IDIOMA. A
PROPÓSITO DE PUERTO RICO:
Hablemos en espanglish
por Mauricio Wacquez
..... Las
diferentes maneras de defender una lengua tienen matices que muchas
veces ocultan inconfesados propósitos políticos que el espectador debe
saber advertir. Tal es el caso del galardón - el premio Príncipe de
Asturias- que se otorgó hace dos años al pueblo de Puerto Rico por haber
defenestrado al inglés como lengua oficial del país. Líbreme Dios de
censurar a los portorriqueños porque hayan realizado un gesto legítimo y
soberano, como también líbreme Dios de coquetear con el neocolonialismo.
Nosotros, los hispanoamericanos, conocemos perfectamente el valor del
expolio - hispano, inglés y norteamericano- que se hizo y hace de
nuestros países como para que la leche de nuestras madres no contenga
una preceptiva vacuna anticolonial. Sin embargo, con el tiempo nos
fuimos acostumbrando a una condición poscolonial en la cual nos
limitamos a reemplazar - tras la independencia de España- a los antiguos
colonizadores. Es decir, no volvimos a ser los indígenas que habíamos
sido ni tampoco adquirimos las características de nuestros amos de la
metrópolis. Nos convertimos en seres espurios, con costumbres espurias -
llenas de injertos de todo tipo- y una lengua que, se nos dijo, era la
nuestra y teníamos que defender. Hay que aclarar, no obstante, que no
era nuestra lengua y que lo menos que se podía decir de nosotros era
que, puesto que nada era legítimo en nuestro origen, teníamos la
libertad de elegir cualquier posibilidad que se nos
ofreciera.
..... Personalmente, yo
nunca me he sentido guapo del castellano. Más allá de ser un instrumento
de comunicación y poesía, como todas las grandes lenguas modernas, no
tengo ningún sentimiento de propiedad por esa lengua y sí muchos
rencores: inhabilidades gramaticales, francas desventajas que hacen
polvo a cualquier estilista. La dura lucha de los aprendices literarios
con las academias es más ímproba de lo que se piensa. Felizmente, el
castellano ha seguido evolucionando y convirtiéndose en otra cosa, pese
a la presión policial de las academias y de muchos
escritores.
..... La libertad
alcanzada con la independencia nos ofreció también la eventualidad de
sentirnos libres de los orgullos que jalonaban las mentes de los que
habían sido nuestros amos: orgullos históricos y lingüísticos. Esto
quiere decir que la independencia nos liberó de todo sentimiento
nacionalista. Éramos Pérez pero sin la tierra ni los blasones de los
Pérez, y hablamos castellano, un habla cómoda que nos permitía ir
tirando apenas dentro del carro de la civilización. Pero nada más. Bien
pudimos volver a la desprotección del neolítico y a pulir el aimara.
Pero no lo hicimos. Es público y notorio. Preferimos no vindicar nada
que fuera nuestro debido a que no sabíamos bien qué era lo nuestro. Todo
era prestado: la lengua, la tierra, las creencias. Sólo una ventaja nos
abría el mundo entero: puesto que nada era nuestro, todo era nuestro.
Podíamos elegir desde una inocencia tan legítima como confortable. En
este aspecto es mencionable el descaro lingüístico de los argentinos y
las rabietas de Américo Castro, tan célebres como lo que le prodigó
Jorge Luis Borges defendiendo tanto para él como para sus conciudadanos
el derecho de hablar y de escribir como les diera la gana.
..... Pero resulta que las rabietas doctorales no
terminaron ahí y que los que tiemblan por el futuro del castellano
protagonizaron una nueva pataleta lingüística, un acto que premiaba las
actitudes cerradas y avasalladoras de los que quisieran ver el
castellano en el vértice de la historia de la cultura contemporánea -
monolítico y señorial- y no el internacionalismo abierto de los
multilingüismos. Las lenguas se defienden solas, basta con no
perseguirlas ni prohibirlas. La actitud del jurado de comisarios del
premio Príncipe de Asturias de aquel año legitimó cualquier exclusión
parecida que se pudiera llevar a cabo en detrimento de la cooficialidad
del castellano con otras lenguas.
..... Pero ese inefable jurado del Príncipe de
Asturias tuvo bien merecido el que un año después el Parlamento
portorriqueño volviera a admitir en el parnaso al repudiado inglés como
idioma oficial del país.
..... En
1903, Puerto Rico declaró la cooficialidad - por derechos de guerra- del
castellano y del inglés. El destino de dicha cooficialidad ha sido
curioso: hizo aparecer una lingua franca, el espanglish, que poco tiene
que ver con ambas lenguas - hecho que a mí no me quita el sueño- y que
representa un avatar más al que se expone toda lengua viva. Si Petrarca
y sus amigos no hubieran corrompido el latín y se hubieran premiado los
actos de ortodoxia lingüística, todavía estaríamos escribiendo como
Catulo.
..... Lo que el premio
Príncipe de Asturias premió no fue el hecho de que se haya oficializado
el castellano en el país, sino el acto limitativo y nacionalista de
eliminar el inglés de las posibilidades culturales de los
portorriqueños. Si ello no supone una provocación, le falta un tris para
serlo.
..... Insisto en que esta
provocación no radica en el hecho o en la medida que adoptaron en su día
los portorriqueños - que bien pudieron oficializar el espanglish si eso
les cantaba- , sino en la soberbia mayestática de un jurado que permitió
posturas culturales ultramontanas, posturas que cierran y limitan la
imaginación en nombre de un idioma cuyo destino ineluctable es cambiar y
desaparecer.
en El Mercurio, Noviembre
2001