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Poeta callejero, mujeriego, bebedor y algo cafiche
La Casa de Dostoievsky. Ultima novela de Jorge Edwards

Por Omar Pérez Santiago


Todo empezó cuando me enteré que había un nuevo libro de Jorge Edwards, La Casa de Dostoievsky. Conseguirme el libro fue fácil. Buscar un momento para leerlo, eso fue lo difícil. El sábado opté por algo simple y barato: no levantarme de la cama. Llevé el té del desayuno, mi pan con palta y el libro al velador y así transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y transcurrió la mañana y ya había leído el primer capítulo de la novela.

Pues, deben saber que la novela tiene tres capítulos.

El primer capítulo, La espalda de Teresita, son los inicios de un joven poeta, llamado simplemente El Poeta, un vate callejero, que con sus amigos, el Chico Adriazola y Eduardito Villaseca, aplanan esas cuadras del centro de Santiago, entre el Mapocho, el parque Forestal, y el cerro Santa Lucía, a fines de los años 40 y años 50, una época en que Santiago era aún un lugar para vagabundear. Una época en que el Poeta vivía en una covacha, una pieza que da título irónico a la novela, la casa de Dostoiesvky. Se iban, a veces, a tomarle el whisky al papá de Eduardito y luego hablar de poesías, de poetas y por supuesto de mujeres. El Poeta se tira a la hermana del chico Adriazola, aborto de por medio, y luego se enamora de Teresa Echazarreta Guzmán o Vidal (no está claro), una chica bien, que descoloca al Poeta y cuya locura lo hace pasar un fin de semana en un calabozo de la Primera Comisaría de Santiago, que estaba ubicada (y aún lo está) en McIver con Santo Domingo.

En el segundo capítulo, De Tránsito, el Poeta abandona su cuchitril Dostoiesvky, sale por la ventana, tira la llave y se va caminando hacia la cordillera hasta llegar a la casa del Antipoeta en los faldeos de La Reina. Después se va a Isla Negra, y en las cercanías arrienda una pieza con piso de tierra. Un día el Poeta se embarca en el aeropuerto hacia Francia. Allí se encontró de nuevo con Teresa Echazarreta, que estaba casada con un palogrueso (como se decía entonces). Un día el marido llegó a su estudio en el séptimo piso con una pistola. Le apuntó a la cabeza y disparó. El sonido fue aterrador, pero la bala era de fogueo. Y, por ese hábito social de que conocidos presentan a conocidos, el Poeta se encontró con un cubano, y colaboró en la revista cubana Casa de las Américas. Y así, o de un modo que se cuenta mejor en el libro, llegó a Cuba, donde ganó el premio Casa de las Américas y, por razones que cuesta saber, se quedó viviendo unos años en La Habana, donde se casó con María Dolores y vivió con ella hasta que María Dolores, cansada de las trasnochadas de su marido, quedó embarazada de un amigo del Poeta. Y María Dolores se lo contó un día directamente:

“-Que estoy embarazada-dijo ella.

-¿De quién?

-De Alejandro –respondió ella- de Tomás Alejandro Tritón.”

Y luego él:

“-¡Imbécil!, dijo, agarrándose los pelos-. He sido un perfecto imbécil.

-Yo no sé –respondió ella, lloriqueando-. Yo creo que me porté mal, pero ya la cosa no tiene remedio.”

Efectivamente, sin remedio, el Poeta se quedó solo. Y siguió conviviendo con esa pandilla, ya algo infectada, de poetas que estaban bajo la mirada sospechosa de los llamados organismo de seguridad del estado. Y ustedes saben bien lo que les pasó a esos poetas en Cuba. Y ustedes saben bien que al final Heberto Padilla se auto inculpó. La mundialmente famosa Autocrítica. El Poeta estaba allí en la sala de Unión de escritores con la cabeza entre las manos cuando Heberto Padilla comenzó su lamentable caída:

“Ya sabemos lo que dijo Heberto Padilla en aquella sesión vertiginosa, sorprendente en más de algún sentido, abismal, y de alguna manera clásica, acorde con la mejores tradiciones del socialismo real, y digna, por lo tanto, de ser registrada.”

El Poeta de la novela La casa de Dostoviesvky, siente también que la mano que aprieta de la seguridad cubana, lo tiene rodeado, le escuchan sus conversaciones y le pinchan los teléfonos.

Y rápidamente, el desencantado poeta estaba volando a Santiago de Chile. En el aeropuerto Cerrillos (que ya no existe y que pronto será habitado por casitas y poblaciones) lo esperaban Adriazola, Eduardito y Teresa Echazarreta. Y ya estamos en el Chile de Allende y su cierre en la dictadura militar, en el capítulo 3 y final, La Ciudad del Pingüino.

El Poeta es, sin duda, un decepcionado de la revolución cubana, tal como lo fue el autor del libro, Jorge Edwards (O Eguar, como le decían los cubanos). Hacia el final, el Poeta, enfermo de cáncer, le pide a Teresa, para sorpresa de todos, que lo velen en una casa del Partido Socialista, sin curas y sin rosarios y esas cosas católicas.

“-Mis restos deberían salir de una casa del Partido Socialista que hay allá por la calle Dieciocho, sin pasar por ninguna iglesia.”

Eso dice el Poeta, al final del libro.

Y muere.

Y cuando muere, el lector, -o sea yo-, yo tirado sobre mi cama de este sábado lluvioso y frío, me da un poco de pena el desánimo interior de El Poeta.

Y eso que yo no soy muy propenso a ponerme triste.

¡Lo qué son las cosas con las novelas!

Luego, en camino al cementerio “el Antipoeta dijo que los funerales sin curas, sin cánticos religiosos, sin responsos de preferencia en latín, acompañados de las correspondientes aspersiones del ataúd con agua bendita, eran demasiado tristes, fomes”

Después que me dio un poco de pena, me dio algo de risa el comentario del Antipoeta.

No sé por qué, pero a mí me dan risa los chistes en los funerales.

Y allí llegué a la página 329 y final.

El día sábado se había puesto oscuro. Me preparo para cenar con amigos, unos de los cuales ya ha leído la novela. Y fue en la sobremesa, ya estábamos en los bajativos, cuando me explico algunas influencias de la novela.

El libro tiene algo de la buena novela de Marcelo Mellado, Informe Tapia y sus poetas estructuralistas (estructuralistas de nivel chileno) de las cuencas de los ríos, (y Edwards toma, por lo demás, esa técnica, de usar diversos apellidos para los personajes, que le otorgan el estilo etéreo y de memoria frágil al relato).

( Y ahora mismo me acuerdo que Informe Tapia la presté y nunca la devuelven los huevones).

Y la novela se parece en algo a Detectives Salvajes de Roberto Bolaño (aunque con menos fondo). Algo tiene de Memorias de un tolstoyano de otro Premio Nacional, Fernando Santiván, sobre una colonia Tolstoyana, una breve experiencia artístico-comunitaria de los años 1904 y 1905, de los jóvenes escritores Augusto D’Halmar, Fernando Santiván y Julio Ortiz de Zárate. Y si vamos a seguir con las referencias habría que citar en Chile, el cuento de Enrique Lafourcade, que se llama Muerte del Poeta, de unos jóvenes poetas que llegan a hueviar al funeral de Vicente Huidobro en Cartagena. Y, ¿por qué no?, lean también El Poeta Chileno, que publiqué inicialmente en sueco, hace casi veinte años.

De la novela se pueden deducir algunas cosas básicas. Por ejemplo, se podría colegir que los poetas chilenos son, por condición, por estructura adenítica, callejeros, mujeriegos, bebedores y algo cafiches, y que acostumbran a tener un lado B, oscuro y retorcido, algo odioso.

¿Conocen ustedes algún poeta chileno?

Si ustedes conocen alguno, como yo, sabrán reconocer que El Poeta de la novela se acerca algo, se parece por lo menos, (sin que nadie se ofenda), a la descripción de un poeta chileno standard. Un tópico.

Ahora mismo, ahora mismito, rememoro haber visto una noche pasar por mi lado a la gran poeta Estela Díaz Varín. La rucia venía caminado sola por La Alameda, frente al Palacio de La Moneda. Era ya de noche y yo le grité al pasar, como si ella fuera un torero saliendo en andas por la puerta grande de la Plaza de las Ventas de Madrid: “Grande, Estela Díaz Varín”. Pero, ella se devolvió unos pasos más allá y me miró de lejos como una camorrera, -quizás la noche, quizás el trago, quizás qué fantasmas- como si yo le hubiese grita “Puta”, ella, sin reconocerme, miraba desafiante, como invitándome a pelear a combos, cuando yo lo único que había querido era decirle que ella era grande.

Quiero decir, por lo tanto, que reconozco aquí en esta novela algo de ficción interpretativa sobre los brillos y las derrotas de la poesía chilena.

Quizás, suena presumido decir “brillos y derrotas de la poesía chilena”.

Ya. Lo reconozco.

Se los presento de otra forma:

La novela recuerda que los poetas chilenos tuvieron relaciones, -a veces utilitaria, a veces fiel y la mayoría de las veces de costado-, con la política y con la izquierda. Y como tales, grandes escritores chilenos sufrieron grandes líos con los cubanos castristas en su época de gloria y dominio cultural. Así ocurrió con Pablo Neruda (la felona carta de los escritores cubanos a Neruda que lo acusaban de dejarse comprar por los imperialistas). Así ocurrió con Nicanor Parra (después de su té con Pat Nixon, una carta visada por el cubano Roberto Fernández Retamar que decía “Como revolucionarios condenamos su confianza en el imperialismo”,) y así ocurrió con Jorge Edwards (encargado de negocios de Allende que fue declarado por Fidel Castro como Persona Non Grata en la isla). Además, esas malas relaciones con los cubanos, llevaban siempre un antipático eco local de escritores chilenos.

¿Me explico?

Esta novela de Edwards no es, naturalmente, una novela de vanguardia, ni de un desesperado e insensato escritor de novelas con barranco. No. Y hay algo de déjà vu en las historias, la sensación de haberlas escuchado antes. Pero es una novela que a mí me entretuvo y me gustó leerla, justamente, -miren qué paradójico-, por lo mismo que algunos critican duramente a Edwards, es decir: su frivolidad, su divertimento, sus alusiones humorísticas, el despliegue de cultura y buen humor para construir, con intrigas bien contadas, una vida.

De cualquier modo, es una novela mucho más útil que la anterior novela de Edwards, El Inútil de la Familia.

Hay varias formas de leer novelas. (Y que cada quien lea como quiera, por lo demás). Yo la he leído este sábado de invierno de lluvia inclemente, como ficción (mentirosa ficción, ambigua construcción sobre una realidad). Una imagen, pero no falsa (¿Borges?).

Aunque en la novela hay hechos muy pegados a cierta realidad, por ejemplo la anécdota de cuando el Poeta conoce a su mujer cubana María Dolores, está ya contada en el libro Persona Non Grata, y allí Edwards nombró directamente a Enrique Lihn y su mujer. Pero a mi me importa un pepinillo de que carne está hecho El Poeta de Edwards.
Yo he leído la novela como si fuera, precisamente, una novela. Pero hay otros, otros por ahí, que ahora la leen como infidencias, como un Roman à clef (novela en clave). Para ellos los personajes son trasuntos (transposición, representación) reconocibles (o semi) de seres reales. Esta novela sería, según se sugiere, la biografía no autorizada de, digámoslo, Enrique Lihn. El “avatar”, así se llama ahora al yo virtual, sería el retrato (arbitrario y cobarde) de una de las figuras más influyentes de la poesía chilena. Es una forma de leer con criterio de farándula.

Puede ser, quizás, que ese mismo licor agrio y descreído que fluye en la sangre densa del Poeta de la novela de Edwards, sea el mismo licor, quizás, que fluya hoy por las venas de esos críticos de Edwards. Quizás, sin que se den cuenta, actúan igual que El Poeta de la novela, en su lado más turbio, en su lado más oscuro de la luna: de modo acre. En el fondo, quizás, le rinden homenaje al lado pesado de El Poeta. Qué sé yo.

En cambio, creo que los lectores masivos leerán la novela, tal como la he leído yo, este sábado frío: como una grata novela, como una buena novela.

 

 

 

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