más insigne representante del infrarrealismo es, a la fecha, uno de nuestros muertos: el chileno Roberto Bolaño, cuya novela Los detectives salvajes fue galardonada con los premios Herralde, Rómulo Gallegos, del Consejo Nacional (chileno) del Libro y del Círculo de Críticos de Arte, y comparada con ventaja con Rayuela, de Julio Cortázar, y Paradiso, de José Lezama Lima. El autor, vale presumirlo, es citado en diciembre de 2003 por Andrés Ajens, con cierto tono irónico y jocoso, como “el Cervantes” de esta época.

Fue precisamente Bolaño, en 1975, quien propuso el nombre para nuestra irrupción en el acartonado mundo hispanoamericano de las letras donde, según su opinión propia nada humilde, haríamos la literatura clásica de nuestro tiempo. Voz de augur, la de Roberto se abre paso en la selva de textos insulsos y aburridos que saturan el panorama editorial de las instituciones oficiales, y la profecía gana terreno en la geografía de la práctica.

Para entender el nombre y el origen del Movimiento Infrarrealista hay que remontarnos a su germen: el Taller de Poesía de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) a finales de 1973 y principios de 1974, cuando los jóvenes poetas asiduos a ese espacio de estudios solicitamos al coordinador, Juan Bañuelos, instrucción más formal, para comprender y ejercer la poesía, que las silvestres críticas a que eran sometidos los insipientes textos presentados por los alumnos, por los alumnos mismos.

Al petitorio verbal reiterado en cada clase de estudiar a los clásicos, el Siglo de Oro de la literatura española, los cánones de la versificación, las vanguardias del Siglo XX, etcétera, o incluso en su defecto a que acudiera, al menos una vez por quincena, alguno de los escritores conocidos por, o amigos de, Juan, para dar conferencias o pláticas informales, el maestro respondió con una negativa implícita, sin explicación de por medio. Agotada la paciencia del grupo, el coordinador se enfrentó al fin, a principios de 1974, con una merecida respuesta: su propia renuncia, suscrita por la mayoría de los miembros del taller y, pese a reticencias, también por él.

Turnamos el caso a la atención de la directora de Difusión Cultural, quien replicó que por ser Juan empleado universitario no podían cesarlo; ofreció que compartiéramos el espacio del taller (de dos clases por semana una sería para el maestro y otra para los inconformes, y éstos tendrían la opción de conseguir otro coordinador), así como apoyo económico para la edición de una revista. Menos de dos meses después, una tarde nos encontramos con las puertas del local cerradas y nosotros fuera de la institución. En el lapso, logramos la edición de Zarazo 0, con textos de los beatniks estadunidenses, los peruanos de Hora Zero y algunos de los insubordinados del taller de Juan. Nunca recibimos el dinero prometido por la funcionaria de la UNAM para financiar nuestra publicación.

Fue el principio. Ese año, y el siguiente, varios de los rebeldes intentamos publicar en revistas y suplementos culturales, o conseguir espacios para dar recitales, opciones que (salvo excepción honrosa de la cafetería de la librería Gandhi) nos fueron negadas sistemáticamente. La fama de los insubordinados como simples revoltosos ganaba terreno. Carlos Monsiváis confirmó la negativa oficial con plástica frase sobre la libertad de expresión al rechazar la aparición de nuestros poemas en el suplemento cultural de la revista Siempre!: “Entiendan, muchachos, La cultura en México también tiene censura: está prohibido hablar de política y de sexo, prohibidísimo escribir la palabra verga”.

Cuando algunos de los expulsados del taller de Juan trabamos relación con Roberto Bolaño, éste se entusiasmó con la lírica iconoclasta e irreverente que practicábamos y señaló, dedo en la llaga, que a quienes cometimos el pecado de enfrentarnos a una de las glorias de la literatura mexicana (Juan Bañuelos ya ostentaba en sus haberes el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes), nos tenían vetados en todas las publicaciones y espacios culturales de México, anticipo temprano de la perpetua negación de que seríamos objeto en nuestra tierra.

Propuso entonces la fundación del Movimiento Infrarrealista, nombre que explicaba con un tropo arbitrario con respecto a la existencia de ciertos soles negros en el universo, ocultos a ojo y telescopio, presuntamente conformados por materia condensada a tal grado que hace caer a la energía por su peso, agujeros tragadores de luz. En nuestro caso, poetas ocultados por las instancias culturales oficialistas y sus voceros.

Así explicó su idea el vate chileno: “Hasta los confines del sistema solar hay cuatro horas-luz; hasta la estrella más cercana, cuatro años-luz. Un desmedido océano de vacío. ¿Pero estamos realmente seguros de que sólo hay un vacío? Únicamente sabemos que en este espacio no hay estrellas luminosas; de existir, ¿serían visibles? ¿Y si existiesen cuerpos no luminosos u oscuros? ¿No podría suceder en los mapas celestes, al igual que en los de la Tierra, que estén indicadas las estrellas-ciudades y omitidas las estrellas-pueblos?” (“Déjenlo todo, nuevamente. Primer manifiesto del movimiento infrarrealista”, en Correspondencia infra, revista menstrual del Movimiento Infrarrealista, octubre/noviembre ’77. Aprovecho la mención para corregir el gazapo de las “cuatro horas-luz” a la estrella más cercana, Alpha de la constelación del Centauro, aparecido originalmente en la revista y repetido en todas las citas que se hacen del documento. Y agrego profundidad a la metáfora: no estrellas-pueblos invisibles en los mapas astronómicos, sino metrópolis oscuras, soles negros, evolución de las estrellas de magnitud mediana a las gigantes rojas, y de éstas a las enanas blancas hasta la condensación en astros sin luz, que ejercen inevitable atracción sobre materia y energía.)

Fundamos el Movimiento Infrarrealista en 1976, y ese año publicamos Pájaro de calor; al siguiente, Correspondencia infra, y en 1979 la antología Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego, presentada por Efraín Huerta y prologada por Miguel Donoso Pareja.

Visitantes esporádicos de los talleres de poesía que en ese tiempo proliferaban en México y asiduos asistentes a recitales literarios y presentaciones de libros, no tuvimos empacho para expresar en tales foros nuestro desacuerdo con el oficialismo y nuestra propuesta para el ejercicio de una literatura vital y necesaria.

Tuvimos escuchas entre talleristas nóveles y el llamado “público” en general, pero los que aspiraban a realizar una carrera literaria conforme a los cánones de la intelectualidad mexicana no prestaron oídos al movimiento, y en cambio nos atacaron ferozmente con críticas vanas, incluso con injurias y calumnias, abono para la mala fama del movimiento como un grupo de ignorantes revoltosos, transformado así en pasto para la pira del ninguneo y el crepitante silencio.

Entre la expulsión del taller bañueliano y la constitución del infrarrealismo algunos mantuvimos aún ciertos nexos con la academia y seguimos cursos universitarios, pero era casa pobre esa ciudad para la sed de conocimiento de esos aventureros, y buscamos entonces la orientación de quienes fueron nuestros maestros. Antes del pleito con Juan, Mario Santiago visitaba ya con frecuencia a José Revueltas y a Efraín Huerta; Cuauhtémoc y yo habíamos convivido en Morelia con Ramón Martínez Ocaranza durante más de un año. Juntos ya en la insurgencia, los visitamos todas las veces que pudimos mientras la vida les duró; siempre nos trataron como amigos, hicieron críticas pertinentes y dirigieron varias de nuestras lecturas.
El universo en expansión que entonces éramos desbordó las aulas universitarias: rompimos con círculos académicos, mafias oficialistas y organismos burocráticos, y continuamos nuestra crianza y creación en la calle, pródiga y prodigiosa en lecciones vitales de la realidad, esta musa ponderada por los mejores autores de todos los tiempos.

Una ventaja más tuvimos: Al revés de los escolares que sólo saben de chocolate calientito, libros de texto, cursos regulares y boletas de calificaciones, varios de los más entusiastas infrarrealistas veníamos de experiencias duras: el movimiento estudiantil de 1968, el halconazo de 1971, el golpe militar chileno de 1973, la proliferación de la guerrilla, que nos mostraron las caras de la muerte y la cárcel. Como se dice, la cruda realidad. Muchos presumen, sobre todo entre políticos y seudoartistas, su pertenencia a la misma generación, pero no confiesan que en el momento de las balas estaban del otro lado de la barricada, y siguen allí.

El cerco mudocrático

Extenso, hostil, infame e infamante, no era infranqueable el cerco mudocrático que el mundillo cultural mexicano y sus plumíferos de pacotilla tendieron sobre el movimiento. No tiene caso aquí hablar de la careta hipócritamente amable con que de allí para adelante nos recibieron los “intelectuales” de alto pedorraje a cargo de las lavanderías de conciencia del régimen, los gerentes de las panaderías literarias donde se reproducen los escribanos que defienden el estado de cosas imperante con arte apócrifo, las vacas sagradas del sistema opresor y enajenante, Bañuelos, Oliva, Gutiérrez, Zepeda; ni el calor con que nos atacaron sus engendros y los debates que tuvimos con ellos, Campos, Vallarino, Chimal, etcétera.

Aquellos, con presunta experiencia por cuestión de edades, eran adeptos a la pereza y la ignorancia; éstos, sin experiencia suficiente aún, eran adherentes también de tales vicios. Los infrarrealistas teníamos la ventaja: experiencia, estudio y trabajo constante. La boca de la fama llevó a tribuna pública la disputa esencial. A las palizas que los rudos arreamos a los retóricos en cuanto ring nos encontramos opusieron mentiras y calumnias, y al no poder con el lépero tronco que enfrentaban echaron encima carretadas de silencio.

De las pocas menciones que en el tianguis literario del país nos llevamos, está la parte que a Correspondencia infra dedica Rafael Vargas en su ensayo “Las nuevas revistas literarias”, aparecido en el número de octubre-noviembre de 1978 de la Revista de la Universidad de México. Entre una docena de publicaciones dedicadas a editar textos de círculos de amigos a las que en general maltrata con su crítica, pues reconoce a pocas rigor técnico literario en la elección de los materiales que presentan, la de los infras es en la que advierte méritos: “El único grupo de poetas jóvenes en México que se ha postulado como movimiento de vanguardia, al mismo tiempo antivanguardista… (su poesía) es mucho más auténtica en su falso radicalismo y, sobre todo, más divertida que la poesía seudocultista de otros grupos que aparecen casi al mismo tiempo… Despreciado y vilipendiado por muchos, el infrarrealismo parece ser, en muchos sentidos, uno de los momentos más significativos del auge poético de los setentas”.

A vuelo de cuervo analiza la lírica de Roberto, Mario y Cuauhtémoc, para sacar sus conclusiones. Vale otra cita: “En realidad, lo que los infrarrealistas hubiesen querido ser (escribir) se encuentra representado, dato curioso, por un poeta no infrarrealista: Ricardo Castillo… Y también curiosamente, el mejor poeta del grupo, Cuauhtémoc Méndez, parece haber sido el menos apreciado por sus propios compañeros… Por el contrario, Mario Santiago y Roberto Bolaño, aparentemente los más destacados… con frecuencia se diluyen en sus propias letanías, más como creadores de collages que de poemas. La poesía de Cuauhtémoc Méndez chafea, precisamente, cuando trata de imitar a Santiago o a Bolaño”, de lo que cita en prueba, sin razón a mi juicio, el folletín Blanda noche dentro del horno aparecido en Ediciones El Colibrí.

Vargas no toma en cuenta Pájaro de calor, y escribe su texto antes de la edición de Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego. No alcanza a ver, desde su perspectiva externa, algo muy importante: en esas publicaciones no están todos los que son ni todos los que están son infras, característica del movimiento que se ratifica en publicaciones posteriores emprendidas con Mario Raúl Guzmán (las hojas Calandria de tolvañeras, algunos libros y la revista La zorra vuelve al gallinero), y después con Marco Lara Klahr, en la editorial Al Este del Paraíso.

Otro ejemplo: la revista Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, dedicó su número 49-50, de febrero-marzo de 1985, a la joven poesía mexicana. En todos los “ensayos” incluidos en la publicación, el infrarrealismo merece una sola cita de dos líneas de uno de tantos escribidores. Durante la preparación del monográfico, José Vicente Anaya instó al editor a darle un lugar al movimiento, que encargó a un comedido; Vicente aconsejó pedir el texto directamente a un infra, y Sandro Choen conectó para el caso a Mario Santiago, quien escribió un poema con las voces de todos. Reveladora, la revista: debate presumidamente plural en el que participan plumíferos de la más diversa ralea, todo está escrito en prosa con excepción del texto de Santiago, solitario poema con tesis estéticas entre la mucha mugre supuestamente teórica de la poética mexicana.

En 1986 apareció en Praga la antología Reloj de sol. Cien años de poesía mexicana, que “contiene una selección de todas las corrientes y tendencias” de nuestra lírica en un siglo, desde “Salvador Díaz Mirón (1853), Manuel José Othón, Manuel Gutiérrez Nájera, Luis González Urbina y otros más, como José Peguero (1955) y Cuauhtémoc Méndez (1956)”, curiosamente estos últimos, los más jóvenes, infrarrealistas, traducidos al checo por Miloslav Ulicny, que algo estudia de poesía mexicana. Obra en proceso, nuestras “incompletas” circulaban ya en España, Francia, Estados Unidos, Chile y Perú, por lo menos, según sabíamos, pero entonces supimos que también en Checoslovaquia y Alemania.

Aquí persistía el cerco. Sólo un ejemplo más: Gustavo Jiménez Aguirre, en su ensayo El Horizonte fechado en marzo de 1997, emprende presunto análisis de las corrientes literarias, revistas y antologías de poesía del Siglo XX en México. La insuficiencia teórica de Jiménez le impide formular juicios propios aparte de los ya sentados por los representantes oficiales de la academia, de los contemporáneos a Paz, que a golpes de lengua levantaron a los santones de la lírica nacional alzándose a sí mismos sus propios monumentos, truco de conveniencia. Incapaz de comprender en dónde está la falla, reconoce como parteaguas a Poesía en movimiento, y se pierde en el alegato de la tradición y la ruptura. Cita otras muestras, la Asamblea… de Zaid, Palabra nueva… de Cohen, Antología… de Arellano, y más libros colectivos, pero ni por equivocación Muchachos desnudos… de Bolaño. De las revistas, paseo similar, sin poder precisar qué trata, qué discute, ni mencionar siquiera las de los infras. Alega también sobre algunos autores en lo individual y sus libros, tan vacuos como toda su perorata, y es en esa parte de su texto donde se le ocurre usar por única vez una referencia al infrarrealismo, pero no aplicada a infra alguno, sino a Profisia de Alfonso D’Aquino, del cual dice que “el montaje narrativo e intertextual permea la densidad referencial de la segunda parte del libro, cuyo extenso poema ‘La peste’ se detiene oportunamente al borde del precipicio ‘infrarrealista’ en el que se despeñaron tantos talentos jóvenes”. Es decir, la mención sin nada que ver con el Movimiento Infrarrealista.
Sus apuntes revelan, aunque Jiménez Aguirre no lo note siquiera (menos podría destacarlo), que después de la compilación de Paz, Aridjis, Pacheco y Chumacero, al parecer los últimos de los académicos que a veces se dedicaban a estudiar, todos los que siguen después la autopista de la oficialidad son ignorantes perezosos, no leen a los clásicos, no saben técnicas de versificación ni tienen teorías estéticas. Se conforman con llevar a la práctica una lírica ecléctica y enclenque, de la que hacen alarde, compartida entre todos como copia al carbón, mágicamente sustituidora de conceptos por sus sinónimos y de metáforas por sus analogías, sobre los “estilos” de las mafias establecidas, arropados por “corrientes” que no asumen ni comprenden. ¿Pero qué pueden asumir o comprender, los ignorantes?

El mito y la leyenda

La saga del Movimiento Infrarrealista fue trasladada a la ficción por Roberto Bolaño en Los detectives salvajes, que cuenta peripecias de los poetas real visceralistas en la Ciudad de México en 1975; interrumpe el relato un lapso de veinte años con recuerdos de diversos personajes sobre algunos de esos poetas, y retoma el hilo de la narración original en 1976 para emprender la búsqueda de Cesárea Tinajero en los desiertos de Sonora, hasta difuminar la hazaña en una sombra esquiva desvanecida en acertijos.

Reseñistas y críticos esculcan la novela con énfasis en la aventura, que para mucho da con el periplo audaz del increíble viajero Ulises Lima por México, Europa, Medio Oriente y Centroamérica, al que se suma la movilidad de Arturo Belano, la otra columna del realvisceralismo en el relato; por cuestiones de fondo, especulan los nexos entre el surrealismo, el estridentismo, el infrarrealismo y dos grupos, separados por décadas, del realismo visceral, a tal punto confundidos entre la realidad y la ficción que, por ejemplo Claudio Bolzman, hablando de Bolaño, afirma que “en la Ciudad de México había fundado, junto a Mario Santiago y a otros poetas jóvenes, lo que ellos habían llamado el movimiento infrarrealista… Se inspiraban de un movimiento mejicano que se llamó el realismo visceral”.

Pierden pie en el enfoque, tal vez, inducidos por la leyenda viva que fue Mario Santiago en su corto paso por la Tierra, mito que él mismo construyó con su vida y se encargó de propalar con sus viajes, sus lecturas y sus relaciones. “Yo soy el que se ha grabado en la espalda de la chamarra de mezclilla la frase:/ el núcleo de mi Sistema Solar es la Aventura”, escribió en uno de sus poemas más conmovedores. Se jactaba de conocer “a todos” los mejores poetas vivos de su generación, y garrapateó sus versos en todos los libros que cayeron en sus manos, obra dispersa que por tal condición quedará posiblemente inédita en su mayor parte. Era de personalidad avasallante. Pruebas de tal impacto, las múltiples notas que los plumíferos de carrera publicaron en diversos medios de comunicación en fechas inmediatamente posteriores a su fallecimiento, dándolo por muerto.

Más longevo que Mario por casi un lustro, Cuauhtémoc Méndez había señalado ya, en 1987, el meollo del asunto: “dos que tres hechos bastaron para que los críticos de la literatura dieran cimiento al mito de nuestra mala fama. Mas por paradojal coincidencia, porque el primer ataque público y colectivo en el que nos lanzamos a fondo fue el funcionamiento del taller de poesía en la UNAM”, es decir, la insurrección aquella de 1973-1974 contra el coordinador del taller de Difusión Cultural, Juan Bañuelos. El ojo crítico del Temo es, precisamente, lo que les hace falta a tales reseñadores para desentrañar el sentido profundo de la novela de Roberto: la rebeldía vital contra la tanática oficialidad.

Una lectura atenta y desprejuiciada del texto de Bolaño conduce necesariamente al sentido de la aventura, por encima de la anécdota. Campo semántico trenzado con tres símbolos, lleva siempre al terreno de la insurrección contra los escribanos que “sirven de lavanderas de conciencia al estado de cosas imperante”, según dijo Cuauhtémoc en el ’87. Colmo para la confusión de los críticos, los tales símbolos se encarnan en personajes: Juan García Madero, último adherente del real visceralismo; Lupe la puta, enamorada de su padrote y amante final de García Madero, y Cesárea Tinajero, poeta de la anterior camada viscerrealista expulsada del estridentismo. Los tres pura ficción, sin más referencia a la realidad que el concepto que encarnan y del cual se hacen símbolos.

García Madero es quien lleva la voz en la primera y la tercera parte de la obra. Joven poeta de 17 inviernos, es contactado por Lima y Belano en el taller de Álamo, coordinador y líder de los oficialistas “poetas campesinos”, quien no le perdona al nóvel vate exhibir su miseria cultural en el terreno en que precisamente él se ostenta como maestro: la poesía.

García Madero se suma a la revuelta con pasión y lleva su voz crítica, no a cuenta propia sino cifrada en expresiones de los miembros del grupo. Es el nawal, el yo disimulado del movimiento, quien lo define y lo caracteriza. Al caso tienen lugar dos citas: “Nuestra situación (según me pareció entender) es insostenible, entre el imperio de Octavio Paz y el imperio de Pablo Neruda. Es decir: entre la espada y la pared”. Y: “A los real visceralistas nadie les da NADA. Ni becas ni espacios en sus revistas ni siquiera invitaciones para ir a la presentación de libros o recitales. Belano y Lima parecen dos fantasmas”. Lupe la puta es la imagen de la realidad, así como la vivimos, apasionada e inclemente. Cesárea Tinajero, generosa siempre, el ánfora que abrimos para que se alimenten los seres humanos, y despierten. La hazaña, valimiento anecdótico, que ocupa la mayor parte del espacio de la saga narrada y por tanto la atención de los críticos, es el grano de arena que el Movimiento Infrarrealista pone en esa montaña de la antología universal Nosotros los clásicos, mañosamente ya adecuada, a grandes trancos, para publicar la parte que nos toca a los infras.

Espacio habrá, en otro tiempo, para hacer un análisis del mito que construyó Mario con su vida, de la novela de Roberto, de las tesis estéticas de Cuauhtémoc, para probar nuestras ideas del arte en nuestras obras y sus consecuencias, la teoría en la práctica. Aquí sigue nuestra aventura. Ya llegará la época, como lo vislumbramos los infrarrealistas y nuestros maestros, en que el ser humano sea libre, y el hombre deje de ser el lobo del hombre. Tal es nuestra guerra. Somos pues, pese a lo que se diga, rebeldes con causa. Vale.

   Septiembre 2004

 


Encuentros con Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaño

José Rosas Ribeyro, infrarrealista *. 

- José, tu conociste a Mario Santiago, a Roberto Bolaño, de hecho fuiste parte de ese grupo que emergió a mediados de los setentas en las ciudad de México.
-
Fue algo increíble.  No hace mucho que había llegado a México a encontrarse conmigo mi compañera de entonces, la escultora Margarita Caballero,  cuando regresó un día a casa trayendo una hoja en la que se invitaba a una serie de lecturas de “nueva poesía latinoamericana” en la Casa del Lago. Resulta que la siguiente lectura programada era de poesía peruana. Marga y yo fuimos, pues, a la lectura y descubrimos en una tarima, sentados detrás de una larga mesa, a dos jóvenes melenudos como yo que no paraban de fumar, hablaban apasionadamente y leían con brío poemas de algunos amigos de Lima. De repente escuché en la voz de uno de ellos un texto mío y me quedé más asombrado aún de lo que ya estaba. Al final de la lectura había una conversación con el público y yo desde la sala le agradecí a los dos melenudos por haberme incluido en su selección. Me preguntaron quién era yo, les dije mi nombre, nos dimos un abrazo y se identificaron: eran Mario Santiago y Roberto Bolaño. Desde ese día fuimos amigos y para fijar el encuentro en la memoria nos hicimos una foto al borde del lago. Aún la tengo: estamos los cuatro y Rubén Medina, de quien después no supe más. Mario me dijo una vez que se había ido a Estados Unidos.

- ¿Qué recuerdos sobreviven de esos años?
- Muchos, y con ellos voy a construir parte de mi próximo libro que se llamará Un mundo al revés. Recuerdo la vez en que una amiga muy querida, Dina García, se apareció por la Casa del Lago llevando unos patines en el bolso. Se los prestó a Roberto Bolaño y éste se puso a patinar dando vueltas como Chaplin en Tiempos modernos. Yo, que ya por esa época tomaba fotos, disparé varias veces mi cámara y tengo, pues, en mi poder una serie de fotos hasta ahora inéditas en las que Roberto patina feliz de la vida.  Otro recuerdo: estamos en el café La Habana cuatro o cinco de los infrarrealistas cuando irrumpe en el local Darío Galicia. A través de movimientos femeninos muy violentos su cuerpo transmite indignación, la cual se impone aún más en el ambiente por sus gritos que hacen referencia al asesinato de Pasolini. ¿Quién es?, pregunto yo que no lo conozco. Y Roberto me responde al oído: uno de los más importantes poetas mexicanos. Y así podría seguir con los recuerdos: las visitas a Efraín Huerta en su casa, los encuentros cantineros con Jorge Sabines, las conversaciones amistosas con Miguel Donoso Pareja, las películas de Fassbinder en el auditorio del Instituto de Antropología e Historia, las irrupciones infrarrealistas en mi oficina para raptarme y llevarme a una cantina, las caminatas por Tepito, los bares del centro, los dancings de malamuerte con ficheras, los libros que uno le prestaba a Mario Santiago y que él devolvía repletos de versos suyos en cada espacio blanco... Pero tal vez el recuerdo más infrarrealista de todos sea el escándalo que se produjo cuando participamos en una fiesta en casa de Álvaro Uribe, un escritor niño bien que había ganado un premio de cuento.  Como Bolaño había sido premiado en poesía lo habían invitado, y llegó con nosotros, unos cuatro, creo.  Para beber donde Uribe sólo proponían refrescos, nada de alcohol, así que nos procuramos por nuestra cuenta unos rones o tequilas o mezcales. En un momento dado Marga, que era mi compañera en aquel tiempo, se puso a bailar de manera muy erótica con una alemana que era la novia del hijo de la orquesta sinfónica de México. Y eso para Uribe y sus iguales fue algo insoportable. Nos terminaron echando fuera y nos fuimos contentos mientras Mario gritaba: “¡chinguen a su madre pinches culeros!

- ¿Quiénes formaban parte del infrarrealismo en aquellos años?
- El infrarrealismo no era un grupo organizado ni nada por el estilo. Lo integraban -si se puede decir así-, Mario Santiago y Roberto Bolaño, por supuesto, y alrededor de ellos, Cuauhtémoc y Ramón Méndez, José Peguero, Jorge Hernández (que un día pasaría a llamarse “Piel Divina”, pero esa es una historia muy larga para contarla aquí), los chilenos Bruno Montané y Juan Esteban Harrington... Allí llegué yo y al estar con ellos me convertí en infrarrealista. Había también algunas mujeres: Lupita, la compañera de Peguero, que andaba con  nosotros, y otras que eran poetas y también musas invisibles de Mario y Roberto, como Kyra Galván. Entre los que eran y no eran infrarrealistas estaban Orlando Guillén, Rubén Medina, Juan Vicente Anaya y algún otro poeta que ahora olvido. A todos ellos los conocí y compartimos lecturas, pláticas, fumadas y  borracheras. 

- ¿Cómo viviste tu relación con Mario y Roberto? 
- Mario y Roberto eran seres muy diferentes pero complementarios. Ambos tenían una pasión por la literatura y, sobre todo, la poesía, que les llenaba por completo la existencia. Pero la pasión de uno y otro eran también muy diferentes. La de Mario era algo absoluto que lo llevaba a la marginalidad. Mario no aceptaba ningún compromiso, no buscaba la gloria literaria ni hacerse conocido como poeta. Vivía la poesía cada día en cada milímetro de su cuerpo y en cada una de sus neuronas. La de Mario era una de esas pasiones que te consumen rápidamente la vida, todo. Roberto no era así. Roberto sabía que estaba destinado a hacer una “carrera” literaria y pese a su marginalidad en el México de entonces buscaba canales de expresión, editores, contactos. Mientras yo estaba allí salió un primer libro suyo de poesía, en una cuidada edición artesanal, y Roberto estaba loco de contento. A Mario en esa época no se le pasaba por la cabeza publicar, lo que escribía lo perdía sin que eso le importara mucho. Pero ambos eran complementarios ya que uno neutralizaba en el otro algunas de sus tendencias. Roberto neutralizaba en Mario las tendencias más autodestructivas y Mario neutralizaba en Roberto el afán de triunfo literario.  Yo anduve mucho con ambos desde una posición intermedia, equidistante.

- ¿El infrarrealismo tocó de alguna manera tu vida?
- Puedo decir que hubo un antes y un después. Y que de esa experiencia casi cotidiana con el furor de la poesía salí transformado. Mario Santiago y Roberto Bolaño fueron amigos entrañables y me hicieron volver a la literatura cuando yo andaba tal vez demasiado metido en la problemática política.  Cuando dejé México y me vine a vivir a París no se rompieron los lazos. Al contrario, se mantuvieron incluso de manera a veces extraña. Recuerdo aquella vez en que no sé porqué razón yo regresaba a pie a casa bordeando el Sena y, de repente, como ocurría frecuentemente en México, me encontré con Mario y Roberto.  Fue una enorme sorpresa, un azar nada fortuito. Otras veces estuve con Mario en París cuando volvió de Israel medio alucinado y enfermo. Tenía las manos destrozadas por la sarna y nos la transmitió a varios. Lo volví a ver en México, en el café La Habana, como antaño, y sentí de nuevo la duplicidad de nuestra relación: él era demasiado radical en su existencia, iba siempre demasiado lejos y demasiado rápido y era casi imposible seguirlo. Yo me acomodaba más en el mundo aunque el mundo tal cual es nunca me ha gustado. Mario en cierta forma me reprochaba lo primero pero compartía conmigo el descontento ante la vida. Eso deja huellas, marcas que no se borran nunca, y la persona que soy hoy y que escribe, piensa y siente lo que escribo, pienso y siento, no sería la misma si no hubiera vivido el tiempo del infrarrealismo, la complicidad infrarrealista, la urgencia poética infra.  

(Fragmentos de una entrevista cibernética con Raúl Silva)

* José Rosas Ribeyro. Poeta y productor radiofónico. Actualmente colabora en Radio Francia Internacional.

 

 

 

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Mario Santiago, RealInfrarrealista.
Texto y selección de materiales: Raúl Silva.